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3.7 RT-CORBA

3.7.2 RT-CORBA and the RTSJ

de modo que tenía los pies en el agua y el Bautista derramaba o rociaba agua en la cabeza, o que todo su cuerpo haya sido sumergido, no es indicado en este pasaje. Es natural suponer que había descendido hasta la orilla del río y que por lo menos había dado algunos pasos en el agua. El v. 16 nos informa que habiendo sido bautizado, Jesús salió nuevamente del agua. Esto es todo lo que sabemos. El Espíritu Santo no ha querido darnos detalles más específicos en cuanto al modo del bautismo practicado durante el período abarcado por el Nuevo

Testamento.

Lo que sí es importante, tan importante que Mateo dirige a ello nuestra atención

introduciéndolo con “he aquí”, es que los cielos fueron abiertos. Esta no fue una experiencia puramente subjetiva en el corazón de Jesús. Fue definitivamente un milagro, que ocurrió ante la vista de todos los que estaban [p 227] presentes con Juan y Jesús. ¿No vio Ezequiel también los cielos abiertos (Ez. 1:1)? ¿Y también Esteban (Hch. 7:56)? ¿Y también el apóstol Juan en Patmos (Ap. 4:1; 11:19; 19:11; cf. Is. 64:1; 2 Co. 12:1–4)? Continúa: y él (Juan) vio al Espíritu de Dios que descendía como una paloma y se posaba sobre él. Cf. Mr. 1:10; Lc. 3:22; Jn. 1:32–34. Repentinamente “se abrieron” los cielos, y Juan vio al Espíritu Santo. Por supuesto, el Espíritu Santo mismo no tiene cuerpo y no se puede ver con los ojos físicos. Pero se nos dice que la tercera Persona de la Trinidad se manifestó al Bautista bajo el símbolo de una paloma. Lo que el Bautista vio físicamente fue una forma corporal semejante a una paloma. Vio que descendía sobre Jesús. No es claro por qué Dios escogió la forma de una paloma para representar al Espíritu Santo. Algunos comentaristas señalan la pureza y la dulzura o benignidad de la paloma, propiedades que en un grado infinito caracterizan al Espíritu, y por lo tanto, también a Cristo (cf. Sal. 68:14; Cnt. 2:14; 5:2; Mt. 10:16). Así equipado y dotado, Cristo estaba en condiciones de llevar a cabo la dificilísima tarea que el Padre le había dado que hiciera. Para salvarnos del pecado, necesitaba ser puro. Para soportar el tormento, perdonar nuestras iniquidades y tener paciencia con nuestras debilidades, necesitaba ser apacible, manso y benigno. Esto también él lo poseía en una medida abundante, y él les dijo a sus seguidores que por la gracia y el poder de Dios, ellos debieran adquirir y ejercer los mismos dones (Mt. 11:29, 30; 12:19; 21:4, 5; Lc. 23:34; 2 Co. 10:1; Fil. 2:5–8; 1 P. 1:19; 2:21–25; y en el Antiguo Testamento: Is. 40:11; 42:23; 53:7; y Zac. 9:9). El Bautista notó que la forma de una paloma, que simbolizaba al Espíritu, posó durante un tiempo sobre Jesús (Jn. 1:32, 33). No desapareció inmediatamente. ¿Ocurrió esto para dejar en la mente de Juan y de toda la iglesia a través de las edades, no solamente que Jesús era el Cristo, sino también que el Espíritu ahora estaba sobre él permanentemente dándole la plena capacidad para la más difícil, pero a la vez la más gloriosa de las tareas? Debiera recordarse constantemente que, aunque la naturaleza divina de Cristo no necesitaba ser fortalecida y en realidad no podía serlo, no ocurría lo mismo con respecto a su naturaleza humana. Esta podía y necesitaba ser fortalecida (Mt. 14:23; 17:1–5; 26:36–46; cf. Mr. 14:36;

222 Yo creo que hay buenas razones para interpretar el original griego de modo que el adverbio εὐθύς, aunque gramaticalmente corresponde a ἀνέβη, según el sentido corresponda a la apertura de los cielos. Razones: a. Tanto de este versículo como del siguiente, así como por Lc. 3:21, 22, es claro que el énfasis aquí ya no está en el bautismo sino más bien en la apertura de los cielos y los eventos relacionados con ello; y b. ¿Cuál sería el propósito de decir que Jesús no permaneció por un momento en el agua sino que salió inmediatamente? La traducción que he adoptado para este pasaje corresponde con la de H. N. Ridderbos, op. cit., pp. 62, 64. En cuanto a la lectura “le fueron abiertos”, hay bastantes dudas respecto de que el “le” estuviera en el autógrafo.

Jn. 12:27, 28; y especialmente Heb. 5:8).223 El hecho de que aquí le fuera dada la unción por

el Espíritu Santo (Sal. 45:7; Is. 61:1–3; Lc. 3:22; 4:1, 18–21), de ningún modo constituye un conflicto con su concepción por el poder del mismo Espíritu (Mt. 1:20; Lc. 1:35). Los dos hechos armonizan en forma hermosa.

Hasta aquí hemos oído acerca de la petición del Hijo de ser bautizado, y de su bautismo, reafirmando por lo tanto su completa disposición de tomar sobre sí y llevar el pecado del mundo (Jn. 1:29); también hemos oído del Espíritu [p 228] que descendió sobre él,

capacitándolo para una tarea tan grande y sublime. Entonces es del todo adecuado que se agregue la voz del Padre que da su completa aprobación y complacencia, para que quede en claro que en la obra de salvar a los pecadores, como en toda obra divina, los tres son uno. Por eso, sigue el v. 17. Y en ese momento se oyó una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo complacencia.

Los tres siempre son uno; por ejemplo, el Hijo muere por “aquellos a quienes” (literalmente,

según el mejor texto, por “los que”) el Padre le ha dado (Jn. 10:29); y éstos son los mismos que el Espíritu lleva a la gloria (Jn. 14:16, 17; 16:14; Ro. 8:26–30). Así también ocurre aquí: Los tres son uno. Los cielos tienen que abrirse para que Jesús mismo pueda oír la voz, como se le representa en Mr. 1:11 y Lc. 3:22 (“Tú eres mi Hijo, el Amado”), pero también de modo que el Bautista la oiga (Por eso, “Este es …”), haciéndolo un mejor testigo de las cosas que vio y oyó (Cf. Jn. 1:33, 34). Como ya se ha indicado, en conexión con la reafirmación voluntaria del Hijo de su entrega de todo corazón a la tarea de llevar una carga tan infinitamente pesada, esta voz de complacencia y aprobación fue completamente oportuna.

¿De quién era la voz? No se da el nombre de Quien habló.224 Pero no era necesario, porque

la misma fraseología (“mi Hijo, el Amado”) identifica a quien habló, a saber el Padre. Además, no solamente en su calidad oficial como Mesías sino también como Hijo por generación eterna, Aquel que comparte plenamente la esencia divina con el Padre y el Espíritu, él es el Amado del Padre (Jn. 1:14; 3:16; 10:17; 17:23). No hay amor mayor que el que el Padre siente hacia su Hijo. Según el adjetivo verbal (agapetos = amado) que aquí se usa, este amor tiene raices profundas, es amplio, es tan grande como el corazón de Dios mismo. Es también tan inteligente y significativo como la mente misma de Dios. Es tierno, vasto, infinito.225

No sólo eso, pero este amor es también eterno; esto es, no es temporal, se eleva por sobre todos los límites temporales. Aun cuando hay quienes no están de acuerdo, la traducción “en quien tengo complacencia” debe considerarse correcta.226 En la tranquilidad de la eternidad,

el Hijo era objeto de la inagotable complacencia del Padre (cf. Pr. 8:30). La reafirmación del Hijo, por medio del bautismo, de su propósito de derramar su sangre por un mundo perdido en el pecado nada hizo para disminuir ese [p 229] amor. Eso es lo que el Padre está diciendo a su Hijo. Eso es lo que está diciendo a Juan y a todos nosotros.

¡Cuán lleno de consuelo es este párrafo! Consuelo no solamente para el Hijo y para Juan, sino para todo hijo de Dios, porque indica que no solamente el Hijo ama a sus seguidores lo suficiente como para sufrir las angustias del infierno en su lugar, sino que también el

Espíritu coopera plenamente fortaleciéndolo para esta misma tarea, y que el Padre, en vez de desaprobar a quien la emprende, se siente tan complacido con él que ve la necesidad de abrir

223 En esta conexión, con frecuencia también se hace referencia a Lc. 22:42, 43. Sin embargo, allí hay un problema textual.

224 En conexión con el tema del beneplácito de Dios, éste de ningún modo es el único pasaje en que no se nombra a Aquel que ejerce su beneplácito; por ejemplo, véase también Lc. 2:14; Fil. 2:13 y Col. 1:19. Ef. 1:5 deja bien en claro de quién es el beneplácito a que alude. Lo mismo hace el contexto en cada uno de los demás casos.

225 En cuanto a la diferencia entre ἀγαπάω y φιλέω, y sus respectivos derivados, véase C. N. T. sobre Juan, pp. 771–775. 226 Este es un ejemplo excelente del aoristo sin tiempo. Véase Gram. N. T., p. 837; así también en Mt. 17:5; Mr. 1:11; y Lc. 3:22.

los cielos mismos para que su voz complacida se oiga en la tierra.227 Los tres están

igualmente interesados en nuestra salvación, y los tres son uno.

Resumen del Capítulo 3

Los vv. 1–12 relatan la aparición repentina del heraldo o preparador del camino de Cristo, en cumplimiento de la profecía de Is. 40:3. Se presenta a Juan predicando y bautizando en el desierto de Judea. Desde Judea y sus alrededores se reúnen enormes multitudes para oírlo y verlo. La repentina aparición del Bautista, su modo ascético de vida y su mensaje de

condenación inminente, de la que sólo se podía escapar por medio de un cambio favorable de mente y corazón (“Convertíos …”), provoca una respuesta de muchos que, confesando sus pecados, son bautizados en el Jordán.

Entre los que estaban presentes para el bautismo hay también varios fariseos (legalistas siniestros y ostentosos) y saduceos (sacerdotes y terratenientes ricos y mundanos). “Camada de víboras”, exclama Juan. El resto de sus palabras se pueden parafrasear así: “¿Quién os ha engañado haciéndoos pensar que podéis eludir el juicio de Dios sin una conversión de mente y corazón? Por lo tanto, producid frutos que estén en armonía con una verdadera conversión. No confiéis en vuestra descendencia física de Abraham, como si eso pudiera salvaros. Si Dios quiere hijos de Abraham dignos de llevar tal nombre, no os necesita. El puede levantar hijos para Abraham de las piedras que hay aquí”.

El Bautista enfatiza que el hacha ya está puesta a la raíz del árbol; esto es, la condenación es inminente. La acción divina de realizar la separación final entre el precioso grano y la paja sin valor (el convertido y el inconverso) es inminente. El grano está destinado al granero; la paja al fuego.

Para el verdaderamente convertido “el reino de los cielos” con sus numerosas bendiciones está cerca. Significado: el reinado de Dios que obra en las vidas y en los corazones y en lo que está influenciado por ellos, y que afecta aun la existencia física del hombre, está por

manifestarse más [p 230] poderosa y gloriosamente que nunca antes. Sin embargo, se debe entender que ni el bienestar ni la miseria está a disposición de Juan. Por el contrario, todo lo que puede hacer (además de predicar) es bautizar con agua. Uno mucho más digno

aparecerá; en un sentido ya ha llegado. El es quien bautizará con el Espíritu Santo y con

fuego, una predicción que incluye Pentecostés y el juicio final en una sola frase.

Los vv. 13–17 relatan que en la cumbre de la actividad del Bautista, hizo su aparición pública Jesús, pidiendo a Juan que lo bautice. Cuando el heraldo pone resistencia,

considerándose indigno y sugiriendo que él debiera ser bautizado por Aquel cuya venida sólo había estado preparando, Jesús supera sus escrúpulos diciéndole: “Déjame esta vez, porque es conveniente que de este modo cumplamos con todo requisito de justicia”. Estaba bien que quien había prometido ofrecerse en rescate por muchos ratificase esta promesa sometiéndose al bautismo, reafirmando de ese modo su deseo y decisión de tomar sobre sí y quitar el

pecado del mundo. El agua del bautismo significa y sella el lavamiento de los pecados, y Jesús se revela, por medio de este sacramento, como el que quita el pecado. Por lo tanto, era también correcto que Juan, que estaba cumpliendo su tarea en obediencia a Dios y en

cumplimiento de la profecía, bautizara a Jesús.

Para la realización de su tarea infinitamente difícil, el Mediador necesitaba ser ungido por el Espíritu Santo, porque se debe recordar que el Hijo de Dios era también Hijo del hombre. La segunda persona de la Trinidad, siendo verdaderamente divina, tiene dos naturalezas: la divina y la humana. La divina no necesita ser fortalecida, pero sí la humana. Cuando en su

227 En cuanto a todo el tema del bautismo de Cristo, léase también lo siguiente: A. B. Bruce, “The Baptism of Jesus”, Exp, 5a serie, 7 (1898), pp. 187–201; y W. E. Bundy, “The Meaning of Jesus’ Baptism”, JR, 7 (1927), pp. 56–71.

bautismo el Espíritu Santo, simbolizado por la forma de una paloma desciende sobre el en

toda su plenitud, le son impartidas todas las capacidades necesarias para él como Mediador.

La reafirmación del Hijo de su deseo de cargar con una tarea que comprende tantos

sufrimientos despierta una inmediata respuesta de amor del corazón del Padre, de modo que los cielos se abren y se oye una voz que dice: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo complacencia”. No se puede pensar en un signo y sello de aprobación más glorioso.

Así el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo cooperan en la realización de la salvación del hombre.

Nota adicional sobre 3:4: “su comida era langostas y miel silvestre …” La aversión a comer insectos, ricos en proteínas, puede ser solamente cultural. En otros países los insectos son parte de la dieta. En la Ciudad de México es posible comprar langostas (saltamontes) asadas y saladas. Los insectos comestibles salvan de morir de hambre a los aborígenes australianos. Y aun en los Estados Unidos de América hay tiendas de alimento finos y exclusivos que venden abejas y hormigas enchocolatadas. ¿No es posible que el Bautista estuviera un poco adelantado con respecto a nosotros, esto es, que las langostas y otros insectos podrían llenar una necesidad futura?

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Bosquejo del Capítulo 4:1–11