Chapter 4 Intelligent Fuzzy-Based Financial XML Security Model
4.6 Encryption Model
Los alcaldes ordinarios eran dos funcionarios elegidos por los regidores el primer día de enero de cada año. Esta elección debía hacerse entre los vecinos y naturales de la ciudad. Como en el caso de los regidores - al menos en teoría - se debía preferir a los primeros pobladores y sus descendientes. Se los denominaba alcalde de primer voto y alcalde de segundo voto210.
La importancia del alcalde de primer voto se incrementó considerablemente, llegando a ser el funcionario más importante del cabildo y extendiendo sus atribuciones mucho más allá de sus funciones judiciales. Los alcaldes ordinarios dirigían la vida de la ciudad, presidían el Cabildo y eran la primera autoridad municipal. Dado que el cabildo
208
ARLL Cabildo, Acta de Sesiones, libro 16 (1777-1784), ff. 234-249v.
209 ARLL Intendencia, causa ordinaria, leg. 436, exp. 3917. 210
tenía la facultad de ejercer el gobierno interinamente en caso de muerte o ausencia del gobernador de la provincia, esa atribución recayó principalmente en los alcaldes211. Sabemos que Tiburcio de Urquiaga fue alcalde de primer voto en 1791, 1805, y 1816212, y de segundo voto en 1790. Entre sus propuestas más destacadas tenemos el proyecto de incremento de propios de los sitios de la puerta de la sierra en enero de 1816. En efecto presentó una razón con arreglo a estos ranchos que antes pagaban 116 pesos anuales, satisfarían ahora 326 pesos anuales según el pormenor de dicha razón, la que se mandó archivar y se tome razón en el libro de junta municipal de propios, autorizando al señor alcalde “para que a cada uno de los interesados documento, que exprese su respectivo sitio y lugar autorizado por el secretario de este ilustre ayuntamiento, por cuya diligencia tan interesante e beneficio de los propios de esta ciudad por el aumento que le resulta, le debieron las debidas gracias al citado don Tiburcio y que continúe la citada diligencia en todos los demás sitios y ejidos pertenecientes a esta ciudad”213.
2.2.1. La fuga de los condenados al presidio de Juan Fernández
El sistema penitenciario republicano mantuvo muchas características y rezagos del virreinal, la historiadora Dieguez Deza ha definido estos cambios y continuidades en un reciente estudio, definiendo entre otras cosas que la constante fuga que los reos de La Real Cárcel de Trujillo obedece a diversas causales como la inadecuada infraestructura de la cárcel ubicada en la primera planta del cabildo, los encargados de la custodia de los reos, los alcaides, eran considerados “lo peor de la sociedad y corrumpibles”, finalmente el reo condenado a la pena de presidio o pena de muerte creaba varios artificios para ejecutar y organizar una fuga214.
211
Rosa, 1974.
212
ARLL Cabildo, Acta de Sesiones, libro 20 (1815-1820), ff. 40v.
213 ARLL Cabildo, Acta de Sesiones, libro 20 (1815-1820), ff. 45-46. 214
Comunicación Personal con Victoria Dieguez Deza (11 de noviembre de 2012). Respecto a los mecanismos de control social y represión penal para el periodo republicano en Trujillo, enfocada desde el estudio del delito y la criminalidad, esta última ligada al aspecto legal, delictivo y punitivo; véase a Dieguez Deza, 2011.
La ciudad estaba constituida por numerosas tiendas de comercio, pulperías que se organizaban alrededor de las calles del Arco y la calle del Comercio, también las había en las casas de los vecinos de Trujillo, esquinas, y demás. Pedro de Bordanaba, propietario de una de esas tiendas de comercio, sufrió el robo de sus abarrotes el 23 de diciembre de 1804, luego de las averiguaciones la justicia no tardó en dar con los culpables entre quienes figuraba Jacinto de Anachuri, que fue sentenciado por la Real Sala del Crimen al presidio de Juan de Fernández, una isla en la zona meridional de Chile. Entretanto se le destinó a pasar la noche en el calabozo de la Real Cárcel de la ciudad215.
Pero sería su primera y última noche en este encierro, ese mismo día sus camaradas habían preparado su fuga. En la última visita del alcaide, en compañía del preso José Montano, vieron al reo durmiendo apaciblemente en el calabozo. Pasada la medianoche y tocado el clarín, haciendo uso de un hueso, el reo comenzó a rascar el suelo de tierra que daba a la puerta de su calabozo, por donde logró escapar. Al mismo tiempo, sus amigos habían ingresado a un corral vacío, colindante al patio trasero de la cárcel, por cuya esquina treparon y ataron fuertemente una soga, por donde logró escapar. A la mañana siguiente, el alcaide se aproximó a barrer las entrepuertas del calabozo, quedando estupefacto al presenciar tamaño acto, de que él, ni el resto de reclusos habían escuchado el más mínimo bullicio. Se abrió proceso contra esta autoridad sin haberse llegado a la verdad216.
Sería al año siguiente, cuando fue elegido como alcalde de primer voto, Tiburcio de Urquiaga, cuando verdaderamente se agilizó el proceso, además de Anachuri, se registraron las fugas de otros reos como José María Neira, Benito Flores, Juan Calderón, Salvador Cárdenas y Manuel Condemarín, conocidos comerciantes de la ciudad. La Real Sala del Crimen sentenció en Lima el 23 de setiembre de 1805 la separación permanente del alcaide, sentencia pronunciada por el alcalde Urquiaga el 16 de agosto de ese mismo año217.
215
ARLL Cabildo, causa criminal, leg. 90, exp. 1598.
216 ARLL Cabildo, causa criminal, leg. 90, exp. 1598. 217
2.2.2. El rapto de la manta y el sombrero
Los entendidos en la historia urbana de Trujillo se ponen cada día de acuerdo en que en la urbe costeña cohabitaron los diferentes grupos sociales. En efecto, las calles y ambientes públicos no discriminaban entre las calidades de las gentes en la vida cotidiana de la ciudad. Lo mismo pasaba en los ambientes privados, donde podían convivir inclusive curas y malhechores, como ejemplificaremos en el siguiente caso. Una casa de hospicio de la ciudad albergaba en uno de sus cuartos a Eugenio Campo Redondo, diácono en el colegio San Salvador, y en el próximo colindante, a Francisco Manrique, conocido malhechor a quien la justicia le tenía los pasos contados. Sucedió que la mañana del 5 de febrero de 1790, el cura salió a la casa de un vecino a encender su vela con la que alumbrar su cuarto y poder distinguir las letras de su sagrado libro. A su regreso no encontró su sombrero ni manto de faja, lo que le causó gran revuelo y su queja inmediata ante el alcalde ordinario de segunda nominación, Tiburcio de Urquiaga218.
El alcalde, que ya había elaborado un historial del reo lo calificó de “tener mala versación, audacia y menos respeto conque atropellando por todo, y pese a las continuas amonestaciones que se le han hecho, se aventaja en unos excesos dignos de la mayor punición por sus y que de todos se asignan perjuicios y quejas dolosas entre todos sus moradores de esta ciudad, especialmente con los pobres serranos y demás personas transeúntes, de quienes se burla valiéndose de su estudiada habilidad para quedarse con sus muebles mediante sus engaños como así tiene de experiencia”219. Para tal audaz, el curtido regidor era un fiero perseguidor de infractores de la ley, así mediante informaciones, y acompañado de Alonso Romero, alcaide de la cárcel de la ciudad, se dirigieron a la casa de una prostituta, que según sus informadores mantenía “trato ilícito” con el acusado. Al ser preguntada la mujer respondió vacilante desconocer su paradero, titubeo que el alcalde notó, e inmediatamente ordenó el allanamiento de la casa, donde se encontró a Francisco desnudo en la cama, y aunque se le hizo cargo de la usurpación, se negó alegando que no necesitaba tales cosas. No obstante de sus
218 ARLL Cabildo, causa criminal, leg. 86, exp. 1539 219
declaraciones, se procedió a registrar la habitación, encontrándose bajo la cama las especies ocultas. Inmediatamente el reo fue enviado a la Real Cárcel, iniciándose más tardes los autos en su contra220.