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2.2 Structured information

2.2.1 Review

lugar la salvación. Según Ignacio Ellacuría, la historia es lo trascendentalmente abierto porque engloba en sí, por una parte, la apertura de la realidad, y por otra, la doble apertura unificada de la inteligencia y la voluntad, de la aprehensión y de la opción.117 Tal apertura es, en cada ser humano, la apertura trascendental

elevada de un “existencial sobrenatural” -como lo denomina Karl Rahner-, y es en la totalidad de la historia, la apertura trascendental elevada de una historicidad gratuita, querida por Dios. Le es propio a la historia ser trascedentalmente abierta, y en esta trascedentalidad está ya la presencia, al menos iniciada, de Dios y su designio salvífico.118

De esta manera, la aceptación de tal historicidad trascendental gratuita, querida por Dios desde el principio de la creación, y por tanto, principio ella misma de historia, es algo que se va imponiendo necesariamente, si se quiere afirmar al mismo tiempo, que la elevación de la historia a historia de Dios, no es algo que extrínsecamente se le añade, y que, sin embargo, esa elevación va mucho más allá de lo que una pura historia puede dar de sí.119 En este sentido, el sujeto de tal historia, como historia de salvación, viene a ser la humanidad entera, es decir, todos los seres humanos entendidos en su complejidad y unidad; y este sujeto - colectivo e individual-, junto con los acontecimientos históricos, es el portador de tal historia trascendentalmente abierta.120

La revelación de Dios en la persona de su Hijo Jesús, nos enseña que Dios ha destinado a todos los seres humanos a la salvación, y nos dice también, que esta salvación no es una mera posibilidad, sino que Jesucristo la ha traído realmente para todos. Sin embargo, la oferta salvífica de Dios, no prescinde de la libertad

117 Ellacuría, Salvación en la historia. En Floristán, y Tamayo (Eds). Conceptos fundamentales del Cristianismo, 1256-1261.

118 Ibid, 1257. 119 Ídem. 120 Ídem.

humana. Pues, el ser humano, por libre elección, puede aceptarla o rechazarla. En este orden de ideas, cuando el ser humano hace historia, está realizando la historia de su salvación o de su perdición.121 El sentido que cada ser humano dé a su propia historia, constituye una respuesta de aceptación o de rechazo a la gracia, o sea, a la oferta de salvación que hace Dios al género humano.

A partir de la tradición teológica de Santo Tomás de Aquino, Edward Schillebeeckx, afirma que la historia es, según su centro o núcleo, una historia elaborada por la libertad humana. Tal libertad, puesta en presencia de la voluntad salvífica general y activa de Dios en Jesucristo, suscita necesariamente una historia que salva o que pierde. Y, en relación con la gracia, la misma historia profana, gracias a la respuesta positiva o negativa de la libertad humana -que hace la historia-, procura siempre la salvación o la perdición. Es así, que cuando un individuo entra en este mundo, y por consiguiente en una historia ya hecha, es una historia que salva o que pierde, la que se ofrece a su libertad.122

Desde el punto de vista cristiano, la situación del ser humano, o su ubicación en el mundo, se caracteriza igualmente por el dinamismo de la llamada a la salvación: el mundo que el Dios salvador le ha entregado al ser humano, le ha sido dado para que, situado en este mundo, el ser humano logre su autenticidad, o, lo que es semejante, su salvación. De esta manera, el ser humano atraído interiormente por la gracia que Dios mismo le da, se siente de nuevo enviado por la creación, y sobre todo por el prójimo, hacia su Dios creador, el Dios vivo, el Dios de la salvación.

En este orden de ideas, la voluntad salvífica de Dios le da al mundo como creación, historia y encuentro entre los seres humanos, una significación particular que no tiene en sí mismo ni por sí mismo: el mundo se nos presenta en un primer momento, como una traducción, muy vaga todavía, de la llamada interior de la

121 Schillebeeckx, Revelación y teología, 13-16. 122 Ibid, 13.

gracia a la salvación; después, como un medio para hacer al ser humano explícitamente más atento a esta invitación de la gracia; y finalmente, como el espacio en donde, el ser humano, por su aceptación o por su rechazo, responde vitalmente a esta oferta divina.

La historia de la salvación o de la perdición de los seres humanos tiene, por tanto, las mismas dimensiones que el mundo humano; y además, como ya se dijo, no se realiza exclusivamente en la religión judía y en la cristiana, sino que gracias a Cristo, es un acontecimiento que atañe a la humanidad entera.123 Por esta razón, la autenticidad de la voluntad salvífica universal de Dios incluye, también, la posibilidad real, para todos los seres humanos, de aceptar en la fe (anónima), la

salvación, y de ponerse de una manera “anónima” en presencia de la revelación

divina. Esto, concluye Schillebeeckx, en otras palabras es aquello que afirma el

libro de los Hechos de los Apóstoles, “en las generaciones pasadas permitió que

todas la generaciones siguieran sus propios caminos, si bien no dejó de dar testimonio de sí mismo, derramando bienes” (Hch 14, 16-17). Lo cual se dice del Dios viviente, concreto.124