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MARÍA JESÚS BARSANTI VIGO Universidade de Vigo

1. INTRODUCCIÓN

A pesar de que el origen de los refranes va ligado al nacimiento del propio idioma, la Paremiología o tratado de los refranes es un ciencia muy joven, ya que nació como tal en el siglo pasado. Sin embargo, el problema de la exacta definición de las diferentes expresiones paremiológicas surge con los primeros paremiólogos, hombres del siglo XV y XVI, quienes, no obstante, se limitaron sólo a hacer recopila-

ciones de las paremias existentes y en los títulos de sus obras queda reflejado el problema de la inexactitud de sus colecciones, donde aparecen recogidas todas las fórmulas paremiales sin distinción. Este problema afecta a todas las obras de pare- miología, tanto antiguas como modernas porque nos ofrecen, sin ningún tipo de diferencia, todo tipo de fórmulas paremiológicas ya sean refranes, frases proverbiales o simples locuciones. Ya el maestro Correas trató de evitar esta confusión dividien- do su Vocabulario en dos partes, dedicada la primera al refrán propiamente dicho, y la segunda a las «frases más llenas y copiosas», pero no acertó o no fue consecuente con su propósito.

El primer problema que se nos plantea es el de lograr por tanto una definición lo más exacta y más completa posible de refrán teniendo en cuenta que existen otras muchas categorías paremiológicas, cuya distinción se hace en muchos casos suma- mente complicada. Este hecho provoca, por ejemplo, que una misma paremia para algunos autores sea refrán y en cambio para otros sea frase proverbial.

Se acepta generalmente que los proverbios representan el más pequeño de los géneros folclóricos de índole verbal y por ello, podría pensarse que llegar a dar una definición será una tarea fácil; nada más lejos de la realidad. Existen diferentes inten- tos de definición desde Aristóteles hasta nuestros días, en que las más recientes des-

cripciones lingüísticas consideran al proverbio como una manifestación distinta de otras existentes, en las cuales impera como una de las características fundamentales la brevedad.

La variedad de términos empleados a lo largo de la historia para referirse a lo que genéricamente se denominan dichos puede dar idea de la vidriosa ambigüedad del terreno explorado: dichos, modismos, refranes, locuciones, frases hechas, senten- cias, aforismos, tópicos, adagios, apotegmas, máximas son algunas de las palabras traídas y llevadas en los diccionarios y en la conversación ordinaria, sin fijar a cada una un contenido preciso, que tampoco los estudiosos han puesto mucho interés en deslindar, tal vez por la inasible condición de la materia a que se refieren. Las expre- siones a las que atañen estos términos componen un vasto repertorio inclasificable no sólo desde el punto de vista formal, sino también desde el semántico. Además, es tan variada su procedencia y tan singular la historia de cada caso que para un análisis adecuado se requerirá del auxilio de la historia, la etnografía, la literatura, la sociolingüística y muchas otras disciplinas que la actual tendencia a la especializa- ción se resiste a combinar.

Los propios autores castellanos antiguos, con sus denominaciones, contribuye- ron al debate y serán las corrientes humanistas del XVI las que aportarán los más

valiosos trabajos en un momento de promoción de la lengua romance para usos cultos y la eclosión de otras investigaciones lingüísticas.

2. CARACTERÍSTICASLINGÜÍSTICASDELOSREFRANES

La condición de unidades lingüísticas fijas o estables de los refranes no se suele poner en duda, aunque no existe unanimidad absoluta en cuanto a la interpreta- ción del grado de variabilidad admisible. Sin embargo, quizá habría que dejar de denominar a los refranes como expresiones fijas y, utilizando la expresión de Anscombre (1997: 43-54), hablar más bien de «expresiones codificadas»; ello conlle- varía la existencia de reglas para la formación de paremias como las hay para otro tipo de construcciones. No existe, por tanto, fijación, sino más bien un determinado códi- go que identifica dicha función y hace posible las transformaciones, siempre que no se altere la estructura paremiológica: en el caso de las paremias se puede observar que son posibles las alteraciones cuando se conserva el carácter genérico del enunciado.

Asimismo, la mayoría de los investigadores coincide en considerar la brevedad como característica de estas manifestaciones lingüísticas existiendo un predominio de las estructuras bimembres integradas por dos componentes, no necesariamente simétricos, pero que sí presentan un cierto esquema rítmico, al que pueden ir adscritos otra serie de recursos. Se dice, por tanto, que la estructura bimembre con una pausa intermedia y sus cláusulas rimadas en consonante, asonante, isosilábicas o anisosilá-

bicas es la típica de los refranes como se aprecia en A Dios rogando y con el mazo dando. El problema reside en que hay refranes que son aparentemente unimembres dada su tendencia a la elipsis y sin embargo están acordes con la métrica adecuada, como es el caso de Bien se está San Pedro en Roma. Por tanto el problema residiría quizá en la definición de unimembre.

Hay que decir que estas estructuras también pueden ser plurimembres. Cuan- tos más miembros componen el refrán más difícil es que se confunda con otras fórmu- las paremiológicas como, por ejemplo, la frase proverbial.

Según Casares (1992: 194), el refrán lleva siempre visibles huellas de una ela- boración estudiada y artificiosa, que aprovecha recursos tan variados como el metro, la rima, la aliteración, el paralelismo, la similicadencia, el dialogismo o wellerismo, el hipérbaton, la metáfora, la comparación, el retruécano, la anáfora, la reduplicación, la dilogía, la paronomasia, el calambur, la aliteración, la onomatopeya, los juegos de palabras y toda clase de figuras de dicción y licencias, sin excluir la deformación intencional de las palabras, ni la dislocación de la sintaxis.

En muchos refranes, se atiende más a la rima que al metro. En aquellos en que la rima, la distribución acentual y el metro se dan a la vez, las combinaciones más frecuentes son las de tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho sílabas como por ejemplo en No se ganó Zamora en una hora, Del dicho al hecho hay gran trecho o El abad de donde canta yanta.

En lo que se refiere a las características fónicas las más sobresalientes son la rima, la métrica, la aliteración, la asonancia o consonancia y el ripio. Hay que tener en cuenta la importancia del material fónico en la formación de paremias, ya que muchos fenómenos de orden léxico y sintáctico están subordinados a él de una u otra manera, sobre todo la importancia de la rima. Como apunta García-Page (1997: 275): «el refrán se erige no pocas veces en una hábil propuesta, por parte del autor, de fórmula mnemotécnica, fácil de captar y recordar, para garantizar que llega al receptor la mo- raleja o enseñanza didáctica».

La deformación de vocablos para intentar encontrar una correspondencia rít- mica aboca muchas veces a la formación de palabras extrañas e incluso inexistentes. Otras veces se utilizan lemas preexistentes pero se les dota de un nuevo significado; en algunas ocasiones se puede deducir etimológicamente el origen y significado del término, y en otras es absolutamente imposible.

El uso de la rima trae consigo la aparición de ripios y muletillas tan detestados en otros géneros literarios.

Cuando existen variantes de un mismo refrán, generalmente lo que se suele conservar como paradigma del mismo es la rima, que se repite como un esquema fijo consiguiendo así una similitud semántica, o incluso la formación de refranes antónimos.

Todo ello quedaría reflejado en palabras de Hernando Cuadrado:

La rima cumple una misión estructurante al servicio de la consolidación y autono- mía del refrán, en cuanto mensaje literal, cuya primera cláusula constituye un mo- vimiento tensivo, una petición de cierre, y la segunda, con su rima, consonante o asonante, un movimiento de vuelta a la anterior, concluyéndola y delimitando el todo como unidad independiente. El ripio, combatido en el verso, es un recurso normal en el refrán (1997: 328).

Asimismo, y debido a su permanencia a través de los siglos, los refranes apare- cen cargados de arcaísmos, pero también aparecen regionalismos, dialectalismos y eventualmente, latinismos o voces procedentes de otras lenguas románicas, además de otras deformadas, de significado confuso o, incluso, inventadas como observamos en Allá van leyes do quieren reyes, Castígame mi madre y yo trómpogelas o El dar y el tener seso es menester.

En cuanto a la sintaxis abundan los refranes en cuya estructura, sobre todo al comienzo, figura un nombre sin determinante o un relativo de generalización, bajo las formas el que o quien.

La estructura de un gran número de refranes es la de una frase nominal, en la que, una vez elidido el verbo –generalmente copulativo o predicativo–, se consigue marcar el rasgo de intemporalidad, es decir, de universalidad del contenido del significado.

Cuando existe la elipsis del verbo en forma personal se sustituye por una forma no personal del verbo, es decir, infinitivos, gerundios o participios.

En aquellos refranes donde la estructura es oracional y por lo tanto el verbo aparece de forma explícita, para dar esa sensación de permanencia, el verbo va en presente de indicativo y cuando su contenido es fundamentalmente instructivo, es decir, se nos indica una forma de conducta, se sustituye el indicativo por el subjuntivo o por el futuro.

El fenómeno de la topicalización, o selección de un constituyente del enuncia- do como tema de la predicación, situándolo al comienzo del esquema sintagmático y separándolo del resto del mismo mediante una pausa, está muy generalizado en este tipo de estructuras.

Muchos refranes se ajustan a ciertos moldes sintácticos como más vale… que…, cuanto más… tanto más…, no hay tal… como…, a buen… buen…, a tal… tal…, etc., que se repiten con mayor o menor profusión a lo largo de todo el Refranero.

El refrán posee un carácter eminentemente connotativo y por lo tanto, frente a la palabra como unidad referencial, adquiere una gran importancia no lo que se dice, sino cómo se dice y la suma de ambos factores es lo que da al refrán, a veces, ese carácter polivalente y ambiguo.

Otras características del refrán son las siguientes: desde el punto de vista morfosintáctico, el refrán es una frase independiente con una estructura más o menos fija y más o menos cerrada. Suelen predominar los bimembres, aunque existen tam- bién los unimembres y plurimembres y constan, adhiriéndonos a la terminología de Alan Dundes (1975: 970), de un tópico –persona o cosa acerca de la cual se dice algo– y un comentario –lo que se dice acerca de esa persona o cosa.

En cuanto a las características semánticas, «los refranes pertenecen a un sistema cerrado de significación, son como significantes de un significado global que corres- ponde a las normas de conducta de una sociedad determinada» (Colombí 1989: 21). Desde un punto de vista semántico, los refranes no pueden ser analizados a partir de sus componentes léxico-semánticos porque «los lexemas no están conteni- dos como tales ya que el sentido de las expresiones no es deducible de los significa- dos de sus elementos» (Coseriu 1977: 114), es decir, ya que su significado global en el uso interno difiere del externo, en cuanto al uso libre de asociación de palabras.

Las unidades que componen un refrán no pueden ser analizadas de forma indi- vidual ya que su significado viene dado por el conjunto y no por la suma de sus partes. Como ya hemos dicho anteriormente, no se trata de una creación individual del hablante sino de un código que se aprende y se transmite, es decir, se trata de un «sistema aprendido de convenciones supraindividuales» (Hendricks 1976: 103). Los refranes se heredan, pues, como tales, pero es indudable que históricamente son actos de habla situacionales motivados en relación con una intención comunicativa.

Incluso, para demostrar que los refranes son exponentes de cultura, sus anóni- mos autores hacen gala de perspicaces conocimientos de prosodia, ortografía, gramá- tica, léxico, aritmética, física, ciencias naturales, historia y hasta de latín.

A pesar de que los refranes se encuadran, siguiendo la terminología de Coseriu, dentro del discurso repetido –«las unidades del discurso repetido son, como las citas explícitas, trozos de discurso ya hecho introducidos como tales en nuevos discursos» (Coseriu 1977: 113)– es preciso admitir que existe un cierto grado de variabilidad en lo que a los componentes léxicos se refiere, si bien restringida a la conmutación de un lexema o de uno de los grupos predicativos por otro semánticamente equivalente.

Una de las características común a los refranes, aceptada por la mayoría de los autores, es la de la artificiosidad llevada a cabo a través de una serie inagotable de recursos de los que dispone la gramática y sobre todo la retórica; pero quizá, los fenómenos lingüísticos más predominantes sean los fónicos dentro de los cuales re- salta de manera clara la rima, que es la que le imprime ese carácter lúdico presente en el Refranero.