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I. LA ACCION PROSOCIAL.

Es bien sabido que las guerras civiles, por su carácter fratricida, suelen ser particularmente crueles. La guerra civil de El Salvador no es una excepción y, a los horrores del frente de batalla, donde la táctica de "tierra arrasada" aconsejada a las fuerzas gubernamentales por los ase- sores norteamericanos tiende a cebarse en la población civil, se unen los horrores de la retaguardia, donde los "escuadrones de la muerte" reali- zan sus rondas fatídicas dejando un reguero de cadáveres y "desapareci- dos". Sin embargo, ésta no es toda la historia. Porque, junto a matanzas espantosas y actos de horroroso terrorismo, hay también continuas muestras de solidaridad así como actos de profundo altruismo, principal- mente entre aquellos que, por su condición social, carecen de poder para defenderse. Hay quienes acogen al perseguido con grave peligro para su vida, quienes alimentan al abandonado compartiendo las ya escasas tor- tillas, quienes defienden de calumnias y dan la cara por el acusado, quienes atienden al herido que no puede acudir a una clínica por temor a ser asesinado, y quienes dan sepultura a cadáveres desconocidos arroja- dos en basureros públicos. Son hijos del pueblo salvadoreño quienes se lanzan a la destrucción de sus propios hermanos; pero son hijos también del mismo pueblo aquellos que recogen los residuos de la destrucción pa-

ra dar nueva vida a esta comunidad de desheredados (ver Recuadro 26). Esta doble faceta de una guerra civil plantea, como toda "situación límite", la pregunta por el carácter último del ser humano y su existen- cia. Una vez más hay que cuestionarse qué es lo que nos une y qué es lo que nos separa a las personas, qué es lo que nos perMite convivir en un orden social y qué es lo que nos lleva a matarnos unos a otros. Como ya vimos (Capítulo 1, 2.2), ésta fue la pregunta original de las ciencias so- ciales, pregunta qué tenía gran sentido en un momento histórico como lo

fueron los años finales del siglo XIX, cuando el proceso de industrializa- ción estaba socavando los cimientos de la organización social imperante en el mundo occidental.

El presupuesto de este cuestionamiento era, y para muchos sigue siendo, una visión individualista del ser humano, según la cual el egoísmo, la satisfacción de las necesidades y aspiraciones individuales, constituye el motor fundamental de la acción humana. En ese presupuesto han ba- sado los psicólogos su intento por explicar el comportamiento humano desde la motivación, entendida en sentido individualista y hedónico. Mo- tivación ha sido definida como la fuerza generada por una situación ne- cesitante que lleva al individuo a actuar para lograr su satisfacción y, por tanto, como un proceso individual e intrapersonal. Así, tanto la pregunta "original" como la respuesta "psicológica" han permanecido en el mar- co de una cosmovisión individualista, bien consistente con el sistema so- cioeconómico desde el cual se formularon. El sistema capitalista, en cuyo seno nacieron las ciencias sociales contemporáneas, se fundamenta en el principio del lucro, que sitúa la dinámica social en la presunta búsqueda por parte del individuo de su mayor beneficio propio. Cada persona es considerada no tanto como miembro de un grupo o de una clase social, cuanto como simple individuo, y se asume que, al buscar cada cual su propio interés individual, se logrará el "equilibrio" social más adecuado. La perspectiva propiciada por el sistema capitalista se identifica en la práctica con el punto de vista de aquellos individuos que han logrado su máxima satisfacción al interior del sistema establecido, es decir, de aquellos individuos que pertenecen a los sectores dominantes de la so- ciedad, y es esta perspectiva la asumida por la psicología prevaleciente.

Desde el supuesto individualista y hedónico, lo propio del ser huma- no será la acción egoísta, la tendencia disgregante, la actividad competiti- va, mientras que la acción socializadora, la tendencia comunitaria, la ac- tividad altruista representarían una anormalidad, algo que necesita ser explicado cuando no interpretado. La explotación cotidiana, la bús- queda de la ganancia abusiva a costa de necesidades esenciales, la misma

violencia moral y física serán consideradas manifestaciones naturales de lo propio del ser humano y, por tanto, actos comprensibles en sí mismos. Por el contrario, que alguien dé abrigo en su casa a un,desconocido, que se atienda a una persona tirada en la calle, que se restituya a su propieta- rio un dinero perdido, todas ellas serían acciones sorprendentes, no características del ser humano y, por tanto, acciones que tendrán que ser explicadas precisamente a partir de las tendencias egoístas "naturales". En el mejor de los casos, la respuesta dada a la pregunta "original" de las ciencias sociales ha constituido una variante del individualismo he- dónico, que introduce las exigencias de la vida social en la dinámica siempre fundamental del individuo a la búsqueda de su satisfacción par- ticular. Las diversas formulaciones sobre el llamado "contrato social" o, en términos más típicos de la psicología social, del "control social" y de

RECUADRO 26 LA TOÑITA

"Yo y los otros estábamos radicados en una comunidad que se llama XX, en donde fuimos avisados de la situación de emergencia, que el enemigo preparaba una invasión. Recogimos a nuestro pueblo todo y salimos con él en retirada hacia un lugar que se llama XX, al otro lado del río Sumpul. Allí estábamos,.cuando fuimos atacados repentinamente... Salimos todos corriendo de regreso, botábamos los canastos, los niños caían unos sobre otros, la gente grande se paraba sobre los niños porque venían abatidos, los hombres trozando piñales para pasar gente. Atravesamos el río Sumpul. Todo el mundo se aventaba, los niños corrían río abajo, los ancianos tampoco resistieron, se ahogaban; allí se ahogaron ni- ños, ancianos, mujeres, todos en la pasada del río. Porque nos tirá- bamos en el río, y como Dios nos socorría a pasarnos, si no allí hu- biesen terminado con la población. Una confusión horrible, algu- nos hombres tan humanos ayudaban a las madres a pasar algunos hijos; ya que nuestras familias, ya sabés, son tan numerosas... Sa- limos corriendo corrimos y corrimos toda la noche, de cerro en cerro, de risco en risco, y llegó el día, corriendo y corriendo... Nos llovían las balas por todos lados. Nos desperdigamos por todos la- dos, para ver si nos defendíamos un poco... No hallábamos qué co- mer. Yo veía a la gente tan sufrida, aguantando hambre porque no había qué comer. Comiendo granos de maíz crudos, comiendo raíces, hojas de jócote... Hemos estado nueve días aguantando hambre; otros, doce días... La fuerza mayor que me impulsa a tra- bajar en esta causa de mi pueblo es la misma necesidad, los senti- mientos humanitarios y, fundamentalmente, los principios cris- tianos que llevo dentro".

(Extractado de Carta a las Iglesias, 1982, 24, págs. 6-10).

la socialización, responden a este enfoque que, sin abandonar el presu- puesto individualista, pretende dar cuenta de los elementos sociales en la vida humana. Con todo, este enfoque mantiene como natural la tenden- cia egoísta, y sólo como impuesta o adquirida por presión externa la ten- dencia socializante o altruista.

Frente a toda forma de individualismo hedónico, es necesario adop- tar una perspectiva más amplia, que tome en serio el carácter por esencia social del ser humano (ver Capítulo 2). Para ello, resulta imprescindible desenmascarar el carácter ideológico del presupuesto básico, vinculado a las exigencias del sistema socioeconómico capitalista. Si existe una oposi- ción entre individuo y grupo, si la satisfacción de las necesidades indivi- duales parece requerir la negación de las necesidades comunes, si el éxito de las personas exige en apariencia la derrota de los demás, ello no cons- tituye la simple manifestación de la naturaleza humana, cuanto las for- mas concretas de historizarse el ser humano en la estructura social del ca- pitalismo. No cabe duda de que la vida en una sociedad como la de El Salvador se basa en la oposición entre grupos con intereses contrarios y que esa oposición es interiorizada a nivel de contradicciones interindivi- duales e incluso intraindividuales. Así, para satisfacer sus necesidades en este contexto, la persona tendrá que entrar en una dinámica de compe- tencia y agresión, de lucha contra todos los demás, donde sólo los más fuertes, sea por su poder grupal, sea por sus características individuales, podrán lograr su objetivo. Pero que así sea de hecho no quiere decir que así tenga que ser. Las personas humanas están abiertas a otras posibilida- des, y en principio no se ve por qué no pueda buscarse la satisfacción de las propias necesidades mediante la cooperación más que la competencia, mediante la colaboración más que la lucha. Si el egoísmo como norma de vida es el producto lógico del sistema social capitalista, otro tipo de orga- nización social como es la socialista busca la satisfacción de las necesida- des personales mediante una norma de vida diferente: el altruismo. Egoísmo y altruismo son dos formas de existencia abiertas al ser huma- no, sin que de ninguna de ellas se pueda afirmar que sirve de fundamento o explicación a la otra.

Desde esta perspectiva más amplia de la persona humana comdser social, la acción no egoísta, el acto de altruismo.es perfectamente "natu- ral", al menos tanto como la acción egoísta o el comportamiento agresi- vo. En este sentido, tan comprensible o incomprensible es la ayuda como la agresión, tanta explicación necesitan la una corno la otra. Cualquier intento de reducir el altruismo a una modalidad de egoísmo, de interpre- tar la solidaridad como una forma de individualismo o el sacrificio por los demás como una modalidad solapada de hedonismo resulta un en- mascaramiento ideológico que niega la apertura histórica del ser humano y su radical sócialidad.

Tan sólo desde hace pocos años las acciones socialmente benefi- ciosas han empezado a ser sistemáticamente estudiadas en psicología so- cial, pero en los últimos años,han llegado a constituir uno de los princi- pales focos de atención. A fin de lograr una definición realista de la ac- ción pro-social, examinemos algunas situaciones de la vida cotidiana:

* Cristina se ha acostado muy tarde .y agotada. No sólo ha tenido que realizar su trabajo como secretaria en un banco de la ciudad, sino

que ha tenido que atender las muchas exigencias de la casa; hacer las compras necesarias, realizar la limpieza y, sobre todo, cuidar de Fernando, su hijito de seis meses. A la una de la mañana y en lo me- jor del sueño, Cristina oye llorar a Fernando; se levanta inmediata- mente y acude a ver qué le pasa. Tras calmarlo y dejarlo dormido, se vuelve a acostar y pronto reconcilia el sueño. Media hora más tarde, Fernando vuelve a llorar, y Cristina tiene que atenderlo de nuevo. Esta vez ya no recupera el sueño y Cristina pasa la noche« prácticamente desvelada.

* Roberto ha salido de clases en la escuela y se dirige hacia su casa. En una de las calles de más tráfico de la ciudad, observa a un ciego 302

con su bastón, indeciso sobre cruzar la calle. Roberto se le acerca inmediatamente, toma del brazo al ciego, le dice, "Permítame que le ayude" y cruza al ciego hasta la otra acera.

*. Don Moncho sabe que las lluvias torrenciales están haciendo crecer de tal manera el río Acelhuate, que la correntada puede arrasar las champas miserables de quienes viven en la quebrada cercana a su casa. Tras un momento de vacilación, se levanta de su cama y se di- rige hacia la quebrada. Allí, Don Moncho ayuda a evacuar a varias familias en peligro y colabora en salvar y proteger sus propiedades. Las acciones de Cristina, Roberto y Don Moncho son relativamente normales. Nos parece natural que una madre atienda y se sacrifique por su hijo, que un joven preste ayuda a un inválido y que todos colaboremos para asistir a los damnificados por las tragedias. La nota más sobresa- liente, común a estás tres acciones, esAti. e su beneficiario no es la persona que las realiza sino algún otro u otros. Por ello, podemos definir una ac- ción prosocial como aquella cuyaproducto es socialmente beneficioso

y,

más específicamente, como aquella acción que beneficia a otras perso- nas. La acción de Cristina, Roberto y Don Moncho es beneficiosa para otros, no para ellos mismos y, en este sentido, constituye una acción pro- social.

Esta definición de acción prosocial exige un análisis cuidadoso. Lo más valioso de ella es el hecho de que toma en serio el carácter 'histórico de la acción humana al fijarse en sus efectos, es decir, en el producto ob- jetivo de la acción. Se trata, por consiguiente, de una definición que apunta al contenido de la acción humana en su contexto concreto, y no se conforma con examinar el cómo o la forma de la acción. Sin embargo, la determinación de la acción prosocial requiere no sólo que su producto sea beneficioso, sino que lo sea socialmente, es decir, que redunde en be-

neficio de otro u otros entendidos como

referencia

social. En esto hay un innegable factor formal, ya que en principio no se ve por qué una acción beneficiosa para la propia persona no podría ser también beneficiosa so- cialmente. Por otro lado, beneficiosa no es lo mismo que buena, en senti- do absoluto; el beneficio siempre es a alguien y lá bondad exige un crite- rio. Es posible, por ejemplo, que una acción mala según las normas de un grupo pueda beneficiar a un individuo en particular o á otro grupo. Así, la definición de la acción prosocial plantea el serio problema de determi- nar cuándo el producto de una acción es beneficioso para "la sociedad".

En parte, el problema planteado por la definición de la acción pro- social proviene

de

los tipos de acciones que se pretende distinguir. Muchos psicólogos examinan la

acción

prosocial como

acción

altruista en cuanto opuesta a la acción egoísta; de ahí el enfasis

en que

la

acción

sea beneficiosa para otros y no para el propio sujeto. Pero si lo crucial

de

la acción prosocial es que su producto se oriente en beneficio de los otros, un factor importante lo constituirá la intencionalidad de la perSo- na. Por eso algunos psicólogos incluyen en su definición de la acción pro-

social el que sea realizada voluntariamente y sin que la persona espere re- compensa para sí misma.

No parece sin embargo, que se puedan aplicar estas dos últimas características a cualquier acción prosocial. Una acción no deja de ser so- cialmente benefiosa por el hecho de que se realice en forma involuntaria. El niño obligado por sus padres a ayudar a su hermanito, el funcionario obligado por una institución a prestar su colaboración a una persona ne- cesitada, podrán ejecutar las acciones correspondientes en forma invo- luntaria, pero no por ello su producto objetivo dejará de ser beneficioso para los otros ni, por tanto, la acción perderá su carácter prospcial. Esto pone de relieve el enfoque objetivo de la definición propuesta: lo que se trata de definir es el carácter de la acción misma, no el carácter de las causas o razones que mueven a la persona a realizarla. La voluntariedad o involuntariedad no altera de por• sí la naturaleza del producto de una acción. El niño obligado a cuidar a su hermanito o el funcionario a quien se ordena ayudar a un necesitado no estarán realizando acciones altruis- tas ni serán valores humanitarios lo que les mueve, pero sí estarán reali- zando acciones prosociales.

El mismo tipo

de

cuestionamiento hay

que

hacerse respecto a la ex- pectativa

de

la persona de que su acción le reporte un beneficio. Que la persona espere o no una recompensa no cambia el carácter objetivo de la acción. Por supuesto, siempre puede afirmarse que, en la medida en que alguien es parte de la sociedad, el beneficio causado a la "sociedad" por la acción prosocial redundará de alguna manera en beneficio propio. Pe- ro esta afirmación supone una unidad y una comunidad social que no refleja en modo alguno las condiciones reales de la sociedad en que vivi- mos. Aun en el caso de que la acción prosocial beneficie al propio sujeto o que la persona espere ese beneficio, ello no altera el beneficio recibido por los otros. Algunos análisis superficiales pretenden restar mérito y aun significación objetiva a ciertos comportamientos prosociales me- diante el artificio de afirmar que satisfacen al individuo: el religioso que da su vida cuidando enfermos, el dirigente popular que entrega su tiempo y su energía a la causa de los pobres, estarían siendo unos egoístas, ya que realizar esas acciones, por duras y sacrificadas que sean, satisfaría sus respectivos valores personales. Este reduccionismo hedonista, ade- más de eliminar la significación específica de los actos, difícilmente puede explicar el porqué de la diversidad de opciones humanas y, en el peor de los casos, el porqué ciertas personas logran su "satisfacción" en tareas útiles y beneficiosas, que otros consideran desagradables e insatisfactorias. Resulta, por consiguiente, necesario distinguir entre acción proso- cial y acción altruista. La acción prosocial es aquella cuyo

producto

be- neficia a la sociedad; la acción altruista es aquella cuyo

objetivo

es bene- ficiar al otro o a la sociedad. Cabe incluso la posibilidad de que una ac- ción altruista no resulte prosocial; el dicho popular salvadoreño, "no me defiendas, compadre", alude a ese tipo de situaciones en que la intención

de ayudar causa más problemas al presunto beneficiario de la ayuda. Con todo, aquí vamos a asumir que la acción altruista es aquella que pro: duce un beneficio social pretendido en forma voluntaria y desinteresada. De esta forma, toda acción altruista es prosocial, pero no toda acción prosocial es altruista.

Buena parte de los estudios contemporáneos sobre la acción proso- cial denota una gran carga ideológica. El aspecto donde más se filtran los intereses sociales lo constituye la definición de la acción en cuanto social- mente buena o beneficiosa. ¿Qué es lo que determina que una acción sea considerada prosocial? En principio, que su producto beneficie a la so- ciedad. Pero, ¿quién constituye "la sociedad"? En los estudios empíricos, la sociedad suele ser ese "otro" intencionadamente puesto por el experimentador como estímulo ante el que la persona debe reac-, cionar. Ese otro puede ser un colega en el trabajo, una persona "de la calle" que en apariencia requiere ayuda, o compañeros de juego, vecin- dad o escuela. Aunque se suelen tornar en cuenta diversas variables, tan- to demográficas como socioeconómicas, las más de las veces se presupo- ne una unidad social básica. Esto significa que se analizan los factores del actor, del acto mismo y de su beneficiario o beneficiarios, pero asu- miendo una definición previa de la bondad o maldad del acto. En otras palabras, de antemano se acepta que realizar un determinado acto va a ser bueno, beneficioso, presuponiendo así una comunidad de opciones o intereses entre las personas involucradas. Pero ¿existe realmente esa co-

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