3.5 Properties of Automata in the Presence of Exogenous Inputs
4.1.2 Shared-State Automaton with Explicit Arbitrary Dynamics
“El Vaticano II, orientado desde su comienzo hacia la reforma litúrgica y polarizado por un fin pastoral, no podía ni debía evitar el encuentro con la figura de Cristo como sacerdote”.421 Por tanto, no sorprende hallar abundante doctrina con respecto al sacerdocio de Jesús en los diversos documentos del magisterio conciliar.
Los Decretos sobre el oficio pastoral de los obispos en la Iglesia (CD), sobre el ministerio y vida de los presbíteros (PO) y sobre la formación sacerdotal (OT), son los principales lugares para conocer la función sacerdotal de Cristo, según el Vaticano II. Podríamos citar amplios desarrollos de estos documentos. Pero también la constitución sobre la Iglesia (LG) y, más aún, la constitución sobre la sagrada liturgia (SC) ahondan en el misterio de Cristo Sacerdote y en su correspondiente función.
Ya vimos que el conjunto de los datos del NT –considerando especialmente la teología del Siervo de Dios en continuidad con la del AT, los acentos de la soteriología paulina, la figura de Cristo como sumo Sacerdote según Hb, y el carácter sacrificial de la obra de Jesús según Jn– nos revela el misterio del sacerdocio de Cristo.422 Y este sacerdocio único está en relación esencial con el sacrificio redentor.423 El sumo Sacerdote de la Nueva Alianza ha ofrecido un único sacrificio, perfecto y definitivo en cuanto al poder de expiación de los pecados y de reconciliación de los hombres con Dios. Él, Jesús, es el Mediador definitivo que vive para siempre para interceder por nosotros. El Concilio, siguiendo el suco de los datos revelados, da gran relieve a la actualidad de esta mediación sacerdotal: Cristo hoy está ejerciendo su eterno sacerdocio para santificación de su Iglesia, y este ejercicio actual tiene su espacio concreto en la sagrada liturgia, sobre todo en la Eucaristía, en la que opus nostrae Redemptionis exercetur.424
419 DV 4, 3.
420
R.LATOURELLLE, Teología de la Revelación, 367.
421
B. DE MARGERIE, Cristo, 186. Cf. J.RATZINGER, Teoría de los principios teológicos, 287-301.
422
Cf. J. ALFARO, Las funciones salvíficas, 534; A.VANHOYE, Sacerdotes antiguos, Sacerdote nuevo según el Nuevo Testamento, Salamanca 19953, 317-324.
423
A.VANHOYE, Sacerdotes antiguos, 221-246.
424
3.2.7.3CRISTO REY
La figura de Jesús como Rey, Señor y Recapitulador también está en el centro de los documentos conciliares, pero tal vez esta centralidad necesite ser más explicitada. La presencia de Cristo Rey se percibe tanto en citas y lugares puntuales de los documentos como en el conjunto de la doctrina cristológica del Concilio. En verdad, Cristo, en cuanto único Señor de la historia y del cosmos, es una luz expandida en todo el universo conceptual del Vaticano II, de modo semejante a como lo es en algunos libros del NT (Jn, Ef, Col, Hb, Ap…).
Esta función de Cristo –función que no debe ser entendida como mera actividad añadida desde afuera al misterio personal de Jesús, sino más bien como un carácter inseparable de su ser de Hijo de Dios encarnado para la salvación del mundo– es la que presenta más amplitud de significado y la que se expresa con más variadas categorías.
En efecto, por una parte se habla del oficio regio del Señor en relación con la Iglesia en cuanto Cuerpo de Cristo y en cuanto nuevo Pueblo de Dios, el Pueblo mesiánico, del que Cristo es Fundador, Cabeza, Pastor y Rey:425 en el marco eclesiológico del Vaticano II era especialmente conveniente presentar el ministerio real de Jesús en relación inmediata con la función de gobierno en la Iglesia, sin dejar de resaltar que la Iglesia no es mera institución humana y que en su realidad paradójica la riqueza definitiva y trascendente es la dimensión espiritual.426 Y según esto, la recta idea de la autoridad y del gobierno, en el pueblo sacerdotal que es la Iglesia, está condicionada intrínsecamente por las categorías del Evangelio.
En efecti, en el Vaticano II se subraya que la realeza de Cristo, participada en diversos grados por los pastores y los fieles, se ejerce más como servicio que como dominio, y queda frecuentemente expresada como servicio de caridad. De modo que el ministerio pastoral en la Iglesia es siempre officium amoris, porque prolonga la actividad del Buen Pastor que da la vida por las ovejas, mientras cuida el rebaño y lo va guiando hacia la Casa y Reino del Padre.427
Otras veces el oficio regio de Cristo es contemplado en la perspectiva de la recapitulación de la humanidad y del universo entero para gloria del único Dios vivo y verdadero.428 Y esta dimensión del señorío de Cristo es verdaderamente nota destacada de la cristología del Vaticano II. Conviene que profundicemos este aspecto, sobre todo por la importancia que en estas afirmaciones se concede al término “recapitulación”, utilizado luego por el CCE como carácter de todos los misterios de Cristo.
¿Qué se significa más exactamente con la función recapituladora de Jesucristo? Las menciones conciliares de esta función dan claves para la respuesta:
425 LG 5-9. 426 LG 27. 427 LG 9, 17, 27-28. 428 LG 36, 48, 50; GS 38-39.
“Este carácter de universalidad, que distingue al Pueblo de Dios, es un don del mismo Señor con el que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular [ad recapitulandam] toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu”.429
“La Iglesia... no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celeste... cuando junto con el género humano, también la creación entera, que está íntimamente unida con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovada en Cristo [perfecte in Christo instaurabitur] (cf. Ef 1, 10; Col 1, 20; 2 P 3, 10-13)”.430
“El Verbo de Dios... entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo [in Se assumens et recapitulans]”.431
“El Verbo de Dios... se encarnó para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas [universa recapitularet]. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones”.432
“...reconocer al Verbo de Dios, que antes de hacerse carne para salvarlo todo y recapitular todo en Él [ad... in Se recapitulanda], estaba en el mundo, como «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9)”.433
“...lo que Dios quiere es hacer de todo el mundo una nueva creación en Cristo [in Christo, totum mundum reassumere in novam creaturam]”.434
“Plugo, finalmente, a Dios unificar todas las cosas, tanto naturales como sobrenaturales, en Cristo Jesús, «para que Él tenga la primacía sobre todas las cosas» (Col 1, 18)... Toca a los Pastores manifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del mundo y prestar los auxilios morales y espirituales para instaurar en Cristo [in Christo instaurentur] el orden de las realidades temporales”.435
“Dios... dispuso entrar en la historia humana de modo nuevo y definitivo, enviando a su Hijo en carne nuestra, a fin de arrancar por Él a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás y en Él reconciliar consigo al mundo. Así, pues, a su Hijo... le constituyó heredero de todas las cosas, a fin de restaurar todas las cosas en Él [ut in Illo omnia instauraret]”.436
429
LG 13. Cf. AH (= SAN IRENEO DE LYON, Adversus haereses) 3, 16, 6 y 3, 22, 1-3.
430 LG 48. 431 GS 38. 432 GS 45. 433 GS 57; cf. AH 3, 11, 8; 16, 6; 21, 10-22; 22, 3. 434 AA 5. 435 AA 7. 436 AG 3.
De la lectura de estos enunciados –que en realidad reflejan ideas que constituyen líneas de fondo de todo el magisterio del Vaticano II– podemos concluir de manera sumaria que el Concilio se inspira palpablemente en ciertos textos-clave del NT (especialmente de Ef y Col),437 así como en la doctrina ireneana de la anakefalaiosis.
Observamos que el concepto “recapitulare”, cuya primera fuente parece ser Ef 1, 10b, está expresado también con otros términos: “instaurare” y “reassumere”. También advertimos que el Concilio supone la polivalencia teológica de ese concepto, según el múltiple empleo que hace de él san Ireneo de Lyon.438 La realeza recapituladora tiene, evidentemente, una primera dimensión cristológica, pero el concepto encierra simultáneamente, además, un sentido antropológico, cósmico, eclesiológico y, finalmente, trinitario.439 Todos los aspectos están de algún modo presentes en el magisterio del Concilio. Si bien cuando existen referencias explícitas a la visión recapituladora de san Ireneo (en LG 13 y GS 57), el contexto es marcadamente antropológico y soteriológico.
Se debe añadir otra referencia conciliar a la doctrina de la recapitulación de Ireneo, en la que se acentúa la finalidad última de toda la obra recapituladora: la gloria de Dios, a quien todos los hombres “regenerados en Cristo por el Espíritu Santo... podrán decir «Padre nuestro»”.440 Notemos que también esta afirmación de la glorificación del Padre, como la corona imperecedera de la misión recapituladora del Redentor, tiene gran valor soteriológico, en línea con la gran preocupación pastoral del Concilio. Porque, en definitiva, es el hombre quien alcanza su propia finalidad y su plenitud al ser recapitulado en Cristo para gloria del Padre.
3.2.8
Juan Pablo II
Es sabido que el lenguaje conciliar ha influido decisivamente en el pensamiento y en las expresiones del magisterio de Juan Pablo II; así como también puede decirse que el pensamiento de Karol Wojtyla ha dejado su huella en ciertos documentos del Concilio.441
437
Acerca de esta visión de Cristo Recapitulador se ha destacado que “el Concilio cita, cinco veces cada uno, dos textos paulinos, en torno a los cuales gira su doctrina de la realeza recapituladora de Cristo redentor: Ef 1, 10 y 1 Co 15, 24-28” (B. DE MARGERIE, Cristo, 191).
438
No es posible reducir a una sola idea la riqueza del término elegido por Ireneo como “una tentativa de presentación de todo el mensaje bíblico acerca de Cristo y su obra mediante una única palabra” (B. DE
MARGERIE, Cristo, 195).
439
Cf. J.P.TOSAUS ABADÍA, Cristo y el Universo. Estudio lingüístico y temático de Ef 1, 10b, en Efesios y en la obra de Ireneo de Lyon, Salamanca 1995, 267-281.
440
AG 7.
441
Sobre las intervenciones de K. Woytyla en el Concilio, cf. C.POZO, Juan Pablo II y el Concilio Vaticano II, 15-24; A.DULLES, The Splendor of Faith. The Theological Vision of Pope John Paul II, New York 1999, 5-8. 15-17.
También en el extenso arco magisterial de Juan Pablo II aparece con frecuencia la triple función salvífica del Redentor del hombre, Profeta, Sacerdote y Rey. Basta comprobar la utilización de la sistemática propia de la trilogía en algunos de sus documentos más importantes: RH 16, 20, 21; LE 24; Veritatis splendor 87, 107, 109, 114; Evangelium vitae 78. Al respecto es muy rico y elocuente el capítulo IV de la fundamental Encíclica Redemptor hominis, en el que leemos:
“Reflexionando siempre de nuevo sobre todo esto [la dignidad de la adopción divina que obtiene el hombre en Cristo, por la gracia del Espíritu Santo y de la destinación a la gracia y a la gloria]... la Iglesia se hace al mismo tiempo más idónea al servicio del hombre, al que Cristo Señor la llama cuando dice: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mt 20, 28). La Iglesia cumple este ministerio suyo, participando en el «triple oficio» [«triplex officium»] que es propio de su mismo Maestro y Redentor. Esta doctrina con su fundamento bíblico ha sido expuesta con plena claridad [ha sido sacada a la luz de nuevo]442 por el Concilio Vaticano II, con gran ventaja para la vida de la Iglesia [Haec doctrina, in fundamento bíblico innixa, a Concilio Vaticano II in pleno lumine est posita, non sine magna vitae Ecclesiae utilitate]. Cuando, efectivamente, nos hacemos conscientes de la participación en la triple misión de Cristo, en su triple oficio –sacerdotal, profético y real–, nos hacemos también más conscientes de aquello a lo que debe servir toda la Iglesia, como sociedad y comunidad del Pueblo de Dios sobre la tierra, comprendiendo asimismo cuál debe ser la participación de cada uno de nosotros en esta misión y servicio”.443
Resaltemos esta importante afirmación, de gran interés para lo que venimos estudiando: “Esta doctrina con su fundamento bíblico ha sido expuesta con plena claridad por el Concilio Vaticano II, con gran ventaja para la vida de la Iglesia”.
A continuación la encíclica trata con cierta amplitud de cada uno de los tres oficios de Cristo en cuanto son participados por la Iglesia (n. 19: La Iglesia responsable de la verdad; n. 20: Eucaristía y Penitencia; n. 21: Vocación cristiana: servir y reinar).
La Exhortación postsinodal Christifideles laici (del 30 de diciembre de 1988) es otro documento importante en el que Juan Pablo II sintetiza la identidad del fiel cristiano en base a los tres munera:
“He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad bautismal: los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio –sacerdotal, profético y real– de Jesucristo. Es este un aspecto que nunca ha sido olvidado por la tradición viva de la Iglesia, como se desprende, por ejemplo, de la explicación que nos ofrece san Agustín del salmo 26.444 (...) Siguiendo el rumbo indicado por el Concilio Vaticano
442
La versión en castellano, que seguimos (J.A.MARTÍNEZ PUCHE [ed.], Encíclicas de Juan Pablo II, Madrid 20035) dice “ha sido sacada a la luz de nuevo”, que no está en el texto latino original.
443
RH 18: Insegnamenti II (1979) 558-592.
444
En la Enarratio sobre el salmo 26 se habla de Cristo sólo como Rey y Sacerdote, de acuerdo a las unciones del AT: “Et solus tunc ungebatur rex, et sacerdos: duae istae illo tempore unctae personae” (II,
II,445 ya desde el inicio de mi servicio pastoral, he querido exaltar la dignidad sacerdotal, profética y real de todo el Pueblo de Dios diciendo: «Aquél que ha nacido de la Virgen María, el Hijo del carpintero –como se lo consideraba–, el Hijo de Dios vivo –como ha confesado Pedro– ha venido para hacer de todos nosotros ‘un reino de sacerdotes’. El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo –Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey– continúa en la Iglesia...»446”.447 Retenemos particularmente la referencia a la “tradición viva de la Iglesia” y al “rumbo indicado por el Concilio Vaticano II”.
El relieve conferido por Juan Pablo II a la trilogía ministerial, “siguiendo el rumbo del Concilio”, se evidencia también en la Exhortación apostólica postsinodal
Pastores gregis.448 Este documento de la última etapa de su pontificado –posterior a la redacción del CCE, pero válido para confirmar el pensamiento constante del Papa– relaciona directa y extensamente la misión de Cristo, “icono original del Padre y la manifestación de su presencia misericordiosa entre los hombres” con el misterio y el ministerio del obispo, quien “se convierte para la Iglesia a él confiada en signo vivo del Señor Jesús, Pastor y Esposo, Maestro y Pontífice de la Iglesia”.449 En el centro de la exhortación se trata del ministerio del obispo como “maestro de la fe y heraldo de la Palabra” (capítulo III) y como “ministro de la gracia del supremo sacerdocio” (capítulo IV), y luego sigue el tratamiento del “gobierno pastoral del obispo” (capítulo V), según la trilogía P-S-R.
Señalemos, además, las catequesis dedicadas por Juan Pablo II a delinear la figura del Mesías. En tres encuentros consecutivos abordó los siguientes temas: Jesucristo, Mesías «Rey»,450 Mesías «Sacerdote»,451 Mesías «Profeta».452 Así dijo, por ejemplo, en una de esas catequesis:
“El atribuir el nombre «Cristo» a Jesús de Nazaret es el testimonio de que los Apóstoles y la Iglesia primitiva reconocieron que en Él se habían realizado los designios del Dios de la Alianza y las expectativas de Israel. (...) La verdad sobre el Cristo-Mesías hay que volverla a leer, pues, en el contexto bíblico de este triple munus, que en la Antigua alianza se confería a los que estaban destinados a guiar o a representar al Pueblo de Dios”.453
2). Según esto Agustín parece respetar mejor que otros Padres antiguos la realidad histórica de la relación entre unción y dignidad en el AT. De todos modos en el comentario al mismo salmo, como en tantos otros lugares, san Agustín habla del carácter de Profeta por excelencia que tiene Jesús.
445
Cf. LG 10.
446
JUAN PABLO II, Homilía al inicio del ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia (22 de octubre de 1978): Insegnamenti I (1978) 38.
447 ChL 14: Insegnamenti XI, 4 (1988) 1982-1985. 448
Insegnamenti XXVI, 2 (2003) 392-501.
449
Pastores gregis 7: Insegnamenti XXVI, 2 (2003) 400-401.
450 11 de febrero de 1987: Insegnamenti X, 1 (1987) 313-317. 451 18 de febrero de 1987: Insegnamenti X, 1 (1987) 362-366. 452 25 de febrero de 1987: Insegnamenti X, 1 (1987) 417-422. 453 11 de febrero de 1987.
Podemos añadir este dato: el Código de Derecho Canónico, sancionado por Juan Pablo II mediante la constitución apostólica Sacrae disciplinae leges, del 25 de enero de 1983, reserva un lugar importante para la trilogía ministerial en su estructura de fondo. En efecto, el libro III se titula: La función de enseñar de la Iglesia y el libro IV: La función de santificar de la Iglesia, y esto se da en el contexto total del Código, que evidentemente es instrumento de la función regia/pastoral de la Iglesia.
Es clara, entonces, la visión cristológica de Juan Pablo II, según la cual pueden distinguirse adecuadamente tres aspectos en la única misión de Cristo: Él es Profeta, Sacerdote y Rey.454
En el CCE hallaremos un nítido reflejo de los principales acentos del Vaticano II y del Papa que fue su principal intérprete, también en este punto de la mediación salvífica de Cristo.455
En consecuencia, es razonable concluir que, según el magisterio reciente de la Iglesia, la misión fundamental de Cristo, único Salvador del mundo, se halla sustancialmente bien expresada con la trilogía ministerial.