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Suena mi teléfono móvil, así que entreabro uno de los ojos. No se filtra ni un poco de luz a través de la persiana, lo cual significa que o bien es tarde de cojones o bien temprano de cojones para que nadie me llame. Presiono el botón de responder y me aplasto el teléfono contra la oreja.

—‘la. —¿Caleb?

Me siento en la cama y echo un vistazo hacia Jessica para ver si la he despertado. Está durmiendo boca abajo, con la cara oculta por el pelo.

—¿Sí?

Me froto un ojo y subo las rodillas hasta el pecho. —Soy yo.

Tardo unos pocos latidos en darme cuenta de quién es «yo».

Echo un vistazo al reloj y veo que son las 4:49. Paso las piernas por el lateral de la cama mientras sujeto el teléfono entre el hombro y la oreja. Antes de que pueda decir otra palabra, ya me he puesto los pantalones y estoy alcanzando los zapatos.

—Caleb, lo siento… No sabía a quién llamar. —No digas que lo sientes, tan solo dime qué pasa.

—Es Dobson —contesta. Sus palabras suenan confusas y apresuradas—. Lleva un año mandándome cartas. Anoche se escapó de Selbet, y la policía piensa que está viniendo hacia aquí.

Me separo del teléfono para ponerme una camiseta.

—¿Dónde está Noah? —Hay silencio al otro lado de la línea, lo que me hace pensar que ha colgado el teléfono—. ¿Olivia?

—No está aquí.

—De acuerdo —le digo—. De acuerdo. Llegaré en treinta minutos. Despierto a Jessica para contarle adónde voy.

—¿Quieres que vaya contigo? —me pregunta, apenas abriendo los ojos. —No, no te preocupes.

Le doy un beso en la sien y ella se derrumba otra vez sobre la almohada, con alivio. Puedo oler la sal en el aire cuando salgo del ascensor y entro en el garaje. Siempre se huele mejor el océano durante las primeras horas de la mañana, cuando los tubos de escape de los coches y la contaminación de la población humana en general todavía no han empezado la jornada laboral.

Tardo treinta minutos en llegar a Sunny Isles Beach, donde su apartamento se eleva por encima de todos los demás, con un lado que da a la ciudad y el otro al océano. Es el único edificio residencial que tiene cristal reflectante en el exterior. Cuando entro en el vestíbulo, el vigilante nocturno me examina como si estuviera tratando de decidir si mi nombre es Dobson y acabo de escaparme del manicomio.

—La señora Kaspen nos ha dado órdenes estrictas de que no permitamos subir a nadie —me dice.

—Llámala —replico, y señalo el teléfono. Justo entonces, oigo su voz detrás de mí. —No pasa nada, Nick.

Me doy la vuelta y la veo caminando en mi dirección. Va vestida con pantalones blancos de yoga y una sudadera a juego. Lleva la capucha puesta, pero algunos mechones de pelo se han escapado y enmarcan su cara llena de ansiedad. Hago lo que me sale de forma natural: cruzo el vestíbulo en dos zancadas hasta donde está y la abrazo con fuerza. Ella entierra la cara en mi pecho de forma que apenas puede respirar y engancha los brazos hacia arriba en lugar de a mi alrededor. Así es como siempre nos hemos abrazado. Ella lo llamaba «el gancho». En la universidad, siempre me decía «hazme un gancho, Caleb». La gente nos miraba como si yo estuviera a punto de pegarle un puñetazo.

—¿Tienes miedo? —digo contra la parte superior de su cabeza. Ella asiente con la cabeza contra mi pecho.

—Esto es lo que me merezco, joder.

Su voz suena amortiguada, así que le levanto la barbilla. Su boca se encuentra a solo unos pocos centímetros de la mía. Recuerdo lo suaves que son sus labios, y tengo que enfrentarme a la necesidad de saborearla. Lo cual me lleva a la siguiente pregunta más importante.

—¿Dónde está tu marido, Olivia?

Parece tan triste que casi me arrepiento de preguntárselo. —No me preguntes eso esta noche, ¿vale?

—Vale —respondo mientras la miro a los ojos—. ¿Quieres ir a dezayunar algo?

Sus labios se curvan en una sonrisa al oír cómo he pronunciado la palabra «dezayunar». Siempre lo decíamos así.

«Lo decíamos.» «Los dos.»

Mira con nerviosismo hacia la entrada del edificio.

Le dirijo una sonrisita.

—Eso está bien. —Asiente con la cabeza—. Porque, como me encuentre, voy a tener la hostia de problemas.

Me río ante su ironía y la conduzco hasta la puerta. Allí nos encontramos de frente con Cammie.

—¡Qué cojones! —dice, y lanza las manos al aire—. No sabía que esto fuera el reencuentro retorcido de vuestra relación.

Olivia se cubre los ojos. —No me juzgues.

Cammie me da una palmada en el culo y después abraza a Olivia. —Te dije que venía ya mismo, no hacía falta que lo llamaras.

—Lo llamé primero a él —le explica—. Me hace sentir más segura que tú. —Es por su pene enorme, ¿verdad? Podría aporrear a Dobson con él y después…

—Vayamos en mi coche —digo mientras abro la puerta. Cammie se sube detrás de mí y se estira en el asiento trasero—. Hola, Cammie.

Ella me dirige una sonrisa y yo niego con la cabeza. La mejor amiga de Olivia es lo más opuesto a ella. Cuando estaban las dos juntas, siempre eran algo extraño de contemplar. Era como ver una tormenta sin que hubiera ni una sola nube en el cielo. Podían estar peleando en un minuto y al siguiente abrazarse con desesperación.

—Es para vernos —dice Cammie—. Los tres juntos otra vez, como si no hubieran pasado ocho putos años de mentiras y mierda.

Le echo un vistazo a través del retrovisor. —¿Estás cabreada?

—No, no…, estoy bien. ¿Tú estás bien? Yo estoy bien.

Le echo un vistazo a Olivia, que también está mirando por la ventana, demasiado distraída para prestar atención.

—¿Podríamos no pelearnos esta noche, Cam? —dice sin mucho entusiasmo—. Está aquí porque yo le he pedido que esté.

Frunzo el ceño. Soy lo bastante consciente como para saber que no debo preguntar qué es lo que está pasando entre las dos, porque podría acabar en un concurso de gritos. Entro en el aparcamiento de la Casa de los Gofres. Olivia observa mi mano mientras cambio la marcha.

—En fin, ¿le has contado lo de Noah, O?

—Cierra el pico, Cammie —le espeta ella. La miro por el rabillo del ojo y siento cómo aumenta mi curiosidad.

—¿Contarme qué?

Olivia se gira de repente en su asiento y señala a Cammie con un dedo. —Te voy a destruir.

—¿Por qué ibas a hacer eso cuando se te da tan bien destruirte a ti misma? Abro la puerta.

—Gofres. Mmmm. —Se intercambian unos cuantos comentarios maliciosos más hasta que las atajo—. Nadie va a decir ni una palabra más hasta que hayáis comido cinco bocados cada una.

Cuando tenían veinte años, comenzaban a pelear en cuanto les bajaba el azúcar en sangre, y diez años después la cosa no había cambiado demasiado. Si no están bien alimentadas, son capaces de acabar contigo. Como los gremlins.

Las dos tienen mala cara, pero son obedientes hasta que la camarera nos trae nuestra comida. Comienzo con mi tortilla y las observo mientras se les pasa el mal humor poco a poco. En tan solo unos minutos ya están riendo y tomando trozos de la comida de la otra.

Ella deja el tenedor sobre la mesa y se limpia la boca.

—Después de que ganara el caso, él estaba convencido de que lo había hecho porque estaba enamorada de él y teníamos que estar juntos. Así que supongo que se ha escapado y viene a buscar a su esposa.

—Parece que te pasa mucho últimamente —dice Cammie con la boca llena de gofre—. Tus antiguos clientes se obsesionan contigo y se vuelven autodestructivos. —Se lame el sirope de la punta de los dedos y me mira de forma intencionada. Yo le doy una patada por debajo de la mesa—. ¡Au!

Olivia apoya la barbilla sobre las manos.

—¿No te gustaría que Dobson estuviera enamorado de Leah mejor?

Intento no reírme…, de verdad que lo hago. Pero esas ocurrencias suyas…, es que es tan…

Cammie me lanza una mirada envenenada. —Deja de mirarla de ese modo.

No respondo, porque sé exactamente de qué está hablando. Le guiño un ojo a Olivia. Mi exmujer me había acusado de hacer lo mismo. Cuando la miro, parece que no soy capaz de apartar la mirada de ella. Ha sido así desde ese primer día en que la vi debajo del árbol. Cualquier otra belleza desde entonces me ha recordado a ella. Sin importar lo que sea, es todo simplemente un reflejo de Olivia. Esa brujilla me tiene hechizado.

Capto la mirada de Olivia y nos quedamos así durante unos buenos seis segundos, compartiendo una mirada tan íntima que me duele el estómago cuando apartamos los ojos. Veo cómo se mueve su garganta mientras trata de tragarse las emociones. Sé qué es lo que está pensando.

«¿Por qué?»

Pienso eso mismo todos los días.

Cuando terminamos, pago la cuenta y volvemos a subir a mi coche. Sin embargo, las chicas no quieren volver a casa de Olivia.

—Caleb, ese tío podría aplastarte —me asegura Cammie—. Lo he visto en persona. No te ofendas, pero no creo que pudieras con él. Te. Va. A. Aplastar.

Olivia tiene la cabeza entre las rodillas. No quiere bromear sobre algo tan serio, pero es difícil cuando Cammie y yo nos lo tomamos todo a broma. Veo que su espalda tiembla con una risa silenciosa. Me acerco a ella y le doy un tirón del sujetador.

—¿Tú también, Reina? ¿No crees que sería capaz de encargarme de Dobbie?

—Dobbie torturaba animales pequeños cuando aprendió a caminar. Una vez lo vi arrancarle la cabeza a un ratón y comérsela.

Hago una mueca. —¿De verdad?

—No. Pero se come la carne muy poco hecha. Suelto una risita.

—¿Es verdad lo que decían sobre su madre? ¿Que acosaba a todos esos niños de la iglesia?

Olivia se quita una pelusa del pantalón y se encoge de hombros.

—Eso parece, así que sí. Habló muchas veces sobre las cosas que le hacía su madre. Tiene sentido que tenga esa… necesidad de, eh…, forzar a las mujeres a que lo amen, después de tener una madre así.

—Joder —dice Cammie desde el asiento trasero—. Y yo que pensaba que era tener problemas con tu padre lo que te dejaba jodido.

—¿Alguna vez fue agresivo contigo? —le pregunto, y le echo un vistazo por el rabillo del ojo.

—No, no; era muy tranquilo. Casi un caballero. Las chicas me dijeron que les pedía permiso antes de violarlas. Es enfermizo, ¿verdad? Deja que te viole…, primero te lo pegunto y, si me dices que no, te mato, pero te lo

pregunto de todos modos. —Baja la comisura de la boca y niega con la cabeza—. La gente está muy jodida. Todos lo estamos. No hacemos más que hacernos daño.

—Algunos un poco más que otros, ¿no te parece? Por ejemplo, nuestro buen amigo Dobson podría haberse convertido en defensor de los niños que han sufrido abusos en lugar de convertirse en un violador en serie.

—Sí —responde—. Su mente estaba destrozada. No todas las víctimas de abusos tienen la fuerza de superar cosas como las que él pasó y salir con el cerebro de una sola pieza. —«La amo. Joder, la amo muchísimo»—. ¿Podemos no volver a mi casa? —me pide—. Me siento extraña cuando estoy ahí.

—¿Y si vamos a casa de Cammie? —sugiero. Pero ella niega con la cabeza.

—Estoy viviendo en casa de mi novio hasta que cierre el acuerdo de mi nueva casa, y Olivia lo odia.

Echo un vistazo a mi reloj. Jessica estará en mi casa hasta que se marche a trabajar dentro de unas horas. Solo se queda en casa un par de noches por semana, pero, aun así, no me hace mucha gracia la idea de llevar a Olivia a un lugar donde he tenido sexo con otras mujeres.

—Podríamos buscar un hotel —propongo—. Escondernos ahí hasta que lo atrapen.

Olivia niega con la cabeza.

—No, vete a saber cuánto van a tardar en encontrarlo. Llévame a casa y ya está, no pasa nada.

Puedo ver el miedo en su rostro y quiero preguntarle otra vez dónde está Noah.

—Tengo una idea —digo. Me presionan para que hable, pero me niego a contarles lo que es. Se trata de una idea ridícula, pero me gusta. Doy media

vuelta en la carretera y entro con el coche en el tráfico matutino para dirigirme de nuevo a su edificio—. ¿Quieres ir a buscar ropa?

Ella asiente con la cabeza.

Hacemos una breve parada en su edificio. Subo a su apartamento, por si acaso Dobson estuviera vigilando, y saco una bolsa de tela de su armario. Abro un par de cajones de su cómoda hasta encontrar la ropa interior y la meto dentro de la bolsa. Después, voy a su armario y escojo unas cuantas prendas al azar para ella y para Cammie. Antes de marcharme, me detengo frente al otro armario. El de Noah.

Abro la puerta sin saber muy bien qué esperar. Su ropa está toda allí, bien colgada en sus perchas. Cierro la puerta un poco más fuerte de lo que pretendía. A continuación, hago una parada más en la sala de estar. Ahí hay una mesa donde Noah tiene el whisky y un decantador, pero la botella está vacía. La abro y la pongo del revés.

«Vacía.»

«¿Cuánto tiempo hace que se marchó? ¿Y por qué? ¿Por qué no me lo ha contado Olivia?»

No digo nada cuando vuelvo a entrar en el coche. Cammie está roncando con suavidad en el asiento trasero. Le paso la bolsa a Olivia y ella forma la palabra «gracias» con la boca.

Capítulo ocho