4.4 Comparison selection algorithms
4.4.3 Estimation of Distribution Algorithm (EDA)
CAPÍTULO III
SEGÚN LA HISTORIOGRAFÍA económica hispanoamericana, durante el siglo XVIII las posesiones españolas de ultramar y la cultura material y económica de Europa se integraron cada vez más, y el intercambio intelectual y cultural entre el Viejo y el Nuevo Mundo se profun- dizó.1 En el ámbito material, durante el periodo borbónico se dieron
cambios sustanciales en el intercambio comercial entre Europa y América, sobre todo en lo que respecta a la intensidad de sus flujos y distribución regional, más que a su naturaleza fundamental.
Por ejemplo, el que a comienzos del siglo XVIII los azucareros del norte peruano perdiesen sus mercados en Buenos Aires y su
hinterland debido a la competencia brasileña, o que en la década de 1790 Brasil y Cuba reemplazaran a Santo Domingo como la mayor fuente americana del azúcar que se consumía en Europa, fueron hechos de considerable importancia para las economías re- gionales, pero no alteraron las actitudes europeas o americanas con
1. Este tema se desarrolla en varios ensayos publicados en Andrien y Johnson, The
Political Economy of Spanish America, así como en Brading, “Bourbon Spain”.
respecto a la importancia o utilidad de dicha mercancía.2 De igual
modo, el hecho de que la producción de plata de Potosí disminuye- se en el siglo XVIII, en tanto que la de la mayor parte de los centros mexicanos se incrementaba, no afectó significativamente la posi- ción europea sobre la importancia intrínseca de los metales precio- sos (aunque influyó en las políticas comerciales y estratégicas usadas con la esperanza de intercambiar manufacturas europeas por pro- ductos americanos).
Al igual que en los siglos XVI y XVII, en la Europa del siglo XVIII
América continuó siendo sobre todo una fuente de metales preciosos —de plata principalmente—, que eran esenciales para el funciona- miento del capitalismo moderno y para financiar el comercio euro- peo con otras regiones del mundo, principalmente con el Lejano Oriente. Como se explicará más adelante, durante el transcurso del siglo, la producción oficial de plata peruana se mantuvo relativamente constante (aunque hubo un desplazamiento relativo de la produc- ción del Alto al Bajo Perú) en unos diez millones de pesos anuales, mientras que la de Nueva España se multiplicó varias veces, llegando a alcanzar unos 25 millones de pesos (las dos terceras partes de toda la producción hispanoamericana) en 1799. Estas cifras no in- cluyen la plata que no estaba registrada —en parte para evadir los impuestos o permitirle entrar en los canales de contrabando—, la cual, según estimados contemporáneos, comprendía del 30% al 50% de la producción registrada. El comercio español con América —en teoría el único comercio internacional permitido a los peruanos después de las dos primeras décadas del siglo XVIII, cuando el acce- so francés a los puertos del Pacífico se prohibió— siguió dominado por la importación de metales preciosos incluso después de 1778, cuando la Corona intentó promover una política de comercio libre más liberal, con la esperanza de promover el crecimiento económico de regiones hasta ese entonces descuidadas por las rutas comerciales
2. En 1784, el Cabildo de Trujillo citó la importación ilegal de azúcar brasileña a Hispanoamérica vía Buenos Aires, como un factor decisivo en la decadencia de la agricultura en el norte del Perú: Escobedo a Gálvez, 16 de enero de 1784, AGI, Lima, Leg. 1100.
ECONOMÍA, DEMOCRACIA Y
REAL HACIENDA
CAPÍTULO III
SEGÚN LA HISTORIOGRAFÍA económica hispanoamericana, durante el siglo XVIII las posesiones españolas de ultramar y la cultura material y económica de Europa se integraron cada vez más, y el intercambio intelectual y cultural entre el Viejo y el Nuevo Mundo se profun- dizó.1 En el ámbito material, durante el periodo borbónico se dieron
cambios sustanciales en el intercambio comercial entre Europa y América, sobre todo en lo que respecta a la intensidad de sus flujos y distribución regional, más que a su naturaleza fundamental.
Por ejemplo, el que a comienzos del siglo XVIII los azucareros del norte peruano perdiesen sus mercados en Buenos Aires y su
hinterland debido a la competencia brasileña, o que en la década de 1790 Brasil y Cuba reemplazaran a Santo Domingo como la mayor fuente americana del azúcar que se consumía en Europa, fueron hechos de considerable importancia para las economías re- gionales, pero no alteraron las actitudes europeas o americanas con
1. Este tema se desarrolla en varios ensayos publicados en Andrien y Johnson, The
Political Economy of Spanish America, así como en Brading, “Bourbon Spain”.
respecto a la importancia o utilidad de dicha mercancía.2 De igual
modo, el hecho de que la producción de plata de Potosí disminuye- se en el siglo XVIII, en tanto que la de la mayor parte de los centros mexicanos se incrementaba, no afectó significativamente la posi- ción europea sobre la importancia intrínseca de los metales precio- sos (aunque influyó en las políticas comerciales y estratégicas usadas con la esperanza de intercambiar manufacturas europeas por pro- ductos americanos).
Al igual que en los siglos XVI y XVII, en la Europa del siglo XVIII
América continuó siendo sobre todo una fuente de metales preciosos —de plata principalmente—, que eran esenciales para el funciona- miento del capitalismo moderno y para financiar el comercio euro- peo con otras regiones del mundo, principalmente con el Lejano Oriente. Como se explicará más adelante, durante el transcurso del siglo, la producción oficial de plata peruana se mantuvo relativamente constante (aunque hubo un desplazamiento relativo de la produc- ción del Alto al Bajo Perú) en unos diez millones de pesos anuales, mientras que la de Nueva España se multiplicó varias veces, llegando a alcanzar unos 25 millones de pesos (las dos terceras partes de toda la producción hispanoamericana) en 1799. Estas cifras no in- cluyen la plata que no estaba registrada —en parte para evadir los impuestos o permitirle entrar en los canales de contrabando—, la cual, según estimados contemporáneos, comprendía del 30% al 50% de la producción registrada. El comercio español con América —en teoría el único comercio internacional permitido a los peruanos después de las dos primeras décadas del siglo XVIII, cuando el acce- so francés a los puertos del Pacífico se prohibió— siguió dominado por la importación de metales preciosos incluso después de 1778, cuando la Corona intentó promover una política de comercio libre más liberal, con la esperanza de promover el crecimiento económico de regiones hasta ese entonces descuidadas por las rutas comerciales
2. En 1784, el Cabildo de Trujillo citó la importación ilegal de azúcar brasileña a Hispanoamérica vía Buenos Aires, como un factor decisivo en la decadencia de la agricultura en el norte del Perú: Escobedo a Gálvez, 16 de enero de 1784, AGI, Lima, Leg. 1100.
tradicionales, convirtiéndolas en fuentes de materias primas para las industrias españolas y en consumidoras de sus productos.3
Entre 1782 y 1796, cuando la ausencia de conflictos importan- tes entre España e Inglaterra le permitió a los comerciantes hispanos comerciar con América sin temor a que sus navíos fuesen atacados, el valor de las exportaciones hispanas a, e importaciones de, la Amé- rica española se incrementó dramáticamente en comparación con los niveles alcanzados en 1778, el año en que se promulgó el Re-
glamento de comercio libre: durante este periodo, las exportaciones de España a América crecieron en promedio en 400%, y las impor- taciones llegadas de esta última a la península subieron en más de 1,000%.4 Aunque la importancia relativa que los metales preciosos
tenían en las importaciones cayó, el oro y la plata siguieron constitu- yendo no menos del 56% del valor de las importaciones americanas llevadas a España en dichos años, seguidos (de lejos) por el tabaco (14%), el cacao (8%), el añil (5%), la cochinilla (4%), el azúcar (3%), las pieles (3%) y una amplia gama de otros productos americanos, que incluía a la cascarilla, el palo de tinte, el algodón, el cobre, la lana de vicuña, las hierbas y especias, y los productos medicinales. En el siglo XVIII, al igual que antes, Cádiz —que siguió dominando el comercio con el Perú, no obstante haberse concedido permiso a otros puertos para que traficaran directamente con el Pacífico— actuó esencialmente como un puerto intermedio en donde estos bienes americanos eran intercambiados por los productos manu- facturados del mundo no hispano, los que eran luego reexportados a América.
El impacto que tuvieron los productos americanos desconocidos antes de 1492, sobre la cultura material europea —por ejemplo, el tabaco, la papa, el tomate, el chocolate y el maíz— no tiene interés para este libro, pues su asimilación a la dieta del Viejo Mundo ya se
3. El trasfondo de las reformas comerciales de la década de 1770 se examina en Fisher, Commercial Relations, pp. 9-19.
4. Fisher, The Economic Aspects of Spanish Imperialism, pp. 134-86, presenta un cuadro general de estos resultados. Si bien en teoría la guerra de la independencia de los Estados Unidos prosiguió hasta 1783, el grueso de las hostilidades cesó en 1782.
había dado antes del periodo Borbón; lo mismo vale en términos generales para productos tales como el azúcar y las especias, los cuales, aunque no del todo desconocidos en Europa antes del des- cubrimiento de América, dejaron gradualmente de ser un lujo y pasaron a ser artículos de consumo popular durante la era de los Habsburgo. En el siglo XVIII, no obstante, se dieron algunos cambios significativos en la dieta europea debido a las influencias americanas, aunque tal vez por razones sociales más que económicas: un ejemplo es el incremento en el consumo del café. Como jamás se cansaban de señalar los observadores contemporáneos, el Perú era capaz de producir un excelente café y una inmensa gama de otros productos agrícolas, pero el alto costo de su transporte al mercado europeo hacía que la mayor parte de ellos no pudiese competir con aquellos procedentes de otras fuentes americanas.5 En general, y a pesar de
las variantes regionales, en el transcurso del siglo XVIII Iberoamérica logró intensificar dramáticamente la producción y distribución en Europa —tanto a través del comercio legal como del contrabando— de las materias primas urgentemente requeridas por las industrias textiles en expansión de Inglaterra, Francia, Alemania, los Países Bajos y España (Cataluña) —algodón, añil, cochinilla, palo de tin- te—, así como de los demás productos primarios, sobre todo los cueros de vaca necesarios en sociedades en trance de desplazar su eje socioeconómico del campo a la ciudad, incrementando así la demanda de la producción fabril.
El reverso de esta ecuación fue que en la Europa del XVIII, la producción fabril necesitaba no sólo una provisión segura de mate- rias primas, sino también el acceso a los mercados de ultramar que pudiesen generar las ganancias con las cuales comprar estos materia- les (y permitir la acumulación de capital, tanto para el consumo conspicuo como para la inversión). Esta motivación —el deseo de contar con un acceso directo a los mercados americanos ya fuera a través de Cádiz, de permisos especiales para un comercio directo (los asientos de negros, por ejemplo), o del contrabando— fue,
5. La “Idea succinta del comercio del Peru...”, BL, Egerton Ms. 771, ff. 96-113, 131- 49, presenta una lista alfabética y una descripción de los recursos animales y vegetales del Perú.
tradicionales, convirtiéndolas en fuentes de materias primas para las industrias españolas y en consumidoras de sus productos.3
Entre 1782 y 1796, cuando la ausencia de conflictos importan- tes entre España e Inglaterra le permitió a los comerciantes hispanos comerciar con América sin temor a que sus navíos fuesen atacados, el valor de las exportaciones hispanas a, e importaciones de, la Amé- rica española se incrementó dramáticamente en comparación con los niveles alcanzados en 1778, el año en que se promulgó el Re-
glamento de comercio libre: durante este periodo, las exportaciones de España a América crecieron en promedio en 400%, y las impor- taciones llegadas de esta última a la península subieron en más de 1,000%.4 Aunque la importancia relativa que los metales preciosos
tenían en las importaciones cayó, el oro y la plata siguieron constitu- yendo no menos del 56% del valor de las importaciones americanas llevadas a España en dichos años, seguidos (de lejos) por el tabaco (14%), el cacao (8%), el añil (5%), la cochinilla (4%), el azúcar (3%), las pieles (3%) y una amplia gama de otros productos americanos, que incluía a la cascarilla, el palo de tinte, el algodón, el cobre, la lana de vicuña, las hierbas y especias, y los productos medicinales. En el siglo XVIII, al igual que antes, Cádiz —que siguió dominando el comercio con el Perú, no obstante haberse concedido permiso a otros puertos para que traficaran directamente con el Pacífico— actuó esencialmente como un puerto intermedio en donde estos bienes americanos eran intercambiados por los productos manu- facturados del mundo no hispano, los que eran luego reexportados a América.
El impacto que tuvieron los productos americanos desconocidos antes de 1492, sobre la cultura material europea —por ejemplo, el tabaco, la papa, el tomate, el chocolate y el maíz— no tiene interés para este libro, pues su asimilación a la dieta del Viejo Mundo ya se
3. El trasfondo de las reformas comerciales de la década de 1770 se examina en Fisher, Commercial Relations, pp. 9-19.
4. Fisher, The Economic Aspects of Spanish Imperialism, pp. 134-86, presenta un cuadro general de estos resultados. Si bien en teoría la guerra de la independencia de los Estados Unidos prosiguió hasta 1783, el grueso de las hostilidades cesó en 1782.
había dado antes del periodo Borbón; lo mismo vale en términos generales para productos tales como el azúcar y las especias, los cuales, aunque no del todo desconocidos en Europa antes del des- cubrimiento de América, dejaron gradualmente de ser un lujo y pasaron a ser artículos de consumo popular durante la era de los Habsburgo. En el siglo XVIII, no obstante, se dieron algunos cambios significativos en la dieta europea debido a las influencias americanas, aunque tal vez por razones sociales más que económicas: un ejemplo es el incremento en el consumo del café. Como jamás se cansaban de señalar los observadores contemporáneos, el Perú era capaz de producir un excelente café y una inmensa gama de otros productos agrícolas, pero el alto costo de su transporte al mercado europeo hacía que la mayor parte de ellos no pudiese competir con aquellos procedentes de otras fuentes americanas.5 En general, y a pesar de
las variantes regionales, en el transcurso del siglo XVIII Iberoamérica logró intensificar dramáticamente la producción y distribución en Europa —tanto a través del comercio legal como del contrabando— de las materias primas urgentemente requeridas por las industrias textiles en expansión de Inglaterra, Francia, Alemania, los Países Bajos y España (Cataluña) —algodón, añil, cochinilla, palo de tin- te—, así como de los demás productos primarios, sobre todo los cueros de vaca necesarios en sociedades en trance de desplazar su eje socioeconómico del campo a la ciudad, incrementando así la demanda de la producción fabril.
El reverso de esta ecuación fue que en la Europa del XVIII, la producción fabril necesitaba no sólo una provisión segura de mate- rias primas, sino también el acceso a los mercados de ultramar que pudiesen generar las ganancias con las cuales comprar estos materia- les (y permitir la acumulación de capital, tanto para el consumo conspicuo como para la inversión). Esta motivación —el deseo de contar con un acceso directo a los mercados americanos ya fuera a través de Cádiz, de permisos especiales para un comercio directo (los asientos de negros, por ejemplo), o del contrabando— fue,
5. La “Idea succinta del comercio del Peru...”, BL, Egerton Ms. 771, ff. 96-113, 131- 49, presenta una lista alfabética y una descripción de los recursos animales y vegetales del Perú.
como ya vimos, un factor importante en las principales guerras in- ternacionales y pugnas diplomáticas de la primera mitad del XVIII. Sin embargo, con la ventaja que nos da una mirada retrospecti- va, resulta justificado concluir que su importancia fue exagerada, pues en realidad el mercado americano de bienes europeos tenía una capacidad limitada, dado que la población consumidora era relativamente pequeña.
Por ejemplo, un cálculo autorizado sugiere que a finales del siglo
XVIII Inglaterra exportaba el 35%-40% de su producción industrial total: de estas exportaciones, el 33% era absorbido por el mercado europeo, 27% iba a los Estados Unidos y alrededor del 40% (esto es, el 10% de la producción industrial total) se dirigía a “todas partes del mundo”, una categoría vaga que comprendía tanto a África e India como a Iberoamérica.6 Esto significa que si bien era importante
para Inglaterra, el mercado iberoamericano jamás lo fue tanto como para tener una importancia abrumadora en la definición y el finan- ciamiento de las políticas comerciales. El mismo argumento se aplica con mayor fuerza aún a otros países europeos —Francia y los Países Bajos, por ejemplo— que en el XVIII dependían de su producción industrial (y, por lo tanto, de los mercados de exportación) aún menos que Inglaterra. Para España y Portugal, en cambio, América siguió sirviendo, incluso en este siglo, esencialmente como un mercado para productos agrícolas y vitícolas excedentes, a pesar del limitado desarrollo industrial en los países íberos.
Para Adam Smith, los detalles eran menos importantes que los principios: en su famoso libro An Inquiry into the Nature and Causes
of the Wealth of Nations (1776), describió el descubrimiento de Amé- rica como uno de los dos eventos más grandiosos en la historia de la humanidad (siendo el otro el descubrimiento del Cabo de Buena Esperanza). Sin embargo, desde su punto de vista las colonias es- tablecidas en América no eran necesarias para la supervivencia de la sociedad europea, no obstante haber llegado a ser de importancia económica para ella.7 Montesquieu y otros pensadores del comienzo
6. Lynch, “British Policy”, da detalles del comercio británico de ultramar en 1783-1803. 7. Fisher, “Adam Smith”.
de la Ilustración no estaban de acuerdo: para ellos, así como para los arbitristas españoles de la década de 1740 —y también para estadistas como Aranda y Gálvez—, la función esencial de las po- sesiones americanas era servir como ramas económicas de su madre patria, brindándole a ésta rentas tributarias así como materias primas, y recibiendo sus manufacturas. Por lo tanto, resulta apropiado pres- tar cierta atención a las medidas políticas y económicas desarrolladas en Madrid durante el siglo XVIII, en un intento por convertir el sue- ño mercantilista en realidad. Es igualmente importante examinar la reacción peruana ante los aspectos fiscales y económicos del nuevo tipo de absolutismo impuesto al virreinato desde arriba.
En el Perú las reformas borbónicas, al igual que en otras partes de la América española, conformaron una compleja red de cambios administrativos, fiscales, judiciales y militares. Si bien resulta difícil aislar alguna característica particular de la política imperial a la cual podríamos considerar de importancia suprema, es probablemente legítimo sugerir que la mejora de las defensas imperiales fue su prin- cipal objetivo (sobre todo después del final de la Guerra de los Sie- te Años en 1763) y que la generación de rentas adicionales para la Corona no fue tanto un fin en sí mismo como un medio con el cual financiar este objetivo. Este vínculo persistió incluso en la Nueva España, en donde la seguridad externa no era percibida como uno de los principales problemas (salvo en la frontera norte), pues las rentas excedentes de este virreinato fueron usadas para pagar las de- fensas de Cuba, Florida y otros puntos vulnerables del Caribe. Se podían generar más rentas tanto con una mayor eficiencia en la re-