3.3 Assessment of Classication Techniques on Eagle Data
3.3.1 General Classication
D ado el repertorio estable de contenidos y el perfil previsible, recurrente, de cada conversación h asta el m om ento en que se interrum pe en un im passe, es posible in terrogarse sobre la estru ctu ra existente detrás de los discursos. Se
trata de una p reg u n ta sobre la econom ía que canaliza estos intercam bios, inde p endientem ente de la m oneda que circu la po r ellos. Los artículos del p ensa m iento bíblico son trag ad o s p or una ruta a través de la cual otros bienes ta m bién circulan y son intercam biados. En otras palabras, la m oneda, aquí y en otros circuitos (véase S egato, op. cit.), es convertible, tiene equivalencias y, sobre tod o , su v alo r de cam b io su p e ra y se sobrepone a su v alo r de uso. Tam bién, cuando hablo de econom ía, me refiero particularm ente a cóm o el otro ingresa y qué lugar o cu p a en el circuito por donde fluyen estos intercam bios, y cóm o el sujeto es construido po r estos flujos.
U n inventario de las estrategias conversacionales registradas en las sa las de conversación puede servir de guía: los participantes oscilan entre sedu cir y m a ra v illa r a sus interlocutores con cuestiones espirituosas inspiradas en las enseñanzas bíblicas, po r un lado, y dom inarlos por m edio de un despliegue de superioridad m oral o argum entativa, p or el otro. Todos los participantes, aunque usando tácticas d iferentes según cuál sea la circunstancia, acaban en un desfile o alarde de su pro p ia im portancia, una especie de exhibicionism o ostensivo para el cual Internet m uestra ser un m edio fértil. Pero, pase lo que pase, el en cantam iento del otro y la conquista siem pre obtienen éxito, lo que nos lleva a p ensar que se trata de un m edio donde todos y cada uno pueden p ro tag o n izar su sueño de p o d er - p o d e r argum entativo, p o d er hum orístico, p o d er de agresión, da lo m is m o -. G ráficam ente, parece com o si el discurso fu era lanzado por el sujeto h acia el “ otro” , golpeara en una superficie siem pre disponible y vacía, y reg resara com o u n a confirm ación. P ara el sujeto involu crado, la superficie ciega y sorda se com porta com o una p antalla donde el discurso rebota, regresándose al punto de origen sin sufrir transform aciones; y para el observador, la escen a es u n a B abel -a u n q u e , yo diría, u n a B abel de lo m ism o: el m ism o discurso, la m ism a ilu s ió n -A s í, en últim a instancia, se trata de un discurso autodirigido, y no de un discurso para otro.
P or otro lado, no hay aquí un “tú ” sino un “ cualquiera que esté ah í” , para quien ego, libre de constreñim ientos, puede encarnar el personaje que escoge para sí m ism o. Esto no es nuevo, y fue m uy com entado, por ejem plo, en relación con los num erosos casos de personificación de papeles de género cruzados o travestism o en Internet, que dieron origen a episodios y m alentendidos b as tante divu lg ad o s por los m ed io s m asivos de inform ación y an alizados po r A llucquere Stone (1 992,1995). Pero no m e refiero aquí m eram ente a la “m asca rada” o representación de p ersonajes - q u e ocurre tan to en la v id a virtual com o en otros terren o s ordinarios o, m ejor, cuya p ráctica deja al descubierto, en todas partes, la virtualidad inherente a toda r e a lid a d - Lo que estoy diciendo es que el interlocutor aquí es so lam ente u n a posición, un sitio, la p rolongación de la pantalla. Si el com putador, com o afirm a la autora citada, entre m uchos otros,
es una prótesis, una extensión del cuerpo (cuyo toque p roduce un placer eró tico en el usuario), el “o tro ” del otro lado de la línea es, por definición, la prolongación de un axón y no un ser autónom o - e l “ ám elo o d éjelo ” y a citado, com binado con el personaje coyuntural y d eliberadam ente creado del “o tro ” , hace que éste perezca tan luego ego abandona la esce n a-.
A dem ás, debido a que la p erso n a del otro lado de la línea se encuentra ab sorbida exactam ente po r el m ism o ju e g o d esde u n a persp ectiv a idéntica, tam p o co ella puede v erdaderam ente relacionarse. C uando lo hace, el cam ino que le queda es transform arse en la fantasía ideal de ego, o sea, de su “ otro” , ajustándose y m im etizando lo que ella va p ercibiendo de esa fantasía. Sin im p o rtar el te m a de que se trate - e n el caso que analizo los tem as bíblicos ocupan ese lu g a r-, su com portam iento es del m ism o tipo que el de las especialistas en los servicios de sexo p o rteléfo n o (Stone, op. cit., p. 94), y sem ejante tam bién al conocido caso del psiquiatra de m ed ian a edad que fue llevado a transform arse en una sim pática an cian a en silla de ruedas, capaz de dar v aliosos consejos “ de m ujer a m u jer” , después de tran sitar po r un grupo fem enino de la red (ibid..
pp. 70 y ss.).
El hecho de que el sujeto puede inventar su p ro p ia im agen en Internet viene siendo objeto de innum erables co m en tario s y análisis, tanto en textos académ icos com o en revistas de entretenim iento dirigidas al público fem enino. N o se tra ta sim plem ente de la p osibilidad de vivir una v ida plural, de co n stru ir u n a subjetiv id ad plural, m últiples p ersonalidades, en o posición a la co n cep ción u nitaria de la subjetividad que se inscribió con la invención de la im prenta al com ienzo de la era m oderna (com o sostiene, po r ejem plo, S herry Turkle, 1995). M ás que eso, se trata de p oder en cam ar un cuerpo im aginario cuya única m aterialidad es la m aterialidad del texto digitado. Dan testim onio de esto ciertos casos, com o aquellos en que el intercam bio por Internet da lugar a una pasión am orosa que c u lm in a -y te rm in a -, al llegar finalm ente el m om ento del encuen tro en un rem oto cuarto de hotel, con el d esenm ascaram iento y consecuente
fia s c o po r parte de uno de los dos interlocutores de que el otro, a pesar de hab er sim ulado u n a relación h eterosexual, porta, de hecho, una anatom ía igual a la suya.
Lo visual -fo rm a , gesto o p o stu ra c o rp o ra l- y lo táctil son realizados textualm ente. U n a guía para principiantes que pretenden experim entar el cyber- love nos dice:
En la vida rea!, nuestro sentido táctil es extrem adam ente im portante. E s tim ula y aviva todos nuestros otros sentidos. Por lo tanto [...] trae el toque a tu descripción. Lam er crem a chantilly en tus dedos después de com prar un sundae p ara tu cita o pasar una toalla tibia por la cara en un
restaurante ja p o n é s virtual puede ser m uy sensual para tu interlocutor on line. [...]. E xperiencias on-line m aravillosas pueden resultar de una des cripción detallada de bañar a alguien o m asajearle la espalda. Y no te olvides de pintarte las uñas de los pies y dar una cam inata juntos. En sum a, detente y piensa en los placeres sensuales que experim entas cada día [...] y ponlos en palabras en la pantalla de tu com putador. Y a m edida que conduces a tu am igo on line a través de fantasías sensuales m aravillo sas [...] no te olvides de los otros sentidos: olfato, oído y gusto (W arren, 1996, pp. 61-62).
A sí, el “o tro ” p articipante puede en trar en la escen a no solam ente tex tualizan- do su fa n ta sía sino tam bién, y esto es m ás interesante todavía, haciendo aju s tes para adaptarse a lo que va percib ien d o del paisaje y a definido de la fantasía del sujeto que se en cu en tra del otro lado de la línea. P asa a inscribirse, m ás y m ás, en co n co rd an cia con esa fantasía, para no d etonar el “ déjelo” de la ya m e n cio n a d a reg la dem o crática del “ ám elo o d éjelo” que rige Internet. En los ejem plos que proporcioné, in dependientem ente de lo que hagan, nin g u n a de las fantasías de los interlocutores es ja m á s desafiada, y todos los con ten d ien tes d ejan el cam po de b atalla ilesos. L a figura del “ otro” no excede ja m á s el estatus de m ero p rerrequisito form al para el funcionam iento del sistem a, lo que nos p erm ite dudar, una v e z m ás, de si la célebre m áx im a pragm ática de “to keep th e conversation g o in g ” constituye u n a garan tía suficiente para la dialogía au téntica.
P odría decirse, tam b ién , que, de la m ism a m anera que el m o n ito r de la com p u tad o ra sirve com o una p an talla pro y ectiv a p ara el sujeto, el otro entra en escena com o el soporte para el espejism o m ediante el cual el deseo del sujeto puede ser oído. A través de su en trad a virtual, ego es autorizado a v ivir su quim era en un proceso m uy sim ilar al de la tran sferen cia psicoanalítica. El ano nim ato del otro y su presen cia en som bras cooperan para diseñar un am biente analítico. Pero, y esto es lo fundam ental, que carece de dirección y donde no hay p ro g reso h acia la elucidación de estas circunstancias. C uando el p rincipio de realidad m antiene un perfil tan bajo, un im pacto tan reducido que nu n ca coloca constreñim iento o presión alguna sobre el principio de placer, que dom i n a absoluto, estam os en el reino de la fantasía.
D e cualquier form a, no es m i intención aquí introducir la voz de la censura y m i discurso no es un discurso m oral. M uy por el contrario, aprecio la ex isten cia de espacios para la fantasía, y creo que lo que ocurre dentro de los lím ites de su confinam iento, cu alq u iera que sea su naturaleza, pu ed e estar co n trib u y en do a g arantizar la m oralidad fuera de esos lím ites. Lo que intento aquí es desen m ascarar y explorar la estructura de la econom ía libidinal en Internet por debajo
de la fo rm a aparente de los intercam bios que allí se dan, en este caso particu lar teniendo com o m oneda los artículos bíblicos.
N o pasa inadvertido, en m i crítica, el axiom a lacaniano de que nada puede ser concebido donde la fantasía no se inscriba (1982, p. 153). Pero L acan, a pesar de su afirm ación de la n atu raleza fantasm ática de to d a habla, tam bién nos dice del “ progreso” del discurso en el cam ino h ac ia la verdad:
[...] ei arte del analista debe ser el de suspender las certezas del sujeto hasta que los últim os espejism os se hayan consum ido. Y es en el discurso que el progreso de su resolución debe ser m arcada (Lacan, 1977, p. 43).
Y F reu d insistió en la capacidad del ego para p oner la realid ad a prueba: “ E sta función que orienta al individuo en el m undo discrim inando entre lo interior y lo e x terio r” (Freud, 1963b, p. 161). E sta condición co n trad icto ria del e g o - q u e es ta m b ié n la condición del psicoanálisis m is m o - es bien caracterizada por E liza- beth G rosz (1990). E lla iden tifica y a en F reud dos concepciones del ego, que d escribe com o u n a visión “re a lista ” y otra “n arcisista” de esta agencia (G rosz,
1990, p. 24). Lacan, com o G rosz indica, enfatizó m ás la segunda.
E n o tras p alabras, el fantasm a, aunque te o rizad o por L acan com o el nú cleo h istó rico de la fantasía o la m a triz fu ndacional sobre la cual las relaciones que le siguen son in eludiblem ente acuñadas, es tam bién concebido com o una form ación que debe ser encarada, que es b ueno encarar, y cuya percepción m arca el fin de la técn ica p ro y ec tiv a que llam am os psicoanálisis. Pero hay m ás todavía: el proceso de aproxim ación a este vislum bre es constitutivo de un d esarrollo gradual y progresivo de todas las relaciones auténticam ente dialógi- cas. Q u izá nadie h a dicho esto m ejo r que R icoeur (1974), describiendo el papel del “ o tro ” en el diálogo terap éu tico com o una b arrera sobre la cual el discurso debe reb o ta r y reto rn ar a n osotros, procesado por nuestra p ercepción y n u es tra sensibilidad a la escucha del otro, transform ándose en este proceso. De m a n era tal que som os esclarecidos p o r n u estra apertura a la recepción de n u es tro discurso po r el otro o, m ás exactam ente, po r nu estra disposición a percibir la percep ció n del otro. U n otro, com o u n a alteridad contundente, tiene que ser p resu p u esto allí, para que nos distanciem os de nuestras afirm aciones y p o d a m os expandir, incesantem ente, n u estra conciencia. Un desplazam iento de la subjetiv id ad es un prerreq u isito de la verdad.
P or lo tanto, la d ialo g ía auténtica em erge en este decurso com o un té rm i no m ed io de negociación entre la im pregnación del “ otro” con fantasías pro- y ectiv as y su consecuente engolfam iento com o una entidad interna de ego, p or un lado, y la rendición, de p arte del sujeto, a la persisten cia del interlocutor com o u n a agencia autónom a que no siem pre cum ple con los proyectos que ego
entretiene para ella. Con esto en m ente, el hilo conductor de m i análisis es: ¿qué es excepcional y característico en el diálogo que se da en el espacio virtual, aun cuando se trate de una te m ática relig io sa? Es mi apuesta aquí que, en las char las anónim as por Internet, el in terlocutor es sólo una excusa para rep resen tar un deseo que se retro alim en ta, au tosatisfactorio, un ju g u e te p rotético en las m anos del sujeto.