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Using the curriculum to implement a course

Sequ e nce

5.3 Curriculum – development and use

5.3.2 Using the curriculum to implement a course

Si la inmoralidad de las clases trabajadoras podía llegar a representar una seria amenaza para el mantenimiento del orden social y económico liberal, la insalubridad asociada a las duras condiciones laborales del proletariado infantil ponía sobre la mesa otro problema: sin la reproducción biológica de la mano de obra, aunque fuese lograda a niveles de subsistencia, el capitalismo industrial resultaba inviable.

El debate sobre si hubo o no un impacto negativo de la mecanización y la industria moderna en la salud de los niños no es un asunto zanjado a día de hoy. Frente a la visión predominante del trabajo fabril como una actividad particularmente insalubre para los niños, algunos investigadores, como Peter Kirby, han sostenido recientemente que las condiciones físicas de los pequeños obreros de las fábricas inglesas durante la Revolución Industrial eran bastante buenas y que el riesgo de que cayeran enfermos no era mayor que el de otros niños empleados en otras ocupaciones. Es decir, según Kirby, los casos de insalubridad infantil, más que a las condiciones de trabajo específicamente fabriles, se debían a: “wide range of exogenous factors such as the urban disease environment, social class, household poverty, pre-existing disability or orphanage, and

158 Ibidem, p. 555. 159 Ibidem, p. 557. 160

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such influences almost certainly proved more harmful to their health and welfare than

discrete workplace factors”161.

Tampoco a comienzos del segundo tercio del siglo XIX hubo un consenso absoluto sobre este asunto, ni en las grandes regiones industriales de Europa ni en España –

concretamente en Barcelona-, donde el proceso industrializador había comenzado más tarde y, por lo tanto, sus posibles efectos negativos sobre la salud de los niños recién se estaban empezando a conocer y a discutir.

En el siempre muy influyente y paradigmático caso de Inglaterra, las posturas estaban más definidas desde hacía más tiempo. Por una parte, como señala Cunningham, las primeras protestas contra el impacto negativo del trabajo fabril en los niños “las formularon miembros de la profesión médica”162. Así, cabe destacar el carácter absolutamente pionero del doctor Percival, que ya en el año 1784 denunciaría el “daño

causado a personas jóvenes por el confinamiento y el trabajo en exceso prolongado”, protestas que se verían amplificadas en 1795 gracias a otro médico, el doctor John Aikin, preocupado también por los irreparables daños físicos concomitantes al empleo de “niños de muy tierna edad”163. Unas opiniones que en la propia Inglaterra tenderían a repetirse y elaborarse a lo largo del medio siglo siguiente164, por ejemplo, en boca de M. Sadler, que en la Cámara de los Comunes de Londres, el 16 de marzo de 1832, denunciaría que “de 106 niños que concurrían a una escuela dominical, 47 habían

recibido heridas más o menos graves en las filaturas”165. Otros opinaban que la mecanización había mejorado sustancialmente las condiciones sanitarias de la clase trabajadora, niños incluidos. Así, por ejemplo, el médico Andrew Ure, que en el año 1835 publicaría su famosa obra titulada La filosofía de las manufacturas, en la que

mostraba, como señala Rafael Aracil, su defensa “incondicional de la mecanización del

161

Kirby, P. (2013), Child Workers and Industrial Health in Britain, 1780-1850, Woodbridge, The Boydell Press, p. 151.

162

Cunningham, op. cit., p. 85.

163

Ibidem, p. 86.

164

Ibidem, p. 87.

165

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trabajo”166. Para Ure, la mecanización había incrementado “el bienestar de estas

clases –trabajadoras-, su buena salud, su larga vida, y hasta los placeres y felicidades

de que gozan”167. Respecto a los operarios infantiles,Ure sostenía que:

“su salud es envidiable: cuanto más tiernos entran los niños en las fábricas,

tanto más robustos son en su juventud; el calor de las cuadras, la poca fatiga que pide su trabajo, el alimento y vestidos de una calidad superior, que el salario les permite procurarse, obran estos prodigios; el cólera les respeta, huyen de ellos las escrófulas y demás enfermedades”168.

El mensaje de estos y otros autores europeos, como el médico francés Louis-René Villermé -quien publicaría en el año 1840 el Cuadro del estado físico y moral de los obreros- estimuló en España la aparición de las primeras voces críticas locales frente a la insalubridad del trabajo infantil fabril –utilizando los ejemplos de otros países para alertar de aquello que no debía pasar en España, sobre todo en Barcelona, donde la situación de la infancia trabajadora no se consideraba todavía tan degradada como en Inglaterra o Francia-, hecho que ocurriría a principios de la década de los cuarenta.

Sin embargo no serían los higienistas los únicos, ni posiblemente los primeros, en denunciar el impacto negativo que tenía el trabajo fabril en la salud de los niños, sino que, nuevamente, Ramón de la Sagra, desde la economía social, se movería con precocidad también en este terreno. Así, de La Sagra sería uno de los primeros en introducir en nuestro país -concretamente en el año 1840 y tras su paso por el exilio en época absolutista- las ideas “traídas” desde el exterior relativas a que el escaso desarrollo corporal de los niños era incompatible con el trabajo fabril:

“la posición violenta y sedentaria, particularmente en los niños que permanecen

encorvados muchas horas vigilando los hilos en los telares para anudarlos

166

Aracil, R. (1996), “Trabajoy capitalismo: una relación conflictiva”, en Blanchrd, F, (et al.), El trabajo en la Historia: séptimas Jornadas de Estudios Históricos organizadas por el Departamento de Historia Medieval, Moderna y Contemporánea de la Universidad de Salamanca, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, p. 276.

167

Salarich, op. cit. p. 90.

168

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cuando se rompen, o en otras tareas igualmente pesadas y monótonas: la extremada duración de estas de día y de noche, pues el movimiento de las

máquinas en las grandes manufacturas… producen vicios de conformación, debilitan las fuerzas físicas, impiden el desarrollo corporal y enervan las

facultades mentales por la especie de inacción a que las condena”169.

Esta crítica a la insalubridad del trabajo infantil debe entenderse única y exclusivamente dirigida al trabajo en las fábricas de vapor, no en otros ambientes relacionados más o menos con el viejo aprendizaje, que seguía siendo percibido como una escuela de virtud y, sobre todo, sano para el desarrollo físico de los niños. No obstante, como señala Burguera, el discurso higienista arrebataría a la economía social todo su poder reglamentario en el transcurso de los años cuarenta170, de modo que el trabajo infantil industrial sería concebido, ahora más que nunca, como una patología social que cabía tratar para reformar la sociedad. Así, desde El Popular, en una fecha tan temprana como septiembre de 1841, se comenzaría a difundir la idea del perjuicio que acarreaba para la salud de los niños el trabajo en las humeantes fábricas.

Dicho diario, uno de los primeros en asumir abiertamente algunas de las principales ideas democráticas y republicanas, a las que sumaba su catalanismo, se haría eco del modo en que:

suprimiéndose en la industria todos los movimientos que exigen grande fuerza, se pueden hacer trabajar en las máquinas niños de ambos sexos, de cuya facultad podrán abusar tanto los amos, como los padres codiciosos, pudiendo aun hacerles trabajar desmedidamente. Por el cebo de ocho o diez céntimos

diarios podrán verse condenados a… una raquitis incurable órganos que quizás se habrían desarrollado bien si hubiesen estado expuestos al aire libre y a la

benéfica influencia de los rayos de sol”171.

El interés por propagar este tipo de noticias médicas y, sobre todo, el tono de denuncia que denota su contenido, se debe sin duda al hecho de que el periódico había sido

169

De la Sagra, op. cit. p. 127.

170

Burguera, op. cit. p. 298.

171

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fundado por Pere Felip Monlau. Casi metafóricamente, en una ciudad populosa e industrial que luchaba contra el inmovilismo al que la condenaban sus murallas, la identificación entre estas y el nocivo sedentarismo infantil parecía más “vívida” que nunca a mediados de los años cuarenta. Así, Monlau, que se opondría al obsoleto amurallamiento que impedía un desarrollo más elástico y dinámico de la urbe172, también opinaba que los niños debían moverse libremente y evitar, a toda costa, ciertos trabajos y hábitos sedentarios que atentaban contra su salud y su pleno desarrollo físico.

Así lo prescribiría el propio Monlau en el año 1847 en sus famosos Elementos de higiene pública, en el volumen dos, donde oponía el sano hábito de practicar gimnasia al sedentarismo de algunos trabajos –generalmente asociados a las nuevas modalidades productivas vinculadas a la mecanización, el permanecer “atado a la máquina”-, pues:

“el estado social del día opone mil trabas al desarrollo y al ejercicio regular de los órganos. Tanto en la escuela como en el taller, la niñez y la juventud se ven condenadas a una vida demasiado sedentaria. Entre las profesiones, son pocas las que solicitan una variedad suficiente de contracciones musculares; muchas las que infligen un ejercicio especial y limitado; y muchísimas las que

mantienen el sistema muscular en la inercia”173.

La idea de Monlau de que los menores debían realizar trabajos proporcionados a sus fuerzas no era nueva, sino que, -como veremos, sobre todo, al analizar la mano de obra infantil empleada en un sector tradicional como el servicio doméstico- estaba muy extendida entre las capas populares de la población. Sin embargo, para Monlau, este principio se había quebrantado con las fábricas de vapor, donde el trabajo de los niños resultaba sedentario y, según el caso, también extenuante para sus delicadas fuerzas. Eran los padres, en primer lugar, a quienes correspondía la responsabilidad de seleccionar para sus hijos el trabajo más adecuado:

“es muy esencial acomodar las profesiones a la complexión del cuerpo y a la

aptitud intelectual de cada uno, a fin de que los deberes o los trabajos que

172

Monlau, P. (1840), ¡Abajo las murallas!, Barcelona, Imprenta del Constitucional.

173

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imponen se practiquen sin tedio y sin fatiga. Se procurará, por consiguiente, que los padres atiendan a esta necesidad de primer orden a este verdadero deber de conciencia; y que antes de inclinar a sus hijos a tal oficio o a tal carrera, se cercioren por sí, o por medio del médico o de personas ilustradas, de que aquellos reúnen las circunstancias necesarias para dedicarse con fruto y

utilidad a la profesión elegida”174.

La asunción consciente y responsable de la paternidad, todavía en los años cuarenta, no implicaba sólo ocuparse de la manutención de los hijos –una valoración que, quizás, nos resulte demasiado contemporánea- sino aplicar todo el criterio del que era capaz un adulto para colocar a sus hijos en un oficio que les fuera proporcionado.

La insalubridad del trabajo infantil en la industria moderna no sólo era un problema físico que incumbía a los niños, sino que iba muchísimo más allá: se estaba planteando un debate sobre la reproducción de la mano de obra, cuya reducción, degradación o, todavía peor, su extinción, conllevaba desde el aumento sustancial de los salarios hasta la propia inviabilidad del sistema. Para que estas palabras no parezcan exageradas, vale la pena citar nuevamente a Pere Monlau, quien a finales de los años cuarenta señalaba lapidariamente -tras comprobar, sobre todo, los altos costes sociales derivados de los excesos materialistas ocurridos en otros países más desarrollados-, que:

cuando la aplicación del trabajo es contraria a un fin más elevado que el de la riqueza, no debe hacerse tal aplicación. Este principio, sentado por el economista Rossi, se ha de tener muy presente al ordenar todo lo relativo al trabajo de los niños en las fábricas. Una sociedad se suicida cuando permite que el exceso de trabajo y las privaciones consuman las fuerzas nacientes de los niños, agostando en flor a las generaciones”175.

Sea o no resultado de cierto “prejuicio industrialista”, lo cierto es que la máquina quedaría identificada a partir de los años cuarenta en nuestro país –y así, hasta casi nuestros días- con el trabajo infantil en general y con la degradación física de la infancia

174

Ibidem, p. 490.

175

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trabajadora en particular. Daba igual que, apenas medio siglo antes, la mismísima Barcelona hubiese acogido en sus estrechas callejuelas y arrabales cientos de fábricas de indianas –eso sí, sin mecanizar- donde las condiciones de trabajo de los miles de niños allí hacinados habían sido igual de duras, o peor incluso, que en las fábricas de vapor. Las referencias a este pasado manufacturero parecían haber quedado borradas de un plumazo de la memoria de estos primeros críticos del trabajo infantil fabril. En su

Memoria sobre la supresión de la mendicidad y organización de la junta de caridad,

Monlau concluía que “la debilidad con que se desarrollan las fuerzas de los niños

sujetos todo el día al lado de la máquina, han de deteriorar la salud y abreviar la vida,

ley indeclinable del abuso de las fuerzas y del extravío de su dirección”176.

Cegados por la necesidad de industrializar España y recortar, así, las enormes distancias respecto a las principales potencias industriales de Europa, desde los círculos próximos al liberalismo moderado, e incluso progresista, poco o nada se decía sobre la situación de los pobres niños proletarios. El progreso y el desarrollo sólo podían traer riqueza, fe ciega que algunos políticos liberales como Argüelles se encargarían de propagar recurriendo, al igual que sus detractores, al sempiterno ejemplo de Inglaterra:

“las máquinas del condado del Lancaster daban en el citado año hilo de

algodón equivalente al que hubieran producido 21.320.000 personas con la rueca y el huso. Este inmenso resultado lejos de haber disminuido la ocupación del trabajo abrió un nuevo rumbo al que antes se empleaba en el huso y la rueca, aumentando un duplo al que se invertía en las fábricas. La maquinaria prestó fácil y agradable ocupación a las mujeres y a los niños”177.

El mismo optimismo por la mecanización de las labores productivas –y, a la vez, falta de sensibilidad social hacia los problemas de salud de la infancia proletaria- lo mostraban los empresarios reunidos en la Comisión de Fábricas, que a mediados de los años treinta informaba, embriagada de éxito, que “Barcelona se va transformando en

un taller general, una nueva ciudad se va edificando en los extremos de sus arrabales

que ocupaban huertas dilatadas”; dos años después, añadirían que “todo era

176

Monlau, Memoria sobre la supresión… p. 27.

177

Arguelles, J. (1834), Diccionario de Hacienda con aplicación a España, Tomo II, Madrid, Imprenta de Don Marcelino Calero y Portocarrero, p. 84.

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movimiento y todo presagiaba riqueza y abundancia”178. Sin duda, esta sería una verdad a medias. Como señala James Thomson, es cierto que el “nou compromís en

favor de la mecanització -a pesar del difícil contexto general de las guerras carlistas- no

s’havia eradicat del tot”179 y que la década de los años cuarenta sería la de “major inversió de capital predominantment comercial en la indústria”, gracias a la fundación de grandes fábricas como el Vapor Vell de Joan Güell (1840), la Fabril Igualadina (1842), la compañía de hilados de Ferran Puig, llamada más adelante Fabra & Coats (1843), La España Industrial (1847), Güell, Ramis i Companya (1848) y, finalmente, Batlló Hermanos (1849)180. Sin embargo, como decíamos, la afirmación de la Comisión de Fábricas ocultaba que el creciente ritmo de industrialización de dicha década -en

1846 Madoz señalaría que “solo en Barcelona se ostentan imponentes 50

chimeneas”181- se estaba gestando a cambio de sumir a algunos sectores de la población en la más absoluta pobreza, hecho que estaría estrechamente relacionado con una mayor mortandad y/o morbilidad de la infancia trabajadora, realidad que, ahora sí -lejos de tomar prestado lo que ocurría en otros países-, podía comprobarse directa y empíricamente en Barcelona.

Y así lo haría, a través de la estadística, y utilizando un método científico y riguroso, Laureano Figuerola, que en el año 1849 se hizo eco del impacto negativo que la incipiente industrialización barcelonesa estaba teniendo en la salud de los trabajadores más jóvenes:

“no oiréis allí –en algunas de las zonas más deprimidas de la ciudad- los ruidosos juegos de niños traviesos, de alegre semblante y risa expansiva: allí la enfermedad tiene su asiento, allí el coche fúnebre halla continuo acarro; no hay allí hermosas fisonomías, juventud garrida: que la preocupación del propio sustento quita a la edad sus ilusiones, convirtiendo mal su grado en hombres a

los que no son mozos todavía”182.

178

Citado por Sánchez, A. (1989), “La era de la manufactura algodonera en Barcelona, 1736-1839”, Estudios de Historia Social, nº 48-49, p. 54.

179

Thomson, J. (1994), Els orígens de la industrialització a Catalunya, Barcelona, Edicions 62, p. 368.

180

Ibidem, pp. 368 y 369.

181

Madoz, op. cit, p. 478.

182

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Algunos colectivos profesionales, como los tejedores, empezaban muy pronto su vida profesional, hecho que sumado a la dureza del trabajo y los bajos salarios reducía su esperanza de vida:

“así es que los tejedores, oficio particularmente observado entre los sedentarios,

se hallan en este caso contando siete años menos –de esperanza de vida- del promedio; porque la tierna edad en que emprenden su tarea, lo bajo de sus salarios y su conducta imprevisora durante mucho tiempo ha debido contribuir

a la disminución de su vida”183.

Determinadas formas de trabajo infantil –aunque no todas- empezaban a ser concebidas como una práctica precipitada y de alto riesgo que, a cambio de generar unos beneficios inmediatos, ocasionaban a largo plazo unos costes sociales enormes:

“a los 13 años los hijos de los proletarios se hallan en la triste previsión de proveer a su subsistencia y desde entonces desciende extraordinariamente la probabilidad de morir a domicilio. No fortalecido todavía el cuerpo, cuya época de desarrollo y pubertad es perturbada por la necesidad de conservarlo, perecen entonces muchos más individuos en el hospital de lo que una

civilización previsora pudiera presumir”184.

Estaba en juego, como decíamos, la reproducción biológica de la mano de obra. A pesar de la contundencia de sus datos, la década de los años cuarenta se cerraría en Barcelona sin un consenso claro sobre los daños que infligían las máquinas y las duras condiciones laborales en la salud de los trabajadores en general y de los niños en particular. En el mismo año (1847) en que se fundaba La España Industrial, quienes llevarían hasta un extremo más radical su denuncia al respecto serían los socialistas utópicos de influencia cabetiana que, de la mano de Monturiol, veían en la máquina –o al menos en el uso que la burguesía hacía de ésta- no un medio de incrementar la felicidad pública, poniendo al servicio de los trabajadores los adelantos de la técnica y de la ciencia, sino todo lo

183

Ibidem, p. 122.

184

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contrario. Así, refiriéndose en actitud persuasiva a las clases altas, a las: “madres que tenéis un ayo que cuida vuestros hijos, un maestro que les enseña sin molestarlos, un

médico que cuida de preservarles de las enfermedades”, los socialistas utópicos se hacían portavoces de la degradación física de la clase trabajadora que afectaba primero a los padres, cuya muerte empujaba a sus hijos a entrar prematuramente en el mismo círculo vicioso de enfermedad y miseria que significaba el sistema fabril:

“dichoso mil veces si el día fatal –momento en que muere el padre, consumido

por el trabajo- no viene hasta que sus hijos se hallan en estado de ganar su subsistencia! Si acontece más temprano toda la familia queda sumida en la miseria: los niños han de ir a mendigar el sustento que no puede darles su padre,

en tanto que éste, postrado en el lecho del dolor… pensad que el jornalero se ve obligado cuando apenas tiene 7 años su hijo, a llamarle a las cuatro de la