Desde el nacimiento el medio influye en el desarrollo humano a través de dos procesos: el de aprendizaje y el de socialización. La socialización es el proceso a través del cual el individuo se convierte en miembro de un grupo social: la familia, comunidad o tribu. Incluye el aprendizaje de actitudes, creencias, valores, roles y expectativas de su grupo. Es lo que permite hacer a un individuo miembro de su cultura. El proceso de socialización abarca toda la vida, aunque su mayor importancia se produce en el período que va de la niñez a la adolescencia (Craig, 1996).
La socialización, también denominada internalización o desarrollo de la conciencia puede definirse como “el proceso por el que una persona adquiere las pautas de conducta, creencias, normas y motivos, que son valorados y aceptados por su propio grupo cultural y por su familia” (Mussen, Conger y Kagan, 1974, p. 365). La cultura en la que un niño nace y crece, determina tanto el contenido como los métodos de socialización.
Hoy la socialización tiene lugar primero en la familia, que es el agente más importante de socialización, luego en la escuela, seguido por sus compañeros y los medios de comunicación. Después de la adolescencia también otras personas contribuyen al proceso de socialización.
Mediante la socialización el individuo adquiere lo que se denomina “el autoconcepto”, el cual a su vez permite a lo largo del tiempo servir como modo de filtro e integración ante los impactos del ambiente (Craig, 1996).
El autoconcepto es esencial para el desarrollo de una personalidad integrada, tener claros los roles, distinguir el yo real del yo ideal, etc. Los factores que influyen en al autoconcepto del niño son (Craig, 1996): las percepciones de otros, como padres o compañeros; la autoevaluación o análisis de los pros y contras personales, la imagen personal, percepción de la salud y sentido del vigor; los valores sociales, expectativas y nociones de lo ideal; y, las experiencias del yo en el mundo.
Wicks-Nelson e Israel (1996) creen necesario considerar como elementos esenciales del desarrollo evolutivo, desde el nacimiento hasta la muerte, aunque con distinto peso en función de cada etapa de la vida, que: 1) el desarrollo se refiere al cambio que se produce a lo largo del ciclo vital; 2) hay un curso básico general y normal común a todos los individuos normales en las primeras etapas del desarrollo de los sistemas físico, cognitivo y socio-emocional, refinándose e intregrándose a lo largo del tiempo; 3) existen distintas etapas o fases del desarrollo a lo largo de la vida aunque no son fáciles de diferenciar claramente unas de otras; 4) el desarrollo avanza de acuerdo a un esquema coherente en el sentido de que el desarrollo previo está ligado al desarrollo posterior de un modo lógico y sistemático; 5) a lo largo del ciclo vital los cambios producidos por el desarrollo pueden adoptar formas diversas; 6) aunque los seres humanos son maleables, existen limitaciones al cambio; y, 7) el desarrollo es el resultado de interacciones o transacciones entre variables biológicas, psicológicas y socioculturales.
En el clásico libro de Berger y Luckmann (1968) sobre la construcción social de la realidad aparece magistralmente descrito el proceso de socialización. El lenguaje y la producción humana de signos nos son característicos, siendo precisamente éstos dos elementos los que definen a un ser humano específico y a una cultura. Un elemento importante de este proceso es la institucionalización. Mediante el proceso de habituación se llega a la institucionalización, la cual implica historicidad y control. Vienen de antes, del proceso histórico de esa cultura en sus múltiples interacciones a lo largo del tiempo entre las personas, el ambiente, los fenómenos económicos, de supervivencia, etc., de tal modo que anteceden al nacimiento de esa persona. De ahí que afirmen que “el órden social no forma parte de la “naturaleza de las cosas” y no puede derivar de las “leyes de la naturaleza”. Existe solamente como producto de la actividad humana” (p. 73) y que “decir que un sector de la actividad humana se ha institucionalizado ya es decir que ha sido sometido al control social” (p. 77). Por todo ello “la sociedad es un producto humano. La sociedad es una realidad objetiva. El hombre es un producto social” (p. 84). La tradición permite en muchos casos mantener lo anterior. Pero, al tiempo, la propia realidad presente se encarga de mantener la coherencia de la institucionalización o de ocurrir cambios, ya que hay una producción continua de la realidad.
cada miembro de una sociedad y delimitarlos unos de otros. Esto influye en la concreción de quién es o no especialista en ciertos temas, cómo se divide el trabajo, el papel de los sexos, la cuestión religiosa, etc. El problema aparece cuando surge lo que denominan “sub-universos de significado segregados socialmente”, los cuales trocean la cultura, como ocurre con las castas en la India o las sociedades secretas. Su funcionamiento los hace inacesibles a los profanos porque su sabiduría es sólo para los iniciados, lo cual suele acarrear el surgimiento de problemas.
La legitimación explica el órden institucional. La legitimación tiene dos elementos: uno cognitivo, otro normativo. El primero son los valores, el segundo el conocimiento, precediendo el conocimiento a los valores en la legitimización de las instituciones. Conforme se aumenta más en el nivel de legitimización, desde el simple de así se hacen las cosas, al intermedio de esquemas pragmáticos relacionados con acciones directas concretas, llegamos al nivel de legitimización de las instituciones donde hay teorías explícitas sobre la misma. En este caso existe personal especializado para transmitirla, véase ancianos del clan en una tribu o la escuela en nuestra sociedad actual. Hay un elemento último de legitimación que son los universos simbólicos, en el que “todos los sectores del orden institucional se integran, sin embargo, en un marco de referencia general, que ahora constituye un universo en el sentido literal de la palabra porque ya es posible concebir que toda la experiencia humana se desarrolla dentro de aquel. El universo simbólico se concibe como la matriz de todos los significados objetivados socialmente y subjetivamente reales; toda la sociedad histórica y la biografía de un individuo se ven como hechos que ocurren dentro de ese universo” (p. 125). De ahí que “al llegar a este nivel de legitimización la integración reflexiva de los distintos procesos institucionales alcanza su realización última. Se crea todo un mundo” (p. 126). Como un elemento adicional, los ritos de pasaje permiten un adecuado ordenamiento de las diferentes fases de la biografía de la persona. Es en la legitimización de la muerte el caso donde más claramente se ve el peso del universo simbólico. También los universos simbólicos ordenan la historia y ubican los acontecimientos colectivos de modo coherente en forma de memoria del pasado, del presente y del futuro, facilitando vincularnos con el pasado y con el futuro, consiguiéndose así una totalidad significativa.
La socialización primaria lo que pretende básicamente es internalizar la realidad. El individuo nace, pero en función de cada sociedad va a internalizar uno u otro
sistema social. Dicha socialización se realiza mediante un aprendizaje cognitivo y con una fuerte carga emocional. La identificación es un proceso aquí importante, junto al aprendizaje de roles, su lugar en el mundo y ubicación social concreta. El lenguaje es el elemento que facilita todo lo anterior. Así internaliza el mundo de sus padres. Con ello adquiere su visión del mundo, que ocurre en la infancia, con un control total o casi todal de la información y de la realidad. Las dudas pueden surgir a partir de la adolescencia o en la vida adulta, no en la infancia. Luego continuará el proceso de socialización la escuela y, en la actualidad, los medios de comunicación. Precisamente la escuela permite unir lo tradicional con lo nuevo en la esfera del conocimiento. Otro elemento esencial en el proceso de socialización es la división del trabajo. Mediante la internalización de sus reglas, roles y realidad, la persona conoce el estatus que el mismo proporciona dentro del universo simbólico de su sociedad. Esto lo conocemos hoy bien por lo que se considera relevante y no relevante en un sistema social a nivel profesional. Pero “como la socialización nunca se termina y los contenidos que la misma internaliza enfrentran continuas amanazas a su realidad subjetiva, toda sociedad viable debe desarrollar procedimientos de mantenimiento de la realidad para salvaguardar cierto grado de simetría entre la realidad objetiva y la subjetiva” (Berger y Luckmann, 1968, p. 185).
El desarrollo de un niño se produce a través de la interacción continua, directa y recíproca de su familia, colegio y vecindario. En el colegio y vecindario su interacción se realiza con adultos y, especialmente, con otros niños y compañeros, con los denominados sus iguales. A continuación veremos esto más ampliamente.
La familia
En todas las sociedades se considera a la familia como el elemento más importante de la socialización del niño (Maccoby, 1992). La misma tiene su mayor peso en la infancia, que es cuando el niño es más dependiente y su maleabilidad es mayor. En ocasiones la influencia de la familia se mantiene a lo largo de toda la vida. En esos primeros años el niño va siendo modelado a través de refuerzos y castigos, siendo sus padres los modelos más importantes. Además, los padres son los que eligen el lugar donde viven o donde llevan viviendo desde hace generaciones sus antepasados por haber nacido allí. Además, controlan el acceso de sus hijos a los bienes materiales, ejercen control físico sobre ellos y tienen más conocimientos que sus hijos (Maccoby,
1992). De ahí que las pautas de crianza sean de gran relevancia para el desarrollo del niño, primero, y luego del adolescente, lo que va a marcar el modo en que va a ser de adulto.
La estructura familiar y el modo de crianza contribuyen de modo importante al desarrollo del niño en el aprendizaje de lo que es el mundo y en su propio desarrollo. Hoy sabemos que en sociedades desarrolladas, como la nuestra, las interacciones del padre y de la madre con los hijos son diferentes. Es bien sabido como los padres se ocupan menos de los hijos y los tratan de acuerdo con los estereotipos de género, mientras que las madres se centran más en el cuidado de los hijos y tratan a los hijos e hijas de un modo más similar (Wicks-Nelson e Israel, 1996). También hoy sabemos que la influencia no es unidireccional de padres a hijos sino bidireccional: los hijos influencian también el comportamiento de sus padres, como sus padres el de los hijos. Se ha encontrado que distintos tipos de crianza de los padres influyen en la conducta de los hijos. Dos variables son aquí esenciales: el control y la calidez paterna. El control paterno se refiere a como son de restrictivos los padres; la calidez paterna al grado de afecto y aprobación que tienen con sus hijos (Maccoby, 1984). Baumrid (1980) describió tres tipos de estilo parental: autoritativos (o democráticos), autoritarios y permisivos. Posteriormente, Maccoby y Martin (1983) describieron un cuarto tipo, los indiferentes. En la descripción de Craig (1996) el estilo parental autoritativo o democrático ejerce mucho control y mucha calidez; el autoritario mucho control y poca calidez; el permisivo poco control y mucha calidez y, el indiferente, poco control y poca calidez.
El padre democrático acepta y alienta la progresiva autonomía de sus hijos. Tiene una comunicación abierta con ellos y reglas flexibles. Sus hijos son los que tienen el mejor ajuste, con más confianza personal, autocontrol y son socialmente competentes. Tienen un mejor rendimiento escolar y elevada autoestima. El padre autoritario establece normas con poca participación del niño. Sus órdenes esperan ser obedecidas. La desviación de la norma tiene como consecuencia castigos bastante severos, a menudo físicos. La comunicación es pobre, las reglas son inflexibles, la independencia escasa. Por ello el niño tiende a ser retraído, temeroso, apocado, irritable y con poca interacción social. Carece de espontaneidad y de locus de control interno. Las niñas tienden a ser pasivas y dependientes en la adolescencia; los niños se vuelven rebeldes y agresivos.
El padre permisivo impone pocas o ninguna restricción a sus hijos, por los que muestran un amor incondicional. Son poco exigentes respecto a una conducta madura, utilizan poco el castigo y permiten que el niño regule su propia conducta. Disponen de una gran libertad y poca conducción. Los padres esperan que el niño tenga un comportamiento maduro. No establecen límites a la conducta. Fomentan la independencia y la individualidad. En unos casos los niños tienden a ser impulsivos, agresivos, rebeldes, así como socialmente ineptos y sin ser capaces de asumir responsabilidades. En otros casos pueden ser independientes, activos, sociables y creativos, capaces de controlar la agresividad y con un alto grado de autoestima.
El padre indiferente es aquel donde no impone límites y tampoco proporciona afecto. Se concentra en las tensiones de su propia vida y no le queda tiempo para sus hijos. Si además los padres son hostiles entonces los niños tienden a mostrar muchos impulsos destructivos y conducta delictiva.
El tipo de crianza en función del estilo paterno tiene una consecuencia directa en el tipo de personalidad que va a desarrollar el niño. Así, los padres autoritarios tienden a producir niños apartados y temerosos, con poca o ninguna independencia y que son variables, apocados e irritables. En la adolescencia los varones pueden ser rebeldes y agresivos y las chicas pasivas y dependientes. Los padres permisivos tienden a producir niños autoindulgentes, impulsivos y socialmente ineptos, aunque en otros pueden ser activos, sociables y creativos; en otros pueden ser rebeldes y agresivos. Los hijos de los padres democráticos son los mejor adaptados, dado que tienen confianza en sí mismos, tienen mayor control personal y son socialmente más competentes. Finalmente, los hijos de los padres indiferentes son los que están en peor situación y, si sus padres son negligentes, se sienten libres de dar rienda suelta a sus impulsos más destructivos (Craig, 1996).
Los iguales
Todos los niños se relacionan desde la infancia con otros niños; en la adolescencia unos adolescentes con otros; y, en la vida adulta fundamentalmente unos adultos con otros. Este tipo de contactos contribuyen al desarrollo y al enriquecimiento personal.
En los últimos años, con los grandes cambios que se han producido, especialmente a nivel laboral, que lleva a que frecuentemente ambos padres trabajen
fuera de casa, los niños pasan cada vez más tiempo en la guardería cuando son pequeños y luego en el vecindario con otros niños (iguales).
Las funciones que cumplen los iguales son múltiples. Wicks-Nelson e Israel (1996) indican como los iguales “proporcionan oportunidades para el aprendizaje de habilidades sociales, contribuyen a establecer valores sociales, sirven de norma con los cuales los niños se juzgarán a sí mismos y dan o niegan apoyo emocional. Los iguales refuerzan la conducta, sirven como modelo de comportamiento y se entablan amistades u otras relaciones sociales” (p. 20-31). Los iguales, además, pueden o no aceptar a un niño. En caso de rechazo ello se asocia con desobediencia, hiperactividad y acciones destructivas. Por contra, el niño aceptado suele ser socialmente competente, simpático, servicial y considerado. Esto está a su vez modulado por el entorno social, por la interacción niño-progenitor y con las características de los padres. Parece que las experiencias que tienen los niños en la interacción con sus padres es de gran relevancia en determinar como éstos van a relacionarse con sus iguales (Wicks-Nelson e Israel, 1996).
En la adolescencia los iguales tienen una gran importancia. En el tema de las drogodependencias, hasta hace poco tiempo se consideraban esenciales. Sin embargo, después de distintos estudios, como el de Kandel (1996) se debe considerar que siguen siendo muy importantes, pero no determinantes, ya que también la familia puede incidir directamente sobre los iguales o controlar el acceso a ellos.
Un grupo de amigos e iguales especiales que también hay que considerar son los hermanos (Craig, 1996), cuando los tiene, los cuales afectan al desarrollo de la personalidad infantil de un modo importante. Dunn (1993) ha indicado cinco posibles tipos de relaciones entre hermanos: rivalidad, seguridad de apego, asociación, confidencia y humor, y fantasías compartidas. Las relaciones del hermano, que van a depender del propio desarrollo evolutivo del hermano, de su historia pasada y de su interacción con la familia y el ambiente, son un elemento más que influye en la socialización y en el desarrollo del niño y del adolescente. También la propia ubicación del mismo en la casa, si en la misma habitación u otra, si es o no del mismo sexo, estilo parental de educación, etc., son factores adicionales que interaccionan para un tipo u otro de relaciones entre los hermanos. Lo que sí es cierto es que en muchos casos, especialmente cuando se llevan pocos años, la interacción entre ellos es directa, intensa y sostenida en el tiempo.
El colegio
El papel de la escuela ha cogido gran relevancia en los últimos años tanto como transmisora de conocimientos como en su función socializadora. La escuela es, además, uno de los lugares donde se transmiten los valores aceptados socialmente, como es característico en nuestro medio la transmisión de valores democráticos y otros asociados a los mismos. Además, cada escuela constituye por sí misma un sistema social, con un edificio(s), una organización, horarios establecidos, normas de funcionamiento, etc. De ahí que sea claro que la escuela ejerza tanto influencias directas como indirectas sobre el rendimiento académico, el comportamiento social, el comportamiento normativo, etc. (Sylva, 1994). El proceso de modelado es claro en el contexto escolar tanto por parte de los profesores y dirección del centro como de sus compañeros o iguales. Lograr los objetivos académicos, infundir valores positivos, aumentar la autoestima, fomentar habilidades de trabajo, son algunos de los objetivos que se pretenden conseguir.
La televisión e Internet
Actualmente en los países occidentales el número de horas que los niños pasan delante del televisor es alto y cada vez dedican más tiempo a navegar por Internet. Hoy podemos afirmar que tanto la televisión, de modo especial, e Internet de modo creciente, son elementos del proceso de socialización en nuestra cultura. Especialmente se aprecia su impacto en la conducta agresiva y violenta, cuando tiene modelos entre su familia y amigos agresivos o con conductas antisociales. Igualmente, los roles sociales del hombres y de la mujer suelen ser los tradicionales en los programas de televisión que en que aparecen. Otro importante problema de los niños que ven en exceso la televisión es que una parte de ellos sacan la idea de que el mundo es un lugar cruel y amenazador. Realmente, las imágenes que se ven a diario en la televisión, con un grado de realismo y sensacionalismo cada vez mayor, con la retransmisión en directo de los hechos más inverosímiles a miles de kilómetros de distancia del televisor, pueden fácilmente llevar a una persona a esta conclusión sino tiene otros puntos de referencia bien asentados en su realidad cotidiana, que suelen ser radicalmente diferentes a esa parte de la realidad “subjetiva” que nos muestra en ocasiones la televisión. Lo cierto es que en 1993, la Academia Estadounidense de
Pediatría, recomendó que los niños menores de 5 años no vieron la televisión y los de cinco a diez años lo hiciesen de modo limitado junto a un adulto para interpretarles los mensajes (Craig, 1996). En el otro extremo, también es claro que la televisión tiene efectos beneficiosos, especialmente cuando se seleccionan adecuadamente los programas infantiles en los que se pueden aprender conductas prosociales, de cooperación, amistad, etc., aparte de los programas educativos. En uno u otro caso, la