5.1 Software Architecture
5.1.5 Scene Graph
(Capítulo preparado en 1965 para el libro Crime, Law and Corrections)
Me propongo tomar y discutir un detalle del cuadro clínico antisocial, cuya importancia deriva de la regularidad con que se reitera en las historias clínicas. Para ejemplificar lo que quiero decir, describiré una entrevista psicoterapéutica a una niña de 8 años que después de esa sesión puso fin a sus robos reiterados, de lo que cabría inferir que fue significativa. El detalle que sirve de tema a este estudio aparece hacia el final. El lector deberá tener presente esto, mientras asimile todo el contenido de una prolongada entrevista en la que se trataron otras cuestiones.
TEMA EN DISCUSIÓN
En los casos que relatan los padres y maestros, reaparecen una y otra vez declaraciones como ésta: "El muchacho negó haber robado objeto alguno. No parecía manifestar el menor sentimiento de culpa, ni de responsabilidad. Sin embargo, al verse confrontado con sus huellas digitales y tras un interrogatorio persistente, admitió haber robado las mercaderías". Por lo común, a esta altura de las circunstancias el muchacho sospechoso empieza a cooperar con el investigador y da muestras de que en todo momento supo lo que negaba saber. Lo mismo da que el menor bajo sospecha o investigación sea varón o niña.
Ejemplo de disociación tomado de una historia clínica
Los padres de un muchacho de 14 años me relataron detalladamente su temprana infancia. Su desarrollo había sido normal hasta los 3 años en la que fue hospitalizado a raíz de una grave enfermedad física. Pareció recuperarse de esta experiencia. Cuando tenía 5 años sus padres se mudaron de la ciudad al campo, por lo que él debió cambiar de escuela. Su personalidad se alteró. Por un tiempo se reunió con chicos rudos e indóciles, formó un grupo con ellos y se convirtió en un niño muy difícil. Perdió todo poder de concentración y de hecho abandonó sus tareas escolares, que había cumplido bien en los diversos colegios a los que había asistido hasta entonces. La directora de la escuela le tenía simpatía, pero él no cesaba de importunarla. Por la misma época dejó de relacionarse fácilmente con las mujeres, se volvió intolerante hacia todas ellas y estrechó su comunicación con el padre. Luego de este período de dificultades, y a raíz de él, sus padres lo enviaron a una escuela especializada, porque su retraso intelectual y sus malos modales lo habían vuelto inaceptable para las escuelas comunes. En todo este lapso el niño siempre había evidenciado poseer, por lo menos, un nivel medio de inteligencia.
Los padres sabían ahora que tenían ante sí un problema. Renunciaron a sus ambiciones con respecto al hijo y le buscaron otra escuela muy especializada, con la esperanza de que allí lo curarían. Me lo trajeron en consulta porque en esta escuela no había tenido ninguna mejoría.
Pregunté si robaba y me dijeron que no, aunque recientemente habían hallado en su poder unos sobrantes del dinero para gastos de viaje, que debería haber devuelto. Ante los primeros regaños, el niño negó todo conocimiento de lo que había hecho. Lo mismo sucedió cuando le pregunté si destruía objetos. Cierta vez tomó una pistola de aire comprimido del armario en el que su padre guardaba las armas y aterrorizó con ella a todos. Cuando lo
reprendieron pasó un día entero respondiendo con mentiras, hasta que se dio por vencido, confesó de plano y dijo que había sido un estúpido.
Es indudable que esta familia no maneja al hijo con rigor excesivo. Los padres son muy capaces de asumir responsabilidades sin exagerar su severidad. El problema radica en el niño, que se ve compelido a actuar de manera impropia. Ahora tiene 14 años y lo encontraron fumando. El director de la escuela conversó con él al respecto. El muchacho confesó, admitió que había infringido las reglas y prometió no reincidir. A los pocos días volvieron a sorprenderlo fumando y esta vez no tuvo nada que decir.
Este muchacho es un adolescente deprivado y un tanto paranoide que vive en su propio hogar, con una buena familia. Le cuesta hacerse de amigos; dicen que desea con vehemencia la amistad de otros, pero es incapaz de conquistarla. Cuando le dijeron que podía ver a un doctor, supo enseguida a qué se referían y escribió a su familia: "Espero que el doctor pueda enderezar las cosas". Tenía conciencia de algo que era incapaz de evitar mediante un esfuerzo deliberado; en otras palabras, padecía de una compulsión que no podía explicar, y cuando descubría lo que había hecho impelido por esa compulsión, no podía creerlo.
Me propongo fomentar el estudio de esta situación que, de hecho, atrae nuestra atención hacia aspectos interesantes de la teoría de la conducta antisocial.
FORMULACIÓN PRELIMINAR
Mi tesis es que este tipo de historia clínica ofrece un ejemplo de disociación. El progenitor o el director de la escuela le habla al niño de una parte disociada y, al responderle, ese niño no miente. Al negar conocimiento de lo sucedido, el niño está afirmando algo que es cierto para él como totalidad; para el niño el aspecto del self que cometió el acto no forma parte de su personalidad total. Algunos dirán quizá que estamos frente a una escisión de la personalidad. Empero, tal vez sea mejor reservar el término "escisión" (splitting) para los mecanismos de defensa primitivos subyacentes en la sintomatología de las personalidades esquizofrénicas o fronterizas, o de individuos con esquizofrenia oculta, y retener el término "disociación" (dissociation) para describir los casos en que es posible establecer una comunicación con el self principal sobre una parte de este mismo self.
Este tipo de desintegración parcial es característico del niño antisocial de uno u otro sexo. Si se lleva adelante la investigación, es posible que el sospechoso acabe por pasar de esta área de verdadero "estar siendo" (true being) a otra clase de integración, conforme a su capacidad de lograr dicha integración en el área intelectual del funcionamiento del yo.
Adviértase que cuando ese muchacho o chica admite haber cometido el acto, el investigador ya le está hablando al aparato intelectual. A esta altura la integración no resulta difícil. El individuo es capaz de saber, comprender y recordar; las fuerzas que producen la disociación han dejado de actuar. Ahora el individuo admite su culpa, pero no la siente.
Su respuesta, que antes era negativa, ahora es afirmativa. Este cambio ha ido acompañado de una modificación de la relación entre el investigador y el sospechoso. El segundo se ha vuelto inaccesible, salvo en lo pertinente al aspecto intelectualizado de su personalidad, y de nada vale ya que el investigador continúe indagándolo, si bien el cambio puede resultar conveniente desde el punto de vista sociológico. Tal vez convenga llegar hasta los hechos, pero éstos no tienen valor alguno si se intenta ayudar al sospechoso.
En suma, el psicoterapeuta tiene una posibilidad de ayudar al individuo en tanto éste dé una respuesta negativa absolutamente sincera, porque es la parte principal de su personalidad la que necesita ser ayudada. Esa persona, en su totalidad, actuó bajo una compulsión cuyas raíces eran inaccesibles para su self consciente, por lo que podemos decir que ella padece de una actividad compulsiva. Donde hay sufrimiento puede prestarse ayuda.
FORMULACIÓN ADICIONAL
Si desarrollamos aun más esta idea, tendremos que formular o reformular la teoría sobre la conducta antisocial.
Vale la pena postular la existencia de una tendencia antisocial. El valor de esta expresión radica en que abarca no sólo aquello que convierte a un niño en un individuo de temperamento antisocial, sino también los actos delictuosos, leves y graves, propios de la vida hogareña corriente. En toda familia siempre se cometen delitos leves; es casi normal que un niño de 2 años y medio robe una moneda del monedero de la madre, o que un niño de más edad hurte de la despensa algún producto muy especial. Por lo demás, todos los niños cometen daños contra pertenencias domésticas. Estos actos sólo se tildarían de conducta antisocial si el niño viviera en un internado.
También debemos incluir en este rubro la enuresis, la encopresis y la pseudología (una tendencia muy cercana al robo). No existe una separación neta entre estos actos delictuosos y la tendencia del niño a dar por sentado que le permitirán hacer un poco de barullo, desgastar su ropa y su calzado, lavar mal las cosas, descuidar su higiene personal y, en el caso de los bebés, ensuciar un sinnúmero de pañales.
La expresión "tendencia antisocial" puede extenderse hasta abarcar cualquier reclamo de la energía, el tiempo, la credulidad o la tolerancia maternos o parentales que exceda los límites razonables. Claro está que un mismo reclamo puede parecerle razonable a un padre e irrazonable a otro...
Puede aceptarse como un hecho que no hay una clara línea demarcatoria entre la conducta antisocial compulsiva de un individuo que reincide en el delito, en un extremo, y, en el otro, las exigencias exageradas casi normales que se les hacen a los padres en la vida diaria de cualquier hogar. Por lo general puede demostrarse que los padres que tratan a un hijo con excesiva indulgencia practican con él psicoterapia, habitualmente útil, de una tendencia antisocial del niño —salvo que lo malcríen por razones propias y no por las derivadas de las necesidades de la criatura—.
FORMULACIÓN TEÓRICA SIMPLIFICADA
En su definición más simple, la tendencia antisocial es un intento de plantear un reclamo. Normalmente se otorga lo reclamado. En sicopatología, el reclamo es una negación de que se perdió el derecho a plantear reclamos. En la conducta antisocial patológica, el niño antisocial se ve impulsado a remediar la falla olvidada y a obligar a la familia y la sociedad a hacer otro tanto. La conducta antisocial corresponde a un momento de esperanza en un niño que en otras circunstancias se siente desesperanzado. La tendencia antisocial nace de una deprivación; la finalidad del acto antisocial es remediar el efecto de la deprivación negándola. La dificultad que surge en la situación real tiene dos aspectos:
1) El niño ignora cuál fue la deprivación original.
2) La sociedad no está dispuesta a tener en cuenta el elemento positivo de la actividad antisocial, en parte porque le molesta verse agraviada o dañada (lo cual es muy natural), pero también porque no es consciente de este punto importante de la teoría.
Debe hacerse hincapié en que la tendencia antisocial está fundada en una deprivación y no en una privación. Esta última produce otro resultado: si la ración básica de ambiente facilitador es deficiente, se distorsiona el proceso de maduración y el resultado no es un defecto en el carácter, sino en la personalidad.
La etiología de la tendencia antisocial comprende un período inicial de desarrollo personal satisfactorio y una falla ulterior del ambiente facilitador, que el niño siente aunque no la aprecie intelectualmente. El niño puede conocer esta secuencia de hechos: "Me iba
bastante bien; después, no pude seguir desarrollándome. Sucedió cuando vivía en... y tenía... años, y ocurrió un cambio". En condiciones especiales (p.ej., en psicoterapia) puede hacerse actual en un niño este entendimiento basado en la memoria. Mentiríamos si dijéramos que el niño suele sostener estas ideas conscientemente, pero así sucede a veces y es común que un niño tenga un conocimiento claro de la deprivación en una versión posterior de la misma: por ejemplo, un período de soledad insoportable, experienciado a los 7 años de edad y asociado con la congoja ante una muerte o el ingreso en una escuela de pupilos, con el consiguiente alejamiento del hogar.
Es obvio que la deprivación no distorsionó la organización del yo del hiño (psicosis), pero sí lo movió a obligar al ambiente a reconocer el hecho de su deprivación. A menos que se sienta desesperanzado, el niño siempre debe tratar de saltar hacia atrás por sobre el área de zozobra intolerable y llegar hasta el período anterior recordado, cuando él y sus padres daban por sentada su dependencia y el niño hacía a sus padres una demanda apropiada a su edad y a la capacidad de ellos para adaptarse a las necesidades de cada hijo.
Así pues, la tendencia antisocial puede ser una característica de los niños normales, así como de los niños de cualquier tipo o diagnóstico psiquiátrico, salvo la esquizofrenia, por cuanto el esquizofrénico vive en un estado de distorsión asociado Con la privación y, por ende, no está lo bastante maduro como para padecer una deprivación. La personalidad paranoide encuadra muy fácilmente la tendencia antisocial dentro de la tendencia general a sentirse perseguido; de ahí la posibilidad de que contenga una superposición de dos tipos de perturbación: de la personalidad y del carácter.
La mejor forma de estudiar la tendencia antisocial es observando al niño menos enfermo, al que se siente verdaderamente perplejo al descubrir que lleva a cuestas una compulsión a robar, mentir, causar daño y provocar diversas reacciones sociales. Si esta investigación se combina con una labor terapéutica —como se debería hacer siempre—, es indispensable tomar las medidas necesarias para establecer un diagnóstico temprano y actuar con la mayor eficacia y rapidez posibles. De hecho, es preciso que el investigador se mantenga en contacto con una escuela o un grupo privado y que éstos le deriven los niños ante la primera manifestación de un defecto del carácter, o de síntomas que provoquen una reacción social, antes de que entre en juego el castigo. No bien se produce un forcejeo entre la tendencia antisocial y la reacción social, comienzan los beneficios secundarios y el caso en cuestión se encamina hacia ese endurecimiento que relacionamos con la delincuencia.
EL DETALLE ESPECIFICO DE LA NEGACIÓN
La etapa temprana y el niño menos enfermo son especialmente adecuados para abordar esta negación, por cuanto en ambos se la puede tratar como un síntoma indicador de cierta fortaleza y organización yoicas, con la consiguiente carga positiva en la evaluación del pronóstico. El niño que no reconoce su acto antisocial es un niño acongojado que necesita ayuda y puede recibirla. Su zozobra obedece a que se siente compelido a actuar; esta compulsión de origen desconocido lo enloquece y lo induce a recibir con agrado toda comprensión y ayuda en esta etapa temprana o predelictiva.
El siguiente informe (resumido) sobre la entrevista a una adolescente esclarecerá esta idea.
El caso de una muchacha de 17 años
Le pregunté si robaba y ella me respondió: "Bueno... en una sola ocasión, cuando tenía 7 años, pasé por un período en el que agarraba constantemente los peniques y cualquier otra cosa de ese tipo que encontraba por ahí, en mi casa. Siempre me he sentido muy culpable por esto y nunca se lo he contado a nadie. En realidad es muy tonto de mi parte (guardar el secreto). ¡Fue una falta tan pequeña!".
A esta altura de la entrevista hice una interpretación. Le dije que la dificultad radicaba en que ella no sabía realmente por qué había robado esas monedas; en otras palabras, había actuado bajo una compulsión. Le hablé del tema. Ella se mostró muy interesada y comento: "Sé que los niños roban cuando han sido privados de algo, pero hasta ahora nunca se me había ocurrido que, por supuesto, mi problema era que tenía que robar y no sabía por qué. Lo mismo sucede con las mentiras. Verá usted, es patéticamente fácil engañar a la gente, y yo soy una estupenda actriz. No quiero decir con esto que podría actuar sobre un escenario, pero en cuanto me meto en un engaño puedo llevarlo a cabo tan bien, que nadie se da cuenta. El problema está en que a menudo son engaños compulsivos y no tienen sentido".
LA ENTREVISTA PSICOTERAPÉUTICA
A continuación ofreceré una descripción completa y detallada de una entrevista psicoterapéutica a una niña de 8 años, traída a la consulta a causa de sus reiterados robos. (También tenía enuresis, pero este problema no excedía los límites de comprensión y tolerancia de sus padres.) El lector hallará al final de ella el ejemplo de la negación representando una disociación.
Derivación: La escuela había advertido claramente que los robos de Ada estaban
causando problemas; si el síntoma persistía, la niña tendría que dejar el colegio.
Ada vivía demasiado lejos como para que yo pudiera pensar en ponerla bajo tratamiento; podría verla una sola vez, o a lo sumo algunas veces (no muchas). Por consiguiente, debería hacer todo lo posible por resolver su caso en la primera consulta terapéutica.
Este no es el lugar apropiado para describir la técnica utilizada en este tipo de consultas; no obstante, enunciaré algunos principios:
1. Para hacer este trabajo se requiere un conocimiento del psicoanálisis clásico.
2. Sin embargo, no se trata de un trabajo psicoanalítico, por cuanto se efectúa en la atmósfera subjetiva original del primer contacto. El profesional aplica esta terapia no analítica aprovechando un sueño referente al analista que el paciente puede haber tenido en la noche anterior a este primer contacto, o sea, basándose en la capacidad del paciente de tener fe en una figura comprensiva y dispuesta a ayudarlo.
3. Su intención es jugarse el todo por el todo en la primera entrevista o en las tres primeras. Si el caso requiere un trabajo adicional empieza a alterarse su naturaleza, convirtiéndose en un tratamiento psicoanalítico.
4. De hecho, la parte principal del tratamiento queda a cargo del propio hogar del niño y de sus padres, quienes requieren información y apoyo constantes. Ellos están más que dispuestos a cumplir esta tarea, si pueden hacerlo. Dicho de otro modo, los padres odian perder la responsabilidad inmediata sobre su hijo... y eso es lo que sienten cuando el niño inicia un tratamiento psicoanalítico, éste marcha bien y arrecia la neurosis de transferencia.
De esto se infiere que los niños carentes de un medio básico que los apoye, o cuyos progenitores padezcan una enfermedad mental, no pueden recibir una ayuda concreta mediante este método rápido.
5. El tratamiento tiene por objeto desenganchar algo que está impidiendo el manejo del niño por sus propios padres. Debemos recordar que en la inmensa mayoría de los casos los progenitores no necesitan recibir ayuda, ni consultan a un psiquiatra, porque tienen éxito en su tratamiento del chico por medio del manejo. Ayudan a sus hijos a superar las fases de conducta difícil adoptando técnicas complejas que forman parte del cuidado parental. Lo que no pueden ni deben hacer es emprender con el niño un trabajo psicoterapéutico como éste, porque en él se llega hasta un estrato que el niño nunca ha revelado a sus padres y que pone en contacto con su inconsciente.
Entrevista: Vi a la niña sin entrevistar antes a la madre, que me la había traído. Actué así
porque a esta altura del caso no me interesaba obtener un relato fiel de sus antecedentes, sino lograr que la paciente me abriera su corazón, primero lentamente, a medida que adquiriera confianza en mí, y luego en profundidad, si descubría que podía arriesgarse a hacerlo.
Nos sentamos ante una mesita sobre la que había dispuesto varias hojas de papel de tamaño pequeño, un lápiz negro y una caja con algunos lápices de colores.