Regresamos al hotel y nos preparamos para la cena. Olivia se da una ducha primero y después se maquilla y se arregla el pelo mientras yo me ducho. Hasta el momento no nos hemos besado. El único contacto que hemos tenido fue antes, cuando nos tomamos las manos. Espero en el balcón mientras se viste. Cuando sale para decirme que ya está preparada, se me quedan los ojos vidriosos.
—Me estás mirando —dice. —Sí…
—Me haces sentir extraña.
—Y tú me pones cachondo. —Ella se queda boquiabierta—. ¡Es lo que hay, Reina! Llevas puesto un vestido negro y ajustado, y eso me hace recordar lo bien que me siento al estar dentro de ti.
Su expresión parece incluso más sobresaltada que hace un segundo. Se da la vuelta para alejarse, pero yo la sujeto y la acerco a mi cuerpo.
—Llevas este vestido simplemente porque a ti te gusta —continúo—. No te vistes para hacer que los hombres te miren; odias a los hombres. Pero lo de tu cuerpo es ridículo, así que ocurre de todos modos. Caminas y tus caderas se balancean de un lado a otro, pero no caminas para conseguir atención, es
solo tu forma de moverte…, y todos te miran. Todo el mundo. Y cuando escuchas hablar a la gente, de forma inconsciente te muerdes el labio inferior y después dejas que tus dientes se deslicen sobre él. Y cuando pides vino en la cena, juegas con el tallo de la copa. Pasas los dedos de arriba abajo. Eres sexo, y tú ni siquiera lo sabes, lo cual te hace todavía más sexy. Así que, si pienso cosas sucias, perdóname. Es solo que me tienes tan hechizado como a todos los demás.
Respira con fuerza cuando asiente con la cabeza. Entonces la suelto y la conduzco fuera de la habitación, hasta nuestra camioneta.
No ha perdido su admiración infantil. Cuando ve algo que nunca se ha cruzado por sus ojos anteriormente, se queda fascinada, con los labios entreabiertos y los ojos muy abiertos.
Entramos en el gran recibidor de un restaurante con los meñiques unidos, y entonces Olivia se queda muda. A nuestra izquierda se encuentra el puesto de la recepcionista y frente a nosotros la habitación se abre a dos plantas de paredes rojas decoradas con espejos bañados en oro. Es un espacioso receptáculo que da a las puertas del restaurante, que conducen en direcciones diferentes, y su cabeza gira a su alrededor para absorberlo todo. Las bombillas que utilizan para iluminar la habitación son rojas y todo brilla con una luminiscencia rojiza. La habitación me recuerda a vieja escuela y a sexo.
—Drake —le digo a la rubia alta que se encuentra detrás de la recepción. Ella sonríe, asiente con la cabeza y se pone a buscar mi reserva. Olivia me ha soltado el meñique para agarrarme la mano completa. Me pregunto si se sentirá asustada, o tal vez intimidada.
Me agacho hasta su oreja. —¿Estás bien, amor? Ella asiente con la cabeza.
Me quedo con la boca abierta. Mi pequeña mojigata ha estado expandiendo sus horizontes de lectura. Me atraganto con mi risa y un par de personas se giran para mirarnos. La miro entrecerrando los ojos.
—¿Has leído Cincuenta sombras de Grey? —le pregunto en voz baja, y ella se ruboriza. ¡Increíble…! Esta mujer es capaz de ruborizarse.
—Todo el mundo lo estaba leyendo —responde a la defensiva. Después, levanta la mirada hacia mí, con los ojos muy abiertos—. ¿Y tú?
—Quería ver a qué venía tanto alboroto.
Ella pestañea rápidamente unas cuantas veces seguidas.
—¿Has aprendido alguna técnica nueva? —me pregunta sin mirarme. Yo le aprieto la mano.
—¿Te gustaría que lo intentara y así lo compruebas tú misma?
Ella aparta la mirada y aprieta los labios con fuerza, terriblemente avergonzada.
—Caleb Drake —dice la recepcionista, interrumpiendo nuestros susurros —. Por aquí, por favor.
Miro a Olivia, que levanta las cejas, y después seguimos a la recepcionista a través de una puerta en la parte trasera de la sala. Nos conduce por una serie de pasillos tenuemente iluminados hasta que entramos en otra habitación decadentemente roja: sillas rojas, paredes rojas, alfombra roja. Afortunadamente, los manteles son blancos, lo que rompe la continuidad del color. Olivia toma asiento y yo la imito.
El camarero se acerca a nuestra mesa unos momentos más tarde. Observo la cara de Olivia mientras él le muestra una carta de vinos del tamaño de un diccionario. Tras unos pocos segundos se queda abrumada, así que tomo la palabra.
Olivia examina la carta y me doy cuenta de que está tratando de encontrar el precio. El camarero asiente con la cabeza hacia mí con aprobación.
—Una elección poco habitual —señala—. Envejecido durante un mínimo de dos años, el Bertani viene de Italia. Las uvas se cultivan en tierra compuesta de caliza volcánica. Después se secan hasta convertirse en pasas, lo cual da como resultado un vino seco y con un contenido en alcohol más alto que la mayoría.
Cuando se aleja de nuestra mesa, le dirijo una sonrisa a Olivia.
—Ya me he acostado contigo, no hacía falta que pidieras el vino más caro de la carta para impresionarme.
Mi sonrisa se ensancha.
—Reina, el vino más caro de esta carta tiene seis dígitos. He pedido el que me gusta. —Ella se muerde el labio superior y parece hundirse en su asiento —. ¿Qué te pasa?
—Siempre he querido hacer esto…, venir a restaurantes que crían sus propias vacas e hipotecan botellas de vino. Pero me hace sentir insegura…, me recuerda que en realidad tan solo soy basura blanca y pobre con un buen trabajo.
Llevo la mano hasta la suya.
—Salvo por tu boca notablemente sucia, eres la mujer con más clase que he conocido jamás.
Ella me dirige una débil sonrisa, como si no me creyera. Pero no pasa nada. Me pasaré el resto de la eternidad convenciéndola de su valor.
Le pido un New York Strip. Normalmente solo come solomillo, porque es lo que piensa que debería hacer.
—No es tan tierno, pero tiene más sabor. Es como la versión de ti en bistec —le digo.
—Porque veo el mundo en distintos tonos de Olivia. Los estoy comparando contigo, no a ti con ellos.
—Madre mía —dice, y da un sorbo a su vino—. Sí que te ha dado fuerte. Comienzo a cantar una versión de You Got it Bad, de Usher, y ella me hace «shhh» para que me calle y mira a su alrededor, avergonzada.
—Nunca deberías cantar —replica con una sonrisa—, pero a lo mejor si tradujeras la letra al francés…
—Quand vous dites que vous les aimez, et vous savez vraiment tout ce qui sert à la matière n’ont pas d’importance pas plus.
Suelta un suspiro.
—Todo suena mejor en francés…, puede que incluso tú cantando. Me río y juego con sus dedos.
La comida no tiene igual en todo el estado de Florida. Olivia admite a regañadientes que el New York Strip es mejor que el solomillo. Cuando terminamos nuestra comida, nos hacen una visita guiada por la cocina y la bodega, una costumbre habitual de Bern’s.
Nuestro guía de la visita se detiene enfrente de una jaula con candado, detrás de la cual hay lo que parece una biblioteca de botellas de vino. Olivia abre mucho los ojos cuando el guía nos muestra una botella de oporto que vale doscientos cincuenta dólares por onza.
—Es una delicia en la boca —dice el hombre de forma cómica.
Levanto las cejas. Me encuentro detrás de Olivia, así que le rodeo la cintura con los brazos y hablo contra su pelo.
—¿Quieres probar un poco, Reina? Una delicia en la boca…
Ella niega con la cabeza, pero yo asiento en dirección a nuestro guía. —Envíelo a la Sala del Postre —le digo.
Ella me mira fijamente, confusa. —¿La qué?
—Nuestra experiencia en Bern’s no ha terminado todavía. Hay una parte separada del restaurante solo para el postre.
Nos hacen subir un tramo de escalera hasta otra zona tenuemente iluminada del restaurante. La Sala del Postre es como un laberinto; no estoy seguro de que fuéramos capaces de encontrar el camino de salida sin ayuda. Nos hacen pasar junto a una docena de esferas de cristal privadas tras las cuales hay una mesa individual. Cada grupo de comensales tiene su propia burbuja privada para comerse el postre. Nuestra mesa se encuentra en la parte trasera del restaurante, y ya está preparada para dos personas. Es un ambiente extraño y romántico. Olivia se ha tomado dos copas de vino y está relajada y sonriente. Cuando nos dejan a solas, se gira hacia mí y dice algo que hace que me atragante con el agua.
—¿Crees que podríamos tener sexo aquí dentro?
Dejo la copa otra vez sobre la mesa y pestañeo con lentitud. —Estás borracha, ¿verdad?
—Hace mucho tiempo que no tomo vino —admite—. Me siento un poco despreocupada.
—¿Tan despreocupada como para practicar sexo en público? —Te deseo.
Soy un hombre adulto, pero el corazón se me para durante un instante. —No —replico con firmeza—. Este es mi restaurante favorito. No voy a dejar que me echen de aquí porque no seas capaz de esperar una hora.
—No puedo esperar una hora —dice con voz entrecortada—. Por favor. — Aprieto los dientes—. Solo haces eso cuando estás enfadado —añade mientras señala mi mandíbula—. ¿Estás enfadado?
—Sí.
—¿Por qué?
Ella se inclina hacia delante y sus pechos quedan apretados contra la mesa. —¿Más que las ganas que tienes de mí?
Me levanto y le tomo la mano para ponerla en pie. —¿Puedes aguantar hasta el coche?
Ella asiente con la cabeza. Mientras doblamos la esquina, regresa el camarero con nuestro oporto de doscientos cincuenta dólares por onza. Se lo tomo de entre las manos y se lo paso a Olivia, que toma un trago. El camarero se encoge un poco y yo suelto una risa semejante a un ladrido y le entrego mi tarjeta de crédito.
—Date prisa —le digo. Él se apresura a marcharse y yo pongo a Olivia contra la pared para besarla—. ¿Ha sido una delicia en tu boca?
—Ha estado bien —replica—. Tengo muchas ganas de meterme otra cosa en la boca…
—Dios.
La beso para poder saborear el vino. Cuando me doy la vuelta, el camarero ha vuelto con mi tarjeta. Me apresuro a firmar el ticket y saco a Olivia del restaurante.
Después de unos intensos y memorables quince minutos en el asiento trasero del coche, en el aparcamiento de una farmacia, conducimos hasta una heladería y nos comemos nuestros cucuruchos fuera, al calor.
—Ni se acerca a los de Jaxson’s —comenta mientras se lame la muñeca donde le está goteando el helado. Sonrío mientras observo el tráfico en la calle—. ¿Crees que alguna vez nos vamos a hartar de hacer eso?
Intercambiamos nuestros cucuruchos y la observo a través de mi abotargamiento. Ella ha pedido un helado de cereza y yo uno con crema de cacahuete. La observo mientras se lo come. Tiene el aspecto de después del sexo, con la piel enrojecida y el pelo revuelto. Estoy cansado, pero no me costaría mucho hacer otra ronda.
—Lo dudo muchísimo, Reina. —¿Por qué?
—La adicción —respondo simplemente—. Puede durar una vida entera si no tiene tratamiento.
—¿Y cuál es el tratamiento?
—La verdad es que no me importa.
—A mí tampoco —contesta mientras lanza el resto de mi cucurucho a la basura y se limpia las manos en el vestido—. Vamos. Tenemos un jacuzzi en nuestra habitación del hotel.