4.6 Experimental Evaluation
4.6.3 BFSMinHash
La puerta estaba ligeramente entreabierta cuando llegué. Estaba a punto de llamar cuando se abrió de golpe y salió un hombre con una bolsa de basura. Di unos pasos hacia atrás, demasiado sobresaltado como para hablar. Mis pensamientos iban en cien direcciones diferentes. No era el tipo de Olivia. Iba a matarlo. ¿Por qué le estaba sacando la basura? ¿Dormía allí a menudo? Esperé a que levantara la mirada, pues pensé que todo hombre merecía la oportunidad de explicarse antes de recibir una paliza de la hostia.
Se sobresaltó un poco al verme delante de él. Miró detrás de mí para ver si estaba con alguien y entonces dijo:
—¿Puedo ayudarte?
No había cerrado la puerta del apartamento de Olivia, así que pude ver el interior.
Estaba vacío.
Sentí que el aire escapaba de mis pulmones. Cerré los ojos e incliné la cabeza hacia atrás. «No, no, no.»
Me alejé de allí con las manos en el pelo y volví trazando un círculo hacia donde el empleado de mantenimiento me estaba mirando con curiosidad. Mis celos instantáneos habían hecho que no me fijara en el uniforme que llevaba
y en la placa con su nombre. «¿Por qué la he dejado? ¿Por qué no me quedé y ya está?» Sabía que eso era lo que hacía Olivia, huía cuando tenía miedo. Pensaba que…, ¿qué era lo que pensaba? ¿Que podría conservarla porque habíamos hecho el amor? ¿Que sus demonios no la encontrarían en el bosquecillo de naranjos donde había vendido mi alma para estar con ella?
Observé la placa que había enganchada en la parte delantera de la camiseta del empleado.
—Miguel. —Mi voz sonaba cruda incluso a mis propios oídos. Miguel levantó las cejas mientras me observaba forcejear con la frase—. ¿Cuándo se ha…? ¿Desde cuándo…?
—Este lleva veinticuatro horas disponible —dijo, refiriéndose al apartamento detrás de él—. Tenemos lista de espera; tengo que dejarlo listo para los siguientes inquilinos.
«¿Veinticuatro horas? ¿Adónde ha ido? ¿Se habrá marchado de inmediato? ¿Se habrá asustado por algo?»
Me pasé una mano por el pelo. La había dejado tan solo días antes para poner mis asuntos en orden. Había bailado con ella en el aparcamiento antes de marcharme. Ella había tratado de decirme la verdad, pero yo la había detenido. Cuando descubrió lo de la amnesia, había pensado en cualquier razón posible para salir corriendo y huir de mí. Había planeado encerrarla en el apartamento, hacerle el amor otra vez y convencerla de que podíamos conseguir que funcionara. Pero, primero, tenía cabos sueltos que atar.
Había dejado a Olivia y me había ido directamente a la casa adosada de Leah. Cuando me abrió la puerta, me di cuenta de que había estado llorando. Tardé treinta minutos en romperle el corazón, y me dolía hacerlo. No había hecho nada para merecerse lo que le estaba haciendo. Le dije que había conocido a alguien. No me preguntó de quién se trataba, aunque yo sospechaba que ya lo sabía, puesto que me había seguido hasta el
apartamento de Olivia unas semanas antes. Le di un beso en la frente antes de marcharme. Pero no le conté lo de la amnesia, pues no quería hacerle más daño del que ya le había hecho.
A continuación, fui a mi propio apartamento. Mientras estaba en la ducha, pensé en la semana que habíamos pasado juntos. Pensé en el bosquecillo de naranjos, en el sabor de Olivia, en el tacto de su piel como satén frío entre mis dedos. Cuando mi mente volvió a ese primer momento de estar dentro de ella, a cómo se habían ensanchado sus ojos y se habían entreabierto sus labios, tuve que darme un chorro de agua fría.
Me lo había dado todo; todo lo que había reprimido antes. Era diferente. Pero también era la misma. Tozuda, desafiante…, llena de mentiras.
Ya había tratado de romperla antes, pero ahora tan solo la quería tal como era. Quería hasta el último de sus hermosos fallos. Quería sus frases ingeniosas y la frialdad que solo yo sabía calentar. Quería las peleas, y la fricción, y el sexo de reconciliación. Quería que se despertara en mi cama todas las mañanas. Quería su comida de mierda y su mente hermosa y compleja.
Había dado la espalda a todo lo que creía para estar con ella. Había lanzado la verdad por la ventana. Tenía tanto miedo de que se olvidara de mí que había mentido para volver a meterme en su vida. Y ahora tenía una desorbitada cantidad de explicaciones que dar.
Miré a Miguel. De pronto, me parecía lo último que me quedaba que me atara a ella.
—¿No ha dejado nada? ¿Una nota… o algo? Miguel se frotó la nuca.
—Qué va, tío.
—¿No ha dicho adónde iba? Él absorbió aire entre los dientes.
—Yo solo soy el de mantenimiento. No es que me den la nueva dirección precisamente. —Miró a su alrededor para asegurarse de que estuviéramos solos—. Pero, si se hubiera dejado algo, estaría en esta bolsa de basura negra que voy a dejar aquí mismo mientras repaso el apartamento.
Dejó la bolsa en el suelo y me echó un vistazo antes de volver al apartamento y cerrar la puerta detrás de él.
Yo la recogí y la sopesé con la mano. Era ligera. ¿Me habría dejado algo para decirme adónde iba? ¿Y si Jim había vuelto y la había asustado? ¿Se lo habría contado? Me puse de rodillas y volqué la bolsa para vaciar su contenido sobre la acera. Estaba sudando y tenía las manos húmedas mientras rebuscaba entre la basura. Papeles rotos, trozos de cristal, pétalos de flores aplastados…, ¿qué estaba buscando? ¿Una carta? Olivia jamás me escribiría una carta; no era su estilo. Su estilo era ese: dejarme sin avisar, tirarme al suelo para que ardiera. Tiré la basura. La mitad de mi corazón se estaba rompiendo y la otra mitad estaba furiosa de cojones. Mientras la bolsa caía al suelo, oí el ligero tintineo de algo que chocaba contra la acera. Mis ojos examinaron el lugar, desesperado por encontrar cualquier cosa que pudiera conducirme a ella.
La encontré tirada entre mis pies. Una moneda.
¿La habría dejado allí para mí o la habría dejado a secas? La recogí y la sostuve entre los dedos. La superficie una vez brillante tenía el tono ligeramente verdoso del cobre envejecido. ¿Aquella era su despedida? Sentía furia y, más que furia, sentía confusión. ¿Qué había hecho? El bosquecillo de naranjos, el beso en el aparcamiento antes de marcharme. Había estado tan seguro de lo que sentía por ella…, de lo que ella sentía por mí. Era imposible que Olivia se hubiera entregado a mí si no estuviera segura de nosotros. «Entonces, ¿por qué? ¿POR QUÉ?»
Caminé hasta el borde del aparcamiento y levanté el puño mientras presionaba la moneda contra mi palma. «Tírala», me dije. Mis músculos se tensaron para lanzarla.
Pero no podía hacerlo. Bajé la mano a un lado. Me guardé la moneda en el bolsillo y me metí en el coche para volver a casa.