La conducta de riesgo y la búsqueda de riesgos es un elemento visible y característico de los jóvenes o, al menos, a una parte de ellos. Lo que es claro es que si estas conductas se mantienen en el tiempo, y el riesgo no disminuye, se producirá un incremento de los problemas que ese riesgo ocasiona y, correlativamente, un incremento de la mortalidad, accidentabilidad y problemas asociados a dicho riesgo. Además, dado que las conductas de riesgo van unidas entre sí (Jessor, 1998), como ocurre con la violencia, delincuencia, consumo de alcohol drogas, conductas sexuales precoces y otras de riesgo, un mantenimiento de las mismas a lo largo del tiempo acarrearía importantes problemas a los individuos si persiste ese modo de comportarse. Sin embargo, los datos de que disponemos actualmente, como veremos a continuación, por suerte, no son exactamente los que podríamos pensar que ocurriría con la lógica anterior de que las conductas de riesgo se mantienen en el tiempo.
Sabemos que el consumo de drogas en la niñez y adolescencia, especialmente alcohol, tabaco y marihuana o cannabis, lleva a que sea más probable que luego tengan problemas de consumo en la vida adulta (Kandell y Logan, 1984). En el momento actual tanto en las culturas anglosajonas, como es la norteamericana (Baer,
MacLean y Marlatt, 1998), como la nuestra (Calafat, Juan, Becoña et al., 2000; Plan Nacional sobre Drogas, 2001), el consumo de sustancias psicoactivas es la norma en los adolescentes. Este es un fenómeno nuevo en la perspectiva histórica y a tal fenómeno nuevo hay que dar respuestas nuevas, una vez que lo hayamos conocido y lleguemos a su comprensión. Por ello cada vez más se están realizando estudios en esta línea o se están publicando estudios de seguimiento de un buen número de años para poder comprender más adecuadamente este nuevo fenómeno. Lo que si conocemos es que cierto grado de consumo, como una exploración normal del mundo, es hoy lo habitual. Incluso algunos autores (ej., Baer et al., 1998) llegan a afirmar, basándose en los datos de la investigación disponibles, que el uso ocasional de sustancias puede ser un aspecto normal de la experimentación y rebeldía para la formación de su identidad. Esto es especialmente cierto referido al consumo de alcohol. Su consumo no es solo relevante para comprender el problema del consumo de alcohol, sino también el del tabaco, cannabis y del resto de las drogas, junto a otro tipo de conductas problema o de riesgo.
Son varios los estudios de que disponemos actualmente, en donde se analiza la relación entre el consumo de drogas en la adolescencia y en la vida adulta y como evoluciona este consumo de uno a otro momento. De los existentes nos vamos a detener en el más relevante que, a su vez, es el más extenso y con la mayor muestra. Es el estudio de la serie de “Monitoring the Future Project” dedicado específicamente a analizar esta cuestión (Bachman, O´Malley, Schulenberg, Johnston, Bryant y Merline, 2002), que es una continuación y actualización de otro previo (Bachman, Wadsworth, O´Malley, Johnston y Schulenberg, 1997). Este estudio es parte del proyecto “Monitoring the Future”, proyecto que viene siendo financiado por el National Institute on Drug Abuse (NIDA) norteamericano desde el año 1976 hasta el momento presente, con una duración de más de 30 años. Desde sus inicios es realizado por el Institute of Social Research de la Universidad de Michigan.
El estudio muestra claramente que la variable clave para explicar el mayor o menor consumo de drogas es el salir a bares, pubs y otros locales; de ahí que a mayor número de salidas por semana mayor consumo de drogas. Conforme estas personas van aumentando en edad, aquellos que tienen hijos tienen un claro descenso en su conducta de salir por semana, descendiendo en función de los distintos grupos entre uno y tres días a la semana. Con ello, al mismo tiempo, también desciende el consumo
de las distintas drogas. Este descenso es mayor cuando se tienen un hijo que cuando la persona se ha casado, que también descienden aunque menos que al tener hijos. Esto lo explican por la necesidad de tener que disponer de más tiempo para cuidar a sus hijos y, con ello, tienen menos tiempo para salir y estar con otras personas en ambientes (ej., bares) donde lo habitual es el consumo de distintas sustancias. Curiosamente, en los que se divorcian, se incrementa el número de salidas a bares y lugares de diversión, siendo mayor la frecuencia de los varones que de las mujeres. Y, si estas personas divorciadas se vuelven a casar, tienen de nuevo otro descenso en el número de salidas y en su consumo en las distintas drogas
Por tanto, de este estudio (Bachman et al., 2002), como del estudio anterior (Bachman et al., 1997), concluyen que las nuevas libertades de los primeros años de la juventud producen un incremento en el consumo de drogas y que las nuevas responsabilidades que tipicamente asumen en la adultez joven les lleva a un descenso en el consumo de sustancias. En nuestro medio habría que añadir el comentario del nuevo fenómeno que está surgiendo en los últimos años de que muchos jóvenes están retrasando la edad de casarse y de marcharse de casa; también se está retrasando la edad de tener hijos. Dado que casarse,o establecerse en pareja, de modo independiente, así como tener hijos es un elemento protector del consumo de drogas, esta puede ser una variables que habrá que estudiar más detenidamente, en relación con el mayor o menor consumo de drogas, aunque en este momento no tenemos datos sobre esta cuestión que nos permitan afirmar una cosa u otra.
Lo cierto es que, como afirman Baer et al. (1998), después de revisar varios de los estudios longitudinales que se han realizado, donde han seguido a las personas desde la adolescencia hasta el final de la misma o hasta su vida adulta, concluyen, referido al consumo de alcohol, que éste va incrementándose en la adolescencia pero a partir de los 20 años de edad declina no sólo el consumo de alcohol sino también el consumo de sustancias, teniendo el pico del mayor consumo en la adolescencia y en la adultez temprana. Las causas que se han aducido para este cambio se relacionan con la asunción de los roles adultos, indicándose entre las más importantes el matrimonio, el tener hijos y comenzar a trabajar. Esto facilitaría una moderación en el consumo de alcohol. O, visto de otro modo, la menor disponibilidad de tiempo para beber y el mayor control por parte del otro miembro de su pareja, de su familia más extensa y del mismo sistema social y laboral. Pero tampoco debemos olvidarnos de que el mejor predictor
del uso de sustancias en la vida adulta sigue siendo el uso previo de sustancias en la adolescencia. Esto sería debido a que en la adolescencia una parte de las personas adquieren ciertos estilos de vida que no son abandonados por ellos en su vida adulta. Como un ejemplo, en el estudio de Jessor et al. (1991), el mejor predictor de la conducta problema en la adultez temprana, donde se incluía el uso de sustancias, era la conducta problema durante la adolescencia. También suele indicarse en estos estudios, o en el análisis actual de los realizados en los últimos 20 años, que el consumo de drogas en los estudios es reducido. Ese grupo reducido de personas lleva a que se obtenga con ellos diferencias significativas, siendo personas con un alto consumo de drogas. Por ello la intensidad del consumo sería también de gran relevancia en los estudios para poder afinar mejor las interpretaciones en los estudios de seguimiento, aunque ello no siempre es fácil de lograr. En este sentido, el consumo de alcohol es de gran relevancia, pero va a depender la relación que se obtendrá posteriormente no sólo del consumo en la adolescencia sino del nivel de consumo y de la peligrosidad del consumo en la misma adolescencia, o si la persona consigue beber de un modo social o sólo bebe de un modo dependiente, si tiene modelos adultos, o en su familia, de un consumo social de alcohol, etc. Con todo, y como afirman Baer et al. (1998) no hay que olvidarse de que “el desarrollo de patrones adictivos de uso (en cualquier momento de la vida) se considera que está multideterminado, abarcando diferencias biológicas en relacción a las sustancias, temperamento y personalidad, procesos psicológicos de tolerancia y expectativas sobre los efectos de las drogas y los procesos sociales que implican modelado y reforzamiento” (p. 193).
Por tanto, es claro que una parte del consumo de sustancias que hacen los adolescentes remite con el tiempo, incluso aunque dicho consumo esté asociado a distintos problemas psicosociales. Los problemas que no remiten suelen estar asociados con problemas de desarrollo temprano como conflicto familiar y conducta desviada. Esto sugeriría que en estas personas hay un proceso de desarrollo diferente a la gran mayoría de los adolescentes, especialmente a los que aún consumiendo sustancias han tenido problemas moderados y que, incluso, consumiendo esporádicamente en su vida adulta, e incluso en una ocasión puntual de modo importante, no desarrollan problemas. Conocer estos aspectos más claramente es de gran importancia, especialmente para el campo de la prevención de las drogodependencias, para la detección precoz de las conductas problema y para el
rendimiento académico de los que ahora están en la fase de prueba e iniciación del consumo de drogas. También para los adultos que llevan a cabo estas conductas. El poder conocer tipos de personas con patrones distintos de consumo y tipos de problemas producidos por los mismos, nos podría proporcionar un cuadro más exacto de esta evolución desde las edades tempranas hasta la adultez, con todos los aspectos de incorporación social con plenos derechos que tienen los adultos, en su sentido social.