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Shared-State Multi-Agent Systems with Sliding Window and Concurrent Actions

4.4 Multi-Agent Systems with Concurrent Actions

4.4.2 Shared-State Multi-Agent Systems with Sliding Window and Concurrent Actions

La sección segunda de esta primera parte está dedicada a la explicación del Credo. El capítulo primero corresponde a la verdad sobre Dios en sí mismo y como Creador. Con diversas expresiones se nos dice que Dios ya está realizando su designio de salvación para todos los hombres (y ante todo a favor del pueblo elegido) en la misma revelación de su propio Misterio.

“Dios se reveló a su pueblo Israel dándole a conocer su Nombre... Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse a sí mismo

501 Cf. Rm 1, 5; 16, 26; DV 5. 502 Cf. Mc 16, 16; Jn 3, 36; 6, 40; Hb 11, 6; Mt 10, 22; 24, 13... 503

haciéndose accesible, capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente” (203).

Que Dios, Verdad, Amor y Vida infinita, se comunique a sí mismo al hombre es acción salvífica por excelencia, aun cuando todavía no se trate de una manifestación perfecta y definitiva. “Dios, que revela su Nombre como «Yo soy», se revela como el Dios que está siempre allí, presente junto a su pueblo para salvarlo” (207). La revelación del Dios que está presente para salvar, es ciertamente anuncio de la salvación, pero es también inicio real de la salvación. La comunicación de su Palabra supone ya una cierta presencia suya en medio del pueblo al que le habla como a un hijo; y si esta comunicación asegura la realidad concreta de la presencia salvífica de Dios, cuánto más se trata de una real intervención salvífica, y no de un simple anuncio proyectado al futuro.

Si la Palabra de Dios entra en la historia de los hombres, la salvación ya está en acción. Es elocuente el siguiente texto que relaciona a Dios-Verdad con la actitud confiada del creyente, quien puede estar seguro de no ser engañado:

“Dios es la Verdad misma, sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las cosas. El comienzo del pecado y de la caída del hombre fue una mentira del tentador que indujo a dudar de la palabra de Dios, de su benevolencia y de su fidelidad” (215). Otros efectos de salvación, causados por la fe en Dios que se revela, están reseñados en los nn. 222-227. En este lugar se supone una fe viva, es decir, más que un simple asentimiento intelectual a un discurso conceptual: “Creer en Dios, el Único, y amarlo con todo el ser, tiene consecuencias inmensas para toda nuestra vida” (222).

Es particularmente interesante el acápite titulado: “La revelación de Dios como Trinidad” (238-248). No es raro preguntarse: ¿me sirve, me hace ser mejor, me salva… conocer que Dios es Trinidad?

Tal vez se nos hace fácil aceptar que la visión perfecta de la Trinidad divina se identifica con la vida eterna beatífica. Pero no parece tan simple comprender que el conocimiento por la fe del Misterio trinitario ya es para nosotros fuente de salvación; de verdadera salvación, aunque en un grado inicial.

El Catecismo nos asegura que no es inútil que Jesús nos revele al Padre (cf. 240, 441-445, 2779-2793). A la misma conclusión se llega por la vía negativa: ignorar la revelación del misterio del Padre es ignorar el mismo núcleo de la salvación cristiana.504

La revelación del Padre y del misterio del Ser íntimo de Dios se inscribe en el flujo creciente de la historia salvífica. En el Evangelio se nos habla de Dios como Padre

504

en un sentido nuevo y original con respecto a la invocación de Dios como Padre en el AT (cf. 238-240).505

“Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación con su Hijo único, el cual eternamente es Hijo sólo en relación con su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27)” (240).

El conocimiento de Dios Padre en nuestro estado de peregrinos suele ser pobre, se da sólo en la penumbra de la fe, pero nos dice algo absolutamente real sobre el Dios vivo.506

Es cierto que creer en Dios y conocer de este modo su Misterio íntimo no transforma nuestra naturaleza mortal, ni tampoco resuelve técnicamente los problemas de esta vida. Pero la revelación del Misterio íntimo de Dios irradia paulatinamente la luz que tendrá su insospechada plenitud en la visión beatífica; y al mismo tiempo nos permite reconocer nuestra auténtica dignidad y nuestro último destino en la vida eterna. Es decir, la revelación de la verdad sobre Dios Padre provee “sentido” grande y definitivo a la vida del hombre, creado a su imagen y semejanza, vida que por sí misma suele estar llena de pequeñeces, de impotencia y desesperación.507

Que el hombre es imagen de Dios, de Dios-Amor, infinitamente feliz en sí mismo, siendo como es comunión perfecta de amor de las tres Personas, dice mucho sobre la dignidad del hombre peregrino y sobre el camino de la auténtica realización humana y de su consiguiente bienaventuranza. Que en Dios hay una Paternidad y una Filiación, relaciones infinitamente perfectas y trascendentes sobre toda paternidad- filiación humana, y que nosotros estamos llamados a participar realmente, con todo nuestro ser y por toda la eternidad, en esa bienaventurada comunión, no nos deja indiferentes... si lo aceptamos en la obediencia de la fe teologal.508

No puede dejar de afectar a la vida de todo hombre (nos referimos ahora a la vida psicológica) saberse bien amado o no; saberse pensado en un proyecto de amor infinito, de vida colmada e interminable o, por el contrario, saberse fruto efímero del

505

Cf. J.RATZINGER [BENEDICTO XVI], Jesús de Nazaret, 69-176.

506

Cf. W.KASPER, El Dios de Jesucristo, 161-176.

507

Cf. FeR 15.

508

“El Evangelio no es otra cosa que esta revelación. antes de ser un mensaje, era una persona: Jesucristo, Hijo del Dios viviente. Y el Dios viviente se ha revelado en su Hijo para comunicar a los hombres su propia vida, eternamente y también en este mundo, siempre que crean en Jesucristo. (…) Las personalidades individuales, unidas a Cristo por el amor, serán reunidas por él en Dios que es amor. El conocimiento de Dios no nos es dado por revelación si no es en vista de esta relación unificante y beatificante. No es necesario que en este mundo tengamos una idea clara: por la fe nos reencontramos con Dios en la noche. O por lo menos en un claroscuro en el que se nos da firmemente la certeza de su presencia, pero la realidad de su ser supera necesariamente todo lo que podemos saber y decir. Sólo nos es dado poder amar, con la certidumbre de ser amados” (P.GRELOT, Dios, el Padre de Jesucristo, Buenos Aires 1999, 303). Cf. J.RATZINGER, Introducción al cristianismo, 39-72.

azar, partícula fugaz del cosmos, enmarañado en las incontables limitaciones de “esta” vida, sin Padre, sin Amor, sin Familia que pueda permanecer más allá del tiempo de la vida mortal.

De manera que, según lo que nos viene explicando el Catecismo, lo menos que se puede decir es lo siguiente: la verdad sobre Dios es tan fundamental y vital para nosotros que, si es bien creída y comprendida, afecta a nuestra propia existencia en lo más esencial.

Una confirmación del valor salvífico de la revelación del Misterio trinitario se nos brinda con la explicación de los términos Theologia y Oikonomia, que, siendo distintos, indican aspectos complementarios de una única suprema realidad:

“Los Padres de la Iglesia distinguen entre la Theologia y la Oikonomia, designando con el primer término el misterio de la vida íntima del Dios-Trinidad, con el segundo todas las obras de Dios por las que se revela y comunica su vida” (236).

Retenemos especialmente: “... se revela y comunica su vida”, expresión importante para comprender que es un mismo movimiento el que da lugar a la Revelación y a la comunicación de vida divina, constitutivo esencial de la salvación.

En este contexto se puede entender la Revelación divina como un llamado, una pro-vocación que encierra ya una cierta eficacia de salvación:

“El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (cf. Jn 17, 21-23). Pero ya desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: «Si alguno me ama –dice el Señor– guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23)” (260).

De modo que la revelación de la Trinidad divina es ya cierta comunicación de vida nueva, aunque no se nos conceda ahora, mientras peregrinamos en el tiempo de la historia, la visión perfecta y la vida bienaventurada.

También la luz revelada sobre la creación tiene una dimensión soteriológica: “La verdad de la creación es tan importante para toda la vida humana que Dios, en su ternura, quiso revelar a su pueblo todo lo que es saludable [quidquid salutare est] conocer a este respecto” (287). Tiene relieve la afirmación tangencial de que hay un “conocer” que es “saludable”, que luego tiene su más fuerte aplicación en el “conocer” como fruto de la función reveladora de Cristo.

Una nueva expresión de esta enseñanza –vinculada a la importancia salvífica de la revelación del misterio del Padre– se nos da en el siguiente texto:

“La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros «hijos adoptivos

por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1, 5-6): «Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios [Gloria enim Dei vivens homo, vita autem hominis visio Dei]: si ya la revelación de Dios [ostentio Dei] por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios»509” (294).

La conexión entre Revelación y salvación se muestra paradójicamente al tratar del pecado original: “La realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina” (387).

“La doctrina del pecado original es, por así decirlo, «el reverso» de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todos los hombres... no se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el misterio de Cristo” (389).

Al hablar del “misterio de Cristo” el texto se refiere seguramente a la verdad revelada sobre Cristo Salvador, pero también parece referirse a la actuación salvífica que la luz de Cristo realiza en el creyente. Conocer el pecado ya es saludable en cuanto nos pone en el camino de la salvación plena. No reconocer la culpa, no despertar la conciencia de la propia miseria espiritual y vivir en el convencimiento de que “no necesito ser salvado por Dios”, es cerrar las puertas y crear un abismo frente a la salvación que Dios ofrece en Cristo. Lo contrario –es decir, reconocer la verdad sobre la humanamente insuperable situación de pecado y perdición– es ponerse en camino a la casa del Padre y disponerse a recibir las primicias de su designio redentor. La verdad revelada sobre el pecado original y sobre “el pecado del mundo” (Jn 1, 29) hace tomar conciencia de la espesura de malicia contenida en el rechazo de Dios y muestra, al mismo tiempo, el horizonte –no utópico– de perdón, luz y salvación, posible por el irrevocable designio salvador del Dios vivo. 510

“La doctrina sobre el pecado original –vinculada a la de la Redención de Cristo– proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo” (407). El vínculo con la Redención ya se perfila en el llamado “Protoevangelio” (Gn 3, 15), “primer anuncio del Mesías redentor” (410), lejana aurora de la salvación.

509

AH 4, 20, 7.

510

Cf. P.GRELOT, Dios, el Padre de Jesucristo, 300-303 (el texto de Pascal es sugestivo y bien fundado en la experiencia viva; sin embargo, en Grelot aparece una cierta incomprensión “de los razonamientos metafísicos que intentan establecer la existencia de Dios”).