Cabe extrañarse de que el precedente “dossier» de la infalibilidad papal, que fue objeto de tantos debates a comienzos del siglo XIV, no constituya ninguna referencia viva en el momento del Gran Cisma. Nadie planteó, en la época de los tres papas, la cuestión de determinar cuál de ellos podía proporcionar una enseñanza infalible. La doctrina que «domina» sigue siendo siempre la de la Ecclesia non potest errare, en el sentido antiguo de la indefectibilidad fundamental de la Iglesia.
Br. Tierney y H. Zimmermann han mostrado históricamente que «ya existía desde el siglo XII una corriente favorable a la limitación de los poderes del papa, bien por el colegio de cardenales, o bien por el concilio ecuménico»; y que esta limitación había sido objeto de una práctica frecuente en el siglo X38. Estas opiniones volvieron a salir a la superficie en los siglos XIV y XV. Las decisiones de Constanza ya no aparecen en este contexto como innovaciones aberrantes. Los escritos teológicos y canónicos de este período sobre la autoridad doctrinal de los concilios y del papa son numerosos. Expresan la mentalidad teológica de la asamblea de Constanza y las opiniones contrastadas que allí se manifestaron. Sin embargo, su preocupación dominante, ya desde antes y en la época misma del Gran Cisma de Occidente y sus secuelas, era tomar partido en la controversia dogmática del conciliarismo39. Entre el concilio y el papa, ¿quién superaba a quién en autoridad? El aspecto polémico no está ausente de estas reflexiones: quienes mantienen posiciones minimizadoras con respecto a la inerrancia de los concilios sostienen la inerrancia papal, y viceversa. A partir de ahora se emplea el término infalibilidad, aunque con una gran discreción. La determinación del grado de autoridad de una fórmula de fe o de una definición conciliar no figuraba en el orden del día.
Del lado de los conciliaristas40
Hay una serie de teólogos que no afirman ni la infalibilidad del papa ni la del concilio. Así, Marsilio de Padua († 1342), autor del Defensor pacis y virulento adversario de las instituciones eclesiásticas, únicamente considera infalible «al cristiano individual fiel a la Escritura»41. Más tarde, Esteban de Dolany (1412), antihusita, emite una profesión prudente: «Nosotros creemos en el papa y en sus decretos, si estos no son contrarios a la fe católica, a la obra de la salvación y a las costumbres evangélicas de los fieles». Lo cual no significa que el papa no se haya equivocado nunca. Pierre d’Ailly (†
1420, al que ya hemos encontrado en Constanza) era también al comienzo de su carrera adversario de la infalibilidad del concilio, porque las promesas de la indefectibilidad las hizo Cristo a su Iglesia. Nicolás de Clamanges († hacia 1435) reconoce que la Iglesia no puede equivocarse, pero se niega a llamarla infalible, porque «este es un título propio de la Iglesia triunfante»42. La Iglesia terrena no es ni infalible ni impecable. Nicolás Tudeschi, llamado Panormitanus († 1445), afirma la superioridad del concilio sobre el papa; pero el concilio puede errar. Para Jean Gerson († 1428), es el concilio general el que constituye la norma infalible de la fe.
Sin embargo, los conciliaristas mantienen por lo general la infalibilidad del concilio. Pensaban que el papa es un monarca constitucional. Ahora bien, aunque el reconocimiento de la infalibilidad de los concilios legítimos y regulares se admite de modo más general en la época, con todo, todavía sigue siendo objeto de debates. Sus adversarios esgrimen tres argumentos: histórico, porque hay concilios que han errado;
bíblico, sobre la base de Lc 22,32; Mt 20,28 y Mt 18,20, la huida de los apóstoles en la
pasión, su falta de fe tras la resurrección; y teológico: ¿cómo es posible que unos concilios pecadores pudieran estar inspirados por el Espíritu Santo, tal como dice la enseñanza patrística? Los partidarios de la infalibilidad esgrimen, a su vez, cinco razones: invocan textos bíblicos (Mt 18,18-20; 28,20; Jn 14,26; etc.) y deducen la infalibilidad de los concilios de la inspiración, en virtud de la infalibilidad de la Iglesia universal, de las inadmisibles consecuencias que supondría lo contrario y de su vínculo con la esencia del acto de fe43. La cualificación dogmática de esta infalibilidad está sometida, asimismo, a grandes variaciones: para unos es artículo de fe, u omnium doctorum indubitata
sententia, o altamente verosímil, o incluso pia opinio. Pero «no se debe presumir
fácilmente el error»44.
Del lado de los «papalistas»
Según Br. Tierney, la idea misma de una infalibilidad papal era inaceptable para los más ardientes defensores de la sede romana en los primeros decenios del siglo XIV45. La idea era demasiado nueva, demasiado radical y demasiado opuesta a la concepción jurídica de la soberanía papal. Terrena fue, incontestablemente, un adelantado con respecto a su tiempo. Los «papalistas», a continuación, se mostrarán progresivamente más favorables a la infalibilidad del papa. La corriente papalista estimaba en consecuencia que, «si el papa es personalmente infalible, un concilio general no puede ser, evidentemente, mayor que él en materia de fe»46.
Praga es, a finales del siglo XIV y comienzos del XV, un centro del «papalismo». Juan de Holesov sostiene en 1412 la infalibilidad de la Iglesia y la del papa, pues «el poder procedente de Dios ni se equivoca ni puede equivocarse»47. Estanislao de Znojmo y Esteban de Palec, grandes adversarios de Jan Hus, describen a la Iglesia romana como un «compuesto místico y eclesiástico» cuya cabeza es el papa, y los cardenales sus
miembros. «Es imposible que se equivoque toda la Iglesia romana». Pero el papa no está al abrigo de todo error. Un anónimo praguense (contemporáneo de Palec) estima que la autoridad que reside en Roma no puede errar en ninguna materia eclesiástica (circa
quamcumque materiam ecclesiasticam). Con todo, el papa no puede ejercer su
autoridad sin el concurso de los cardenales.
En Inglaterra, la lucha contra Wyclif «suscita un movimiento en favor de la Iglesia visible, de Roma y del papa»48. Thomas Netter de Walden († 1430) estima que «la Iglesia romana es intemerata in fide et pene sine peccato. No puede in fide deficere. Es
in Christi doctrina impeccabilis y no puede peccare in fide. Su autoridad es incorrupta. [...] La doctrina del papa es infallibilis regula fidei»49. ¡Lo cual no significa que el papa no se haya equivocado nunca! La Iglesia lo atestigua. La regla infalible no está libre de fallos.
San Antonino de Florencia († 1459), papalista convencido, estima que es preciso creer que el papa no se puede equivocar. El papa se puede equivocar, sin duda, ut
persona singularis, ex proprio motu agens, pero no puede equivocarse «utens consilio et requirens adjutorium universalis Ecclesiae». Porque el papa está obligado a
interrogar a la Iglesia, a través de la cual recibe la asistencia del Espíritu Santo. Cayetano recuperará en el siglo XVI la tesis de Antonino de Florencia, aunque con una inversión de la dinámica del pensamiento: Antonino decía que el papa no puede errar si se apoya en la Iglesia; en el siglo XVI se dirá que el papa no puede errar, porque compromete a la Iglesia. En Antonino es la Iglesia en primer lugar la que es infalible; en Cayetano viene primero el papa.
Un hombre ciertamente importante entre los papalistas es Juan de Torquemada († 1468), firme apoyo de Eugenio IV, que le ayudó de manera eficaz contra los conciliaristas. Para él, el papa posee la plenitud de la jurisdicción, del magisterio y de la infalibilidad. Los obispos y los concilios ecuménicos solo la poseen por participación. Él emplea el término infalible.
«Era, en efecto, conveniente que esta sede, destinada por una disposición del consejo divino a ser la maestra en la fe y el vínculo entre todas las Iglesias, fuera provista del privilegio excepcional de la
infalibilidad en lo que es de fe y necesario para la salvación de los hombres por Dios, autor de todas las
cosas, cuya Providencia no se extravía nunca en sus disposiciones. [...] Por consiguiente, el juicio de la sede apostólica no puede equivocarse en las cosas de la fe ni en aquellas que son necesarias para la salvación de la humanidad50.
Torquemada pone en el mismo nivel las declaraciones de fe, las condenaciones de herejes y las canonizaciones de los santos. Mantiene, no obstante, que, en caso de conflicto entre el concilio y el papa, es preciso seguir la opinión del concilio. Se da por supuesto que las decisiones papales se toman con ayuda del consejo ilustrado de hombres sabios, ante todo los cardenales. El papa, en cuanto jefe de la Iglesia universal y en unión con ella por mediación de los cardenales y del concilio, es infalible cuando se pronuncia solemnemente en materia de fe.
San Bernardino de Siena († 1444) se muestra bastante confuso en sus afirmaciones: «El papa en cuanto papa, el obispo en cuanto obispo y el sacerdote en cuanto sacerdote no pueden equivocarse más que Cristo; pero, en cuanto hombres, se equivocan. Por consiguiente, desde el momento en que un papa o un obispo ignora la verdad, se equivoca en cuanto hombre, pero no en cuanto a su rango»51.
Juan de Ragusa († 1443), legado del concilio de Basilea en Constantinopla, estima que la Iglesia sin error es la Ecclesia romana, no en sentido material y particular, sino en sentido formal y universal, la fidelium multitudo. Si la cathedra Petri no se ha equivocado nunca, no ocurre lo mismo con el papa52. John Baconthorp († 1348) niega que un papa pueda volver a poner en tela de juicio o revocar lo que ha definido uno de sus predecesores. Esta reflexión es importante, porque supone la noción de irreformabilidad de un documento pontificio. San Juan de Capistrano († 1456) estima que el papa tiene la plenitud del poder. Sin embargo, puede equivocarse, en cuyo caso está sometido al concilio.
«La historia de la palabra infalibilidad (infalible, infaliblemente), empleada para cualificar la enseñanza de un órgano concreto del magisterio, no es muy rica en la teología católica de los siglos XIII, XIV y XV», concluye P. De Vooght53. Los progresos permanecen aislados. La idea de que el papa posee la llave del conocimiento ha desempeñado un papel importante en la idea de la infalibilidad papal en la baja Edad Media54.