5.3 Linear Robot Pattern Formation Protocol
5.3.2 Solving a System of Linear Equations
En su tercera parte el CCE se ocupa de la vida propiamente cristiana. La verdad sobre Dios y su designio salvífico en Cristo está siempre presente, al menos implícitamente. Pero aflora con nueva luz cuando se trata de develar qué es el hombre y cuál es el camino que debe recorrer para alcanzar su último fin, la bienaventuranza eterna. En este camino hacia la perfecta realización del ser humano es imprescindible la luz de la verdad sobre Dios y sobre el hombre, creado y redimido en Cristo, y llamado a la felicidad en la comunión de vida con la Santísima Trinidad, según lo hallamos en la trama básica de todo el Catecismo (cf. 1, 1024, 2550, 2855).
En CCE III se destacará la relación entre la aceptación de la verdad revelada y la paulatina perfección del hombre fiel. “Los cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en adelante una «vida digna del Evangelio de Cristo» (Flp 1, 27)” (1692). El reconocimiento de la alta dignidad del cristiano es consecuencia de la Revelación divina (cf. 1700). Lo dice con gran espesor de contenido el siguiente enunciado:
“«Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación».516 En Cristo, «imagen del Dios invisible» (Col 1, 15; cf. 2 Co 4, 4), el hombre ha sido creado «a imagen y semejanza» del Creador. En Cristo, Redentor y Salvador, la imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios517” (1701).
En CCE III se afirma repetidamente que el hombre “encuentra su perfección [suam invenit perfectionem] en la búsqueda [inquirendo] y el amor de la verdad y del bien518” (1704; cf. 1711: suam persequitur perfectionem). Es claro que la misma búsqueda no es la perfección ya obtenida, pero también es cierto que buscar sinceramente la verdad ya es caminar hacia la perfección humana (cf. 30).
En el artículo 2 de CCE III, 1, 1 se trata de la vocación del hombre a la
bienaventuranza, “meta de la existencia humana”, que se identifica con la inefable participación en la misma bienaventuranza divina (cf. 1718). Meta suprema, a la que aspira radicalmente el corazón humano y hacia la cual se ordena toda la historia salutis, como ya se ha declarado desde el comienzo del CCE (1).
Las bienaventuranzas del Evangelio, que “dibujan el rostro de Cristo” y “expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección” (1717), son un ejemplo de cómo la Revelación divina provee salvación. Nos dan un conocimiento que es más que mera acumulación de conceptos; ubican y
516 GS 22, 1. 517 Cf. GS 22, 2. 518 Cf. GS 15, 2.
encaminan nuestra existencia hacia el horizonte divino de la felicidad; y ponernos en el camino verdadero ya es una buena prenda de la salvación total.
En estos enunciados vuelven a relacionarse los conceptos que indican conocimiento/visión con los que se refieren a la perfecta felicidad:
“El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre... la visión de Dios: «Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8; cf. 1 Jn 3, 2; 1 Co 13, 12)” (1720).
Se añade luego el bello testimonio de san Agustín en la última página de su gran obra De civitate Dei:
“«Allí descansaremos y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos sino llegar al Reino que no tendrá fin?»519” (1720; cf. 1721-1722).
Siguiendo este surco bíblico (que tiene puntos de encuentro con las cumbres del pensamiento clásico antiguo), la gran Tradición de la Iglesia ha desarrollado con diversos acordes la misma verdad:
“«Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, ‘nadie verá a Dios y seguirá viviendo’, porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios... ‘Porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios’»520” (1722).
Un nuevo testimonio del CCE sobre la necesaria relación entre verdad y liberación (= salvación) se encuentra en el acápite que desarrolla el tema de la libertad humana en la economía de la salvación (1739-1742). En ese lugar leemos: “«Para ser libres nos libertó Cristo» (Ga 5, 1). En Él participamos de «la verdad que nos hace libres» (cf. Jn 8, 32)” (1741); aserción que es la contrapartida de lo que se ha dicho antes sobre la libertad y el pecado:
“De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios, se engañó a sí mismo y se hizo esclavo del pecado. (…).
Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina” (1739-1740).
Por tanto, el error, el engaño, la rebelión contra la verdad… no son problemas ajenos al equilibrio general del hombre y a su auténtica felicidad.
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SAN AGUSTÍN, De civitate Dei 22, 30.
520
Otro conjunto de enunciados que incluyen la relación entre conocimiento de la verdad y plenitud humana se encuentra cuando el CCE se ocupa de la conciencia (1776- 1802). De la formación de la conciencia depende nuestro caminar en y hacia la luz de Dios (1783-1785). Precisamente la conciencia se forma y se afirma en el camino de la bienaventuranza en cuanto se deja guiar por la Palabra de Dios, “luz de nuestro caminar” (1785). Es decir, se llega a la luz de la Verdad total transitando por los senderos ya iluminados –aunque sea tenuemente– por aquella Luz final. La divina Revelación nos da esa participación y anticipo de la Luz bienaventurada.
La doctrina sobre el juicio erróneo (1790-1794) nos da la misma lección desde una perspectiva contraria: la despreocupación por “buscar la verdad y el bien” (1791) y “el desconocimiento de Cristo y de su Evangelio” (1792), conducen a la ceguera moral, que fácilmente deriva en frustración profunda del corazón humano, apartado del único camino a la bienaventuranza.
Al tratar de las virtudes teologales (1812-1829) se concede importancia primaria a la fe, “por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma” (1814). De este modo la fe teologal nos refiere “directamente a Dios” y dispone al cristiano “a vivir en relación con la Santísima Trinidad” (1812), llevándonos, al menos, al umbral de la comunión plena en la eterna bienaventuranza.
Es interesante lo que se afirma más adelante sobre el reconocimiento de los propios pecados para acceder a la salvación de Dios: “La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas”. Confesión que tiene lugar sobre todo a partir de “la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf. Lc 15)” (1846) y cuando, “como un médico que descubre la herida antes de curar, Dios, mediante su Palabra y su Espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado”521 (1848). Por tanto, la luz de la Revelación, que ayuda a comprender la miseria moral del hombre y le abre a la divina misericordia, colabora también en la adquisición del Reino por parte del corazón penitente.
El camino de la inmoralidad, de la rebelión contra la verdad y de la consiguiente infelicidad, tiene su comienzo en el deliberado desconocimiento de Dios, cuya más penosa expresión es el rechazo culpable de la fe. A la inversa, el conocimiento de Dios, cuyo mayor progreso en este mundo se da en la madurez de la fe, es “fuente” de la vida moral, cuyo buen fruto es la santidad y la bienaventuranza. Como ya se ha enseñado en el primer artículo del Credo: la eficacia salvadora de la verdad de Dios se muestra más claramente por el contraste con la eficacia desastrosa de la mentira sobre Dios y su correspondiente aceptación.
Cuando se aborda el tema de la ley moral (1950-1986), “obra de la Sabiduría divina” (1950), se reitera la importancia de la verdad para la plena realización del
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hombre. La ley moral muestra la verdad íntima del hombre, su deber ser esencial, “prescribe... las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida” (1950).
“La ley moral tiene en Cristo su plenitud y su unidad. Jesucristo es en persona el camino de la perfección” (1953). Y esto vale particularmente para la Ley nueva o Ley evangélica (1965-1974). La Revelación evangélica, entonces, aparece como una real fuerza liberadora que, al mismo tiempo que hace brillar la más luminosa verdad sobre la vocación del hombre, da la gracia para vivir según esa vocación a la santidad.
Es fácil constatar la expandida presencia en CCE III de una afirmación fundamental, que prolonga los tempranos enunciados del Catecismo sobre “el deseo de Dios” (27-30):
“[Dios] puso en el hombre la aspiración [appetitionem] a la verdad y al bien que sólo Él puede colmar. Las promesas de la «vida eterna» responden, por encima de toda esperanza, a esta aspiración [huic appetitioni]” (2002).
El conocimiento de la verdad es fruto directo de la obra salvífica, pero es un fruto que no sólo está al final, sino que también se da en el mismo desarrollo de la
historia salutis, en cuanto esta historia está intrínsecamente ligada a la acción divina reveladora. La salvación da luz; la luz da salvación: se trata de un circuito que no es contradictorio, cuando se comprende bien el sentido de las afirmaciones.522
La Iglesia, sacramento universal de salvación, “«columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3, 15), «recibió de los apóstoles este solemne mandato de Cristo, de anunciar la verdad que nos salva [veritatem salutarem]»523” (2032). Fiel a esta misión ella debe proclamar la Ley de Dios “como camino de vida y verdad” (2037), en orden a conducir a todos sus hijos a aquel “Reino de Dios, «Reino de justicia, de verdad y de paz»524” (2046), que es el ámbito exclusivo de la salvación perfecta y definitiva.
Al comenzar la segunda sección de CCE III se nos introduce en el Decálogo. Se vuelve a subrayar que la ley moral dada por Dios en el Sinaí debe ser concebida como “camino de vida” (2057). Estas leyes son propiamente divinas: “Las escribió [Dios] «con su Dedo» (Ex 31, 18; Dt 5, 22)... constituyen palabras de Dios en un sentido eminente” (2056); fueron promulgadas en el marco de una gran teofanía: “Pertenecen a la Revelación que Dios hace de sí mismo y de su gloria” (2059); y se entregaron a los
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El acento en el valor salvífico de la verdad es característico del Evangelio de Juan. Pero no hallamos unanimidad en los estudiosos cuando se debe precisar el significado de “verdad” en el vocabulario joánico. “El uso del término aletheia en este evangelio se apoya en el uso común helenístico, en que participa de la idea de «realidad» o «realidad última» y de «conocimiento de lo real» (C. H. Dodd, citado por R.E.BROWN en El Evangelio según Juan XIII-XXI, Madrid 20002, 1603); en cambio, “de la Potterie piensa que muchos pasajes joánicos que Dodd y Bultmann relacionan con un trasfondo griego o gnóstico son en realidad herederos de la asociación apocalíptica y sapiencial de la verdad con la sabiduría y los misterios” (R.E.BROWN, o. c., 1604). Aunque ciertamente existe un concepto propiamente joánico de la verdad (y sobre esta especificidad difieren las opiniones), también resulta obvio que existe una base conceptual común entre la noción en Jn y la noción clásica de verdad.
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LG 17.
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israelitas con vistas a la Alianza entre Dios y su pueblo (cf. 2060-2063). Por consiguiente, la ley fundamental del Sinaí no perseguía otro fin que señalar el camino de la salvación y afianzar al pueblo elegido (y en definitiva a toda la humanidad) en ese camino, para que llegue a ser plenamente el Pueblo de Dios en el tiempo y en la eternidad (cf. 2068).
Puede decirse, entonces, que la revelación de “las diez palabras” tiene un valor de salvación. Aunque, por supuesto, no sea la salvación ya realizada y adquirida para siempre.
Como el conjunto de la “Ley antigua”, los preceptos del Decálogo ponen en evidencia la incapacidad del hombre para ser justo y salvarse por sí mismo: “[La Ley antigua] muestra lo que es preciso hacer, pero no da de suyo la fuerza, la gracia del Espíritu Santo para cumplirlo” (1963; cf. 1964).
En el curso de la explicación de los diez mandamientos hay diversas alusiones al valor salvífico de la verdad, como cuando se dice, dentro del primer mandamiento, que san Pablo “hace ver en «el desconocimiento de Dios» el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf. Rm 1, 18-32)” (2087). Una vez más se enseña, sobre el trasfondo de la negación, la necesidad del conocimiento de Dios para que el hombre pueda vivir con rectitud su vocación humana y alcanzar su último fin.
También es digno de consideración lo que se enseña acerca del segundo mandamiento:
“Entre todas las palabras de la Revelación hay una, singular, que es la revelación de su Nombre. Dios confía su Nombre a los que creen en Él; se revela a ellos en su misterio personal. El don del Nombre pertenece al orden de la confidencia y la intimidad [ad ordinem fiduciae et intimitatis]” (2143).
Con lo cual se dice que en la revelación del misterio de Dios hay una real introducción en la comunión familiar y bienaventurada con Dios mismo. No se adquiere sólo un conocimiento intelectual, sino una cierta –aunque incipiente– participación en la vida divina.
Hallamos una referencia importante en el octavo mandamiento, cuando hay que tratar directamente el tema de la verdad (cf. especialmente 2465-2470). “El hombre busca naturalmente la verdad [naturaliter ad veritatem tendit]” (2467). Tiende hacia ella –sobre todo hacia la verdad sobre Dios y sobre el sentido último de la propia existencia– porque constituye la satisfacción del anhelo más íntimo y permanente del corazón humano, junto con el amor del bien. Se concreta más al decir:
“En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó en plenitud. «Lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14), él es la «luz del mundo» (Jn 8, 12), la Verdad (cf. Jn 14, 6). El que cree en él no permanece en las tinieblas (cf. Jn 12, 46). El discípulo de Jesús,
«permanece en su palabra», para conocer «la verdad que hace libre» (cf. Jn 8, 31-32) y que santifica (cf. Jn 17, 17)” (2466).525
Una indicación más dentro de CCE III se halla en el último párrafo: “Quiero ver a Dios” (2548-2550), donde se ratifica y se precisa la relación entre conocimiento y salvación definitiva:
“El deseo de felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendrá su plenitud en la visión y la bienaventuranza de Dios. «La promesa [de ver a Dios] supera toda felicidad [tanta est, ut superet extremum terminum beatitudinis]. (...) En la Escritura, ver es poseer. (...) El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir»526” (2548).