12 Does It really help to Assign Prerequisites Prior to Learning a new skill?
12.4 Random Assignment
41 Alkire, 2007; OCDE, 2008b. 42 Bourguignon, 2004. 43 Stern, 2006 44 . Rodrik, 2006. 45 Narayan y otros, 46 1999.
Acemoglu, Johnson y Robinson, 2001; Bardhan, 2006; Pritchett,
47
Woolcock y Andrews, 2010.
Polanyi (2002). Vea también Veblen (2007) y Myrdal (1957). Las
48
discusiones sobre desarrollo participativo y gestión de recursos comunes también se remonta a varias décadas; vea un resumen útil sobre participación en Agarwal (2001) y sobre derechos de propiedad en Baland y Platteau (1996).
Rodrik (2006) proporciona un excelente resumen.
49
Comisión de Crecimiento y Desarrollo, 2008: 2.
50
El conjunto de indicadores se actualiza a medida que transcurre
51
el tiempo; la fecha más reciente fue en 2009, cuando se agrega- ron privación material y vivienda; vea www.peer-review-social- inclusion.eu/.
Duflo, Hanna y Ryan, 2009.
52
Mookherjee (2005); vea también Deaton (2009) y Cartwright
53
(2009).
El trabajo inicial se asocia con Kahneman, Diener y Schwarz
54
(1999) y Kahneman y Krueger (2006).
La conocida paradoja señalada por Easterlin (1995) indica que
55
si bien al interior de los países los ricos son más felices que los pobres, no existe una relación sistémica entre ingreso y felicidad por sobre cierto umbral de ingresos, ya sea entre países o en el tiempo (vea Graham, 2010). Esta paradoja ha sido cuestionada recientemente (vea Stevenson y Wolfers, 2008 y Deaton, 2008) pero aún no ha sido totalmente refutada (vea Krueger, 2008). Kahneman (1999). Vea también Diener y otros (2009).
56
Sen (1985b) proporciona un análisis exhaustivo sobre la agencia
57
y su importancia.
Sen (1999: 157) sostiene que la importancia de la democracia
58
radica en “tres virtudes diferentes: (i)su importancia intrínseca,
(ii) sus contribuciones instrumentales y (iii) su papel constructivo
en la creación de valores y normas [énfasis en el original]”. Harding y Wantchekon (2010). Vea también Barbone y otro
59 s
(2007).
Capítulo 2
Gertner, 2010.
1
Vea un estudio al respecto en Raworth y Stewart (2002).
2
Vea los valores nacionales del IDH y sus componentes en el cua-
3
dro estadístico 1.
Los resultados no cambian mayormente cuando se usan los nue-
4
vos indicadores del IDH; vea Gidwitz y otros (2010). El análisis de este capítulo y del capítulo 3 abarca un período de
5
40 años a partir de 1970. En muchos casos, para las comparacio- nes de una etapa tan prolongada es necesario restringirse a los países para los cuales existen datos. Por esta razón, algunas de las cifras agregadas que se muestran en estos capítulos difieren de los valores indicados en los cuadros estadísticos. Nuestra muestra excluye a 60 países. En promedio, éstos mues-
6
tran un nivel de desarrollo algo menor al de las naciones que sí están incluidas: tienen tres años menos de esperanza de vida, un alfabetismo similar, un ingreso per cápita US$2.785 inferior y una matriculación bruta 6 puntos porcentuales más baja. No obstante, ello no implica que todos los países excluidos de la muestra del IDH híbrido sean pobres: ocho de ellos (inclusive Alemania y Singapur) clasifican como desarrollados de acuerdo con el nuevo IDH informado en el cuadro estadístico 1. Su cre- cimiento económico anual fue levemente más elevado y los cambios anuales en salud algo mayores que en el resto de la muestra, mientras que los cambios en la matriculación bruta y el alfabetismo fueron similares. Obviamente, se trata de informa- ción parcial, ya que si bien los datos son incompletos sugieren que la omisión de estos países no distorsiona sistemáticamente la imagen de progreso que se desprende de nuestro análisis. Comenzamos con 1970 porque es el primer año para el cual
7
podemos calcular el IDH con una muestra de países suficiente- mente grande.
A menos que se indique otra cosa, todas las cifras de este
8
Informe se refieren a dólares de 2008 ajustados por la paridad del poder adquisitivo.
Debido a que el IDH trata sobre personas, usamos promedios
9
ponderados por población, a menos que se indique otra cosa. La principal excepción son los indicadores de políticas públicas,
como aquellos que analizamos en el capítulo 3, cuya unidad de observación pertinente es el país. Los promedios no ponderados comunican mejor el desempeño promedio de un país y mues- tran un incremento del IDH de 0,53 en 1970 a 0,62 en 1990 y a 0,69 en 2010.
De igual modo, Easterly (2009) demuestra que las decisiones
10
tomadas sobre cómo medir y fijar las metas de los Objetivos de Desarrollo del Milenio afectan considerablemente la lista de paí- ses y regiones que más avanzan o retroceden.
Específicamente, la desviación de la línea de ajuste es el valor
11
residual de una regresión de los cambios en el IDH con respecto a su nivel inicial.
Alternativas habituales a la desviación de la línea de ajuste son
12
el cambio absoluto en el IDH y su tasa de crecimiento, así como la disminución porcentual de la distancia con respecto al nivel máximo. Los cuatro métodos aplicados coinciden de manera general, ya que identifican a los países que menos han avanzado en el IDH, como la República Democrática del Congo, Moldova, Zambia y Zimbabwe. Pero el método de reducción de la distancia arroja resultados diferentes en cuanto a los países que más han progresado: nueve de estas 10 naciones son países desarrolla- dos, a diferencia de una como máximo en los otros tres métodos. China, República Democrática Popular Lao, Nepal, Omán, Arabia Saudita y Corea del Sur siempre se encuentran entre las naciones que más han avanzado, independientemente del método usado. Para una comparación de los métodos alternativos, vea también Gray y Purser (2010) y Ranis y Stewart (2010).
La Comisión Spence sobre Crecimiento y Desarrollo examinó el
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caso de 13 países que lograron crecer a tasas elevadas por perío- dos largos desde 1950. Sólo cuatro (China, Indonesia, Omán y Corea del Sur) coinciden con nuestro grupo de naciones que más avanzaron en el IDH.
Pritchett, 1997; ONU-DAES, 2006; Ocampo, Vos y Sundaram,
14
2007. Pritchett, 1997.
15
El límite superior del IDH es el resultado de una normalización
16
que no afecta las tasas de cambio (vea la Nota técnica 1); así, en términos generales, esta forma funcional no restringe el avance hacia el tope de la distribución. Acerca de la convergencia gene- rada por límites superiores naturales, vea la nota al final 18. Por ejemplo, vea el caso de la esperanza de vida. Aunque sería
17
lógico esperar que haya un límite superior, no todos los investi- gadores de longevidad lo estiman así. Oeppen y Vaupel (2002) muestran que en los países que ocupan la cima del IDH, la espe- ranza de vida de las mujeres ha avanzado a un ritmo anual sos- tenido de tres meses adicionales cada año durante los últimos 160 años, sin desacelerarse en el transcurso del tiempo. Para evaluar si esto genera convergencia o no, descomponemos
18
los componentes de las variables por medio de una transforma- ción logit
lx = ln( x–xx),
donde x es la variable en cuestión y denota su límite superior y confirma los resultados de convergencia. Pruebas beta de con- vergencia (vea Barro y Sala-i-Marten, 2003) asociadas con la transformación logit de la tasa de alfabetismo, la matriculación bruta y los años de escolaridad promedio rechazan la hipótesis de no convergencia con valores p de menos de 1% para las tres variables. Se encontró una disminución estadísticamente sig- nificativa en la relación entre niveles iniciales y cambios loga- rítmicos para todas las variables, salvo ingreso, tanto en los niveles como en las transformaciones logarítmicas. Indicadores alternativos (como años de educación terciaria y desnutrición) confirman la convergencia, aunque para períodos más breves y menos países. Para todas las variables no relacionadas con el ingreso, salvo esperanza de vida, el efecto beta de convergencia se atenúa después de 1990.
Se ha propuesto la creación de un índice separado para los paí-
19
ses desarrollados que permita diferenciarlos mejor; vea Herrero, Martínez y Villar (2010).
La tasa bruta de matriculación de China disminuyó de 69% en
20
1976 a 50% en 1990, para luego recuperarse y ser ahora de 68%.
Creamos un indicador de los años de instrucción ajustados por
21
la calidad para 13 países en los cuales disminuyó la dispersión entre 1995 y 2007, un resultado indicativo pero no concluyente debido al tamaño reducido de la muestra.
Estos son Congo, Georgia, Kirguistán, República de
22
Moldova,República Democrática del Congo, Swazilandia, Tayi- kistán, Ucrania, Zambia y Zimbabwe.
Sin embargo, cabe observar que la aglutinación no se produce en
23
la parte más alta de la escala de las figuras 2.4 y 2.7; ello sugiere que el fenómeno no se debe a que los países han alcanzado un límite superior.
OMS, 2008: 2.
24
Esto es coherente con el aumento más acelerado de la longe-
25
vidad en los países en desarrollo, ya que una mayor reducción absoluta en la mortalidad infantil influye de manera considera- ble en la esperanza de vida. También observe que estos valo- res difieren de aquellos presentados en la figura 2.5, ya que la figura usa promedios de la década entre los años 1970 y los años 2000.
Rajaratnam y otros, 2010.
26
UNICEF, 2008.
27
Hogan y otros, 2010. Sin embargo, estos resultados han susci-
28
tado bastante controversia; vea Graham, Braunholtz y Campbell (2010).
UNICEF, 2008.
29
Para ésta y otras comparaciones que presentamos más ade-
30
lante, usamos los promedios del decenio y no años específicos. El objetivo es aumentar el tamaño de la muestra que utilizamos para hacer las comparaciones.
La investigación de antecedentes preparada para este
31 Informe
sugiere que estos fenómenos pueden haber contribuido a una doble convergencia, en la cual diferentes conjuntos de países confluyen a diferentes niveles de esperanza de vida. Aquellos en que ésta era superior a 55 años en 1965 siguieron aproximán- dose hacia una tasa de mortalidad baja. No obstante, sólo un puñado de países con una esperanza de vida inicial de menos de 55 años lograron esta transición. Vea Canning (2010). ONUSIDA, 2008: 39.
32
Para perspectivas alternativas, vea Treisman (2010); Brainerd y
33
Cutler (2005); y Banco Mundial (2010g). Brainerd, 2010. 34 Zaridze y otros, 2009. 35 Watson, 1995. 36 Yates, 2006. 37
Ridde y Diarra, 2009; Yates, 2006.
38
Daponte y Garfield, 2000.
39
Brown, Langer y Stewart, 2008.
40
PNUD, 2010.
41
Sen, 1983.
42
Una posible interrogante que amerita una nueva investigación y
43
que podría abordarse en futuros informes, es si el hambre tiene una correlación más estrecha con la pobreza multidimensional que con la pobreza por ingresos.
Shiva Kumar, 2007. 44 Kasirye, 2010. 45 Barrett y Maxwell, 2005. 46 Drèze y Sen, 1989. 47
FAO, 2010b. El cuadro estadístico 8 también contiene datos
48
sobre desnutrición y carencia de alimentos. Olshansky y otros, 2005. 49 Strauss y Thomas, 1998. 50 Nussbaum, 2000. 51
Hay una correlación consistente entre educación y empodera-
52
miento: en Bangladesh, vea Kamal y Zunaid (2006); en Etiopía, Legovini (2006); en India, Gupta y Yesudian (2006); en Nepal, Allendorf (2007); y en la Federación de Rusia, Lokshin y Rava- llion (2005).
En muchos países, como Bangladesh (Hurt, Ronsmans y Saha,
53
2004), Corea del Sur (Khang, Lynch y Kaplan, 2004) y Estados Unidos (Cutler y Lleras-Muney, 2006) se ha podido comprobar el efecto positivo de la educación en la longevidad. La tasa bruta de matriculación indica la cantidad de alumnos
54
matriculados en un país como la proporción de la población que está en edad de asistir a la escuela. Estas tasas pueden ser mayores que 100% cuando hay alumnos que no pertenecen a ese grupo etario, ya sea por repetición o porque ingresaron tardíamente a la escuela. La tasa neta de matriculación corres- ponde exclusivamente a niños que tienen la edad para cursar un determinado nivel de enseñanza. Sin embargo, esta información es más restringida, ya que ignora los beneficios de la escolaridad para quienes están fuera del grupo etario “adecuado”. Banco Mundial, 2010g.
55
Decimos que la tasa bruta de matriculación de las mujeres es
56
cercana o mayor que la de los hombres cuando es superior a 98%; vea Naciones Unidas, 2009.
UNESCO (2010), cuadros 5 y 8.
57
Banco Mundial, 2010g.
58
Vea Tanzi y Schuknecht (2000), que incluye una muestra de paí-
59
ses que ahora son desarrollados. No existen datos sistemáticos sobre el gasto en educación para los países en desarrollo a fines del siglo XIX, pero las pruebas que existen apuntan a que proba- blemente haya sido aun más baja (Gargarella, 2002). La relación alumnos-maestro disminuyó de 37 en 1990 a 35 en
60
2007 (era de 36 en 1970) en todas la regiones, salvo en África Subsahariana. Además, los maestros hoy suelen estar mejor pre- parados que en el pasado, ya que en los países en desarrollo el 80% recibe capacitación.
Es el promedio en los años 2005–2009 en los países para los
61
cuales se dispone de información al respecto. Nielson, 2009.
62
Hanlon, Barrientos y Hulme, 2010.
63
Hanushek, 1995; Glewwe, 1999.
64
La prueba es el Estudio Internacional de Tendencias en Matemá-
65
ticas y Ciencias; vea Glewwe y Kremer (2006).
La comparación se basa en datos del último año disponible en
66
el Estudio Internacional de Tendencias en Matemáticas y Cien- cias para los puntajes en las pruebas y Banco Mundial (2010g) para el gasto.
Bessell, 2009a,b.
67
Greaney, Khandker y Alam, 1999.
68
Banco Mundial, 2009d.
69
Pritchett y Murgai, 2007; Walton, 2010.
70
Pritchett, Woolcock y Andrews, 2010; De y Drèze, 1999.
71
El Estudio Internacional de Tendencias en Matemáticas y Cien-
72
cias más reciente encontró que un mayor nivel educacional de los padres (y activos y servicios en el hogar, como computado- ras y acceso a Internet) estaba relacionado con un mejor rendi- miento promedio en Matemáticas en casi todos los países. En las naciones en desarrollo se observan tendencias similares (vea Ishida, Muller y Ridge, 1995; Maundu, 1988). No obstante, esta brecha con frecuencia sigue siendo profunda, incluso después de realizar ajustes para controlar las características de los estudian- tes y sus familias, como género, edad, cantidad de hermanos y si está presente uno o ambos padres (vea Ma, 2001; Caldas, 1993; Schultz, 1993).
Los datos provenientes de series cronológicas para cuatro países
73
en desarrollo muestran una disminución de 9% en los puntajes obtenidos en las pruebas entre 1995 y 2007, a pesar de que estas
naciones también incrementaron fuertemente la matriculación (14% en promedio) en el mismo período. Vea también UNESCO (2004).
Los resultados difieren si los datos de ingreso son ponderados
74
por población o no, es decir, si nos referimos a la persona prome- dio o al país promedio. En efecto, debido al gran tamaño y ace- lerado crecimiento de China, el ingreso de la persona promedio de Asia Oriental y el Pacífico ha aumentado 1.000% desde 1970, pero el del país promedio de la región sólo 344%. De la misma forma, el ingreso del habitante promedio de África Subsahariana sólo se incrementó 17%, mientras que el del país africano pro- medio, 93%. Esto último refleja el deficiente crecimiento gene- ral que registraron Etiopía, Nigeria y la República Democrática del Congo, que suman 311 millones de habitantes. La comparación se refiere a los promedios no ponderados que
75
habitualmente se usan para evaluar la convergencia entre paí- ses. Como se muestra en el cuadro 2.1, la conclusión se revierte si se utilizan promedios ponderados, debido a la influencia de China e India. Volvemos a abordar este asunto en el análisis de la desigualdad mundial del capítulo 4.
Esto es, a un ritmo mayor que cualquier otro país en el 25%
76
superior de la distribución mundial del ingreso en 1970. Aunque entre 1990 y 2010, las diferencias entre las tasas de cre-
77
cimiento del ingreso per cápita se redujeron: los países desarro- llados crecieron en promedio 1,9% anual, en comparación con 1,8% de los países en desarrollo. Así, la brecha entre ambos gru- pos siguió aumentando, aunque a un ritmo menor que en los 20 años anteriores. Durante el período de 2005 a 2010, las naciones en desarrollo progresaron a una velocidad mucho mayor que las naciones desarrolladas (a un promedio de 3% anual, a diferen- cias de 1,2% de estos últimos).
Esta comparación no incluye a los países productores de petró-
78
leo. Para los países exportadores de un único producto que está sujeto a grandes fluctuaciones de precio, el PIB per cápita a precios constantes posiblemente no es el mejor indicador para evaluar su desempeño a largo plazo; como analiza Rodríguez (2006).
Estos son Burundi, República Centroafricana, República Demo-
79
crática del Congo, Côte d’Ivoire, Djibouti, Haití, Liberia, Mada- gascar, Níger, Somalia, Togo, Zambia y Zimbabwe. El crecimiento de Guinea Ecuatorial, generado por el petróleo,
80
fue similar al de China. No obstante, cuando se utilizan los pre- cios del año base para estimar el crecimiento de las economías ricas en petróleo, suelen distorsionarse los resultados de las series del PIB ajustadas por la paridad del poder adquisitivo y calculadas por plazos extensos; vea la nota al final 78. Della Paolera y Taylor, 2003: 5.
81
Capítulo 3
Los avances en desarrollo humano se miden por la desviación de
1
la línea de ajuste presentada en el capítulo 2.
El IDH no vinculado a ingresos consta de los índices de salud y
2
educación, ponderados equitativamente. La correlación entre cambios en el IDH no vinculado a ingresos y el crecimiento eco- nómico es negativa (–0,30) y estadísticamente significativa al 1%. No obstante, esta medición puede estar sesgada por el hecho de que los países menos desarrollados suelen avanzar más rápidamente en el IDH. Por ende, en la figura 3.1 emplea- mos la desviación de la línea de ajuste para explicar los distintos puntos de partida del IDH (recuadro 2.1, capítulo 2). La corre- lación respectiva es 0,13 y no es estadísticamente significativa. Este hallazgo robusto no está supeditado a los indicadores espe- cíficos utilizados para calcular el desarrollo humano no vincu- lado a ingresos.
Sin embargo, Preston (1975) también señaló que una instan-
3
tánea de la relación entre niveles de ingreso y esperanza de
vida arrojó una relación significativa, la cual discutiremos más adelante.
Easterly, 1999. Vea también Cutler, Deaton y Lleras-Muney
4 (2006) y Kenny (2009). Bourguignon y otros, 2008. 5 Kenny, 2009. 6
Los países con crecimiento económico negativo en el período
7
1970–2010 registraron un aumento promedio de 11 años en la esperanza de vida, de 22 puntos porcentuales en tasa bruta de matriculación y de 40 puntos porcentuales en alfabetismo. Vea, por ejemplo, el análisis en Wooldridge (2002).
8
Easterly, 1999.
9
Anand y Sen, 2000c. Sin embargo, la población de países de
10
ingreso alto quizás no utilice el aumento del ingreso para alcanzar mayores funcionamientos. Algunos ejemplos son los altos índices de obesidad y la disminución del tiempo libre en Estados Unidos (vea Schor, 1992; Cook y Daponte, 2008) y, más recientemente, en Qatar. Se proyecta que la tasa de obesidad de este último país superará el 70% en los próximos cinco años (vea OMS, 2010).
Srinivasan, 1994; Wolfers, 2009.
11
Informes sobre Desarrollo Humano 1997 y 2003
12 (PNUD-HDRO
1997, 2003; vea un listado de Informes sobre Desarrollo Humano
en el interior de la contraportada); Casabonne y Kenny, 2009; Kenny, 2008; Pritchett, 2006; Glewwe y Kremer, 2006; Strauss y Thomas, 2008; Riley, 2001; Benavot y Resnik, 2006. Hobbes, 1651.
13
Wrigley y Schofield, 1989: 230; Riley, 2001: 33.
14
Algunos países de Europa noroccidental pasaron por una tran-
15
sición más temprana en salud al reducir las crisis causadas por epidemias, guerras y malas cosechas. Vea Riley (2001): 20. Soares, 2007; Cutler y Miller, 2005; Fogel, 2004; Cutler, Deaton
16
y Lleras-Muney, 2006.
La esperanza de vida en América Latina y el Caribe y en Europa y
17
Asia Central era de 51 años y 60 años, respectivamente, aún más baja que los 65 años en los países desarrollados.
Cutler, Deaton y Lleras-Muney, 2006; Cutler y Miller, 2005.
18
Kenny (en preparación); Cutler, Deaton y Lleras-Muney, 2006:
19 108. de Quadros y otros, 1998. 20 Soares, 2007. 21 Jolly, 2010. 22
Vea Kenny (en preparación) y Boone y Zhan (2006).
23
Bryce y otros, 2003; Gauri, 2002; Jones y otros, 2003.
24
Drèze y Sen, 1989
25 ; McGuire, 2010.
Miguel y Kremer, 2004.
26
Estudios comparativos de países que examinan las medidas
27
agregadas del gasto (como el gasto público en salud como proporción del PIB) o de los insumos (camas hospitalarias o enfermeras per cápita) tienden a ocultar las diferencias entre programas e insumos de distintos niveles de calidad y eficacia y generan conclusiones ambivalentes: vea Filmer y Prichett (1999); McGuire (2010); Gupta, Verhoeven y Tiongson (2003); Kruk y otros (2007); y Gauri y Khaleghian (2002).
Para estadísticas adicionales de salud, vea el cuadro estadístico
28
14. Deaton, 2002.
29
Kenny (en preparación): capítulos 6 y 7.
30
Lake y Baum (2001). Kudamatsu (2007) empleó datos a nivel
31
individual de 28 países africanos y observó que las probabili- dades de supervivencia de los niños aumentaban después de la democratización. En este análisis se examinó el caso de niños de una misma madre que nacieron antes y después de la llegada de la democracia para controlar las diferencias familiares. Sobre mortalidad y riesgo de muerte en el parto, vea Przeworski
32
(2004); sobre esperanza de vida, vea Lake y Baum (2001); Franco, Alvarez-Dardet y Ruiz (2004); y Vollmer y Ziegler (2009).
Harding y Wantchekon, 2010.
33
Esta expansión implicó un aumento en la prestación pública
34
de educación, mientras se marginaba a la educación privada: UNESCO (2006). Vea Pritchett (2002).
Tansel, 2002; Edmonds, 2005; Clemens, 2004.
35
El incremento fue de 22 y 23 puntos porcentuales, respectiva-
36
mente, durante el período 1970–2007; no hubo una diferencia significativa a nivel estadístico. Para más información sobre los niveles y tendencias en la matriculación escolar, vea el cuadro estadístico 13.
En una muestra de 48 países, la correlación entre las primas