Cuatro meses después de que Leah fuera absuelta, le pedí el divorcio. En el preciso segundo en el que tomé la decisión, sentí que me quitaba un peso enorme de unos hombros figurados. No es que creyera mucho en el divorcio, pero tampoco puedes quedarte atrapado en algo que te está matando. A veces la cagas tanto en la vida que tienes que inclinarte ante tus errores. Han ganado. Sé humilde… y sigue adelante. Leah pensaba que era feliz conmigo, pero ¿cómo podría yo hacer feliz a alguien si estaba tan muerto por dentro? Ella ni siquiera conocía a mi verdadero yo. Estar casado con alguien a quien no amabas era como caminar sonámbulo. Intentabas llenarte de las cosas positivas: comprar casas, salir de vacaciones, ir a clases de cocina…, cualquier cosa para intentar estrechar lazos con esa persona con la que ya deberías haberlos estrechado antes de decir el «sí, quiero». Pero todo estaba vacío, como tratar de luchar por algo que nunca había existido. Era culpa mía por haberme casado con ella para empezar; había cometido muchos errores. Pero ya era el momento de seguir adelante. Firmé los papeles.
«Olivia.»
Ese fue mi primer pensamiento. «Turner.»
Ese fue mi segundo pensamiento. «Hijo de puta.»
Ese fue mi tercer pensamiento. Y, después, los uní los tres en una misma frase: «¡Ese hijo de puta de Turner va a casarse con Olivia!»
¿Cuánto tiempo me quedaba? ¿Todavía me querría? ¿Sería capaz de perdonarme? Si podía alejarla de ese puto imbécil, ¿realmente podríamos construir algo juntos sobre los escombros que habíamos creado? Pensar en ello me ponía de los nervios, me ponía furioso. ¿Qué me diría si supiera que le había mentido con lo de la amnesia? Los dos habíamos dicho demasiadas mentiras, habíamos pecado el uno contra el otro, contra cualquiera que se interpusiera en nuestro camino. Había tratado de decírselo una vez. Fue durante el juicio de Leah. Me había presentado en el juzgado con antelación para tratar de encontrármela a solas. Iba vestida de mi tono de azul favorito: azul aeropuerto. Era el día de su cumpleaños.
—Feliz cumpleaños.
Ella levantó la mirada. Mi corazón estaba bombeando mis sentimientos, tal como hacía cada vez que Olivia me miraba.
—Me sorprende que te hayas acordado. —¿Y eso por qué?
—Ah, es solo que has olvidado un montón de cosas el último par de años. Le dirigí una media sonrisa ante su pulla.
—Nunca me olvidé de ti…
Sentí una ráfaga de adrenalina en las venas. Había llegado el momento…, iba a sincerarme con ella. Pero entonces entró el fiscal, y la verdad se quedó en suspenso.
* * *
Me marché de la casa que compartía con Leah y volví a mi antiguo apartamento. Me paseé por los pasillos. Bebí whisky escocés. Esperé.
¿A qué estaba esperando? ¿A que Olivia acudiera a mí? ¿A que yo acudiera a ella? Esperé porque era un cobarde; esa era la verdad.
Caminé hasta el cajón de los calcetines, mi infame protector de anillos de compromiso y otros recuerdos, y pasé los dedos por la parte inferior. En cuanto mis dedos la encontraron, sentí una oleada de algo. Froté la almohadilla de mi pulgar por la superficie ligeramente verdosa de la moneda de los besos. La miré durante un minuto entero, mientras evocaba imágenes de las muchas veces que la había cambiado por besos. Era una baratija, un truco barato que había funcionado una vez, pero había evolucionado en mucho más que eso.
Me puse el chándal y salí a correr. Correr me ayudaba a pensar. Le di vueltas a todo dentro de mi cabeza mientras giraba hacia la playa y esquivaba a una niña pequeña y a su madre, que caminaban de la mano. Sonreí. La niña tenía el pelo largo y oscuro y unos llamativos ojos azules; se parecía Olivia. ¿Ese era el aspecto que habría tenido nuestra hija? Dejé de correr, doblé el cuerpo y apoyé las manos sobre las rodillas. No tenía por qué ser una simple posibilidad pasada. Todavía podíamos tener a nuestra hija. Me metí la mano en el bolsillo y saqué la moneda de los besos. Después, comencé a correr hasta mi coche.
No había ningún momento mejor que el presente. Si Turner se interponía en mi camino, lo tiraría del balcón y ya está. Estaba empapado en sudor y decidido cuando hice girar la llave en el contacto.
Estaba a menos de dos kilómetros del apartamento de Olivia cuando recibí la llamada. Era un número que no reconocía. Apreté el botón de contestar.
—¿Caleb Drake?
—¿Sí? —contesté con voz entrecortada.
Doblé a la izquierda hacia la calle Ocean y aminoré la velocidad del coche. —Ha habido un… incidente con su mujer.
—¿Mi mujer?
«Dios, ¿qué habrá hecho ahora?» Recordé la pelea que tenía actualmente con los vecinos con motivo de su perro y me pregunté si habría hecho alguna estupidez.
—Soy el doctor Letche, lo llamo del Centro Médico de West Boca. Señor Drake, su mujer ha sido ingresada aquí hace unas horas.
Pisé el freno, giré el volante hasta que los neumáticos produjeron un sonido chirriante y salí disparado en dirección contraria. Un deportivo viró junto a mí y aporreó el claxon.
—¿Se encuentra bien?
El doctor se aclaró la garganta.
—Se ha tragado un frasco de pastillas para dormir. La mujer de la limpieza la encontró y llamó a Emergencias. Ahora está estable, pero nos gustaría que viniera.
Me detuve frente a un semáforo y me pasé la mano por el pelo. Aquello era culpa mía. Sabía que se había tomado mal la separación, pero intentar suicidarse…, ni siquiera parecía propio de ella.
—Por supuesto…, estoy de camino.
Colgué el teléfono. Colgué y le di un puñetazo al volante. Algunas cosas no estaban destinadas a ocurrir.
Cuando llegué al hospital, Leah se había despertado y preguntaba por mí. Entré en su habitación y el corazón se me detuvo. Estaba tumbada, apoyada sobre unas almohadas, con el pelo hecho un nido de ratas y la piel tan pálida que casi parecía translúcida. Tenía los ojos cerrados, así que tuve un momento para tranquilizar mi expresión antes de que me viera.
Abrió los ojos cuando di unos pasos dentro de la habitación. En cuanto me vio, comenzó a llorar. Yo me senté en el borde de la cama y ella se aferró a mí, sollozaba con tanta pasión que podía sentir las lágrimas, que me
empapaban la camiseta. La abracé de ese modo durante un largo rato. Me gustaría decir que estaba sumido en profundos pensamientos durante esos minutos, pero no fue así. Estaba entumecido, distraído. Algo me estaba agitando, y no era capaz de señalar qué era exactamente. «Hace frío aquí dentro», me dije.
—Leah —dije al fin, la aparté de mi pecho y la dejé de nuevo sobre las almohadas—. ¿Por qué?
Su cara estaba pegajosa y rojiza. Tenía unas medias lunas oscuras alrededor de los ojos. Apartó la mirada.
—Porque me abandonaste.
Tres palabras. Entonces lo sentí: tanta culpa que apenas era capaz de tragar.
Era cierto.
—Leah —dije—. No soy bueno para ti. Yo…
Ella me interrumpió, y lanzó mi comentario al frígido aire del hospital. —Caleb, por favor, vuelve a casa. Estoy embarazada.
Cerré los ojos. «¡No!»
«¡No!» «No…»
—¿Te tragaste un frasco de pastillas para dormir y trataste de mataros a ti y a mi bebé?
Ella se negaba a mirarme.
—Pensaba que me habías abandonado. No quería seguir viviendo. Por favor, Caleb…, fue una estupidez muy grande. Lo siento.
Ni siquiera era capaz de nombrar la emoción que sentía. Estaba a medio camino entre querer abandonarla para siempre y querer permanecer junto a ella para proteger a ese bebé.
—No puedo perdonarte por eso —le dije—. Tienes la responsabilidad de proteger algo a lo que le has dado vida. Podrías haber hablado conmigo sobre ello. Siempre voy a estar aquí para ayudarte.
Vi que volvía algo de color a sus mejillas.
—Te refieres a… ¿ayudarme mientras estemos divorciados?
Bajó la cabeza y levantó la mirada hasta mí. Me pareció ver algo de fuego en sus iris.
No le dije nada; nos quedamos atrapados en un concurso de miradas. Eso era exactamente a lo que me refería.
—Si no te quedas conmigo, no voy a quedarme a este bebé. No tengo ninguna intención de ser una madre soltera.
—No puedes decirlo en serio.
Jamás se me habría ocurrido que pudiera amenazarme con algo así. Parecía caer muy bajo para ella. Abrí la boca para amenazarla, para decir algo de lo que probablemente me arrepintiera, pero entonces oí unos pasos. Eran el tipo de pasos rápidos que decían «doctor».
—Me gustaría tener algo de privacidad para hablar con el doctor sobre mis opciones —dijo en voz baja.
—Leah…
Ella levantó la cabeza de golpe. —Márchate.
Levanté la mirada desde ella hasta el que suponía que era el doctor Letche. La cara de Leah se había vuelto pálida otra vez; toda la furia había desaparecido. Antes de que el doctor pudiera decir nada, ella le anunció que yo me marchaba.
Me detuve en el umbral de la puerta y, sin darme la vuelta, dije: —Está bien, Leah. Lo haremos juntos.