Comenzamos con las ciencias de la totalidad o teoría dinámica de sistemas. El resto de este capítulo, así como los capítulos 3 y 4 completos, lo vamos a dedicar a explorar algunas de las conclusiones básicas de las modernas ciencias evolutivas, con la intención puesta en su posible integración en la estructura más amplia de las cosas.
Lo que sigue son veinte principios básicos (o conclusiones) que representan lo que podríamos llamar las «pautas de la existencia», «tendencias de la evolución», «leyes de la forma» o «propensiones de manifestación». Recordemos que se trata de pautas o tendencias comunes, acerca de las cuales las ciencias sistémicas modernas han concluido que operan en los tres dominios de la evolución: la fisiosfera, la biosfera y la noosfera; por tanto, son tendencias que hacen que este universo sea un uni-versum («una vez»), o un pluralismo emergente entrelazado por patrones comunes (los «patrones que conectan»). (De momento no quiero entrar en arduas discusiones sobre si estas son «leyes eternas» o simplemente «hábitos relativamente estables» del universo, así que me conformo con que sean esto último)1.
Estos patrones (descritos más adelante como los veinte principios) están extraídos de las ciencias evolutivas y sistémicas moderñas, pero quiero subrayar que no se limitan a dichas ciencias. Como mencioné anteriormente, primero vamos a mirar a la «mitad» de estas ciencias que parece precisa y rigurosa, y nos quedará por examinar la parte que es extremadamente cuestionable (comenzaremos a hacerlo en el capítulo 3). Como veremos detalladamente, el problema con que nos encontramos para destacar los patrones comunes que hallamos en los tres dominios de la evolución es, simplemente, que los patrones se presentan en el lenguaje del naturalismo objetivo (el lenguaje de «ello», el neutro en tercera persona) y fracasan estrepitosamente cuando son aplicados a los dominios descritos sólo en lenguaje del «yo» (estética) o del «nosotros» (ética). Cada uno de los intentos que he estudiado de «hacer un sistema unificado» sufre de esta minusvalía.
Por tanto, he sido muy cuidadoso y he intentado cortar estos principios en un nivel y tipo de abstracción que, a mi juicio, es plenamente compatible con los lenguajes del «ello», del «yo» y del «nosotros» (o lo verdadero, lo bello y lo bueno), de forma que la síntesis pueda continuar sin violencia hacia dominios donde, previamente, la teoría de sistemas se dedicaba a realizar un agresivo reduccionismo en sus propios términos naturalistas y objetivantes. (Todo esto será estudiado en detalle a partir del capítulo 3.)
resultado ser la parte más interesante del libro; otros, por el contrario, los han hallado muy abstractos y bastante aburridos. Si este último puede ser tu caso, debo adelantarte que serán analizados y hechos asequibles en capítulos sucesivos. Entretanto, lo que sigue podría ser su resumen.
La realidad no está compuesta de cosas o de procesos; no está compuesta de átomos ni de quarks; no está compuesta de totalidades y tampoco de partes. Más bien está compuesta de totalidades/partes, es decir, de holones.
Esto es verdad para átomos, células, símbolos, ideas; todos ellos pueden ser entendidos no como cosas o como procesos, no como totalidades ni como partes, sino como totalidades/partes simultáneamente. Así, los intentos habituales de estudio y clasificación, tanto si son «atomistas» como «holísticos», están muy fuera de lugar. No hay nada que no sea un holón (hacia arriba y hacia abajo, eternamente).
Antes de que un átomo sea un átomo es un holón. Antes de que una célula sea una célula es un holón. Todos ellos son totalidades que existen dentro de otras totalidades, y de esta forma, en primer lugar y sobre todo, son totalidades/partes, holones (mucho antes de que sus «características particulares» sean reseñadas por nosotros).
De la misma manera, la realidad podría estar compuesta de procesos y no de cosas, pero todos los procesos son procesos dentro de otros procesos; es decir, en primer lugar y principalmente, son holones. Intentar decidir si las unidades básicas de la realidad son cosas o procesos está totalmente fuera de lugar porque, sea como fuere, son holones, y centrarnos en uno u otro de estos aspectos hace que nos desviemos del tema central. Evidentemente existen cosas y existen procesos, pero todos y cada uno de ellos son holones.
Por tanto, podemos examinar lo que los holones tienen en común entre sí. Esto nos libera del vano intento de encontrar procesos o entidades comunes en cada nivel y en cada dominio de la existencia, porque ese análisis nunca dará resultado: siempre lleva al reduccionismo y no a una verdadera síntesis.
De esta forma, decir que el universo está compuesto de quarks es privilegiar a un dominio en particular. Igualmente, en el otro extremo del espectro, decir que el universo está compuesto de símbolos, porque es todo lo que conocemos, también supone privilegiar a otro dominio concreto. Pero decir que el universo está compuesto de holones no privilegia a ningún dominio, ni implica que un nivel específico sea más fundamental. Por ejemplo, la literatura no está compuesta de partículas subatómicas; pero tanto la literatura como las partículas subatómicas están compuestas de holones.
Empezando con la noción de holones y procediendo por medio de una combinación de razonamientos a priori y de pruebas a posteriori, podemos intentar discernir lo que todos los holones conocidos parecen tener en común.
Estas conclusiones se van refinando y revisando al examinar cada uno de los dominios (desde la biología celular hasta las estructuras disipativas físicas, desde la evolución estelar hasta el crecimiento psicológico, desde los sistemas autopoiéticos hasta la fabricación de programas de ordenador, desde la estructura del lenguaje hasta las réplicas del ADN).
Como todos esos dominios operan con holones, podemos intentar discernir lo que éstos tienen en común cuando interactúan, cuáles son sus «leyes», «hábitos», «patrones» o «tendencias». Esto nos proporciona una lista de veinte principios que he agrupado en doce categorías (algunas de ellas son simples definiciones, pero por razones de conveniencia me referiré a la lista completa como los «veinte principios». Su número, veinte, no tiene nada de particular; algunos de los principios podrían no mantenerse o bien añadirse otros nuevos; no he intentado ser exhaustivo).