Partimos de las principales nociones que están en juego.471 Ante todo, la noción de “revelación” –que aquí se entiende en el sentido propiamente teológico– está explicada en CCE 50-67, con numerosas referencias a la Constitución conciliar Dei Verbum.472 Se trata, entonces, de la Revelación divina, sobrenatural (53):
“Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina.473 Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre... Revela plenamente su designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo” (50).
Esta noción de “Revelación divina” está en relación semántica directa con otros conceptos frecuentados en el CCE: Verdad (sobre Dios y su designio de salvación), Palabra de Dios, Evangelio. La Revelación se refiere a la infinita Realidad divina, que nos trasciende absolutamente, pero que al mismo tiempo se nos ofrece como el objeto supremo al que tiende nuestro “corazón”, en cuanto está hecho para la verdad (27- 30).474 De modo que en el área semántica de la función reveladora de Jesús podemos incluir particularmente ciertos títulos que da el NT a Cristo: Logos, Verdad, Luz, Profeta, Maestro, Testigo…
¿Dónde encontramos esta Palabra de Dios sobrenaturalmente dirigida al hombre? La respuesta del CCE está en el artículo titulado: “La transmisión de la Revelación divina” (74-94). Los tres acápites en que se divide el artículo son indicativos de la respuesta global:
I. La Tradición apostólica.
II. La relación entre la Tradición y la Sagrada Escritura. III. La interpretación del depósito de la fe.
Podemos sintetizar todo esto con el texto de DV citado en el n. 95:
“La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada
471
Escribimos el término “Revelación” con mayúscula cuando se refiere al sustantivo que significa la totalidad de la acción de Dios que revela su propio Misterio y su plan de salvación. El mismo término aparecerá con minúscula cuando se refiera a la manifestación de un misterio en particular, como por ejemplo, la revelación del misterio del Padre.
472
La expresión “revelación salvadora/salvífica” no aparece en el CCE, pero el concepto que expresa, es decir, la dimensión salvífica de la divina Revelación, está bien presente, como lo mostramos en este capítulo del trabajo. Notamos que aparece en el CCE la locución “verdad salvadora” (75), que se refiere ciertamente a la verdad revelada.
473
Cf. CONCILIO VATICANO I, Const. dogm. Dei Filius, c. 4.
474
uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas”.475
Frente a la Revelación y a su contenido de verdad divina, se encuentra el hombre, destinatario de la Revelación, con su vital necesidad de verdad y de sentido para su existencia; con su natural capacidad de conocimiento –“razón”–, muy limitada para conocer el misterio de Dios (37, 35); el hombre, capacitado por la gracia de la fe para “creer” las verdades divinamente reveladas; llamado a profundizar incesantemente el conocimiento de la verdad y de Dios, “Fuente de toda verdad” (2465); inquieto por su íntimo e insaciable anhelo de ver a Dios (2548-2550).476
Cuando en el CCE se lee que conocemos a Dios, que por la fe nos introducimos en su Misterio, que la visión de Dios colmará perfectamente la sed de verdad del corazón humano... no se refiere sólo a la facultad humana de aprehender la realidad con los sentidos y la inteligencia. Se trata más bien del conocimiento, que siendo formalmente un acto sensitivo-intelectual, envuelve necesariamente a toda la persona. Es la noción de conocimiento que está presente –aunque con distintos matices– en toda la Biblia: el conocimiento que implica una cierta fuerza unitiva, y hasta una posesión gozosa de la verdad conocida (89, 2500, 2563, 2614).
Por tanto, creer con fe teologal –como la entiende especialmente el evangelio de Juan y, en buena medida, el mismo Catecismo– supone un verdadero conocimiento, pero implica también la entrega de toda la persona, y cierta experiencia de unión con Dios en Cristo, aunque sea en un grado imperfecto.477 La visión beatífica –inseparable del amor y gozo beatíficos– consumará en una medida “desbordante” aquel conocimiento que, de algún modo, está iniciado en la penumbra de la fe.
En efecto, según la Sagrada Escritura, “conocer” a Dios no es solamente fruto del esfuerzo humano. Hace falta que Dios mismo se revele. La iniciativa no puede ser más que suya.
“En la base de toda la reflexión que la Iglesia lleva a cabo está la conciencia de ser depositaria de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo (cf. 2 Co 4, 1-2). El conocimiento que ella propone al hombre no proviene de su propia especulación, aunque fuese la más alta, sino del hecho de haber acogido en la fe la Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2, 13)”.478
Él manifiesta su Misterio y establece con el hombre una relación personal, a fin de conducirlo a la plenitud de la «visión».479 Esta es precisamente la función de la Revelación divina: “Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces
475
DV 10, 3.
476
Cf. FeR 24-27: Insegnamenti XXI, 2 (1998) 301-304.
477
Cf. R.SCHNACKENBURG, La fe joánica, en El Evangelio según san Juan, I, 543-561.
478
FeR 7: Insegnamenti XXI, 2 (1998) 285.
479
de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas” (52).
Así lo explican estas luminosas palabras:
“En el origen de nuestro ser como creyentes hay un encuentro, único en su género, en el que se manifiesta un misterio oculto en los siglos (cf. 1 Co 2, 7; Rm 16, 25-26), pero ahora revelado…Ésta es una iniciativa totalmente gratuita, que viene de Dios para alcanzar a la humanidad y salvarla. Dios, como fuente de amor, desea darse a conocer, y el conocimiento que el hombre tiene de Él culmina cualquier otro conocimiento verdadero sobre el sentido de la propia existencia que su mente es capaz de alcanzar”.480 “Con esta Revelación se ofrece al hombre la verdad última sobre su propia vida y sobre el destino de la historia… Fuera de esta perspectiva, el misterio de la existencia personal resulta un enigma insoluble. ¿Dónde podría el hombre buscar la respuesta a las cuestiones dramáticas como el dolor, el sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino en la luz que brota del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo?”481
“La verdad de la Revelación cristiana, que se manifiesta en Jesús de Nazaret, permite a todos acoger el «misterio» de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez que respeta la autonomía de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la trascendencia. Aquí la relación entre libertad y verdad llega al máximo y se comprende en su totalidad la palabra del Señor: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32)”.482 En nuestro interés por descubrir la dimensión salvífica de la Revelación divina en el CCE, recorreremos los enunciados que pueden iluminar esta búsqueda. Atenderemos especialmente a aquellos lugares que tratan de la dimensión salvífica de la Revelación en los misterios de la vida de Jesús.