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CAPÍTULO IV

EN UN PROFÉTICO y revelador informe enviado al ministro de las Indias inmediatamente después del estallido de la rebelión de Túpac Amaru, el visitador general Areche subrayó la tendencia que tenían los españoles en el Perú —criollos y peninsulares por igual—a asu- mir que la mayoría india del virreinato era incapaz de expresarse políticamente de modo coherente: “Josep Túpac Amaro”, escribió, “ha sido capaz de introducir su nombre, aun que con abominación, en la sucessiva Historia de esta América, por los modos mas raros que pueden imaginarse y que muchos dudarían de la natural im- becílidad del común talento de los de su Nación”.1 Cuatro meses

más tarde, luego de que Túpac Amaru fuese capturado junto con “el gran catálogo de los de su Familia”, Areche expresó su convic- ción algo contradictoria de que “Túpac Amaru trató esta revelión con personas de esfera ó con los que protegan la iniqua livertad, la detracción, el odio de europeos”, añadiendo que no le quedaba duda alguna de “que no hay mal en las Provincias interiores que no está engendrado en Lima donde se fragua, abla, y siente de

SOCIEDAD, ETNICIDAD Y CULTURA

CAPÍTULO IV

EN UN PROFÉTICO y revelador informe enviado al ministro de las Indias inmediatamente después del estallido de la rebelión de Túpac Amaru, el visitador general Areche subrayó la tendencia que tenían los españoles en el Perú —criollos y peninsulares por igual—a asu- mir que la mayoría india del virreinato era incapaz de expresarse políticamente de modo coherente: “Josep Túpac Amaro”, escribió, “ha sido capaz de introducir su nombre, aun que con abominación, en la sucessiva Historia de esta América, por los modos mas raros que pueden imaginarse y que muchos dudarían de la natural im- becílidad del común talento de los de su Nación”.1 Cuatro meses

más tarde, luego de que Túpac Amaru fuese capturado junto con “el gran catálogo de los de su Familia”, Areche expresó su convic- ción algo contradictoria de que “Túpac Amaru trató esta revelión con personas de esfera ó con los que protegan la iniqua livertad, la detracción, el odio de europeos”, añadiendo que no le quedaba duda alguna de “que no hay mal en las Provincias interiores que no está engendrado en Lima donde se fragua, abla, y siente de

todo lo que no es su antiguo desorden, con una avilantez y franque- za extremada”.2

Esta tendencia criollo-indígena a aliarse en contra de los españoles aumentaba, según Areche, porque los indios peruanos, a diferencia de los de la Nueva España, “deliran [todos] sobre descendencia R’l, sobre armas y privilegios”, un rasgo estimulado por ciertas “manos, traidores a la verdad” de Lima.3 Sin embargo, medio siglo más tarde,

al comentar la composición de las fuerzas realistas en la batalla de Ayacucho, Jerónimo Valdes llamó la atención sobre el hecho de que el ejército que había combatido hasta 1824 en contra de “todos los Estados que ya se habían hecho independientes”, se hallaba “muy escaso” de tropas europeas. Por ello, “con soldados indios ha sido con los que sostuvimos los ultimos años de tan porfiada contienda”.4

El objetivo de este capítulo no es extraer conclusiones sobre la verdadera naturaleza de la rebelión de Túpac Amaru, o explicar por qué motivo la mayoría de los reclutas realistas de Ayacucho eran indios —estos temas serán tocados en los capítulos 5 y 6—, sino más bien presentar un cuadro general de las complejas relaciones sociales y étnicas del Perú colonial tardío. En este contexto las observaciones hechas por Areche en 1781, y las de Valdés, que datan de 1827, son útiles para llamar la atención sobre el problema de cuán difícil es extraer conclusiones simples sobre las actitudes sociales y raciales en una sociedad cuyas reglas étnicas, aparente- mente rígidas, fueron muchas veces moderadas y atemperadas por factores sociales, e incluso culturales, que hacían borrosas las distin- ciones y facilitaban las simpatías y alianzas interraciales.

De hecho, hay pocas evidencias de que las supuestas simpatías limeñas por las pretensiones de legitimidad incaica del “indio José G. Tupa Amaro”, como lo llamara el virrey Jáuregui algo despecti- vamente, pudieran traducirse en un respaldo político abierto, no

obstante ciertos informes sobre conspiraciones.5 En el Cuzco, en

cambio, una larga tradición de simpatía intelectual criolla por la ten- dencia indígena a apoyar el incanismo —“una esperanza colectiva inalcanzable, desmedida, utópica, de reconstruir un mundo indíge- na sin Occidente”, en palabras de Manuel Burga—, así como la co- laboración práctica entre los jefes locales de los distintos grupos étnicos en términos económicos y sociales, terminó por convencer a Areche de que Túpac Amaru había recibido “auxilios secretos” de “otros poco menos traidores... qe intentan subvertir la Dominación, sino solicitar que prosigan sus antiguas libertades de no pagar al sagrado caudal de los fondos públicos ó erario, mas que aquello que quieren”.6

Este intento de vincular la rebelión con la resistencia criolla a las innovaciones fiscales asociadas con la visita —un tema a ser exa- minado con mayor detenimiento en el siguiente capítulo, en par- ticular en relación a Arequipa— fue retomado con entusiasmo por Mata Linares quien, como la persona que juzgase a Túpac Amaru y como primer intendente del Cuzco, buscó convencer a Gálvez de que un difundido estímulo y respaldo a la insurrección había pro- venido no sólo del arequipeño obispo Moscoso, sino también de prominentes familias criollas de la ciudad, atraídas de forma vaga por la idea de encontrar a un Inca que liderase un movimiento se- paratista.7 Sin embargo, la observación paralela hecha por Areche

de que los indios que siguieron a Túpac Amaru estaban “alucinados con que con su dominaz’n no habrá Iglesias, ni curas, tributos, co- rregidores, repartimientos, obrages, Mitas, Aduanas, ni chapetones

2. Areche a Gálvez, 30 de abril de 1781, AGI, Lima, Leg. 1040. 3. Ibid.

4. Valdés, Documentos, 3: pp. 37-38.

5. Jáuregui a Gálvez, 15 de febrero de 1781, AGI, Lima, Leg. 1040. Véase asimismo la “Relación suscinta de la conjuración de los yndios de esta ciudad...”, Eguiguren,

Guerra separatista, I: pp. 176-86.

6. Areche a Gálvez, 1 de marzo de 1781, AGI, Lima, Leg. 1040. Para el incanismo véase Burga, Nacimiento de una utopía, y a Flores Galindo, Buscando un Inca. 7. Mata insistió repetidas veces que varios miembros de las familias Peralta y Ugarte

habían conspirado con el obispo y con otros funcionarios eclesiásticos para respaldar a Túpac Amaru, pero fue incapaz de conseguir pruebas que convencieran a la Audiencia de Lima: Mata a Gálvez, 4 de agosto de 1785, AGI, Cuzco, Leg. 35; Avilés a Gálvez, 1 de enero de 1785, AGI, Cuzco, Leg. 2.

todo lo que no es su antiguo desorden, con una avilantez y franque- za extremada”.2

Esta tendencia criollo-indígena a aliarse en contra de los españoles aumentaba, según Areche, porque los indios peruanos, a diferencia de los de la Nueva España, “deliran [todos] sobre descendencia R’l, sobre armas y privilegios”, un rasgo estimulado por ciertas “manos, traidores a la verdad” de Lima.3 Sin embargo, medio siglo más tarde,

al comentar la composición de las fuerzas realistas en la batalla de Ayacucho, Jerónimo Valdes llamó la atención sobre el hecho de que el ejército que había combatido hasta 1824 en contra de “todos los Estados que ya se habían hecho independientes”, se hallaba “muy escaso” de tropas europeas. Por ello, “con soldados indios ha sido con los que sostuvimos los ultimos años de tan porfiada contienda”.4

El objetivo de este capítulo no es extraer conclusiones sobre la verdadera naturaleza de la rebelión de Túpac Amaru, o explicar por qué motivo la mayoría de los reclutas realistas de Ayacucho eran indios —estos temas serán tocados en los capítulos 5 y 6—, sino más bien presentar un cuadro general de las complejas relaciones sociales y étnicas del Perú colonial tardío. En este contexto las observaciones hechas por Areche en 1781, y las de Valdés, que datan de 1827, son útiles para llamar la atención sobre el problema de cuán difícil es extraer conclusiones simples sobre las actitudes sociales y raciales en una sociedad cuyas reglas étnicas, aparente- mente rígidas, fueron muchas veces moderadas y atemperadas por factores sociales, e incluso culturales, que hacían borrosas las distin- ciones y facilitaban las simpatías y alianzas interraciales.

De hecho, hay pocas evidencias de que las supuestas simpatías limeñas por las pretensiones de legitimidad incaica del “indio José G. Tupa Amaro”, como lo llamara el virrey Jáuregui algo despecti- vamente, pudieran traducirse en un respaldo político abierto, no

obstante ciertos informes sobre conspiraciones.5 En el Cuzco, en

cambio, una larga tradición de simpatía intelectual criolla por la ten- dencia indígena a apoyar el incanismo —“una esperanza colectiva inalcanzable, desmedida, utópica, de reconstruir un mundo indíge- na sin Occidente”, en palabras de Manuel Burga—, así como la co- laboración práctica entre los jefes locales de los distintos grupos étnicos en términos económicos y sociales, terminó por convencer a Areche de que Túpac Amaru había recibido “auxilios secretos” de “otros poco menos traidores... qe intentan subvertir la Dominación, sino solicitar que prosigan sus antiguas libertades de no pagar al sagrado caudal de los fondos públicos ó erario, mas que aquello que quieren”.6

Este intento de vincular la rebelión con la resistencia criolla a las innovaciones fiscales asociadas con la visita —un tema a ser exa- minado con mayor detenimiento en el siguiente capítulo, en par- ticular en relación a Arequipa— fue retomado con entusiasmo por Mata Linares quien, como la persona que juzgase a Túpac Amaru y como primer intendente del Cuzco, buscó convencer a Gálvez de que un difundido estímulo y respaldo a la insurrección había pro- venido no sólo del arequipeño obispo Moscoso, sino también de prominentes familias criollas de la ciudad, atraídas de forma vaga por la idea de encontrar a un Inca que liderase un movimiento se- paratista.7 Sin embargo, la observación paralela hecha por Areche

de que los indios que siguieron a Túpac Amaru estaban “alucinados con que con su dominaz’n no habrá Iglesias, ni curas, tributos, co- rregidores, repartimientos, obrages, Mitas, Aduanas, ni chapetones

2. Areche a Gálvez, 30 de abril de 1781, AGI, Lima, Leg. 1040. 3. Ibid.

4. Valdés, Documentos, 3: pp. 37-38.

5. Jáuregui a Gálvez, 15 de febrero de 1781, AGI, Lima, Leg. 1040. Véase asimismo la “Relación suscinta de la conjuración de los yndios de esta ciudad...”, Eguiguren,

Guerra separatista, I: pp. 176-86.

6. Areche a Gálvez, 1 de marzo de 1781, AGI, Lima, Leg. 1040. Para el incanismo véase Burga, Nacimiento de una utopía, y a Flores Galindo, Buscando un Inca. 7. Mata insistió repetidas veces que varios miembros de las familias Peralta y Ugarte

habían conspirado con el obispo y con otros funcionarios eclesiásticos para respaldar a Túpac Amaru, pero fue incapaz de conseguir pruebas que convencieran a la Audiencia de Lima: Mata a Gálvez, 4 de agosto de 1785, AGI, Cuzco, Leg. 35; Avilés a Gálvez, 1 de enero de 1785, AGI, Cuzco, Leg. 2.

ò Europeos”, explica por qué razón una alianza tal estaba condenada a ser efímera por motivos económicos, dado que la mayoría de las empresas que explotaban la mano de obra indígena eran de pro- piedad de criollos antes que de peninsulares.8 Areche, quien llegó

al Cuzco en febrero de 1781 junto con 400 hombres procedentes de Lima y otros 200 reunidos en Huamanga, reflejó la posición esencial, aunque a veces no expresada, de la mayoría de los espa- ñoles del Perú al decir que “el indio solo respeta y teme a quien le amenaza, y si le enseñan recelo, que el entiende que es timidez, es osado”.9

Como señalase ya en el capítulo 2, el ejército que dejó el Cuzco en marzo de 1781 para atacar a los insurgentes en su baluarte de Tinta, estaba compuesto sobre todo por soldados indios reclutados por caciques, como por ejemplo Mateo García Pumacahua, que consideraban a Túpac Amaru como un usurpador y/o veían una oportunidad de ascenso personal en respaldar la represión de la rebelión.10 Al mismo tiempo, el primer contingente de tropas envia-

do desde Lima para reforzar los ineficaces esfuerzos de la milicia cuzqueña por contener la rebelión fue de libertos, extraídos del Re- gimiento de Mulatos de Lima. La yuxtaposición subsiguiente de estos tres grupos étnicos —españoles, indios y negros— en y alrededor del Cuzco en 1781, y las claras evidencias de las divergentes actitudes políticas y sociales de por lo menos los dos primeros, nos recuerdan una vez más la complejidad de la sociedad colonial del periodo bor- bónico tardío.

El significativo papel que los negros tuvieron en las estructuras económicas y sociales del Perú colonial tardío es a menudo pasado por alto, debido a la preocupación que la mayoría de los historiadores tiene por las relaciones entre la minoría española del virreinato y la

mayoría india. Según el censo de 1795, los negros conformaban el 7.4% de la población total del Perú, divididos por igual entre esclavos (40,385) y libertos (41,004). Si bien a primera vista este porcentaje parece relativamente pequeño, con él los negros eran el grupo racial más grande en zonas claves del Perú costeño, y no menos en Lima, en donde la ciudad y su cercado tenía un total de 28,000 negros (10,000 libertos, 18,000 esclavos) en una población de 63,000 per- sonas, con lo cual no sólo superaban a indios y mestizos (15,000), sino también a los blancos (20,000).11 Hubo una concentración si-

milar de negros en el vecino partido de Ica, en donde 8,000 negros vivían al lado de apenas 2,000 blancos y 11,000 indios y mestizos; las subdelegaciones de Chancay y Cañete tenían entre las dos otros 9,000 negros más (7,000 de los cuales eran esclavos) y apenas 1,500 blancos.

En total, la intendencia de Lima —que incluía, por supuesto, a los partidos serranos de Canta, Huarochirí y Yauyos, que apenas si contaban con ellos— tenía 48,000 negros (30,000 esclavos y 18,000 libertos), que constituían el 31% de la población total registrada de 156,000 personas; sin embargo, en los cinco distritos costeros (Ca- ñete, Chancay, Ica, Lima y Santa) ellos conformaban el 40% del total de la población. No sorprende, a la luz de esta última cifra y, en especial, dada la ubicuidad de los negros libertos en la ciudad de Lima, en donde eran especialmente prominentes como comercian- tes, artesanos y jornaleros, que Juan y Ulloa describieran a la costa peruana como una zona dominada por negros.12 Más al norte, la

otra gran concentración de negros, de libertos más que de esclavos (14,000 : 5,000), se dio en la intendencia de Trujillo, sobre todo en los partidos costeños de Lambayeque (5,000), Piura (6,000) y Trujillo mismo (4,000). Unos 4,000 negros vivían en la capital de la intenden- cia y alrededor de ella en la provincia sureña de Arequipa, y otros 8,000 estaban distribuidos de modo bastante uniforme en los par- tidos costeños especializados en la producción de vino y aguardiente.

8. Areche a Gálvez, 1 de marzo de 1781, AGI, Lima, Leg. 1040. Recogiendo, sin saberlo, un tema utópico, Areche añadió “con que si alguno muere en la acción de coronarse y rendir los demas del Reyno, le resucitará al tercero dia”.

9. Areche a Gálvez, 29 de mayo de 1782, AGI, Lima, Leg. 1041.

10. Precisamente en este momento, el famoso cacique de Chinchero ampliaba sus intereses comerciales al alquilar la hacienda de Sondor, en Huaillabamba, por la considerable suma de 470 pesos anuales: Mörner, Perfil de la sociedad rural, p. 45.

11. Cifras del Estado adjunto Bonet a Gil, 29 de diciembre de 1795, AGI, Indif. Gen., Leg. 1525.

ò Europeos”, explica por qué razón una alianza tal estaba condenada a ser efímera por motivos económicos, dado que la mayoría de las empresas que explotaban la mano de obra indígena eran de pro- piedad de criollos antes que de peninsulares.8 Areche, quien llegó

al Cuzco en febrero de 1781 junto con 400 hombres procedentes de Lima y otros 200 reunidos en Huamanga, reflejó la posición esencial, aunque a veces no expresada, de la mayoría de los espa- ñoles del Perú al decir que “el indio solo respeta y teme a quien le amenaza, y si le enseñan recelo, que el entiende que es timidez, es osado”.9

Como señalase ya en el capítulo 2, el ejército que dejó el Cuzco en marzo de 1781 para atacar a los insurgentes en su baluarte de Tinta, estaba compuesto sobre todo por soldados indios reclutados por caciques, como por ejemplo Mateo García Pumacahua, que consideraban a Túpac Amaru como un usurpador y/o veían una oportunidad de ascenso personal en respaldar la represión de la rebelión.10 Al mismo tiempo, el primer contingente de tropas envia-

do desde Lima para reforzar los ineficaces esfuerzos de la milicia cuzqueña por contener la rebelión fue de libertos, extraídos del Re- gimiento de Mulatos de Lima. La yuxtaposición subsiguiente de estos tres grupos étnicos —españoles, indios y negros— en y alrededor del Cuzco en 1781, y las claras evidencias de las divergentes actitudes políticas y sociales de por lo menos los dos primeros, nos recuerdan una vez más la complejidad de la sociedad colonial del periodo bor- bónico tardío.

El significativo papel que los negros tuvieron en las estructuras económicas y sociales del Perú colonial tardío es a menudo pasado por alto, debido a la preocupación que la mayoría de los historiadores tiene por las relaciones entre la minoría española del virreinato y la

mayoría india. Según el censo de 1795, los negros conformaban el 7.4% de la población total del Perú, divididos por igual entre esclavos (40,385) y libertos (41,004). Si bien a primera vista este porcentaje parece relativamente pequeño, con él los negros eran el grupo racial más grande en zonas claves del Perú costeño, y no menos en Lima, en donde la ciudad y su cercado tenía un total de 28,000 negros (10,000 libertos, 18,000 esclavos) en una población de 63,000 per- sonas, con lo cual no sólo superaban a indios y mestizos (15,000), sino también a los blancos (20,000).11 Hubo una concentración si-

milar de negros en el vecino partido de Ica, en donde 8,000 negros vivían al lado de apenas 2,000 blancos y 11,000 indios y mestizos; las subdelegaciones de Chancay y Cañete tenían entre las dos otros 9,000 negros más (7,000 de los cuales eran esclavos) y apenas 1,500 blancos.

En total, la intendencia de Lima —que incluía, por supuesto, a los partidos serranos de Canta, Huarochirí y Yauyos, que apenas si contaban con ellos— tenía 48,000 negros (30,000 esclavos y 18,000 libertos), que constituían el 31% de la población total registrada de 156,000 personas; sin embargo, en los cinco distritos costeros (Ca- ñete, Chancay, Ica, Lima y Santa) ellos conformaban el 40% del total de la población. No sorprende, a la luz de esta última cifra y, en especial, dada la ubicuidad de los negros libertos en la ciudad de Lima, en donde eran especialmente prominentes como comercian- tes, artesanos y jornaleros, que Juan y Ulloa describieran a la costa peruana como una zona dominada por negros.12 Más al norte, la

otra gran concentración de negros, de libertos más que de esclavos (14,000 : 5,000), se dio en la intendencia de Trujillo, sobre todo en los partidos costeños de Lambayeque (5,000), Piura (6,000) y Trujillo mismo (4,000). Unos 4,000 negros vivían en la capital de la intenden- cia y alrededor de ella en la provincia sureña de Arequipa, y otros 8,000 estaban distribuidos de modo bastante uniforme en los par- tidos costeños especializados en la producción de vino y aguardiente.

8. Areche a Gálvez, 1 de marzo de 1781, AGI, Lima, Leg. 1040. Recogiendo, sin saberlo, un tema utópico, Areche añadió “con que si alguno muere en la acción de