El concilio de Constanza se había reunido en unas circunstancias excepcionales. Sin embargo, fue recibido en la lista oficial de los concilios de la Iglesia católica, aunque la interpretación de sus decretos haya dado lugar a graves divergencias. El concilio de Basilea se reunió en unas condiciones mucho más favorables: los papas que fueron convocándolo sucesivamente eran reconocidos como legítimos; funcionó de una manera bastante normal durante un primer tiempo, pero –nuevo caso especial– se convirtió en el lugar de un conflicto abierto entre el papa y el concilio. Se atascará en una deriva conciliarista y en unas pretensiones democráticas, antes de ser finalmente disuelto, para dar paso al concilio de Florencia. Los historiadores contemporáneos están preocupados sobre todo por la interpretación doctrinal de este conflicto a la luz del derecho y de las respectivas responsabilidades del concilio y del papa, a riesgo de olvidar su dimensión absolutamente humana.
Una vez más, la apuesta capital concerniente a la autoridad suprema en la Iglesia pasa por acontecimientos miserables, en los que intervienen considerables relaciones de fuerza políticas y financieras. La autoridad del papa ha perdido mucho de su prestigio, y la opinión conciliarista es claramente mayoritaria, a pesar de los importantes matices que existen entre los conciliaristas moderados y los conciliaristas extremistas. La reforma de la Iglesia figura también en el orden del día, pero, a causa de la mala voluntad de unos y de otros, no llegará a puerto. Se hará esperar todavía mucho tiempo, hasta el punto de encontrar una nueva urgencia a comienzos del siglo XVI con la crisis luterana y la nueva ruptura de la «Reforma». La complejidad de los acontecimientos, que se suceden a un ritmo particularmente rápido, hace difícil una interpretación totalmente respetuosa para con los hechos. En consecuencia, no será de extrañarse que se constaten importantes descarríos, en particular en lo que concierne a la conducta de Eugenio IV. Más tarde, el período de la intemperancia conciliarista de Basilea se transforma finalmente en su contrario, con la afirmación definitiva del primado del papa sobre el concilio.
A Martín V se le hace difícil volver a Roma en 1419 y, de acuerdo con el decreto
Frequens de Constanza, convoca un concilio en Pavía. Acuden pocos Padres, el concilio
se atasca, y el papa lo disuelve. Convoca entonces un nuevo concilio en Basilea en 1431. Pero muere inmediatamente después, y el nuevo papa, Eugenio IV, ordena la disolución del mismo, cuando apenas había hecho más que empezar, a fin de trasladarlo a Italia (Bolonia, y después Ferrara y Florencia, sucesivamente). Encargó al cardenal Cesarini, su legado y presidente del concilio, la misión de transmitir del mejor modo posible esta
decisión a la asamblea. Esta primera bula fue confirmada enseguida por otra con el mismo nombre, Quoniam ex alto, que prescribe más formalmente la disolución inmediata y el traslado incondicional del concilio. Cesarini, hombre de buena fe, conciliarista moderado que intenta servir a la vez al papa y al concilio, quedó estupefacto ante semejante decisión, sobre todo en un momento en que la asistencia de los Padres al concilio crecía de manera notable, porque aniquilaba las esperanzas de una reducción de la herejía husita. El objetivo oficial del papa, además del pretexto de que su salud no le permitía cruzar los Alpes hasta Basilea, era facilitar la llegada de los griegos a una ciudad italiana, con vistas a un posible retorno a la unidad entre Oriente y Occidente.
El concilio se resiste con todas sus fuerzas y suplica al papa que reconsidere su decisión. Se apoya para ello en el decreto Frequens de Constanza, que prohíbe al papa disolver, desplazar o prorrogar un nuevo concilio sin el consentimiento de este. Cesarini recurre a todos los medios a su alcance para doblegar la voluntad del papa. Ya desde el comienzo de las sesiones se instaura un conflicto entre el papa y el concilio sobre una base formalmente doctrinal. Unos subrayan los derechos del primado romano; otros arguyen apoyándose en las decisiones confirmadas de Constanza: el papa, una vez convocado el concilio, no puede disolverlo y le debe obediencia en los tres puntos fundamentales de la fe, de la extirpación del cisma y de la reforma de la Iglesia. El concilio entiende, no obstante, respetar el papel propio del sumo pontífice, cuya elección no pone en tela de juicio, a pesar de un pequeño incidente que la había mancillado.
A pesar de algunas concesiones del papa, el concilio rechaza toda disolución que tuviera por efecto anular no solo la legitimidad de Basilea, sino también la de Constanza. En 1432, la opinión pública se muestra más bien favorable a Basilea, que prosigue sus sesiones bajo la presidencia de Cesarini. En abril de 1432, el concilio envía un respetuoso ultimátum al papa, pidiéndole que revoque en un plazo de tres meses su bula de disolución y que se adhiera al concilio. En abril de 1433, mientras permanece el statu
quo, un nuevo decreto conciliar vuelve a pedir al papa que vuelva sobre su decisión, so
pena de iniciar un proceso contra él. Este da entonces marcha atrás y se muestra dispuesto a ceder en casi todos los puntos (primera bula Dudum sacrum), salvo en lo que concierne a una expresión considerada insuficiente por el concilio y mediante la cual reconoce la legitimidad del concilio desde su origen. Este último, que sigue considerándose ofendido, se niega a recibir a los cardenales enviados por el papa para la presidencia. Exige a este una retractación en toda regla y le envía un ultimátum de sesenta días para someterse. Eugenio IV, que siempre había rechazado la subordinación del papa al concilio, acaba cediendo mediante la segunda bula Dudum sacrum, decretando (decernimus) la plena legitimidad del concilio de Basilea. Todo esto ha requerido ya dos años (1431-1433) y desemboca en la victoria del concilio, al que el papa da su aprobación, «pura y simplemente, con amor, devoción y favor» y retira todos los anatemas que hubiera podido fulminar contra el concilio. Ya no queda, por consiguiente, ningún contencioso entre el papa y el concilio, ni siquiera sobre el lugar en el que este debe celebrarse. Tras haberse resistido todo lo posible, Eugenio IV admite,
pues, solemnemente la superioridad del concilio sobre él mismo y confirma con ello los decretos de Constanza Haec Sancta y Frequens, cuya validez ecuménica siempre había reconocido. El concilio expresa ahora al papa su satisfacción. El «súbito cambio de opinión» (P. De Vooght) o la «capitulación» (J. Lecler) del papa es total.
Esta paz no durará más que tres años. En 1437, nuevas dificultades jurídicas mueven a Eugenio IV a acusar al concilio de pretender suprimir el primado papal. Le reprocha que haga una interpretación exagerada de los decretos de Constanza. Por su parte, el concilio adopta la forma de un «régimen de asamblea» (J. Lecler) casi democrático, permitiendo la participación de los clérigos inferiores, de los teólogos, de los canonistas y de los laicos. Las cosas desembocan en una nueva ruptura entre el papa y el concilio, siempre a propósito del traslado de este último a Italia, con el fin de permitir la asistencia de los griegos. La mayoría optaba por Avignon, pero Eugenio IV eligió Ferrara.
La ruptura se consuma esta vez. La mayoría conciliar multiplica las acusaciones contra el papa: simonía, nepotismo y rechazo de las decisiones conciliares. El concilio le envía un nuevo ultimátum de sesenta días para someterse y enmendarse. Por si fuera poco, fallece el emperador Segismundo, y Cesarini acaba abandonando el concilio, que no vacila en deponer al papa y privarlo de todo poder espiritual. El papa responde por medio de una bula solemne, Doctoris gentium (octubre de 1437), en la que afirma su autoridad apostólica y anuncia el traslado del concilio a Ferrara. Las cosas llegan al extremo: mientras que el papa es depuesto, el concilio queda excomulgado. Hay a partir de ahora, y seguirá habiendo durante algún tiempo, dos concilios rivales, puesto que el concilio de Basilea, que se ha negado al traslado, se mantiene. Para concluir todo el asunto, este concilio elige un nuevo papa, Amadeo VIII de Saboya, que adopta el nombre de Félix V. La Iglesia se encuentra ahora con dos concilios y dos papas. El concilio proseguirá sus sesiones en Basilea con una forma muy democrática. Confirma la decisión conciliarista del concilio de Constanza. «Define» incluso la Inmaculada Concepción de María, que no será recibida en aquel tiempo. Finalmente, acaba disgregándose.
Por vez primera, en 1439, Eugenio IV pone en entredicho la legitimidad del decreto
Haec Sancta Synodus, de la quinta sesión de Constanza, so pretexto de que fue votado
después de la huida de Juan XXIII y solo por aquellos que seguían su obediencia. Este argumento fue tomado del cardenal Torquemada, papalista. Sin embargo, se convirtió en un auténtico bumerán. Porque, si es admitido hasta el final, Juan XXIII no fue depuesto legítimamente, la dimisión de Gregorio XII no fue recibida por una autoridad real, Benedicto XIII no debatió con un verdadero concilio, y la elección de Martín V no fue válida. Se vuelve al statu quo ante del cisma, extirpado por Constanza. Eugenio IV cae en una perpetua contradicción. No se ve si critica únicamente la interpretación dada en Basilea a los decretos de Constanza o la validez original de estos. Ahora bien, por su parte las reivindicaciones extremistas de Basilea sobre la superioridad conciliar chocaban incluso a los conciliaristas moderados, que reconocían el primado romano. Basilea fue la
víctima de sus propios excesos. El concilio se descomponía por acción de sus fuerzas vivas y era abandonado por los obispos.
En Ferrara, se inician los debates con los Orientales sobre el Filioque y, posteriormente, sobre el primado romano. Por razones financieras, el concilio se traslada una vez más a Florencia. La unión con los griegos se concluye el 6 de julio de 1439 por medio de la bula Laetentur coeli, que, en oposición total a las tesis dominantes en Basilea, afirma solemnemente el primado papal:
«Asimismo, definimos que la santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice gozan del primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal»12.
Esta vez se afirma de manera clara y definitiva el primado del papa sobre el concilio. Aunque la unión con los griegos pronto se iba a revelar caduca, esta «definición» del primado debía conservar toda su importancia. El papa Eugenio IV estaba obligado a decir ahora cómo conciliaba su posición con la decisión de Constanza. Lo hizo por medio de dos bulas sucesivas, Moyses vir Dei y Etsi non dubitemus. En la primera recuerda que el decreto Haec Sancta no fue votado, todavía en el tiempo del cisma, más que por quienes obedecían a Juan XXIII, algo que no es conforme a los hechos, según J. Lecler, y fue contestado de inmediato. Pero, sobre todo, acusa con más fundamento a Basilea de haber desviado «las declaraciones del concilio de Constanza en un sentido equivocado, condenable y totalmente ajeno a su propia doctrina»13 y condena sus actos. Se abstiene claramente de condenar el decreto mismo de Constanza, pero se niega a hacer pasar por principio dogmático lo que no es más que una postura de excepción. La argumentación es particularmente delicada, porque si la emprendía con el decreto de Constanza, volvía a poner en tela de juicio los hechos que le siguieron e hicieron recuperar la unidad. En la bula Etsi non dubitemus expresa claramente la antigua doctrina de la necesaria confirmación de las actas conciliares por los papas. Recuerda que León Magno rechazó el 28o canon de Calcedonia. En cuanto al decreto de Constanza, debe ser juzgado en función de su conformidad «con el Evangelio, los santos doctores y los concilios». En suma, debe ser comprendido a la luz de la tradición y de «la verdad católica», es decir, como una medida de excepción, en virtud de una situación de urgencia. Con todo, insinúa de nuevo que el concilio de Constanza no fue constituido verdaderamente en concilio más que después de la reunión de las tres obediencias papales de la época, lo que deja fuera de juego el decreto Haec Sancta. Sin embargo, confirma de nuevo las actas conciliares que permitieron el retorno a un solo papa:
«No se deben juzgar inciertas, sin embargo, las conclusiones del concilio de Constanza, gracias a las cuales, después de que se hubiera eliminado la infección de un largo cisma, se decretó que la Iglesia posee un solo jefe, el vicario de Cristo, porque, aunque estos decretos no hubieran sido promulgados, el cisma no podía menos que ser suprimido»14.
La argumentación de Eugenio IV se muestra aquí particularmente frágil, porque intenta romper el vínculo entre el decreto Haec Sancta y las decisiones que le siguieron.
Ahora bien, únicamente este decreto podía fundamentar la deposición de los tres papas y la elección de uno nuevo. Con todo, debemos retener la invitación a interpretar positivamente el decreto de Constanza a la luz del Evangelio, de los doctores y de los concilios.