5.2 Effect of the model mode in a RPC scheme
5.2.2 Using sub-optimal tree parameters
CAPÍTULO VI
NO IMPORTA CUAN desapegado y objetivo intente ser un historiador al evaluar los factores que intervinieron en el final del dominio hispano en el Perú en 1824, sigue siendo difícil presentar un análisis de este proceso sin comentar los cambios en la ideología, la con- ciencia popular y la articulación de la identidad nacional, no sólo en la nueva república sino también en el Perú de finales del siglo XX. A riesgo de simplificar demasiado estos temas, es legítimo sugerir que el historiador se enfrenta desde el principio con dos interpretaciones diferentes sobre la manera (y tal vez el momento, ¿1821 o 1824?) en que el Perú alcanzó la independencia.
La primera interpretación es aquella que caracteriza al periodo colonial tardío en términos de conservadurismo, letargo y estan- camiento económico, y que deja a un lado a la rebelión de Túpac Amaru y otras manifestaciones de descontento anteriores a 1810, caracterizándolas como movimientos incoherentes de protesta rural que, lejos de unir a los peruanos de todas las razas y regiones en la búsqueda de la independencia nacional, tuvieron el efecto contrario de alienar a la minoría criolla del virreinato, asustándola y haciendo que respaldase la preservación del dominio hispano.1 Hasta el icono-
1. Fisher, “Royalism”, pp. 237-38, presenta varios ejemplos de esta forma de estereotipar al Perú como un baluarte del poder realista.
FIDELISMO, PATRIOTISMO E
INDEPENDENCIA
CAPÍTULO VI
NO IMPORTA CUAN desapegado y objetivo intente ser un historiador al evaluar los factores que intervinieron en el final del dominio hispano en el Perú en 1824, sigue siendo difícil presentar un análisis de este proceso sin comentar los cambios en la ideología, la con- ciencia popular y la articulación de la identidad nacional, no sólo en la nueva república sino también en el Perú de finales del siglo XX. A riesgo de simplificar demasiado estos temas, es legítimo sugerir que el historiador se enfrenta desde el principio con dos interpretaciones diferentes sobre la manera (y tal vez el momento, ¿1821 o 1824?) en que el Perú alcanzó la independencia.
La primera interpretación es aquella que caracteriza al periodo colonial tardío en términos de conservadurismo, letargo y estan- camiento económico, y que deja a un lado a la rebelión de Túpac Amaru y otras manifestaciones de descontento anteriores a 1810, caracterizándolas como movimientos incoherentes de protesta rural que, lejos de unir a los peruanos de todas las razas y regiones en la búsqueda de la independencia nacional, tuvieron el efecto contrario de alienar a la minoría criolla del virreinato, asustándola y haciendo que respaldase la preservación del dominio hispano.1 Hasta el icono-
1. Fisher, “Royalism”, pp. 237-38, presenta varios ejemplos de esta forma de estereotipar al Perú como un baluarte del poder realista.
clasta estudio que Bonilla hiciera de la independencia en 1972 concluye que “toda coalición de los criollos ... con los grupos más bajos de la sociedad colonial fue tentativa y efímera”, no obstante ser consciente de la necesidad de distinguir entre, de un lado, los intereses y las actitudes de la elite de la capital virreinal, de orientación peninsular, y, del otro, la actitud de las elites provinciales, sobre todo las del Cuzco y Arequipa, cuya motivación parece haber sido emanciparse de Lima antes que de Madrid.2
La interpretación alternativa, que se ha hecho más popular en el Perú durante las últimas tres décadas, identifica a Túpac Amaru como el primero de los grandes precursores de la independencia sudamericana, y describe los cuarenta años que siguieron a su eje- cución, en términos tales como “casi medio siglo de incesante lucha por la libertad política”, un proceso que alcanzó su conclusión natural y gloriosa con la entrada de José de San Martín en Lima en 1821.3
Lo que no está en discusión es que, no obstante algunas conspira- ciones sucedidas en Lima entre 1810 y 1814, y algunos movimientos armados en Tacna entre 1811 y 1813 (de los cuales daremos mayo- res detalles luego), en el Perú y hasta la llegada de San Martín, los fenómenos afines de la insurgencia y el protonacionalismo se mani- festaron principalmente en la sierra “india” —simbólicamente repre- sentada por la ciudad del Cuzco— antes que en la aristocrática Lima criolla y su hinterland.
A pesar de cierta tendencia a exaltar al pasado incaico peruano, los líderes de la elite costeña del virreinato —hombres como Baquí- jano (y, en menor medida, los criollos del interior)— vieron con recelo la rebelión de Túpac Amaru de 1780-1783; tres décadas des- pués, como veremos, la mayoría respaldó activamente la represión de la rebelión del Cuzco de 1814-1815 más por lo que ésta y su predecesora parecían simbolizar (débilmente en el caso de Túpac Amaru pero claramente en el segundo) —la posibilidad de un Perú independiente controlado desde el interior indio—, que porque realmente cuestionaran la hegemonía criolla, ya que ambas rebelio-
nes fueron conservadoras en términos de sus objetivos sociales y económicos fundamentales. Del mismo modo, como Cecilia Méndez lo demostrara hace poco, entre 1836 y 1839 la aristocracia limeña combatiría a la Confederación Perú-Boliviana con la pluma y la espada por iguales razones, usando una retórica abiertamente racista para minar la legitimidad de Andrés de Santa Cruz, su presidente, quien era condenado no sólo por ser un invasor boliviano, sino tam- bién por ser un indio advenedizo.4
En las manifestaciones formales de la ideología nacionalista —lo que Méndez describe como la “historiografía oficial”—, la identidad del Perú republicano ha estado asociada, desde 1821, con la de- claración de la independencia en Lima por parte de San Martín el 28 de julio de dicho año, y la sentida necesidad de celebrar ese acontecimiento como el momento crucial de las fiestas patrias pe- ruanas.5 En cambio, la batalla de Ayacucho del 9 de diciembre de
1824, después de la cual el numéricamente superior ejército realista se rindió a Sucre, es considerada más como una operación de limpie- za, que como el momento decisivo en el establecimiento de la inde- pendencia peruana de España. Por supuesto que esta tendencia a ver la identidad peruana a través de los ojos miopes de la elite me- tropolitana —que miraba hacia afuera, a Europa y los Estados Unidos, en lugar de hacia el interior del país— se intensificó desde mediados del siglo XIX, a medida que el crecimiento económico provocado por las exportaciones brindaba la legitimización material de una antipatía cultural profundamente enraizada para con la cada vez más marginada sierra sur y sus pobladores, que en su mayoría
2. Bonilla y Spalding, “La independencia”, p. 46.
3. Denegri Luna y otros, Antología de la independencia, VII.
4. Méndez, “Incas sí, Indios no”. En realidad Santa Cruz era de ascendencia mixta, pues era el hijo de un funcionario colonial menor y de una cacica acomodada, nacido en La Paz. Aunque fue brevemente Presidente del Perú en 1827, luego de un distinguido servicio militar en la causa patriota a partir de 1820, bajo el mando de Sucre, él jamás pudo librarse, al igual que Juan Velasco Alvarado 140 años después, del desdén mostrado por la elite limeña a un oficial provinciano cuyos orígenes raciales eran percibidos como algo dudosos. Un siglo después de su muerte, una biografía suya fue subtitulada “el cóndor indio”, tal vez con una ironía inconsciente: Crespo, Santa Cruz.
clasta estudio que Bonilla hiciera de la independencia en 1972 concluye que “toda coalición de los criollos ... con los grupos más bajos de la sociedad colonial fue tentativa y efímera”, no obstante ser consciente de la necesidad de distinguir entre, de un lado, los intereses y las actitudes de la elite de la capital virreinal, de orientación peninsular, y, del otro, la actitud de las elites provinciales, sobre todo las del Cuzco y Arequipa, cuya motivación parece haber sido emanciparse de Lima antes que de Madrid.2
La interpretación alternativa, que se ha hecho más popular en el Perú durante las últimas tres décadas, identifica a Túpac Amaru como el primero de los grandes precursores de la independencia sudamericana, y describe los cuarenta años que siguieron a su eje- cución, en términos tales como “casi medio siglo de incesante lucha por la libertad política”, un proceso que alcanzó su conclusión natural y gloriosa con la entrada de José de San Martín en Lima en 1821.3
Lo que no está en discusión es que, no obstante algunas conspira- ciones sucedidas en Lima entre 1810 y 1814, y algunos movimientos armados en Tacna entre 1811 y 1813 (de los cuales daremos mayo- res detalles luego), en el Perú y hasta la llegada de San Martín, los fenómenos afines de la insurgencia y el protonacionalismo se mani- festaron principalmente en la sierra “india” —simbólicamente repre- sentada por la ciudad del Cuzco— antes que en la aristocrática Lima criolla y su hinterland.
A pesar de cierta tendencia a exaltar al pasado incaico peruano, los líderes de la elite costeña del virreinato —hombres como Baquí- jano (y, en menor medida, los criollos del interior)— vieron con recelo la rebelión de Túpac Amaru de 1780-1783; tres décadas des- pués, como veremos, la mayoría respaldó activamente la represión de la rebelión del Cuzco de 1814-1815 más por lo que ésta y su predecesora parecían simbolizar (débilmente en el caso de Túpac Amaru pero claramente en el segundo) —la posibilidad de un Perú independiente controlado desde el interior indio—, que porque realmente cuestionaran la hegemonía criolla, ya que ambas rebelio-
nes fueron conservadoras en términos de sus objetivos sociales y económicos fundamentales. Del mismo modo, como Cecilia Méndez lo demostrara hace poco, entre 1836 y 1839 la aristocracia limeña combatiría a la Confederación Perú-Boliviana con la pluma y la espada por iguales razones, usando una retórica abiertamente racista para minar la legitimidad de Andrés de Santa Cruz, su presidente, quien era condenado no sólo por ser un invasor boliviano, sino tam- bién por ser un indio advenedizo.4
En las manifestaciones formales de la ideología nacionalista —lo que Méndez describe como la “historiografía oficial”—, la identidad del Perú republicano ha estado asociada, desde 1821, con la de- claración de la independencia en Lima por parte de San Martín el 28 de julio de dicho año, y la sentida necesidad de celebrar ese acontecimiento como el momento crucial de las fiestas patrias pe- ruanas.5 En cambio, la batalla de Ayacucho del 9 de diciembre de
1824, después de la cual el numéricamente superior ejército realista se rindió a Sucre, es considerada más como una operación de limpie- za, que como el momento decisivo en el establecimiento de la inde- pendencia peruana de España. Por supuesto que esta tendencia a ver la identidad peruana a través de los ojos miopes de la elite me- tropolitana —que miraba hacia afuera, a Europa y los Estados Unidos, en lugar de hacia el interior del país— se intensificó desde mediados del siglo XIX, a medida que el crecimiento económico provocado por las exportaciones brindaba la legitimización material de una antipatía cultural profundamente enraizada para con la cada vez más marginada sierra sur y sus pobladores, que en su mayoría
2. Bonilla y Spalding, “La independencia”, p. 46.
3. Denegri Luna y otros, Antología de la independencia, VII.
4. Méndez, “Incas sí, Indios no”. En realidad Santa Cruz era de ascendencia mixta, pues era el hijo de un funcionario colonial menor y de una cacica acomodada, nacido en La Paz. Aunque fue brevemente Presidente del Perú en 1827, luego de un distinguido servicio militar en la causa patriota a partir de 1820, bajo el mando de Sucre, él jamás pudo librarse, al igual que Juan Velasco Alvarado 140 años después, del desdén mostrado por la elite limeña a un oficial provinciano cuyos orígenes raciales eran percibidos como algo dudosos. Un siglo después de su muerte, una biografía suya fue subtitulada “el cóndor indio”, tal vez con una ironía inconsciente: Crespo, Santa Cruz.
quedaron excluidos de toda participación formal en la vida política debido a su analfabetismo.6
En el mundo hispano, la celebración de los aniversarios históricos trae consigo cierto grado de revisionismo histórico. En el Perú, el deseo de conmemorar el advenimiento del primer centenario de la independencia de España contribuyó un poco a este proceso, con la publicación de varios estudios de las actividades prerevoluciona- rias fuera de Lima misma, principalmente en Huánuco, Huamanga y Cuzco.7 Este proceso complementó los intentos hechos a comienzos
del siglo XX por varios autores prominentes de la escuela cuzqueña, de revivir el indigenismo promovido en el periodo inmediatamente posterior a la independencia por escritores cuzqueños como Narciso Aréstegui, Pío Benigno Mesa y Clorinda Matto de Turner, y poste- riormente a nivel nacional por Manuel González Prada.8 A pesar de
sus actividades y de los esfuerzos paralelos realizados por José Carlos Mariátegui en los años veinte para promover la discusión de la rea- lidad nacional, en oposición a una realidad puramente metropoli- tana, el control oligárquico de la vida política —y por lo tanto, una visión oligárquica del desarrollo histórico peruano— siguió en gene- ral intacto durante el segundo cuarto del siglo XX, aun si de vez en cuando habían de hacerse algunos compromisos ocasionales, coop- tándose a disidentes potenciales a las estructuras del establishment. El colapso de la política oligárquica en el tercer cuarto del siglo
XX desplazó el eje historiográfico de la preocupación tradicional con la metrópoli y sus grupos de elite, a una conciencia mucho ma- yor de la necesidad de examinar la historia del interior peruano, en general, y la historia de la población india y rural en particular. Hasta cierto punto esta tendencia fue impuesta desde arriba, en especial durante la fase más radical (1968-1975) del Gobierno Revolu-
cionario de las Fuerzas Armadas, cuando la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia buscaba promover una rein- terpretación de la historia colonial peruana tardía que armonizase con el nuevo énfasis que los militares daban a la justicia social, la armonía racial y el nacionalismo en la reconstrucción del Perú, luego de la revolución de octubre de 1968.9 De modo tal vez inconsciente,
el proceso hasta cierto punto comprendió una revalorización del carácter definitivo, o no, de 1821 para la independencia: por ejem- plo, un volumen de la vasta Colección documental publicada bajo sus auspicios reprodujo documentos relacionados con el funcio- namiento del gobierno virreinal en el Cuzco, entre 1822 y 1824.10
Sin embargo, el empuje principal de la comisión fue en la dirección cronológicamente opuesta, exaltándose a Túpac Amaru como un profeta improbable de la reforma agraria y los programas naciona- lizadores de Velasco.11
Curiosamente, esta tendencia (que revelaba muy poco acerca de las realidades históricas del periodo colonial tardío, y mucho sobre la superficialidad de la erudición pseudohistórica peruana de los años setenta) sobrevivió al giro derechista en la política militar de 1975, en parte debido al vigor con el que otro cuerpo oficial, la Co- misión Nacional del Bicentenario de la Rebelión Emancipadora de Túpac Amaru, organizó las celebraciones por el bicentenario del levantamiento de 1780.12 Durante la década de 1980, el retorno a
la presidencia de Fernando Belaunde Terry y, posteriormente, la elec- ción de Alan García, trajeron consigo un renovado interés —por lo menos a nivel retórico— por devolver el poder político de Lima a la sierra, y específicamente por la posibilidad de crear una república federal cuya capital fuera el Cuzco, brindando así una razón más
6. Véase Remy, “La sociedad local”, para un mayor análisis sobre el trasfondo de la marginación de la sierra en la vida nacional peruana durante el siglo XIX. 7. Véase, por ejemplo, Eguiguren, Guerra separatista del Perú: la rebelión de León de
Huánuco y La revolución de 1814.
8. Este tema es examinado detenidamente en Tamayo Herrera, Historia del indigenismo
cuzqueño.
9. Fisher, “Royalism”, pp. 232-37.
10. Colección documental de la independencia, Tomo XXII, Vol. 3: Gobierno virreinal
del Cuzco, editado por Horacio Villanueva Urteaga.
11. Este tema es desarrollado en Fisher, “Imperialism, Centralism and Regionalism”. 12. Véanse, por ejemplo, las Actas del Coloquio Internacional “Túpac Amaru y su
quedaron excluidos de toda participación formal en la vida política debido a su analfabetismo.6
En el mundo hispano, la celebración de los aniversarios históricos trae consigo cierto grado de revisionismo histórico. En el Perú, el deseo de conmemorar el advenimiento del primer centenario de la independencia de España contribuyó un poco a este proceso, con la publicación de varios estudios de las actividades prerevoluciona- rias fuera de Lima misma, principalmente en Huánuco, Huamanga y Cuzco.7 Este proceso complementó los intentos hechos a comienzos
del siglo XX por varios autores prominentes de la escuela cuzqueña, de revivir el indigenismo promovido en el periodo inmediatamente posterior a la independencia por escritores cuzqueños como Narciso Aréstegui, Pío Benigno Mesa y Clorinda Matto de Turner, y poste- riormente a nivel nacional por Manuel González Prada.8 A pesar de
sus actividades y de los esfuerzos paralelos realizados por José Carlos Mariátegui en los años veinte para promover la discusión de la rea- lidad nacional, en oposición a una realidad puramente metropoli- tana, el control oligárquico de la vida política —y por lo tanto, una visión oligárquica del desarrollo histórico peruano— siguió en gene- ral intacto durante el segundo cuarto del siglo XX, aun si de vez en cuando habían de hacerse algunos compromisos ocasionales, coop- tándose a disidentes potenciales a las estructuras del establishment. El colapso de la política oligárquica en el tercer cuarto del siglo
XX desplazó el eje historiográfico de la preocupación tradicional con la metrópoli y sus grupos de elite, a una conciencia mucho ma- yor de la necesidad de examinar la historia del interior peruano, en general, y la historia de la población india y rural en particular. Hasta cierto punto esta tendencia fue impuesta desde arriba, en especial durante la fase más radical (1968-1975) del Gobierno Revolu-
cionario de las Fuerzas Armadas, cuando la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia buscaba promover una rein- terpretación de la historia colonial peruana tardía que armonizase con el nuevo énfasis que los militares daban a la justicia social, la armonía racial y el nacionalismo en la reconstrucción del Perú, luego de la revolución de octubre de 1968.9 De modo tal vez inconsciente,
el proceso hasta cierto punto comprendió una revalorización del carácter definitivo, o no, de 1821 para la independencia: por ejem- plo, un volumen de la vasta Colección documental publicada bajo sus auspicios reprodujo documentos relacionados con el funcio- namiento del gobierno virreinal en el Cuzco, entre 1822 y 1824.10
Sin embargo, el empuje principal de la comisión fue en la dirección cronológicamente opuesta, exaltándose a Túpac Amaru como un profeta improbable de la reforma agraria y los programas naciona- lizadores de Velasco.11
Curiosamente, esta tendencia (que revelaba muy poco acerca de las realidades históricas del periodo colonial tardío, y mucho sobre la superficialidad de la erudición pseudohistórica peruana de los años setenta) sobrevivió al giro derechista en la política militar de 1975, en parte debido al vigor con el que otro cuerpo oficial, la Co- misión Nacional del Bicentenario de la Rebelión Emancipadora de Túpac Amaru, organizó las celebraciones por el bicentenario del levantamiento de 1780.12 Durante la década de 1980, el retorno a
la presidencia de Fernando Belaunde Terry y, posteriormente, la elec-