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7.1 modelling the SNR of a Remote Sensing Spectrometer

7.1.1 Using MODTRAN to Model Radiance

Al llegar a la villa de D’Orminy, cerca de Casablanca, y contemplando el inmenso cuadrado de su blanqueada fachada, Cécile Goudreau había dicho:

—No podría distinguirse si es la lima quien saca el mejor partido posible de la casa, o si es la casa la que saca el mejor partido posible de la luna. ¡Qué bien huelen aquí los jazmines!

Había hecho una profunda aspiración de aire. Era una de esas noches límpidas y fragantes del principio del noviembre norteafricano. Y en ella las más sutiles y paradójicas villanías del más dramático arrastrarse de la política contemporánea habían de luchar, desarrollarse y decidirse. En aquellas latitudes, la propia política había entrado en una fase lunar, una fase de sombras, de penumbra y de fulguraciones en la cual se hacía difícil no confundir la verdadera luz ávida de un rostro amigo con los reflejos apagados de la de un espía o de un traidor; tan vehementes y tan unidos iban el valor, la lealtad y la traición, como el Serapis adorado por los egipcios con su sencilla cabeza animal en que hay tres bocas embutidas —de león, de perro y de zorro— rodeadas por la seductora serpiente de la oportunidad: todo ello de brillante oro sólido, como corona de un solitario trofeo plantado en el corazón del desierto y que proyectaba una sombra melancólica y alargada que se desvanecía en los confines de la arena, una arena reseca y ávida de la nueva sangre de la historia.

Al principio de aquel intermezzo africano todo se hizo ambivalente: difícil y fácil, sin que nada fuese imposible. Solamente para poder mover un dedo, se hacía imprescindible poseer todos los poderes en conflicto del mundo, si no de manera explícita, cuando menos de modo tolerante y condescendiente para con aquel pequeño movimiento. Pero para cualquiera que supiera maniobrar con astucia, flexibilidad y maquiavelismo, la total red, la complicada intriga, aquella lucha de imponderables aparentemente irreductibles podría, por el contrario, transformarse en un mecanismo favorable; y entonces de los intereses contradictorios y simultáneos podría hacerse una palanca potente, maestra y formidable, capaz, como la de Arquímedes, de mover el mundo aplicando sobre ella la sencilla presión del dedo meñique. Pero para hacer esto había que ser un hombre especial, inflexible y fanático en sus decisiones, sospechoso de todo, que no confiase en nadie, que poseyese la ciencia de la provocación, que fuese tan capaz de ocultar los siempre precisos motivos de sus actos como los motivos vagos de sus simpatías, que combinase con los relámpagos de su ira la niebla distante de una elegancia superlativa y borrosa. Este hombre era el conde Hervé de Grandsailles, o él creía serlo, por lo menos, puesto que durante un corto período lo fue efectivamente. Más si Grandsailles poseía hasta un grado superlativo la mayor parte de las facultades requeridas para desarrollar un papel importante en aquel Norte de África de finales de 1941, carecía de una de ellas, de una que era tan importante como cualquiera de las demás: simpatía. Grandsailles triunfó en la tarea de imponerse; pero su falta de simpatía hizo que inmediatamente se derrumbasen los objetivos de sus éxitos, conseguidos con demasiada rapidez.

Grandsailles llegó al Norte de África a principios del mes de noviembre, e inmediatamente estableció su cuartel general en el yate de tres mástiles del príncipe D’Orminy, que estaba anclado en una pequeña bahía y no lejos de la costa.

—¡Parece una cosa condenadamente oficial! —exclamó Cécile Goudreau al ver desde las ventanas de su habitación los dos marinos que Grandsailles hizo que montasen guardia en el puente.

Bajo la cubierta, la canonesa de Launay había logrado encontrar un puesto adecuado para cada uno de los hábitos del conde y había instalado todos los objetos familiares en un orden ejemplar al que habían ocupado en el Château de Lamotte o en la casa de la arboleda de castaños del Bois de Boulogne, incluidos los filtros de amor. Y del mismo modo que en Libreux solía ser vista rodeada de tres o cuatro campesinos y con una rodilla apoyada en tierra y con los brazos cruzados sobre un cesto trenzado en que había un pan rústico, con lo que recordaba una pintura de Le Nain, del mismo modo, era frecuente verla bajo el sol del invierno con un papel sobre la cabeza y rodeada

de tres árabes acurrucados sobre las piernas, que iban todos los días a llevarle provisiones y que recordaban uno de los cuadros de Fortuny. Pero si la canonesa siempre despertaba el recuerdo de un cuadro, el conde siempre suscitaba el recuerdo de una persona en un tercer acto de una representación que en París solía ser más o menos raciniana; en África la cortina se hallaba a punto de levantarse ante un sorprendente melodrama.

Desde su llegada a África, el conde de Grandsailles parecía haber rejuvenecido; sus movimientos eran ligeros y rápidos y su cojera había adquirido una gran agilidad para entrar en la yola de embarque o salir de ella, para subir o bajar las blancas escaleras de mármol de la casa de D’Orminy, sin apenas rozarlas con las espuelas de sus talones, de níquel brillante, al recorrerlas casi de puntillas. Había adelgazado y comía frugalmente. Sus estallidos de enojo eran enérgicos y breves, como el restallido de un látigo, y su expresión se consumía por el fuego de la ambición. Solamente aparecía por las noches, para cenar en compañía de D’Orminy y de Cécile Goudreau, y hacia las diez de la noche el primero solía acompañarlo al yate, donde los dos amigos, uno vestido de uniforme y el otro de paisano, acostumbraban permanecer hasta las tres de la mañana en profunda conspiración. Ésta era también la hora reservada para los visitantes más sospechosos. D’Orminy, cuyos conocimientos de las leyes eran muy superiores a los del conde, que casi eran inexistentes, solía ayudar al conde a desenmarañar y resolver las complicadas cuestiones con que repentinamente se enfrentaba y las cuales ni siquiera llegaba a entender. Y siempre se representaba de nuevo la misma escena.

—¡No necesito saber nada acerca de las leyes! —Resoplaba el conde—. ¡Lo sé todo! ¡Tengo tres mil años de experiencia! ¡Soy tan viejo como el mundo!

D'Orminy solía estallar en una risa fría que brotaba a través de sus amarillentos dientes y, antes de marchar a acostarse, dejaba todos los documentos en orden sobre la mesa del conde, preparados de modo que este último pudiera utilizarlos a la mañana siguiente para el desarrollo de sus planes. Es cierto que el uso que Grandsailles solía hacer de tales documentos a la mañana siguiente era singular e inesperado en la mayoría de las ocasiones. Pues, de acuerdo con él y dicho de este modo para utilizar sus propias palabras, no existe en el mando ley alguna que, en manos de un «carácter fuerte», no pueda utilizarse sin distorsiones o deformaciones con finalidades exactamente opuestas a las que motivaron su creación. Esta facultad esencialmente maquiavélica que le era peculiar para transformar todas las cosas, aún las más adversas, y adaptarlas a su propio gusto y uso, era denominada por Grandsailles el «toque de gracia», el «talismán de Maquiavelo». Y la sonrisa del conde, que él reputaba como la más mordaz de que es capaz el hombre, le permitía en sus momentos de éxito ocultar su satisfacción y hacer que su rostro tuviese una expresión de seriedad.

Grandsailles había recibido de Vichy una misión especial: negociar un aumento de importaciones del Norte de África, especialmente de azúcar y algodón; a este respecto, la ayuda del señor Édouard Cordier, que se había quedado en Francia, era de un valor inestimable y le permitía representar a los industriales más fuertes, tanto desde el punto de vista material como del moral. Todo esto le dotó de una súbita importancia en regiones que jamás habría podido sospechar; pero el conde consideró esta nueva fuerza como un medio de realizar sus intrigas políticas de un modo más eficaz. Llegó un momento en que, tanto para triunfar en la misión que le servía de tapadera como para poder continuar el desarrollo de sus actividades ocultas, las circunstancias exigieron que fuese a Malta. El conde apenas pudo contener su furor cuando D’Orminy comenzó a enumerar las insalvables dificultades que parecían reposar en el camino de su viaje.

—Ante todo —dijo D’Orminy— hemos de tener en cuenta la cuestión de cómo hacer el viaje: tendrá usted que encontrar un aeroplano, y pilotos, y…

—¡Usted podrá llevarme! —estalló el conde ligeramente amedrentado y con el rostro vuelto en otra dirección, como si pretendiera rehuir el maloliente aliento del príncipe e intentando al mismo tiempo despertar en D’Orminy una impresión de inferioridad. Y continuó severamente—: De otro modo, ¿de qué le serviría ser piloto desde hace diez años y tener rango de teniente?

—Ya no estoy en servicio activo. Y mi aeroplano ya no está a mi disposición —replicó D’Orminy. —¿Conserva usted su uniforme? —preguntó Grandsailles.

—Examinaremos la cuestión más adelante; pero no creo que pueda llevarle a usted.

En tanto que hablaba, D’Orminy se había alejado del conde y había terminado por sentarse con dificultad, como si padeciera algún dolor, tras la mesa de Grandsailles.

—El tiempo es bueno —dijo Grandsailles, que se había acercado al tragaluz.

La luna le iluminó el rostro, y el cabello, que comenzaba a volvérsele gris, fue plateado por sus rayos.

—Le he visto durante un momento tal como será cuando envejezca —dijo D’Orminy al mismo tiempo que lo miraba cariñosamente—. Apenas cambiará usted. Y lo poco que cambie, será en un sentido favorable.

momentos más, después de lo cual te denostaré. Estás en el estado de ánimo necesario, excepcionalmente afectuoso y cariñoso. Tienes lástima de ti mismo porque crees que morirás pronto e imaginas que yo sobreviviré a todo. Hasta estás sentimental. De modo que éste es el momento adecuado para acometerte implacablemente con el fin de despertar tu espíritu para la acción, para agitarte hasta en tus mayores profundidades, para dar cuerda a todos los resortes de energía, de manera que tu completo tesoro de recursos caiga a mis pies y te allanes ante mis deseos…, te allanes como una alfombra». Luego, imaginando a D’Orminy convertido en una alfombra volante que lo llevase a Malta, no pudo reprimir una sonrisa; pero, después de trocarla en otra de desdén, rompió su largo silencio y dijo, en tono duro:

—Un espíritu verdaderamente valiente no se entregaría en las circunstancias presentes a reflexiones de tipo personal del género de las que ahora se han presentado a su imaginación. Su complejo suicida carece de interés para la Historia. Cuando hace unos momentos habló de mi vejez, estaba pensando sólo en usted mismo. Le estimo; mas su muerte me dejaría indiferente. Por lo menos, esa muerte me evitaría el trabajo de tener que oír sus pestilentes secretos. No sé si alguien se lo habrá dicho ya: debería cuidarse la dentadura.

D'Orminy se puso en pie y salió.

«Bien —dijo Grandsailles para sí—; ahora irá a llorar por todo esto, como un chiquillo, con Cécile Goudreau. Pero habré de ponerme en contacto con él antes de que comience a fumar opio».

Sus dientes, deslumbrantes como blancas gardenias, resplandecieron bajo la luz de la lima. Y el conde pensó: «Tal vez he ido demasiado lejos, pero puedo solucionarlo en la carta».

Y se sentó a la mesa y escribió de corrido:

Querido príncipe: Lamento profundamente mi insolencia de hace unos momentos. Pocas personas dudarán menos que yo de su valor mortal y de su patriótica devoción. He sido injusto; pero cuando sepa usted lo muy importante que para mí es el viaje a Malta, ese conocimiento le explicará el estado de mis nervios mucho mejor que podrían hacerlo mis excusas. Le espero inmediatamente. El tiempo apremia, y por esta razón solamente invoco la amistad de su amigo,

HERVÉ DE GRANDSAILLES

Cuando el príncipe D’Orminy volvió, besó fríamente al conde en una mejilla y se sentó una vez más. Este último se desconcertó, pues, al mirar a hurtadillas al príncipe, vio claramente que no había llorado, al contrario de lo que esperaba que hubiera sucedido. El estado de ánimo del príncipe, a pesar de su actitud de reserva, parecía tan favorable como pudiera haberse deseado, puesto que fue él quien inmediatamente comenzó a hablar de Malta.

—No intento desanimarle, en modo alguno —comenzó diciendo—; pero para lograr sus deseos necesitará el permiso, tácito o explícito, de cinco naciones. Todas ellas deben ser informadas de su marcha; todas ellas están, más o menos, en pie de guerra, si no efectivamente en guerra. La misión de usted podría no ser considerada favorable por alguna de ellas.

—No es solamente eso —dijo Grandsailles, que saboreaba la complejidad del caso—; mi misión precisará de la colaboración de todos… ¿Sabe usted lo que constituye la fuerza de un hombre de Estado? Es exactamente lo contrario de lo que la gente supone. En lugar de dividir más a los que ya son enemigos suyos, el hombre de Estado debe unirlos en una suerte cualquiera de colaboración. Dos enemigos a quienes se fuerza a estrecharse las manos para que procedan al ataque, están derrotados desde los primeros momentos; su colaboración los reducirá a la impotencia. Pero dejemos por hoy de perdernos en especulaciones referentes a la teoría de la acción —concluyó mientras exhalaba un suspiro.

—Me he limitado a escucharle y a someterme a los severos principios de su acción política — respondió indulgentemente D’Orminy.

—Entonces, ¿quiere tomar unas notas? Le dictaré la norma que deberá adoptarse para tratar con las diversas potencias, y luego veremos quiénes son los individuos más calificados para comunicarles mis aspiraciones, ya sea oficial o confidencialmente.

D'Orminy desenvolvió una lista que había estado manoseando desde su llegada.

—Anotaré todo en esta lista —dijo—. Oiga: en el caso de Inglaterra, habrá usted de ponerse en contacto con la Junta de Economía de Guerra.

—Usted sabe que me estoy haciendo anglófilo y que los ingleses son los únicos que lo saben. —No hay necesidad de decirlo —comentó D’Orminy; y viendo que Grandsailles lo miraba dubitativamente, añadió—: Usted sabe que mis sentimientos respecto a los ingleses son exactamente los mismos de usted.

—Permitirán que los norteamericanos hagan las cosas a su manera —respondió el príncipe. —Y ¿qué departamento norteamericano debemos esperar que intervenga? —preguntó Grandsailles.

—El Departamento de Estado y los observadores americanos del Norte de África.

—Nada podría ser más sencillo —dijo Grandsailles—. Norteamérica necesita sus observadores para observar y necesita observar para tener sus observadores. Por esta causa, voy a proporcionarles la ocasión de observar y resolver el caso Grandsailles, un verdadero caso de prueba por medio del cual se hallarán en condiciones de orientar su política futura.

—Si les interesa observar, no podrán encontrar nada más interesante que usted —dijo D’Orminy.

—La línea de conducta que debemos seguir no presenta grandes dificultades —continuó Grandsailles, fingiendo no haber oído—. Alguien tendrá que encargarse de la misión de anunciar mi viaje a Malta, mi viaje «secreto», con titulares grandes y vocingleros, como si se tratase de una comedia del Broadway. —Y al ver que D’Orminy escribía velozmente, como si tomase nota de todas estas palabras, le interrumpió diciendo—: No anote nada de todo esto. Escriba solamente la palabra «teatro».

—Comediante —dijo D’Orminy.

El modo como el príncipe pronunció este vocablo hizo que Grandsailles se sobrecogiese. Luego, D’Orminy continuó liviana y amargamente:

—¿Cree que cuando me ofendió, hace un rato, no comprendí que usted estaba representando una comedia intencionadamente y destinada a lograr que permaneciese aquí hasta las cuatro de la madrugada de modo que a tal hora comenzase a ir de un lado para otro para solucionar la cuestión de su viaje a Malta? ¡Le conozco a usted muy bien ahora! ¡Y es una cosa pintoresca! Por muy odioso que usted se haga, de todos modos, continúa siendo fascinador. Compréndalo: no temo hablarle del mismo modo que lo hace su amante. Pero no podrá usted tratarme como trata a sus amantes sin correr el riesgo de convertirme en enemigo suyo.

Grandsailles no contestó porque comprendía a través del tono inflexible de D’Orminy que una disputa entre ambos, en aquellos momentos, podría resultar irreparable. El príncipe se sintió agradecido por ello.

—Como ve —dijo—, aun cuando no haya triunfado en su propósito de engañarme, por lo menos ha logrado dos cosas, una de las cuales es la que usted deseaba y la otra una cuestión indiferente para usted. La primera —puesto que usted sabe que todo lo que quiera habrá de cumplirse— es haber ganado mi apoyo incondicional para la realización de sus proyectos; la segunda es que me ha herido usted profundamente… ¡De qué modo se ha adherido a mí el olor de la muerte casi desde mis días de infancia!

Grandsailles puso una mano en el hombro de D’Orminy, y de la estrella de capitán de su manga colgó temblorosamente una hebra dorada. D’Orminy le retiró la mano y, con voz de diferente tono, volvió a hablar del tema de la futura misión de Malta.

—Respecto a los alemanes —dijo—, tendremos que tratar con el Comité de Armisticio. Grandsailles comenzó a recorrer la cabina.

—Es una cuestión sencilla en lo que se relaciona con los alemanes, que habrán de especular sobre la necesidad de fortalecer al Gobierno de Pétain.

—Y con la necesidad de prevenir una revuelta árabe —añadió D’Orminy.

—Sí, eso es muy importante. Creo que tengo a mi alcance los medios de fomentar una pequeña sublevación árabe que podamos dominar. Mañana por la noche iré a ver a Brousillon, el profesor comunista.

—Los árabes no se agitarán todavía —dijo D’Orminy.

—He dicho una «pequeña revuelta». Brousillon me ha prometido provocar desórdenes en los mercados tunecinos el día que los necesitemos…

—Pero, aparte de los alemanes, tendremos que tratar también con los franceses. En ese caso, habrá que hacerlo con la Embajada y con las autoridades del norte de África.

—Todo esto —dijo Grandsailles— parece una paradoja, pero Francia va a resultar el hueso más duro. ¿Cómo voy a convencerla de que voy a hacerme cargo de la misión que me ha confiado con el propósito de cumplirla? ¡Esto presenta un aspecto excesivamente sencillo! Y ¿los españoles?

—Yo me encargaré de ellos —dijo el príncipe—. Estoy en las mejores relaciones del mando con ellos, y solamente tendremos necesidad de invocar una palabra: «orden».

—De modo —dijo Grandsailles a modo de resumen— que vamos a poder presentar mi misión de una manera tal, que todas las potencias se muestren favorables a su cumplimiento en tanto que todas fingirán no hallarse bien informadas de mis actividades. —Cayó en un meditativo silencio, y después, añadió—: La guerra, en un último análisis, es un estado de cosas en el cual todas las partes están de acuerdo, aun cuando luchen, en tanto que la paz es otro estado de cosas en el cual