5.2 System Performance Tests
5.2.2 Imaging Minerals
Introdujo en el sobre el resto del mechón de cabellos, y lo cerró.
«Y ahora, ¡andando!», se dijo, dispuesta para salir; mas cuando se hallaba a punto de abrir la puerta, vio que de los profundos reflejos de la manivela se elevaba como un relámpago el recuerdo de las tijeras de oro que habían caído en el fondo del baño. Y pensó inmediatamente: «Cécile puede hacerse daño cuando se meta en la bañera». Y volvió atrás para sacarlas; pero en el momento en que entró en el cuarto de baño encontró a la condesa Mihakowska inclinada sobre la bañera, con el brazo introducido en el agua para recoger las tijeras. Cogida por sorpresa, la condesa permaneció durante un momento inmóvil con las tijeras en la mano, como si se hubiera asustado. Betka no pudo resistir el deseo de abrazarla y, acercándose a ella, la besó. La pobre mujer, a pesar de todo, ¡era todavía tan guapa! Mihakowska se separó de ella precipitadamente y se sentó ante el tocador. Y mientras salía, Betka pensó que la condesa había intentado ocultar el involuntario desfallecimiento de una lágrima en tanto que, con los labios apretados uno contra otro, se empolvaba el rostro.
Betka caminó unos cuantos pasos calle abajo y repentinamente se detuvo. «¡He olvidado lo más importante!» Y se llevó la mano al corazón, sobre el cual halló un objeto duro. «¡No!, ¡lo tengo!», se dijo tranquilamente. Y del bolso de su blusita de linón, de corte casi masculino, como las que siempre llevaba Cécile, extrajo una cajita esmaltada labrada por Faberger y envuelta en un pañuelo de seda. Cécile se la había regalado.
—Cuando las cosas presenten mal cariz, inhala un poquito de esto —le había aconsejado. Era nada menos que heroína. Betka sonrió al recordar la palabra. «¡Qué nombre tan apropiado!», pensó.
Betka, apretando el cierre con tanta violencia que se rompió una uña, volvió a guardar la preciosa cajita en el mismo bolsillo. Luego, se igualó la uña rota con las pinzas de sus dientes, cortando con furiosos mordisquitos una especie de media luna, perfectamente regular y graciosa que escupió en dirección al pálido y triste cielo en que aún se movían las últimas hebras de las ensangrentadas nubes. Después de hacerlo, comenzó a caminar deprisa, esforzándose en todos sus movimientos, gozándose en el sonido de sus articulaciones y en el crujido de sus huesos, como sintiendo el placer del dolor de caminar de aquel modo, y golpeando las diminutas piedras que hallaba con las puntas de los zapatos por medio de un vigoroso e infantil impulso de las piernas desnudas. Betka hizo profundas inspiraciones de aire mientras pensaba en el heno de los distantes campos, y percibió la humedad y el vaho, ligeramente sofocante, que se elevaban hasta ella desde la acera recién regada. Y lamentó no haber salido a la calle más temprano, mientras el sol se ponía, porque de tal modo habría podido percibir que el sol, con su calor de sangre, y la cobriza luz de su cabellera le incendiaban el cerebro. «¡Vamos! ¡Vamos!» Deseaba, antes que nada, librarse de los dos sobres que llevaba en la mano, entregarlos; y después de haberlo hecho, hallarse al fin, por primera vez en su vida, sin coacciones y libre para hacer todo lo que le agradase, todo lo que se le antojase.
Al llegar al Quai des Orfévres y a la casa en que vivía, Betka corrió escaleras arriba sofocadamente, sin detenerse para recoger la correspondencia en la portería, donde, por otra parte, no había nadie, lo que le produjo un vivo placer, tan intenso, que se estremeció; tal estremecimiento no podía ser debido al frío; sin detenerse ante su puerta, continuó subiendo hasta llegar al penúltimo piso. Él estaba allí. Una raya de luz eléctrica que brotaba por debajo de la puerta indicaba su presencia. Betka introdujo presurosamente la carta por la abertura y corrió nuevamente escaleras abajo. Por suerte, la portería estaba aún vacía. Pues nada habría podido ser más doloroso para Betka que encontrarse con alguna persona a quien conociese y verse obligada a hablar de cosas que no le importaban.
Comenzó a correr en dirección al Ritz, pero muy pronto se halló tan ahogada, que se vio forzada a tomar un taxi. Su fatiga física se unió a un terrible temor a encontrar a Verónica, aun cuando fuera por mero azar, exactamente en el momento en que entrase en el hotel para dejar el mensaje para ella; pero pudo hacerlo con tanta rapidez, que el empleado del despacho, al ver caer el sobre encima de la mesa, debió de preguntarse si no habría sido llevado por algún fantasma.
Betka salió del Ritz y continuó a pie, al azar y la ventura en dirección a los quais. Mientras seguía junto al Sena, encontró a una viejecita, no más voluminosa que una foca que tuviera la cabeza erguida; su perfil era tan agudo y tan precioso, que tenía una personalidad de salero; la punta de su nariz y sus mejillas, en el rostro pálido y apergaminado, eran tan rojos, que parecían como tres cerecitas. La mujer vendía cerezas, y Betka le compró dos cucuruchos y se sentó en un banco cercano, con tanta ligereza y gracia, que ninguno de los gorriones que picoteaban en tierra se asustó. Se encontraba muy cansada, y con el fin de evitar que su cabeza vacilase cerró los ojos muy prietamente, y de inmediato vio que de las profundidades de sus órbitas brotaban cerezas de fuego que se tomaban amarillas, luego negras ante un fondo rojo y que, finalmente, se desvanecían.
Betka experimentó deseos de reír, y su boca se plegó con una sonrisa pacífica en tanto que su nariz se agitaba; estaba saboreando imaginativamente el efecto que habrían de producir las dos cartas que acababa de entregar, y durante un momento creyó ver la redonda frente de Verónica inclinada ante la misiva, con dos largos mechones de cabellos colgando rudamente a ambos lados de la cabeza, los que le escondían casi por completo el rostro. Luego, vio al aviador leyendo la suya, probablemente riendo en silencio por su fácil e inesperada conquista. No obstante, Betka no conocía el nombre del aviador, pero recordaba su sobrenombre, su «nombre de bar», por decirlo así: Baba, por el cual era conocido, aclamado y agasajado en los bares de los Campos Elíseos. Aparte de esto, Betka nada sabía acerca de él, no siendo que había luchado en una guerra reciente, que era alto, que era atractivo para ella… y que vivía en la misma casa de Betka, dos pisos más arriba de su estudio.
Baba residía allí a causa de Madame Ménard d’Orient, quien ocupaba suntuosamente los
primeros dos pisos de la casa, en los que vivía sola y rodeada de tres o cuatro sirvientes y una vieja ama de llaves, una doncella a la que había acertado a sacar de un convento. Madame Ménard d’Orient era joven y lozana para su edad, que era próxima a los sesenta, y siempre se hallaba vestida con una espuma de encajes blancos y negros. Culta, hasta erudita, profesaba un verdadero culto por todo lo que próxima o remotamente desembocase en las seudofilosofías revolucionarias de los últimos años. La cristalería y los finos ornamentos de plata de su mesa estaban frecuentemente rodeados del prestigio de los emigrados políticos que buscaban refugio en París o que pasaban por él circunstancialmente; y la almidonada y bordada blancura de sus servilletas servía habitualmente de almohada para manos que eran demasiado grandes o demasiado pequeñas, y que, por el dudoso color de sus uñas revelaban la pátina moral, más bien verdinosa, de la acción directa y la ilegalidad.
De este modo, la residencia de Madame Ménard d’Orient había presenciado el paso de un desfile de seres semilegendarios, tales como «la sacerdotisa roja de cabello blanco» de Alemania, Clara Zetkin, el «corneta con pasaporte visado», León Trotski, y el catalán anarquista, Durruti, llamado por sus partidarios «corazón de león». Desde el comienzo de la guerra civil española, la casa era, más que nunca, rica en reuniones de los fantásticos ejemplares de hombres que hablaban ruidosamente; hombres bien afeitados, mas con un tono azulado en las barbillas, hombres que llevaban zapatos brillantemente limpios, amarillos y blancos, con complicados arabescos y ornamentaciones, que deambulaban a través del Boulevard Saint Germain como si lo hicieran por las ramblas de Barcelona, sin olvidar jamás un palillo amarillento encajado en los dientes de azafranado color.
En medio de todos aquellos aceitunados, tortuosos, más bien bajos y excesivamente biliosos latinos, ¡qué contraste más grande presentaba la belleza nórdica de Baba! Descendía de norteamericanos y apenas contaría veintidós años. Era el más joven de los protegidos de Madame d’Orient, la que, con una solicitud absolutamente maternal, le había destinado un pisito en la sexta planta de la casa, donde Baba se alojaba durante las breves estancias que hacía en París. A
Baba le agradaba el lujo y poseía modales refinados. Hasta en sus menores ademanes había la
huella de un dandismo, bastante pretencioso, que se le había adherido como herencia del período de su adolescencia, pasada continuamente en Londres, entre los círculos medio literarios y medio viciosos de la capital. El día en que decidió ir a España para luchar en la guerra civil, sus escépticas amistades se asombraron extraordinariamente y atribuyeron al esnobismo tal decisión. Sin embargo, y contrariamente a las apariencias, nada había podido privar a Baba de la granítica virginidad de las virtudes fundamentales de su carácter. Rubio y calmoso, poseía la invisibilidad característica de los héroes. Su estudiado silencio daba lugar a que muchas personas dijesen:
—¡Cuántas cosas hermosas no dice!
Su presencia apenas era advertida; pero cuando abandonaba un lugar, podía percibirse la operación del vacío que su ausencia provocaba en todos los corazones. Era entonces cuando todos comprendían aquella fuerza elemental, mineral, frágil, aun cuando estuviese disfrazada por la elegancia, que constituía la irresistible y subyugadora atracción de su personalidad, que ya reaccionaba contra la ola de oportunismo que comenzaba a pudrir los cimientos de la mayoría de los movimientos revolucionarios. Había adoptado para sí mismo el lema del rey Luis XIII: «Tal vez esté acabado, pero no me he dado por vencido».
¿Cómo había conocido Betka a Baba?
Primeramente lo vio en las escaleras, donde se encontraron con frecuencia y cambiaron saludos; después…
Al llegar a este punto de sus divagaciones, Betka comenzó a imaginar, hasta en sus menores detalles, el modo como sería la escena de su primera y única cita. Durante todo este tiempo no había hecho otra cosa que observar, con los ojos medio cerrados, los continuos movimientos de los innumerables gorriones que picoteaban a sus pies. Este espectáculo, monótono y cambiante, adquirió el carácter del juego caprichoso y de sombras y de luces que aparecen en la pantalla de un cine y desaparecen de ella cuando, viendo medio dormido una película, el cerebro no puede tener seguridad de si el punto blanco que en ella aparece representa un automóvil en el momento de detenerse o una puerta blanca en el instante de ser cerrada. De este modo, quedó establecida entre la visión exterior de Betka, a cada segundo más y más vaga y nebulosa, y el cine interior de sus recuerdos, más y más precisos, una especie de sincrónica correlación que le ayudó, por decirlo así, a percibir con mayor claridad lo que estaba pensando; por ejemplo: una bandada de gorriones que se agruparon a su alrededor súbitamente, formó la puerta, limitada por su marco, de su habitación, que el portero abrió. Luego, Betka vio que entraba el carbonero cargado de un saco de carbón que llevaba sobre la cabeza; el carbonero se inclinó y depositó la mercancía junto a la estufa situada al lado de la puerta.
Y fue en aquel preciso instante cuando ella descubrió la presencia de Baba, que se había introducido en la estancia aprovechando la entrada del carbonero, quien casi inmediatamente salió sin esperar la acostumbrada propina.
Baba se inmovilizó y la miró fijamente, hasta que Betka le preguntó en tono amistoso:
—¿Por qué me mira de ese modo? ¡Me aturde usted!
Baba sonrió entonces del mismo modo sorprendente que tanto había impresionado a Betka
cuando vio que la sonrisa de Verónica poseía la misma característica, y que en aquel momento comprendió cuál era: la dureza.
—Si me desairase usted, la odiaría —dijo Baba con indiferencia al mismo tiempo que se sentaba a horcajadas sobre el saco de carbón, e intentando con su tono hacerse lo más pretencioso que le fuese posible, continuó—: Es muy doloroso para los débiles soportar el desprecio de los seres hermosos… Por otra parte, si aceptase usted… Podría prometerle desde este mismo instante una gran pasión…, pero podría convertirme en un hombre muy dócil, muy «agradablemente» domable.
Y mientras hablaba, había recogido en las manos el gato de Betka, que al sentarse Baba había comenzado a trepar por sus piernas, fascinado por la fijeza de la mirada de sus gemelos de zafiro.
—Oiga —contestó Betka con tono de regocijada impaciencia—: ¿Adónde se propone usted ir a parar?
—He supuesto que me daría usted veinticinco francos —para la causa republicana de España; en tal caso, entregaría a usted el recibo con el sello del comité.
En tanto que pronunciaba estas palabras, Baba se aproximó desembarazadamente a la mesa en que Betka había tomado el desayuno y barrió las migas de pan utilizando como escoba al gato, que maulló y estiró el rabo. Luego, abrió su libro de cuentas y sacó de un bolsillo una cajita de metal que contenía una almohadilla de entintar; finalmente, del bolso del pañuelo extrajo un sello, que aplicó sobre la almohadilla, y esperó.
—Bien —contestó Betka—; tendrá usted los veinticinco francos; pero no haré caso alguno de su modo de hacerme el amor, aun cuando encuentro que es usted muy guapo y que sabrá hacerlo muy bien, probablemente… ¿Cómo ha sabido usted que soy antifascista?
—Repaso cuidadosamente toda su correspondencia todas las mañanas en la portería — respondió Baba con gran naturalidad.
Betka experimentó un impulso de indignación; pero solamente pudo reír al observar el tono caballeroso con que Baba continuó hablando, como si pretendiera justificarse:
—Compréndalo; he traído conmigo de Londres un rasgo encantador y muy inglés: creo que tengo derecho a hacer todo lo que se me antoje. —Luego, aproximándose a Betka, le pasó los brazos sobre los hombros—. Sea una muchacha complaciente; y si alguna noche se encuentra muerta de aburrimiento, puede mandarme un aviso por medio de una nota que podrá introducir en mi habitación por debajo de la puerta del sexto piso. No tengo teléfono, y no me agradan las indiscreciones de los porteros… La llevaré, en tal caso, donde usted quiera… A dar un paseo ideológico por el Bois, o a tomar una botella de champán, o a hacer cualquier otra cosa al estilo de los camaradas pobres, o a ir a una habitacioncita de dudosa limpieza de algún hotel, donde daremos a entender que cada uno de nosotros paga una parte del alojamiento.
Desde aquella mañana de su primer encuentro, Betka no había vuelto a ver a Baba. Acosada incesantemente por las necesidades de su vida cotidiana, ni siquiera había tenido tiempo para pensar en él, no siendo cuando el gatito se lo recordaba al lanzarse, como en un vuelo, a través de un rayo de sol en persecución de una mosca o cuando repetía aquellos rápidos movimientos de concupiscencia con que había posado las garras sobre los gemelos de Baba. Y entonces, solía decirse que Baba habíase sentido inclinado a adorar a aquella angelical gatita.
En aquel instante, Betka se sintió encadenada al compromiso de la cita que había dado a Baba: a medianoche en el bar de la Coupole. Y aquélla todavía distante medianoche comenzó a resplandecer, pues ya el deseo de la mujer, abriéndose paso torpemente a través de la oscuridad de una habitación desconocida de un hotel, había colocado el diminuto reloj de pulsera sobre el mármol de una mesilla… ¡Las manecillas señalarían muy pronto la una de la noche! Luego, la pequeña cifra «uno», apenas perceptible, más tenue que una pulga incandescente, fue suficiente para encender en la vacilante imaginación de Betka toda su sangre, para incendiarla de un solo reventón con una angustia de miel y de fósforo. El cucurucho de cerezas que acababa de comer solamente le había servido para avivar su hambre; pensó comprar otros dos cucuruchos, pero una repentina repugnancia de haber comido algo verdaderamente sólido la asaltó, y se aterrorizó al pensar que en algunas ocasiones había sido capaz de comer bistés tan gruesos como diccionarios. Parecía creer que su estado de ayuno era especialmente conveniente y maravillosamente propicio para lo que se proponía hacer… Sin embargo, entró en el primer café que halló en el camino y tomó un helado. Hasta la hora de la cita, faltaban aún seis horas y cuarto. Las había contado y recontado… Las siete y cuarto, las ocho, las nueve, las diez, las once, las doce… Entretanto, se proponía obtener el mejor provecho de todos y cada uno de los segundos del precioso intervalo, de aquel lapso de tiempo libre, que debía ser denso y pegajoso como una goma hecha de ámbar líquido y esperma endurecida de cachalote.
Después, levantándose del asiento, con un par de cerezas colgando de los dientes y oscilando, Betka se volvió en dirección al oeste y emprendió el camino que conduce a la carne.
Siguió el curso del río fangoso de carne humana en plena fermentación que llenaba el Boulevard Montmartre a las siete y media de aquel día festivo. Cada una de aquellas personas llevaba inexorablemente adheridas a su organismo dos orejas, dos mejillas, dos manos… Betka jamás se había visto sorprendida por tal doble aspecto de la anatomía de los seres. Cada uno de los humanos se le antojaba como un par de esas manchas simétricas y sangrientas que dejan los insectos cuando son aplastados entre las hojas de un libro. Ella, a su vez, se encontraba doblemente oprimida «en cualquier parte», aplastada por la masa animada, emocionada al percibir que su deseo se despersonalizaba entre la hormigueante multitud sin distinción, sin belleza, sin edad ni sexo; en vez de una mirada, todas las miradas; en lugar de dos cuerpos, todos los cuerpos, todos los espasmos y todos los gemidos al mismo tiempo. Betka, aligerada por el
ayuno, experimentaba la impresión de que apenas tocaba el suelo, siguió los pesados pasos de la dominguera muchedumbre que se le presentó, más que como integrada por graves y místicos
campesinos en una especie de procesión suplicante y grotesca, como compuesta de insatisfechos
y miserables fardos de carne, en la cual cada persona llevaba en la mano izquierda el doloroso y duro estigma de su mano derecha cortada, como una suerte de objeto expiatorio, como una ofrenda litúrgica. Y entonces imaginó que la avalancha de fanáticos continuaba marchando inexorablemente por el desierto de granito, en el cual se postraría; y todos pasarían sobre ella con