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La vecindad hispano-marroquí y esa insistencia en el imaginario español de una frontera insalvable, es percibida con hostilidad después de fechas como 1492 (la caída del reino nazarí granadino) y 1609 (la definitiva expulsión de los moriscos). Estos hechos tuvieron consecuencias graves para Marruecos porque los conflictos bélicos se trasladaron a suelo africano y los españoles ocuparon territorios estratégicos allí. Tiempo después, el predominio naval europeo cerró el Mediterráneo y el Atlántico a los marroquíes lo que llevó al decaimiento de la actividad comercial que había existido desde siglos en esa zona.

Sin embargo, Marruecos pudo mantener cierta independencia gracias a la presencia Otomana a cuyo Imperio no fue incorporado formalmente.

A partir de 1830 y hasta 1860, una nueva visión de frontera se hace presente en España: la ocupación francesa de Argelia otorga a España una ambiciosa mirada colonial hacia su vecino Marruecos (López, 1992). Con la guerra de 1859 se inaugura el período colonial como modelo de relación que perduraría hasta la independencia de Marruecos. Un acuerdo franco-hispano-británico en 1912 determinará la transformación del país en protectorado francés y su división: España recibe la región del Rif al norte y la del Ifni al sur junto al Sahara.

La política oficial española hacia Marruecos que se realizará a partir de la Restauración en 1875 y hasta la guerra civil de 1936 irá paulatinamente desde el principio de mínima intervención para mantener el statu quo de Marruecos hasta la evolución de una mentalidad imperialista con la llegada del franquismo y la corriente ultranacionalista. Sin embargo, esta mentalidad tenía que ver más con un enfrentamiento hacia potencias como Francia e Inglaterra que una verdadera voluntad de transformar suelos africanos: la hostilidad hacia Francia, encontró en Marruecos terreno abonado (López, 1992). La independencia de Marruecos en 1956 constituyó una sorpresa mal aceptada para las autoridades españolas, alteró las relaciones con Marruecos y llevó al olvido las cuestiones referentes a este país. Marruecos reintegró Tánger, Melilla y Ceuta a sus territorios pero los puertos de estas dos últimas ciudades siguen siendo hasta hoy plazas

fuertes españolas. El enclave de Ifni fue devuelto en 1969 y el Sahara sufrirá desde 1976 una lucha sangrienta y larga con Marruecos para procurar su propia independencia, contencioso que dura hasta nuestros días.

La intención del sultán Mohamed V –portavoz de las revueltas independentistas y abuelo del actual Rey de Marruecos- era la de avanzar lentamente hacia la modernización de las instituciones económicas y políticas del país, pero su pronta muerte ocasionó la sucesión del trono de Hassan II quien tenía ideas más conservadoras. Hassan II imprimió un régimen teocrático y un sistema de poder basado en favores y obligaciones de estilo paternalista que impedían la formación de un auténtico empresariado nacional, pero alentaba al mismo tiempo las inversiones extranjeras, principalmente de Francia, en la explotación de sus materias primas. En 1975, el Rey ocupa el Sahara procurando una relegitimación social de su reinado, pero, a su vez, iniciando una guerra de enormes gastos militares que atrasaron el desarrollo del país. A ello se sumó, la caída de los precios de los fosfatos y las sequías de 1980 y 1981 que llevaron a una crisis económica profunda y a una deuda externa exponencial. El FMI acudió con préstamos de emergencia que tuvieron como contrapartida la instauración de los Planes de Ajuste Estructural. Todo ello volvió más difícil la vida de los trabajadores y sobre todo para las mujeres quienes han sufrido directamente los efectos de las reducciones del gasto público y las privatizaciones de los servicios financieros y sociales.

La política magrebí española (que, según Bernabé López, más que política se trataba de mera contemporización con sus vecinos) se ve abocada a basarse en un intento de equilibrio dentro de la rivalidad argelino-marroquí respecto de los territorios del Sahara. Con la llegada de los socialistas al poder en 1982, España intenta sentar las bases de unas relaciones estabilizadas con Marruecos que, a su vez, se basan en mantener la estabilidad del régimen de Hassan II. Mantener el statu quo nuevamente en la política interna de los países magrebíes fue otra de las aspiraciones oficialmente expresadas por los gobernantes españoles (Ibíd.).

El ingreso de España en la Comunidad Europea en 1986 dio una nueva dimensión a las relaciones hispano-magrebíes. España pasa a convertirse en frontera comunitaria y se ve obligada a ejercer, por presión de sus vecinos Europeos, una dura política de control de la inmigración cuyas tácticas no detienen los flujos migratorios y sí deterioran más las relaciones entre ambos países.

En 1991 se firmó el Tratado de Amistad y Cooperación entre Marruecos y España con el fin de concluir acuerdos, organizar visitas oficiales, incitar a las empresas españolas a invertir en Marruecos, etcétera.

La década de los 90 permite a ambos países avanzar en la dirección de un tejido de intereses comunes (Hernando de Larramendi, 2004). Se construyó un gasoducto Magreb-Europa que transporta gas argelino a España a través de Marruecos; se pone en funcionamiento una interconexión eléctrica a través del Estrecho de Gibraltar; se crearon instrumentos financieros que permitieron la llegada de cerca de 800 empresas españolas a suelo marroquí. Algunos ejemplos de estas son: la segunda licencia de telefonía móvil GSM conseguida por un consorcio capitaneado por Telefónica con una inversión de 964 millones de euros, dos importantes proyectos de Tabacalera para reconvertir plantaciones de hachís en tabaco, la compra de una compañía de butano por Repsol, la apertura de una fábrica de Roca de 3 millones de euros, la ampliación de una fábrica abierta por el grupo Tavex con una inversión de casi 18 millones de euros y la adjudicación a Dragados del suministro de agua, electricidad y servicios a Rabat. Pese a estas inversiones, en término absolutos, la balanza comercial es crónicamente deficitaria para Marruecos, lo que significa que no está recibiendo excedentes financieros con los que financiar su propio desarrollo (Hernando de Larramendi, 2004). Finalmente, en el período que va desde el año 2001 al 2003 –momento en el que se encuentra el Partido Popular en el Gobierno de España-, tiene lugar una nueva crisis en las relaciones hispano-marroquíes, que marca la ruptura con la etapa anterior.

9.2. Conflictos y desencuentros entre España y Marruecos en la