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El 9 de julio de 1946 Radio Belgrano cumplió 22 años de vida (incluidos los ocho que se llamó Nacional) y en esa ocasión el discurso de Jaime Yankelevich fue esperado con una expectativa inusual porque las aguas de la radiofonía estaban muy inquietas. En ese aniversario, Yankelevich dijo: "Los 22 años de vida de Radio Belgrano marcan casi un cuarto de siglo de trabajo intenso e ininterrumpido. En ese lapso hemos cosechado muchas y grandes satisfacciones artísticas y de otro orden, pero en los últimos cuatro o cinco años la radiotelefonía afrontó situaciones de

muchas y muy importantes iniciativas. La precariedad de las concesiones nos impidió la construcción de un edificio monumental y con todos los aspectos técnicos: una radioplatea para dos mil personas, grandes salas de concierto y grabaciones, archivo fonoeléctrico de la radio en Argentina". Había tormenta y ni siquiera por el cielo de Belgrano tenía visos de amainar.

Estrellas del 46

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A través de sus anunciantes, la radio ordenaba y renovaba el muestrario de necesidades de la gente. Había que perfumarse con Lubin, dejar los pisos relucientes con Cera La Rosa, enfrentar cualquier día perfectamente afeitado con hojas Legión Extranjera o combatir los mosquitos con Flit. Los mayores se divertían bailando tangos y boleros y se cultivaban escuchando la música clásica y melódica con que los deleitaban las orquestas estables de Dajos Bela o Domingo Marafiotti. Los chicos podían escuchar en discos Víctor cuentos como Caperucita Roja o Blanca Nieves que antes les contaban de propia boca los tíos o los abuelos. A todos, alguna vez, se les antojaba presenciar las galas de alguna radio, como por ejemplo los Jueves y Domingos dejaban Federal, el programa más popular por el que desfilaron Cario Butti y Miguel de Molina, Libertad Lamarque y Hugo del Carril, Jorge Negrete y José Mojica.

A la huelga

Desde marzo los dueños de las radios y sus orquestas estables arrastraban un litigio de intereses. La pregunta del millón, o más, era: ¿quién debía hacerse cargo del aporte jubilatorio de los músicos? "Les corresponde a los directores de las orquestas", alegaban los radiodifusores. "No, solo estamos obligados cuando hacemos presentaciones en el interior, independientes de la radio", argumentaban los ejecutantes. Al comenzar el mes de septiembre la riña por la batuta se agravó cuando los músicos iniciaron paros activos y pelearon por la solidaridad de los restantes gremios radiales y del espectáculo. El domingo 8 de septiembre, piquetes de trabajadores —representantes de los músicos, de los operadores radiotelefónicos, de los autores, de algunos sectores actorales y de los locutores— se abroquelaron en las entradas y salidas de las principales emisoras.

Las gestiones previas y las mediaciones fracasaron. Pablo Osvaldo Valle intentó agilizar las conversaciones en el Ministerio de Trabajo. El relator deportivo Lalo Pelicciari, dueño en ese entonces de Radio Mitre, anuncia que el sector empresario no está en condiciones de aceptar las exigencias de los trabajadores y sugiere que, en último caso, podrían iniciar las negociaciones para que el Estado se hiciera cargo de las ondas. "Todos perderán, y mucho, si es que se llega a la huelga. Todos perderán en lo individual, pero más aún perderá la radio", decía un artículo de Radiolandia. La actriz Chela Ruiz cuenta en 1995 sus recuerdos de aquel momento: "Sobre los músicos en huelga se decía que eran todos comunistas y enemigos del gobierno peronista. Yo no me metía en política pero adherí a la huelga porque me parecía que debía ser solidaria con mis compañeros de trabajo. A los pocos días, a todos los que habíamos participado en Radio Splendid nos llegó un telegrama de despido. Casi inmediatamente todo el elenco estable de Splendid pasó a trabajar a Excelsior. Pero aquella fue la primera vez que yo escuché la palabra 'carneros'".

En silencio

Desde el domingo 8 al mediodía hasta el viernes 13 (la medida comenzó a languidecer el miércoles 11) las radios apelaron a las grabaciones — expresamente prohibidas en el Manual de instrucciones — para cubrir los baches. Los dueños o empleados jerárquicos hacían de todo y de esa manera se volvía a los tiempos en que en Radio Argentina el eficiente empleado Cirulli ponía discos, conectaba los micrófonos y si era necesario barría el piso. Los hijos del dueño de Radio Belgrano, Samuel y Miguel Yankelevich, atendieron los teléfonos, controlaron lo que salía al aire y hasta hicieron de locutores. Para disimular los silencios y como un modo de impedir la interrupción de los servicios, cada vez que lo necesitaron las radios privadas se conectaron con Radio del Estado.

Los gastronómicos y los gremios del cine apoyaron a los huelguistas que, por ser figuras públicas, concitaron la adhesión popular. El lunes 14, luego de que algunas de las emisoras anularan los despidos, todo empezó a regresar a la normalidad, aparentemente sin vencedores ni vencidos. En este episodio, que afectó profundamente a todos los sectores y originó una pronunciada disminución de la audiencia, muchos ven el antecedente de lo que recién un año después estaría claro: la decisión del Estado de quedarse con las radios. Mientras se desarrollaba el conflicto, algunos propietarios mantuvieron un diálogo con Eva Duarte en el que se deslizó una oferta de venta de las emisoras porteñas, en paquete. "Bastó que eso ocurriera —dice Pablo Sirven en Perón y los medios de comunicación — para que el gobierno de Perón, que había apoyado el paro bajo cuerda, cambiara de actitud, lo declarara ilegal y evitara toda mención en los medios que controlaba".