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1.9 Summary

2.1.3 IEEE-SA

Esta parte de la investigación trata de la actualización del mensaje desde lo que dice el texto, a fin de iluminar la realidad problemática. Es lo que corresponde en el método al análisis prágmático o actualizante con su consecuente aplicación a la realidad. Los presupuestos que iluminan esta parte se retoman desde Lc.22,24-27 que fundamentan los siguientes temas:

La comunidad organizada a nivel religioso institucional requiere de la autoridad para orientar y guiar y quien la presida se constituye como poder/autoridad.

Así como Jesús se dirigió a los apóstoles, se sigue dirigiendo a la comunidad hoy y presenta el modo de ejercer el poder en la comunidad de fe: Pide que el mayor sea como el joven y el que gobierna como el que sirve.

El que sirve a los hermanos desde la autoridad debe tomar conciencia de su misión, como discípulo que aprende del Maestro: “Para Jesús, en su vida y en su mensaje, la autoridad es esencialmente diakonía, es decir, servicio humilde de amor. Jesús tiene clara conciencia de que él es y ejerce la autoridad en vivo contraste con las formas existentes, hasta ese momento, en el mundo de los hombres”82. Desde este punto de referencia, la autoridad en

las instituciones religiosas, está llamada a representar a Jesús como buen pastor, que ama a los hermanos a él confiados. Y desde el servicio posibilitar el diálogo, el encuentro fraterno, la comunión, el respeto, la delicadeza, el perdón, la acogida fraterna, la sinceridad. El pastor en la comunidad de hermanos ha de realizar esta misión en el amor, que es el bien-querer al otro, explicitación de la autoridad como servicio.

Los documentos de la Iglesia son persistentes en este aspecto: “La autoridad es siempre evangélicamente un servicio”83. También: “Los superiores, por su parte, (…) ejerzan su

autoridad con espíritu de servicio a sus hermanos, de suerte que expresen la caridad con

82 Alonso, La autoridad en la vida consagrada, 38. 83 Juan Pablo II, La vida fraterna en comunidad, #49.

que Dios los ama”84. Con apreciaciones enfáticas como: “Ejerzan los Superiores con

espíritu de servicio la potestad que han recibido de Dios (…)” (cfr. CIC. #618). Se muestra así en varios documentos del magisterio de la Iglesia, la preocupación constante de la autoridad como servicio en la vida institucional. Como doctrina, está clara la línea evangélica en que ésta se entiende y, hay un empeño en la reflexión, pero otra es la realidad; y es que en la realidad se presenta un divorcio entre el decir y el actuar, entre la teoría y la práctica, lo que lleva a que este oficio sea apreciado con escepticismo.

Otro documento exhorta en esa misma línea: “(…) se insiste en que la autoridad del superior religioso (…) debe caracterizarse por el espíritu de servicio, a ejemplo de Cristo „que no ha venido a ser servido sino a servir‟ (Mc.10,45”85. Otro: “Ejercer la autoridad en

medio de los hermanos significa servirles a ejemplo de „Aquel que ha dado su vida en rescate por muchos‟ (Mc.10,45), para que también estos den su vida”86. Esto indica el

modo de ejercer la autoridad en la vida religiosa. Todos los documentos citados expresan esa preocupación por iluminar evangélicamente la autoridad como servicio.

El poder como servicio implica cercanía en el amor hacia los dirigidos, lo cual es asumir el ser pastor desde el evangelio: “Apacentad la grey de Dios que os esta encomendada (…) no forzados, sino de corazón (…) siendo modelos de la grey” (1Pe.5,2-3), es decir, con buena voluntad. Si así no es, termina siendo un poder rígido, encargado de exaltar las leyes jurídicas, el orden y, por consiguiente las personas quedan en un segundo plano.

La enseñanza del mismo Señor Jesús, servidor por excelencia, es que el mayor o jefe ha de ser servidor de la comunidad, sin pretensiones de poder o dominio sobre los demás: “(…) el que gobierna como el que sirve” (Lc.22,26).

3.1 El amor: Fundamento de la autoridad

El amor está a la base del ejercicio de la autoridad: Es el amor a la obediencia recibida, a la persona y palabras del mismo Señor Jesús (Jn.14,23); amor a la vocación religiosa, a la misión asignada, a los hermanos(as) de comunidad confiados a la autoridad. Desde allí nace el sentido de pertenencia no solo a la Iglesia sino también a la institución religiosa. Sin estos elementos, la autoridad será según los criterios del mundo, en donde el otro es

84 Documentos del Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. Madrid: Ediciones BAC., 1968. 85 Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. El Servicio de la

Autoridad y la Obediencia. Bogotá: Ediciones Paulinas, 2008.

utilizado como un medio para los fines e intereses personales y en algunas veces institucionales, es decir para que proporcione ganancia y utilidad. Es la instrumentalización del otro, y esta posición se encuentra en el lado opuesto de la autoridad desde el evangelio. El mandamiento del amor es el distintivo de todos los cristianos: “Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis los unos a los otros” (Jn.13,34), y este amor a ejemplo de Cristo, es entrega por los hermanos, posibilitar los medios para que el otro sea lo que está llamado a ser como persona: “Gobernar cristianamente es amar, porque es buscar y procurar eficazmente no solo el bien, sino lo mejor para cada persona”87; gobernar desde el

evangelio es procurar que los hermanos cambien de lo bueno a lo mejor en cuanto a ofrecer horizontes de referencia humanos y cristianos que posibiliten una mejor calidad de vida. El amor es determinante desde la autoridad. Si no hay amor, aparece la fragilidad humana, la persona se hace servir, se muestra como el protagonista, se hace inflexible, no cumple la misión de la autoridad como servicio porque no manifiesta el amor de Dios en su vida. Pero ¿Cómo ha de proyectar el amor de Dios aquel que es autoridad en la comunidad? ¿Cómo ha de manifestar este servicio a los hermanos? Exige la calidad humana a partir de actitudes concretas correspondientes al hecho mismo del amor y sus contextos afines: “El amor es respeto, educación, cortesía, paciencia, comprensión, servicialidad, entrega, donación de sí mismo, búsqueda sincera del bien de los demás, calor humano, fidelidad (…) es sobre todo confianza. La confianza es el lenguaje más inequívoco del amor”88.

Quien gobierna necesita formarse en estos aspectos, prepararse para tener buena calidad en las relaciones interpersonales. Necesita tomar conciencia de lo que significa cada uno de estos temas, ya que el oficio requiere del trato continuo con los dirigidos y desde el cultivo de la empatía, colocarse en la situación de cada uno. Así se hace práctico, a partir de una base evangélica.

La práctica de estas virtudes viene por la formación en la fe, del seguimiento al Señor Jesús llevando a cabo valores concretos sobre el amor al prójimo: “Por tanto, cuanto queraís que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos (…)” (Mt.7,12). Estamos todos llamados a practicarlo como norma de valor moral. Esto puede adoptarse como una metodología concreta, desde la fe para superar el egoísmo, la vanidad, el sentirse superior a

87 Alonso, La autoridad en la vida consagrada, 45. 88 Ibid., 46.

los otros. Así como Jesús el Señor, se dio en servicio como auto-donación o auto-entrega por la salvación de los hombres y el perdón de los pecados, también coloca a consideración este ejemplo que va a marcar una nueva perspectiva en la vida de sus seguidores, como punto fundamental que ilumina el poder como servicio. Hay elementos que pueden venir de fundamentos diferentes al evangelio, pero elementos como servicio, amor, donación de sí mismo -entre otros- necesitan estar impregnados de un gran sentido de amor a Dios, porque es Dios que nos ha amado primero y, sintiéndose amado es como se ama al prójimo.

3.2 La autoridad como servicio humilde

El que gobierna como el que sirve” (Lc.22,26). El servicio implica ponerse en función de los demás, dejar de pensar en sí mismo por cuidar al otro con respecto al bien. Esto requiere colocarse en movimiento descendiente, dejar el “status” de prestigio y revestirse de la humildad, hasta llegar a “lavar los píes de los hermanos”. Es hacer el desplazamiento desde la posición elevada al oficio humilde, es descender de lo alto hasta llegar cerca de la tierra en razón del otro, es realizar un camino descendente a ejemplo de Jesús, que siendo de condición divina, se anonadó, humillándose hasta la muerte en la cruz, como el que sirve (Flp.2,6-7). Igualmente, desde la realidad de la vida humana y a ejemplo de Jesús, se es humilde cuando hay sencillez, abnegación, obediencia a la Palabra de Dios, moderación del orgullo, sin pretensiones de prestigio o superior frente a los demás. Simplemente uno más entre los hermanos: “La autoridad es paciente, tolerante, servicial. El superior ha de evitar ser intransigente, la autoridad no se argumenta, no se impone (…). Se esfuerza por una conversión que le permita salir de sí, despojarse de todo prejuicio y eliminar el egoísmo”89.

Los servicios humildes son reservados a personas sencillas, al “menor”. Hacer este movimiento descendente requiere una sana psicología, madurez personal y religiosa de modo que no vaya a tener complejos de sentirse envilecido o que está renunciando a la dignidad personal en razón de este oficio. La humildad no está relacionada con sentirse inferior, eso es un complejo de inferioridad, que es sentirse menos que los demás en razón de una subvaloración personal de jerarquía, inteligencia, posición social o económica, raza o belleza física. La humildad que se muestra por no tener estas prerrogativas es formalismo, una insana sumisión, un servilismo, pobreza personal, que en algunos casos, con la menor oportunidad de ser autoridad, la persona cambia totalmente en sus relaciones con los demás

y compensa lo que cree le hace falta, tornándose autoritario y creyendo que eso es seguridad en sí mismo, reclamando afecto y el respeto por derecho, cuando es algo que se gana por la calidad humana. El poder y el complejo de inferioridad son elementos en la misma persona que le lleva a una desestabilización emocional: “(…) en todas sus formas, el autoritarismo obedece a un verdadero complejo de inferioridad y revela una real inseguridad interior (…)”90. La necesidad de acentuar rígidamente la autoridad, sus

opiniones y criterios sin dar apertura a otras opciones es porque desconfía de sus razones, de su capacidad y no admite la crítica, es intolerante: “Los débiles son casi siempre autoritarios, mientras que los fuertes y seguros de sí mismos dejan mayor libertad a los otros”91. Por eso, quienes están llamados a ejercer la autoridad deben ser personas sanas en

su mente y en su psicología.

La humildad es un modo de ser en relación con Dios y las personas. De frente a Dios reconociendolo como el Hacedor y fuente de todo bien que llama a caminar por sus sendas: “Buscad a Yahvé, vosotros humildes de la tierra, que cumplís sus mandatos (…)” (Sof.2,3). Con respecto a los demás, cuando se muestra libre de todo orgullo y autosuficiencia, teniendo a los otros en alta estima, hasta considerarlos superiores a sí mismo (Flp.2,3), sin que esto le signifique un sacrificio extenuante.

Entendiendo el gobierno como servicio desde la fe, necesariamente debe involucrarce en la virtud de la humildad a ejemplo de aquel que siendo de “condición divina no codició el ser igual a Dios” (Flp.2,6) y como él, abajarse desde el poder hasta hacerse el siervo: “(…) las responsabilidades propias de la autoridad (…) requiere la humildad de hacerse siervo o sierva de los otros (…) El que en el propio oficio busca un medio para hacerse notar o afirmarse, para hacerse servir o esclavisar, se pone abiertamente fuera del modelo evangélico de autoridad”92. Desde el ejemplo de Jesús deberá renovar su forma de entender

el poder como servicio: Humilde en su apariencia, humilde en sus mandatos, humilde en sus palabras cuando exhorta, cuando amonesta, cuando acompaña, cuando comparte con los otros, fomentando la conciliación antes que las discordias.

El superior(a) de la comunidad religiosa, desde esta connotación, buscará no abusar del poder, reconocerá que no siempre tiene la razón, no se creerá imprescindible, tendrá

90 Ibid., 87. 91 Ibid., 88. 92 Ibid., 54.

apertura al diálogo, será dócil a la voluntad de Dios, escuchará la Palabra de Dios y ha de celebrar los sacramentos. Y si tiene que decidir, lo hará desde este contexto, valorando los aportes o puntos de vista de sus hermanos. Este obrar es diferente porque respeta, concilia, no impone, dialoga, contrario al arrogante, el que no acepta opiniones sobre un tema, que cree que lo puede todo, colocándose por encima de los demás. Esta son características de quienes tienen poder pero desconocen la virtud de la humildad.

3.2.1 El otro como persona

La sagrada Biblia, presenta al hombre como imagen de Dios: Dotado de razón e inteligencia que lo hace diferente entre lo seres de la naturaleza, credado para ser libre ante las opciones de vida. Con capacidad de amar y conocer al Creador del universo, con gran vocación de socialización con sus semejantes y con los demás seres de la creación: “En esta característica fundamental del hombre, está el fundamento de la dignidad humana sin distinción de razas y pueblos. Todo hombre, por ser imagen de Dios, es objeto de derechos y deberes, que han de ser tenidos encuenta por todos sus semejantes”93. Desde el

reconocimiento de este contexto de fe, quien es autoridad en una institución religiosa está llamado a valorar al otro como imagen de Dios, en todas las dimensiones existenciales de la persona: En lo afectivo, cultural, sexual, espiritual, intelectual, social, laboral, en los criterios, entre otras. Hoy, desde la legislación civil se reconocen los derechos y los deberes de las personas, los cuales deben ser respetados en cuanto que aseguran el bien personal y comunitario. Y la forma común de conceder importancia a estos deberes y derechos es dar y pedir para si, el reconocimiento de la dignidad de las personas.

En la vida religiosa, desde una posición de autoridad, al margen del contexto de fe, se puede llegar a negar el reconocimiento de la dignidad y los derechos de las personas cuando se opta por salvaguardar la “institucionalidad”, la tradicción, la ley, cuando se valora al otro de acuerdo a la jerarquía, o por el conocimiento o el poder que tiene. Y cuando se se le da prioridad a lo material se relega a la persona, esta se siente subvalorada dentro de la institución. Por eso, la autoridad ha caído en duda, porque hace privilegiar lo secundario y desplaza lo esencial: “El deseo de una comunión más profunda entre los miembros y la reacción comprensible hacia estructuras consideradas demasiado

93 Martínez, Sierra. Alejandro. Antropología teológica fundamental. Serie Manuales de Teología. Madrid:

autoritarias y rígidas, ha llevado a no comprender en todo su alcance la misión de la autoridad, hasta el punto de ser considerada por algunos, incluso, como no necesaria para la vida de la comunidad”94. El abuso de autoridad en la vida institucional han hecho que se

deje de confiar en ella y se analice que ejercida así es más un obstáculo que un medio para servir a la fraternidad, porque es utilizada, algunas veces, para dividir más que para unir, para privilegiar a algunos y marginar a otros, para el autoritarismo más que para el servicio. Por ejemplo, con el superior(a) Provincial de turno con respecto a un integrante de la comunidad que entra en confrontación con él o ella y para evadir esta situación, abusa de su poder pidiéndole se retire de la institución y presiona por medios institucionales para llevar a cabo sus intenciones, sin tener encuenta la legítima defensa, el tiempo de profesión, los servicios prestados a la comunidad y a la iglesia. Además favorece este ambiente, creando desinformación del tema, mancillando el nombre y la fama de la persona en cuanto que se da una información que obedezca a los intereses de quien gobierna. En esto se muestra que la persona es tratada como un objeto, es manipulada de acuerdo al subjetivismo de quien gobierna.

El reconocimiento del otro como imagen de Dios lleva a valorar la persona y expresarle con las palabras y los hechos una estima digna: “La autoridad está llamada a promover la dignidad de la persona, prestando atención a cada uno de los miembros de la comunidad y a su camino de crecimiento, haciendo a cada uno el don de la propia estima y la propia consideración positiva, (…)”95. Y desde la autoridad, decir que hay que respetar al otro

como persona es renunciar a la posibilidad de beneficarse o servirse de él o ella y colocar los medios que se tienen al servicio de la persona. Son las personas las que hacen la institución (Cfr. GS. #25) y estas existen por ellas y para ellas. Toda institución tiene su fin en el servicio a las personas. El fin no son los edificios, las cosas materiales, las leyes, el horario, la disciplina, sino las personas. Desde este contexto, quienes representan la autoridad en la vida religiosa han de tener en alta estima a los integrantes de la institución, propiciar todos los medios posibles para que crezcan en su dignidad, en su auto-estima, en su bien integral mediante la formación, salud, bienestar digno, obviamente sin opulencias, con correspondencia a una espiritualidad, para que puedan igualmente servir mejor a la

94 Juan Pablo II, La vida fraterna en comunidad, #48.

comunidad. Para esto requiere de una formación en la antropología cristiana, en donde el “otro” se concibe digno de todo respeto y consideración como el que tiene el poder/autoridad. Lo único que los diferencia de momento es un puesto en ejercicio y aún así desde la fe cristiana ha de asemejarse a Cristo, como Pastor que solo le importa el cuidado de su rebaño, específicamente a las religiosas y religiosos. Estos aspectos temáticos se entienden desde el contexto de vivencia de la fe cristiana, desde una escuela de fe con procesos y etapas asumidas en calidad de disicípulo que sigue al maestro.

3.2.2 Madurez cristiana

Se entiende por madurez cristiana una estructuración e integración de la personalidad en valores religiosos a partir del seguimiento a Cristo. Desde esta base entrar al cambio de vida entendido como conversión moral: Renovación de la mente, de criterios, de convicciones, de manera de pensar, de asumir compromisos de fe a nivel personal y comunitario. La madurez cristiana es un proceso de la vida con sus difererentes etapas, con el fin de llegar a “revestirse del Hombre Nuevo, creado según Dios” (Ef.4,24). La madurez viene de la vivencia de valores en la vida personal, como la fe en Jesús el Señor, el amor, la bondad, la compasión, el perdón (Ef.4,32).

La vida religiosa presenta los medios adecuados para que quienes hacen parte de sus instituciones alcancen la madurez desde la formación humana y cristiana. En cuanto a la formación cristiana: La celebración de los sacramentos, oración comunitaria, meditación de los documentos legislativos de cada institución, trabajo pastoral, vida fraterna, disciplina interna, práctica de los votos, espiritualidad del fundador, contacto con las personas, el testimonio de la fe, formación académica, retiros mensuales y anuales. En todos estos elementos hay una continua referencia al evangelio, a la persona de Jesús, al seguimiento;