4.4 Multi-Agent Systems with Concurrent Actions
4.4.1 Shared-State Multi-Agent Systems with Concurrent Actions
Comencemos por los dos textos del NT que están, a modo de epígrafe, en el pórtico de todo el libro:
480 FeR 7. 481 Ibid., 12. 482 Ibid., 15.
“«Padre, ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17, 3). «Dios nuestro Salvador... quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 3-4)” (1).483
Podemos decir que con estas solas palabras iniciales el Catecismo enseña que el conocimiento de la verdad sobre Dios guarda una profunda relación con la salvación del hombre.
También es elocuente el primer título que hallamos en el texto: “La vida del hombre: conocer y amar a Dios”. Y muy pronto queda clara la finalidad del libro: “...para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios a fin de que, por la fe, tengan vida en su nombre” (4). Se trata, entonces, de la profunda relación de causalidad entre creer/conocer y vida/salvación.
Con diversas formulaciones se enseña, desde los primeros enunciados, que el hombre está hecho para la verdad, y que sólo en Dios la encuentra: “solummodo in Deo inveniet homo veritatem et beatitudinem quas indesinenter exquirit” (27). Esta sed de verdad implica el conocimiento intelectual, pero está radicalmente unida al amor, y sólo en esta convergencia de conocimiento y amor el hombre realiza lo mejor y más definitivo de sí mismo (cf. 28, 30, 35...).484
Resulta inmediata la conciencia del profundo anhelo existencial por la vida y por el amor. Pero también es fácil reconocer que este vivo anhelo no puede separarse de la sed de verdad. El hombre, tantas veces ciego o confundido respecto de Dios, de sí mismo y del mundo que lo rodea, no puede ser feliz sin resolver los grandes enigmas que lo envuelven. Conocer la verdad de Dios, conocer el sentido total de la propia existencia, conocer la finalidad última de todo el universo, no es un aditamento optativo para la realización plena de la persona humana. Se trata de algo propiamente esencial. Lo dirá más adelante el CCE con palabras del Vaticano II:
“«Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas... se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad, y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo con respecto a la verdad religiosa. Están obligados también a adherirse a la verdad una vez que la han conocido y a ordenar toda su vida según sus exigencias»485” (2467).
En las primeras páginas del CCE era preciso tratar de la divina Revelación, puesto que las verdades sobre Dios y su plan de salvación –es decir, el contenido sustancial del Catecismo– nos resultan conocidas sólo porque el mismo Dios se nos ha
483
La edición en lengua española dice: “…conocimiento pleno de la verdad” (el subrayado es nuestro); pero en el texto latino –así como el original griego de 1 Tm 2, 4– leemos el equivalente a “conocimiento de la verdad”.
484
La misma enseñanza se encuentra en CCE III, al tratar de la bienaventuranza cristiana (1722).
485
revelado. Lo expresa diáfanamente el enunciado que introduce el capítulo 2 de CCE I, 1 (“Dios al encuentro del hombre”):
“Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina.486 Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre. Lo hace revelando su misterio, su designio benevolente que estableció desde la eternidad en Cristo a favor de todos los hombres. Revela [revelavit] plenamente su designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo” (50).
Desde los primeros enunciados queda bien establecido que el conocimiento de Dios –sólo limitada e imperfectamente posible para la mera razón natural– está en esencial conexión con la salvación del hombre. Si Dios se da a conocer es porque quiere salvarnos, quiere darnos la vida feliz y hacernos partícipes de su propia gloria divina:
“«Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina»487” (51).
Esto queda ratificado y desarrollado en los enunciados siguientes, especialmente en los nn. 52, 54, 55. Todo lo que se afirma en los tres acápites del artículo 1 (“La Revelación de Dios”), se refiere al núcleo de lo que nos interesa ahora: para el hombre
conocer a Dios es salvarse. Es evidente que no cualquier conocimiento salva definitivamente; pero es igualmente cierto que en la medida que el conocimiento de Dios es más perfecto, es más salvífico, hace al hombre más semejante al mismo Dios y familiar suyo, y por tanto, le concede una vida más divina y más feliz.488 No es extraño, en consecuencia, que la última perfección del conocimiento de Dios coincida exactamente con la bienaventuranza más cumplida del corazón humano: “[los bienaventurados en el cielo] son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven «tal cual es» (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13,12; Ap 22, 4)” (1023).489
“Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia «la visión beatífica»:
«¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu Dios...»490” (1028).
486
Cf. CONCILIO VATICANO I, Const. dogm. Dei Filius, c. 4.
487
DV 2.
488
Cf. B.SESBOÜÉ, Jesucristo, 137-138.
489
Cf. J.ALFARO, Rivelazione, Fede, Salvezza, 186-188.
490
También enseña el CCE la gradualidad de la Revelación. Según una sabia pedagogía, “Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo” (53). Y se hace evidente que esta pedagogía y gradualidad de la Revelación va unida a la gradualidad de la salvación: “Dios decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una serie de etapas” (56).
¿Se podrá decir que la salvación se da progresivamente, en paralelo a la gradualidad de la Revelación? Creemos que, si se explica bien, de acuerdo al CCE, esto se puede afirmar con verdad, sabiendo que, en definitiva, en el cielo la salvación y la Revelación se identifican (cf. 294).491 Es conciso y claro el texto del Concilio citado en el n. 54:
“Dios, creándolo todo y conservándolo todo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio”.492
“Abrir el camino de la salvación” ya es acción salvífica, que se ordena al resultado final y perfecto, querido por Dios.
Con razón se habla del papel de los profetas, cuya misión tiene su última explicación en la salvación total: “Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres (cf. Is 2, 2-4)” (64).
Por fin, “Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre” (65). El único divino Salvador es el Revelador493 definitivo y la plenitud de la Revelación. Según esto, es lógico que, como corolario de 1 Tm 2, 4, el CCE identifique el “conocimiento de la verdad” con el conocimiento de Cristo Jesús (cf. 74, 89).494 En el capítulo cristológico del Credo esta doctrina encontrará un nuevo y amplio desarrollo.
Con razón, por tanto, la Palabra de Dios debe ser guardada, creída y transmitida con toda fidelidad, puesto que está en juego la salvación de los hombres: “«La
491
La espléndida fórmula de san Ireneo: Gloria Dei vivens homo, vita hominis visio Dei, se entiende en su pleno sentido cuando se considera el conocimiento de Dios en esta tierra como anticipo real de la visión de Dios en el cielo. Cf. A.ORBE, Gloria Dei vivens homo, en Gregorianum 73/2 (1992) 205-268.
492 DV 3. 493
No aparece en el CCE el título de “revelador” literalmente predicado de Dios o de alguna de las divinas Personas.
494
Que Jesucristo es la plenitud de la Revelación de Dios es una afirmación sostenida claramente por el Vaticano II. Será lógico que, a partir de esta afirmación básica, se hable de Jesús como “plenitud de la palabra creadora”, “plenitud de la palabra de la Alianza” y “plenitud de la palabra profética” (cf. F. OCÁRIZ–A.BLANCO, Razón, fe y credibilidad, 77-96).
Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia... contribuyen eficazmente a la salvación de las almas»495” (95).
Se dice también que la verdad que enseñan los Libros sagrados es “para salvación nuestra”;496 y esto se expresa en un contexto tal que es lógico entender que se trata no sólo de un mensaje sobre la salvación y de una preparación pedagógica con vistas a recibir la salvación (cf. 75); sino también de un mensaje que produce ya por sí mismo la salvación, aunque de modo relativo y gradual.
Está claro que incluso los libros del AT, considerados en sí mismos, “contienen enseñanzas sublimes sobre Dios y una sabiduría salvadora acerca del hombre…” (122). Al introducirnos en los libros del NT, el CCE (124) recoge una cita del Vaticano II: “La Palabra de Dios… es fuerza de Dios para la salvación del que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en el Nuevo Testamento”.497 Y más adelante añade, con palabras del mismo Concilio: “Es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual”.498
La unidad de Palabra y salvación se realiza con máxima perfección en la unidad de la Persona de Cristo, Verbo encarnado, único Salvador del mundo. Por eso nuestro libro recuerda que “[los evangelios] comunican fielmente lo que Jesús, Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos”499 (126). Poco antes se había asentado: “...la Escritura es una en razón del designio de Dios, del que Cristo es el centro y el corazón, abierto desde su Pascua [cuius Christus Iesus centrum est et post Suum Pascha apertum cor] (cf. Lc 24, 25-27. 44-46)” (112). Y de esta manera se afirma que el plan salvífico de Dios llevado a cumplimiento por Cristo implica tanto la Palabra como el MP, inseparablemente unidos por una misteriosa “sinergia”.
En este marco es importante subrayar la enseñanza contenida en el artículo 1 de CCE I, 1, 3, cuando se habla de la fe como “inicio de la vida eterna”:
“La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. (...)
«Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo, es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día»500” (163).
En coherencia con el NT el CCE insiste en que la fe, por la que “el hombre da su asentimiento a Dios que revela”501 (143; cf. 150, 161, 163), tiene un valor salvífico.502
495
DV 10, 3.
496
DV 11, citado literalmente en CCE 107.
497 DV 17. 498 DV 21, citado en CCE 131. 499 DV 19. 500
Es conveniente puntualizar que esto es así no sólo en virtud de un decreto positivo del Señor que nos exige creer para salvarnos (cf. Mc 16, 16), sino también, como ya señalamos, por la conexión intrínseca entre conocimiento de Dios y salvación. Es decir, el mandato de Dios no sólo no es arbitrario o extraño a la estructura psicológica de la persona humana, sino que corresponde perfectamente a su dimensión profunda y a una necesidad vital de todo ser humano.
Adelantemos un texto de CCE III en el que se da la misma afirmación sub contrario y que, por tanto, guarda lógica relación con lo que enseñan los enunciados de CCE I, 1:
“Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. San Pablo habla de la «obediencia de la fe» (Rm 1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el «desconocimiento de Dios» el principio y la explicación [ignorantia Dei principium et explicatio] de todas las desviaciones morales (cf. Rm 1, 18-32)” (2087).
Del análisis de la doctrina sobre la Revelación divina contenida en CCE I, 1 –y presentada sistemáticamente en los nn. 50-141–, podemos concluir que la Revelación es por sí misma salvífica, aunque no realice la salvación en sentido absoluto. Es decir, la divina Revelación tiene una real dimensión salvífica tanto por lo que se refiere a su contenido (= la verdad de Dios y su designio de salvación), como por lo que se refiere a su formalidad de comunicación sobrenatural de Dios al hombre (= Palabra de Dios).503 Esta afirmación es más válida todavía cuando la referimos directamente a Cristo, culminación trascendente de todos los profetas, “Revelador” perfecto del Padre: Él es –ahora bajo la consideración de su función iluminadora, profética, magisterial– Salvador universal, aun cuando la sola función profética no exprese más que un aspecto –y no el más radical– de toda la riqueza de su mediación salvífica.