• No results found

Mutlicloud Resource Allocation and the Challenges

La tenía en mis manos. No la estaba agarrando con fuerza, pero por fin la tenía. Caímos en una relación con facilidad, y la rutina diaria era sencilla y ligera. Jugábamos, nos besábamos y hablábamos durante horas sobre cosas que importaban y cosas que no. Yo nunca era capaz de predecir lo que iba a decir a continuación. Y eso me gustaba. Era demasiado diferente a todas las chicas que conocía. Ni siquiera Jessica, que era la persona de la que había estado más cerca de enamorarme, me había provocado jamás los sentimientos que me provocaba Olivia.

Hubo un día en particular en el que estuvimos hablando sobre cuántos hijos queríamos… o a lo mejor era yo quien hablaba de ello. Olivia siempre rehuía del futuro.

—Cinco…, quiero cinco hijos.

Ella levantó una ceja y arrugó la nariz.

—Esos son muchos hijos. ¿Qué pasa si tu mujer no quiere tener tantos? Habíamos ido en coche a la playa y estábamos tumbados sobre una manta fingiendo mirar las estrellas, pero sobre todo nos estábamos mirando el uno al otro.

Ella comenzó a pestañear con rapidez, como si se le hubiera metido algo en el ojo.

—Yo no quiero tener hijos —me aseguró mientras apartaba la mirada. —Sí que quieres.

Odiaba cuando le hacía eso, decirle que se equivocaba sobre sus propios pensamientos.

Me incorporé apoyándome sobre los codos y miré al agua para evitar la mirada envenenada que me estaba lanzando.

—No vas a cagarla con ellos —le aseguré—. Tú no vas a ser como tu padre, y tampoco vas a acabar siendo como tu madre porque yo no pienso dejarte nunca.

—Entonces, me moriré de cáncer.

—No, no lo harás. Te haremos pruebas con frecuencia. —¿Cómo coño sabes siempre lo que estoy pensando?

Miré hacia ella. Estaba sentada con las rodillas contra el pecho y la barbilla descansando sobre ellas. Tenía el pelo recogido por encima de la cabeza, con un moño grande que casi resultaba cómico. Quería deshacérselo y dejar que el pelo volviera a caer, pero estaba tan mona así que no hice nada.

—Te veo incluso cuando piensas que no te estoy mirando. Probablemente esté más obsesionado contigo de lo que es sano.

Ella trató de tragarse su sonrisa, pero vi cómo le tiraba de las comisuras de los labios. La derribé para hacerla caer boca arriba y ella soltó una risita tonta. Rara vez se reía de esa manera…, lo más probable es que pudiera contar con las dos manos las veces que había oído ese sonido.

—Nunca cedes ni un centímetro. Por eso me gustas, Olivia sin segundo nombre Kaspen. Haces que tenga que trabajármelo para conseguir cada sonrisa que me dedicas, cada risita tonta que sueltas…

—Yo no suelto risitas tontas. —¿En serio?

Llevé los dedos hasta sus costillas para hacerle cosquillas. Sus risitas eran tan fuertes que yo también comencé a reír.

Cuando se tranquilizó, se quedó tumbada con la cabeza sobre mi pecho. Sus siguientes palabras me tomaron por sorpresa. Me quedé ahí tumbado, tan inmóvil como era capaz, sin respirar apenas, temeroso de que si me movía dejara de hablar con el corazón.

—Mi madre quería tener seis hijos. Solo me tuvo a mí, lo cual era un asco para ella, porque yo era muy rarita.

—No lo eras —repliqué.

Ella retorció la cabeza hacia arriba para mirarme.

—Solía perfilarme los labios con lápiz de ojos negro y sentarme con las piernas cruzadas en la mesa de la cocina… para meditar.

—No está tan mal —dije—. Gritabas en busca de atención.

—Vale, cuando tenía doce años comencé a escribir cartas a mi madre biológica porque quería que me adoptara.

Negué con la cabeza.

—Tu infancia era un asco, querías una nueva realidad. Ella resopló por la nariz.

—Pensaba que una sirena vivía en el desagüe de mi ducha, y solía llamarla Sarah y hablar con ella.

—Una imaginación activa —contraataqué. Se estaba volviendo más insistente y meneaba su cuerpecito entre mis brazos.

—Solía hacer papel con pelusa de secadora. —Qué friki.

—Quería ser una con la naturaleza, así que empecé a hervir hierba y a bebérmela con un poco de tierra en vez de azúcar.

Hice una pausa.

—Vale, eso sí que es raro.

—¡Gracias! —dijo. Después, se puso seria otra vez—. Pero mi madre no hacía más que quererme a pesar de todo.

Tensé los brazos alrededor de ella. Tenía miedo de que el viento, el agua…, de que la vida se la llevara lejos de mí. No quería que se me escapara volando.

—Cuando estuvo en el hospital hacia el final, sufría mucho, pero lo único que hacía era preocuparse por mí. —Hizo una pausa y se rio un poco—. No tenía pelo. Su cabeza parecía un huevo brillante y siempre estaba fría. Intenté hacerle un gorro de punto, pero me quedó fatal y lleno de agujeros, aunque, por supuesto, ella se lo puso de todos modos.

Podía oír sus lágrimas. Me dolía el corazón como si lo tuviera dentro del puño.

—Siempre me preguntaba si tenía hambre, si estaba cansada, si estaba triste. —Se le rompió la voz. Le pasé la mano por la espalda para tratar de reconfortarla, aunque sabía que no podía hacerlo—. Me habría cambiado por ella.

Su sollozo me desgarró por dentro, sacándolo todo fuera. La senté encima de mí y la abracé sobre mi regazo mientas lloraba.

Su dolor era tan afilado que no podías tocarla sin que también te atravesara a ti. Quería envolverla por completo y absorber el resto de golpes que pudiera darle la vida.

Ese fue el momento exacto en que mi corazón se entrelazó con el suyo. Fue como si alguien hubiera utilizado una aguja de coser para unir mi alma con la suya. ¿Cómo podía una mujer ser tan afilada y tan vulnerable al mismo tiempo? Cualquier cosa que le pasara me pasaría también a mí. Cualquier dolor que sintiera yo también lo sentía. Y quería sentirlo; esa era la parte

sorprendente. El egoísta y egocéntrico Caleb Drake quería tanto a una chica que ya podía sentir cómo estaba cambiando para acomodar las necesidades que ella tenía.

Me enamoré. Con fuerza.

Para el resto de mi vida, y probablemente también la siguiente.

La deseaba, hasta el último milímetro de su corazón tozudo, combativo y rencoroso.

* * *

Unos cuantos meses después de eso, le dije por primera vez que la quería. Ya hacía un tiempo que la quería, pero sabía que todavía no estaba preparada para escucharlo. En el momento en que las palabras salieron de mi boca, pareció que quisiera volver a meterlas dentro. Se le dilataron los orificios nasales y su piel se ruborizó. Ella no podía decirme lo mismo. Me sentía decepcionado, aunque no sorprendido. Ya sabía que me quería, pero necesitaba oírlo. Cuanto más me rechazaba, con más agresividad luchaba yo por derribar sus muros. A veces iba demasiado lejos…, como cuando fuimos de camping. Trataba de demostrarle que no era tan independiente como pensaba. Quería mostrarle que no pasaba nada por ser vulnerable y por desearme. Para alguien como Olivia, el sexo estaba directamente atado a sus emociones. Trataba de fingir que el sexo no era importante para ella, que podía tener una relación sana sin él. Pero su cuerpo era su as en la manga. Cuanto más tiempo se resistía sin sexo, más tiempo se aferraba a su poder.

Cuando entré en esa tienda, estaba decidido a arrebatarle ese poder. —Eres la dueña de tu propio cuerpo, ¿verdad?

Ella levantó la barbilla con actitud desafiante. —Sí.

Podía ver la inseguridad en sus ojos mientras me movía hacia ella. Si quería jugar conmigo, yo iba a jugar con más ahínco aún. Se encontraba fuera de su liga. Durante el último año, había tenido que enfrentarme a cada deseo, a cada necesidad que sentía. Lo único que quería eran dos palabras. Dos palabras que no quería darme, y ahora me lo iba a pagar.

Trató de alejarse de allí, pero le sujeté la muñeca y la atraje hacia mí.

El autocontrol al que me había aferrado durante un año pendía precariamente de un hilo. Dejé que se balanceara durante un minuto antes de cortar el hilo y besarla. La besé como habría besado a una chica con experiencia. La besé como la había besado aquella primera vez, en la piscina, antes de saber que estaba tan rota. Respondió mejor de lo que pensaba; era casi como si hubiera estado esperando a que la besara de ese modo. Trató de apartarme un par de veces, pero tan solo lo intentó a medias. E, incluso entonces, nunca dejó de besarme.

Su mente estaba en guerra consigo misma, así que decidí ayudarla un poco. Me aparté de ella, agarré su delgada camiseta y se la rasgué por la costura desde el cuello. Se rompió como si fuera papel. Ella se quedó con la boca abierta mientras yo le quitaba el tejido restante de los brazos y lo tiraba a un lado. La acerqué a mí otra vez y la besé mientras mis dedos encontraban el cierre de su sujetador y lo abrían. Ahora estaba contra mí, piel contra piel. Le bajé los pantalones y ella gimoteó contra mi boca, como si fuera lo mejor y lo peor que le hubiera hecho jamás.

Jadeaba contra mi boca y, Dios, eso me ponía demasiado. Bajé el ritmo un poco. Quería tomarme mi tiempo besando todos los lugares que siempre había querido besar y nunca había podido: el espacio entre sus pechos, el interior de sus muslos, las líneas en la parte baja de su espalda.

Tenía un punto dulce por encima de la clavícula, donde su cuello se curvaba. La escuché tomar aire con satisfacción y comencé a bajar desde allí.

Acababa de llegar hasta sus pezones perfectos cuando ella se inclinó hacia mí, como si su lujuria fuera demasiado fuerte y no fuera capaz de mantenerse en pie. La dejé en el suelo y descendí hasta colocarme encima de ella. Succioné sus pezones y dejé que mi mano subiera deslizándose por la parte interior de su muslo. Llevaba unas braguitas de encaje negro que destacaban contra su piel cremosa. Mi mano se detuvo cuando alcanzó la unión entre sus muslos. Quería que lo deseara. Dejé que mi pulgar acariciara el encaje y ella dio una sacudida por debajo de mí. Me pregunté si alguien más la habría tocado alguna vez en esa zona. Me estaba costando demasiado trabajo controlarme. Respiré contra su pelo, que olía a ropa recién lavada.

—¿Sigues teniendo el control? —le pregunté, y ella asintió con la cabeza. Podía sentir que estaba temblando, y quería decirle que era una mentirosa—. Párame —la reté—. Si tienes el control, entonces párame.

Le terminé de quitar los pantalones, que seguían enredados entre sus tobillos. Ella me miró con ojos vidriosos, como si pararme fuera lo último que quisiera hacer.

Entonces me recuperé. Mi juego se estaba volviendo tóxico. Respiré con fuerza a través de la nariz. Podía tomarla en ese momento, y ella me lo permitiría. Pero eso no sería justo. La estaba manipulando. Estaría enfadada conmigo después; se encerraría en sí misma y la perdería. Tan solo necesitaba que reconociera mi poder.

—¿De quién eres?

Ella se lamió los labios. Tenía las manos clavadas en mis brazos, y podía sentir una ligera presión mientras me empujaba hacia ella. Me lo estaba pidiendo en silencio, pero me contuve; ella me había enseñado cómo hacerlo. Negó con la cabeza, sin comprender.

Le puse una mano sobre el pecho. Podía sentir su corazón…, que latía con fuerza por mí.

«La deseo. La deseo. La deseo. Por favor, Olivia. Por favor, déjame tenerte…»

—¿De quién eres? —repetí.

Sus ojos se humedecieron. Lo comprendía. Su cuerpo se aflojó. —Tuya —dijo en voz baja.

Su vulnerabilidad, su cuerpo, su pelo…, todo me estaba poniendo cachondo. Nunca en la vida había deseado a una mujer más de lo que la deseaba a ella.

Eché la cabeza hacia atrás, cerré los ojos y me quité de encima de ella. «No la mires. Como vuelvas a mirarla, vas a acabar dentro de ella.» —Gracias.

Y después me marché lo más deprisa que pude para darme una ducha fría, muy fría.

Capítulo siete