Logic Coverage
3.6 DISJUNCTIVE NORMAL FORM CRITERIA
Cuando se viaja por cualquier país del mundo, la manera más fácil de conocer su riqueza de producción agraria y su potencial culinario, consiste en observar el mercado popular del lugar que visitamos. Un país cuyo escudo nacional posee un símbolo como el cuerno de la abundancia, donde las frutas salen de él como
salen los dados de la mano del tahúr, y cuya campaña internacional de promoción turística se apoya en afiches multicolores de innumerables frutos, obviamente asegura ser un país con frutas.
Estemos de acuerdo o no con el precio actual de las frutas en Colombia o con sus sistemas de distribución y mercadeo, debemos reconocer que en este país la riqueza en frutas es contundente. Sin pretensiones de especialista (lejos estamos de ser economistas agrarios), es nuestra intención comentar brevemente sobre aquéllo que en el lenguaje de las amas de casa, ellas denominan "el frutero"; el cual en nuestro medio permite confeccionarse con más de 120 frutas diferentes, sin contar las múltiples variedades por especies. Afortunadamente, la existencia de estudios y estudiosos del frutero colombiano es representativa y ello nos permite hablar con cierta solvencia. Basta recordar los comentarios históricos y humorísticos de Germán Arciniegas para garantizar una muestra mínima pero importante de lo que el humanismo académico ha dedicado a este tema. De igual manera, investigaciones como las de Victor Manuel Patiño, Joaquín Antonio Uribe, Eugenio Alzate nos aseguran una observación científica y depurada. Poetas y pintores también han hecho otro tanto, sin embargo, la importancia sociocultural y por ende culinaria pasa aún tan inadvertida, como pasa muchas veces la semilla de la guanabana cuando se esconde en el bocado de su pulpa. Veamos: evidentemente Colombia posee una extensa gama de frutas, pero carece de una planificación para su cultivo, vale decir, que si nuestra agricultura intensiva de frutales apenas se asoma en los mercados internacionales, no acontece igual fenómeno con el mercado interno, el cual se apoya primordialmente en la existencia de frutales espontáneos propios de fincas, solares y baldíos, o a mínimas extensiones de cultivo, generando a la vez una población de consumidores cuya mentalidad es conforme a las leyes de la oferta y la demanda pero que desconoce - en su gran mayoría - épocas de cosecha, beneficios nutricionales y propiedades culinarias. Lo anterior no significa que los colombianos no coman frutas y menos que no las sepan preparar. Se trata, más bien, de aseverar que si teniendo lo que tenemos, preparamos lo que comemos, ¿cómo sería nuestra economía y por consiguiente nuestra cocina, con una tecnología de cultivos como la de Israel? Bajémonos de la nube y comentemos la cocina colombiana, resultado de múltiples cocinas regionales, ha sabido aprovechar las frutas vernáculas y aquellas importadas para confeccionar todo tipo de recetas. Partiendo de las chichas de fruta de la época precolombina, hasta los actuales flanes y pudines, la culinaria criolla presenta una gama de preparaciones a base de fruta que bien envidiarían los hijos de David. Empecemos por mencionar el manjar de los manjares criollos... su majestad el bocadillo, pasemos al dulce de motas de guanabana, continuemos con el almibar de mamey, la jalea del árbol del pan, la vitoria calada, el dulce de moras, el de tomate de árbol, los helados de zapote, lulo y curuba, amén de las delicias de la piña en todas sus versiones; muestra mínima de postres que desearía tener en su carta el más sofisticado restaurante europeo. Así pues, igual a la amplia variedad de recetas que
en la cocina universal se preparan a base de frutas, la cocina colombiana permite realizar mermeladas, jaleas, postres, tortas, granizados, espejuelos, flanes, helados y jugos con un listado de frutos propios al paraíso terrenal.
Para ratificar lo anterior, salgamos imaginariamente hacia el mercado llevando dos grandes canastos con el fin de poner, en uno, nuestra fruta tropical, y en el otro la foránea aclimatada. He aquí el resultado: en el primero cargaremos mamey, guayaba, anón, guanabana, zapote, aguacate, chirimoya, papaya, curuba, pitaya, caimito, granadilla, algarrobo, badea, guamo, lulo, madroño, borojó, níspero, chontaduro, breva, maracuyá, ciruela, uchuvas, coco y piña. El segundo canasto lo llenaríamos con manzanas, peras, duraznos, ciruelas claudias, fresas, cerezas, frambuesas, moras, tamarindo, mango, banano, mamoncillo, melón, naranja, limón, mandarina y uvas. Seguramente hemos omitido en tan breves listados frutas de suma importancia; sin embargo, a primera vista la selección de canasto se hace difícil, pues las resultantes culinarias que permiten las frutas que los componen, harían dudar al más experimentado chef-repostero o a la más acuciosa ama de casa. De otra parte, muchos lectores opinarán que estamos equivocados por la simple clasificación bajo los rubros de "frutas tropicales" y "frutas foráneas", pero la verdad sea dicha, aún hoy, historiadores y pomólogos discuten sobre el origen y procedencia de muchos de los productos enunciados.
Difícil concebir una historia de nuestra cocina sin el aporte de las frutas; benévolo grupo de la naturaleza que escasamente encuentra un detractor, pues ellas constituyen sin lugar a dudas, con su encanto de textura, forma, color, aroma y sabor la más primigenia síntesis de las bondades que en todo orden nos otorga mamá natura.