Cuando llegamos al NT, teniendo en cuenta las coordenadas del AT, advertimos que en Cristo convergen y se realizan de modo excelente las mediaciones esbozadas en la historia de Israel:
“En la existencia... de Jesús de Nazaret se concentra todo el conjunto de mediaciones que aparentemente se excluían: Jesús es «hijo de David» (Cristo), «sumo sacerdote» (nuevo templo), «siervo de Dios» (segundo Moisés) e «Hijo del hombre» (palabra y sabiduría de Dios). Es, por tanto, en una sola persona, el mediador salvífico total e ideal: regio, sacerdotal, profético y celeste, es decir, el mediador por antonomasia... Mediante esta atrevida concentración cristológica queda fundamentalmente superada la aporía veterotestamentaria. Queda superado también básicamente el fracaso, que desde ahora resultará imposible: en Cristo, mediador total, que personifica y realiza las funciones del
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“El desarrollo teológico de las mediaciones salvíficas no es una línea evolutiva, sino más bien la
historia de un fracaso. Ha fracasado –ante Dios y ante la historia– la monarquía davídica; ha fracasado el sacerdocio, no sólo en determinados representantes individuales, sino en cuanto tal, porque ha llevado a absolutizar el culto y la ley; ha fracasado también el profetismo en parte debido a su institucionalización profesional y litúrgica o cortesana y en parte por dejarse absorber por el funcionarismo de sacerdotes y escribas. En una palabra: todas las esperanzas puestas en los mediadores intramundanos se fueron perdiendo. Incluso muchas veces los destinados y llamados a ejercer una mediación salvífica resultaron, a la hora de la verdad, mediadores de la desgracia. Desde esta perspectiva, el AT no termina precisamente en un punto culminante –ni siquiera relativamente hablando–, sino que, a la luz de los textos y las teologías del antiguo Israel, acaba prácticamente en punto cero” (N. FÜGLISTER, Fundamentos veterotestamentarios, 166).
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Ibid., 166-167. Cf. J.AUER, Jesucristo, salvador del mundo. María en el plan salvífico de Dios, Barcelona 1990, 411-431).
353 Por supuesto que este esquema no es exhaustivo. Se ha resaltado con razón que el ministerio sacerdotal
en el AT (al menos en algunas etapas de la historia de Israel) incluye también la función oracular, en relación con la custodia y la interpretación de la Ley (cf. A.VANHOYE, Sacerdotes antiguos, Sacerdote nuevo, Salamanca 19953, 37-39). Pero puede aceptarse que lo más específico y permanente de los sacerdotes antiguos era el ser “hombres del santuario”: “«El sacerdote es elegido e instalado para el servicio del santuario» [R. DE VAUX, Instituciones del Antiguo Testamento, Barcelona 1964, 453] y nadie más que él está autorizado para asumir este cargo” (Ibid., 39).
verdadero Israel, quedan tan íntegramente unidas la teocracia y la mediación salvífica, Yahvé e Israel, Dios y el hombre, que hay que excluir toda posibilidad de ruptura”.354 El Cristo del NT lleva a plenitud los rasgos de los auténticos profetas del AT. Esto es especialmente notable en la figura profética de Jesús delineada por los sinópticos y en el Cristo revelador característico de Jn. 355
Además, el conjunto de los datos del NT –considerando especialmente la teología del Siervo de Dios en continuidad con la del AT, los acentos de la soteriología paulina, la figura de Cristo como sumo Sacerdote según Hb, y el carácter sacrificial de la obra de Jesús según Jn– nos revela el misterio del sacerdocio de Cristo.356
Por último, el NT es muy claro e insistente en la proclamación del Reino de Dios, en la idea de la soberanía de Dios predicada por Pablo, Hb y Jn, y en el anuncio de Cristo como Mesías y Señor, es decir, Rey, en quien el Reino se halla personificado.357
El estudio de la teología bíblica “permite concluir que los escritos del NT presentan a Cristo como profeta y revelador, como sumo sacerdote de la nueva alianza, como Señor de toda la creación. No son tres funciones distintas, sino más bien tres aspectos diversos de la función salvífica del único mediador (1 Tm 2, 5; Hb 8, 6; 9, 15; 12, 24)”.358
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N.FÜGLISTER, Fundamentos veterotestamentarios, 184-185.
355
Cf. J.ALFARO, Las funciones salvíficas de Cristo como Revelador, Señor y Sacerdote, en MS III, 507- 569; R.SCHNACKENBURG, El Evangelio según San Juan, II, 264-280.
356
Al respecto es interesante la siguiente síntesis sobre el sacerdocio de Jesús en Hb: “El autor de la
epístola a los Hebreos ha visto con profundidad la unidad interna de todo el misterio salvífico de Cristo. La encarnación del Hijo de Dios en carne mortal está ordenada a la muerte redentora (2, 14-15; 9, 26; 10, 5-10); la muerte en la cruz, aceptada por Cristo en obediencia a Dios y ofrecida «con espíritu eterno», tiene como consecuencia su eterna glorificación (2, 9; 5, 7-8; 9, 12-14); si Cristo debía morir en cuanto era hombre como nosotros (2, 14; 10, 5-9), en cuanto Hijo de Dios tenía en sí mismo una «potencia de vida indestructible» (7, 16). En su aparición en el mundo, el Hijo de Dios quedó constituido sacerdote para siempre, destinado a su autooblación (9, 26; 5, 5-6; 7, 21.28)... en la cruz ofreció el sacrificio de sí mismo (7, 27; 9, 14); su glorificación eterna comporta la perpetuación de su oblación ante Dios a favor de los hombres (8, 1-6; 9, 24). La unidad interna de la obra redentora de Cristo, que se desarrolla en las tres etapas fundamentales de la encarnación (2, 10-18; 9, 26; 10, 5-9), muerte en la cruz (7, 27; 9, 14.26-28) y eterna glorificación (1, 3; 10, 12), coincide con la unidad interna del sacerdocio y del sacrificio de Cristo. La totalidad del misterio de Cristo está presentada como el desarrollo de una única mediación sacerdotal... La muerte redentora, término de la encarnación y punto de partida de su glorificación, ocupa el centro del sacerdocio de Cristo, es decir, de todo su misterio salvífico; pero el término final de este misterio es la mediación sacerdotal eterna de Cristo, que en su segunda venida completará definitivamente la salvación de los hombres, haciéndoles participantes en su propia gloria (9, 28; 2, 10; 6, 20)” (J.ALFARO, Las funciones salvíficas, 534).
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“En la interpretación que los Santos Padres hacen de esta palabra clave [reino] podemos observar tres dimensiones. En primer lugar la dimensión cristológica. Orígenes ha descrito a Jesús –a partir de la lectura de sus palabras– como autobasileía, es decir, como el reino en persona. Jesús mismo es el «reino»; el reino no es una cosa, no es un espacio de dominio como los reinos terrenales. Es persona, es Él. La expresión «Reino de Dios», pues, sería en sí misma una cristología encubierta…” (J.RATZINGER
[BENEDICTO XVI], Jesús de Nazaret, 76). “Lo nuevo en el mensaje de Jesús no es sólo el contenido, sino sobre todo el hecho de que su «tema», el reino de Dios, esté indisolublemente ligado a su persona” (W. KASPER, El Dios de Jesucristo, 198).
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En los sinópticos Jesús es el “Siervo de Yahvé”, cuya misión profética implica su autooblación redentora, seguida de su entronización a la diestra de Dios.
Pablo ve en el sacrificio de Cristo el fundamento de su glorificación como el “Señor”, que es para siempre el “Salvador” de los hombres.
Hb identifica el sacerdocio celestial de Cristo con su realeza (1, 3. 13; 8, 1-3; 9, 24-26; 10, 12-13), a la que atribuye significado salvífico (9, 28).
En Jn la “obra” de Cristo incluye tanto la revelación de Dios como la comunicación de la “vida eterna” a los hombres mediante su muerte en cruz y su glorificación.
“Si estos tres aspectos [revelador-sacerdote-señor] son considerados según la riqueza de contenido que el NT les atribuye, puede afirmarse sin exageración o simplificación que expresan fundamentalmente toda la mediación de Cristo. No faltan en el NT textos en los que estos tres aspectos aparezcan reunidos (Hb 1,1-4; Ap 1, 5). No debe olvidarse que el «Siervo de Yahvé» había sido descrito como profeta que ofrece el sacrifico de su propia vida (sacerdote) y por eso es glorificado por Dios (Is 61, 1; 52, 4-12), mientras el «Señor» del Sal 110 presentaba los rasgos de un «rey-sacerdote», glorificado a la diestra de Dios. Estas dos figuras ejercieron un influjo primordial en la cristología del NT, que vio en Cristo el mediador de la palabra (profeta), de la gracia y de la gloria de Dios (sacerdote y señor) por su mensaje, su muerte y su resurrección”.359
Por supuesto que desde la preocupación histórico-crítica, acompañada de ciertos presupuestos ideológicos, podrá cuestionarse la atribución de las tres funciones al Jesús histórico. Según algunos, para la vida terrena de Jesús permanecerían válidas sólo la conciencia y la función proféticas. Su muerte no sería más que la de un profeta fiel. Todo signo de poder y toda intención sacrificial quedan desalojados de la historia real de Jesús de Nazaret. Toda expresión de autoridad soberana y la idea de muerte expiatoria serían amplificaciones realizadas desde la conciencia eclesial y responden más a lo mitológico que a la historia.360
Sin embargo, si tenemos que aceptar los Evangelios tal cual han sido transmitidos y si la imagen real de Jesús debe corresponder a los datos del NT en su totalidad, tendremos que ver en el Jesús de la historia a alguien que es más que un
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Ibid., 544-545: El autor no considera importante el mismo nombre de Cristo como indicativo de su triple ministerio salvífico. Cf. I. DE LA POTTERIE, L’onction du Christ, en NRTh 80 (1958) 225-252.
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Cf. W. PANNENBERG, Fundamentos de cristología, Madrid 1974, 263-279. “Antes de la pascua… Jesús no ha sido rey. Ni ha actuado como rey ni ha pretendido para sí la realeza. (…) Incluso desde el punto de vista retrospectivo de la pascua, el Jesús terreno puede considerarse a lo sumo… como el rey designado por oculta determinación de Dios, pero no como portador de esta dignidad” (Ibid., 271). Según este autor “la imagen de Jesús como agente activo [en el desarrollo de su «pasión»] se deriva únicamente del hecho de que la dignidad mesiánica del ensalzado ha sido proyectada ya al camino de Jesús hacia la cruz” (Ibid., 273). La postura sostenida es objetable desde el momento en que se establece una ruptura profunda en el ser mismo de Cristo: el Jesús prepascual es minuciosamente distinguido del “ensalzado” pospascual, pero la distinción llega a convertirse prácticamente en alteración; casi ninguno de los títulos cristológicos del NT tendría fundamento en el Jesús terreno. Y de este modo Cristo quedaría evaporado de la historia.
profeta clarividente y audaz, enviado de Dios para una misión de anuncio, pero ignorante de una misión redentora y de una propia autoridad divina y de señorío sobre los poderes del mundo y de Satanás.361
Si debemos respetar la realidad del NT, tal cual se nos entrega y en el sentido genuino en el que la Iglesia primitiva, por el Espíritu, lo proclamaba, habrá que admitir que Jesús es visto –y Él se comprende a sí mismo–, ya en su vida terrena, como quien lleva a cumplimiento toda la esperanza de Israel.362 Y el pueblo de la Antigua Alianza puede ser esencialmente comprendido en sus instituciones fundamentales que, a pesar de los avatares históricos, constituyen los principales ejes de su completa identidad.
Realeza, profetismo y sacerdocio eran los pilares de su constitución como pueblo mesiánico y los lugares propios de la mediación divina.
Está supuesto que el sacerdocio y la realeza de Jesús no pueden univocarse con el sacerdocio y la realeza del AT. Hay una profunda novedad, aunque permanece una cierta continuidad. Si bien es cierto que existe una gradual manifestación de la insólita realeza y del sacerdocio de Cristo, también es evidente que Jesús no podía ser ajeno a los caracteres esenciales de las mediaciones salvíficas del AT.363