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—¿Dónde estamos? —pregunta Olivia mientras se endereza en su asiento y se frota los ojos.

—En Naples.

Bajo por una calle rodeada de árboles y ella mira a su alrededor, alarmada. —¿Qué cojones, Drake?

Olivia, que ha permanecido en silencio todo el trayecto, mira impasible por la ventana. Estoy preocupado por ella. No ha preguntado ni una vez adónde vamos, así que o bien confía en mí o bien no le importa. Me parece bien cualquiera de las dos opciones.

La carretera se curva, y entro en una calle mucho más pequeña. Las casas de ahí están muy espaciadas. Hay diez en total, todas alrededor de un lago y rodeadas por su propio terreno. Los vecinos más cercanos tienen caballos; puedo verlos pastando tras las vallas blancas. Mientras el coche pasa junto a ellos, Olivia estira el cuello para verlos mejor.

Sonrío para mí mismo. No está desconectada del todo al fin y al cabo. Detengo el coche al otro lado de una ornamentada verja blanca y llevo la mano a la guantera para buscar el mando automático. Le rozo la rodilla a Olivia, que da un respingo.

—Está bien saber que todavía tengo ese efecto sobre ti —le digo mientras señalo la verja con el dispositivo. Esta se abre justo mientras Olivia lanza la mano hacia mí para darme una palmada en el pecho.

Le sujeto la mano antes de que pueda apartarla y la mantengo justo encima de mi corazón. Ella no opone ninguna resistencia.

Cammie resopla en el asiento trasero, y entonces la suelto.

El camino de entrada está pavimentado con ladrillos de un marrón cremoso. Lo seguimos durante unos ciento ochenta metros hasta que llegamos a la casa. Aparco el coche mientras Olivia observa mi mano.

Yo la contemplo mientras me observa la mano. Cuando levanta la mirada, le dirijo una sonrisa.

—¿Dónde estamos?

—Naples —repito, y abro la puerta. Inclino el asiento hacia delante para dejar salir a Cammie y rodeo el coche para abrirle la puerta a Olivia.

Ella sale al exterior y estira los brazos por encima de la cabeza mientras mira a la casa.

Espero a ver su reacción.

—Es preciosa —dice. Le dirijo una sonrisa, y el martilleo de mi corazón se calma—. ¿De quién es esta casa?

—Mía.

Olivia levanta las cejas y me sigue mientras subo la escalera. La casa tiene tres pisos y la fachada es de ladrillos, y también tiene una torreta y un balcón mirador con unas vistas impresionantes del lago. Cuando nos acercamos a la puerta principal, ahoga un grito.

La puerta es de madera maciza y la aldaba tiene la forma de una corona. Me detengo junto a ella para mirar a Olivia.

—Y tuya.

Hago girar la llave en la cerradura y entramos en nuestra casa.

Hace un calor insoportable en el interior, así que me dirijo directamente hacia el termostato. Cammie suelta un peculiar improperio, y me alegra que no puedan verme la cara.

La casa está amueblada por completo. Tengo a una persona que viene una vez al mes para limpiar el polvo y la piscina, que nunca ha sido utilizada. Voy de habitación en habitación para subir las persianas, y las chicas me siguen.

Cuando llegamos a la cocina, Olivia se rodea el cuerpo con los brazos y mira a su alrededor.

—¿Te gusta? —le pregunto mientras observo su cara. —La has diseñado tú, ¿verdad?

Me gusta que me conozca tan bien. A mi exmujer le gustaba que todo fuera moderno: acero inoxidable, blancos y baldosas estériles. Todo lo que hay en mi casa es cálido. La cocina es de estilo rústico, y hay mucha piedra, cobre y madera maciza. Hice que el decorador utilizara mucho el rojo, porque es un color que me recuerda a Olivia. Puede que Leah tenga el pelo rojo, pero Olivia tiene una personalidad roja. Y, por lo que a mí respecta, el rojo pertenece al amor de mi vida.

Cammie se pasea por la sala de estar y acaba desplomándose en el sofá y encendiendo la tele. Olivia y yo nos quedamos uno al lado del otro observándola. No era así como pretendía que viera este lugar.

—¿Quieres que te enseñe el resto de tu casa?

Ella asiente con la cabeza y yo la conduzco fuera de la cocina y en dirección a la escalera curvada.

—Leah…

—No —le digo—. No quiero hablar sobre Leah. —Vale —responde.

—¿Dónde está Noah? Ella aparta la mirada.

—Deja de preguntarme eso, por favor. —¿Por qué?

—Porque me duele responder.

La contemplo durante un momento y después asiento con la cabeza. —Vas a tener que contármelo en algún momento.

—En algún momento —repite, y suelta un suspiro—. Eso es como muy de nosotros, ¿no te parece? En algún momento me contarás que estás fingiendo la amnesia. En algún momento te contaré que estoy fingiendo no conocerte. En algún momento volveremos a estar juntos, a separarnos, a volver a estar juntos.

La observo mientras examina las obras de arte de mis paredes, cautivado por sus palabras. Dice cosas que me conmueven de forma genuina. Deja que su alma se deslice entre sus labios, y siempre parece cruda e increíblemente triste.

—Caleb, ¿qué es esta casa?

Me coloco detrás de ella mientras se queda en el umbral de la puerta de la habitación principal y le tiro de los extremos del pelo.

—La estaba construyendo para ti. Iba a traerte aquí la noche en que te pidiera que te casaras conmigo. Entonces solo era un solar vacío, pero quería mostrarte lo que podíamos construir juntos.

Ella suelta aire por la nariz y niega con la cabeza. Es su forma de contener las lágrimas.

—¿Ibas a pedirme que me casara contigo?

Me planteo brevemente la posibilidad de contarle lo de la noche en que me pilló en el despacho, pero no quiero sobrecargarla emocionalmente.

—Era un proyecto, Reina —respondo con suavidad—. Necesitaba algo que arreglar.

Ella se ríe.

—No podías arreglarme a mí… ni tampoco a esa sucia pelirroja. ¿Así que te decidiste por una casa?

—Es mucho más gratificante.

Ella resopla. Habría preferido una risita.

Presiona el interruptor para encender las luces y entra con cuidado en la habitación, como si el suelo pudiera ceder bajo sus pies en cualquier momento.

—¿Alguna vez has dormido aquí?

La observo mientras pasa un dedo por el edredón blanco y afelpado y se sienta en el borde de la cama. Rebota un par de veces, y yo sonrío.

—No.

Se tumba boca arriba y luego de repente da dos vueltas a lo largo de la cama, hasta que acaba con los pies al otro lado. Es algo que haría una niña pequeña. Como siempre, cuando la palabra «niña» aparece en mi cabeza, se me contrae el estómago de forma dolorosa.

«Estella.»

El corazón me da un vuelco y después se acelera un poco cuando me devuelve la sonrisa.

—Esta habitación es como un poco de chica —señala. Una de las comisuras de mi boca se eleva.

—Bueno, es que pretendía compartirla con una mujer. Ella frunce los labios y asiente con la cabeza.

—Pavo real azul…, pega mucho.

Sobre la cómoda hay un jarrón de plumas de pavo real. Las comisuras de su boca se elevan como si recordara algo de hace mucho tiempo.

Le muestro el resto de las habitaciones y después la llevo por el estrecho tramo de escaleras hasta el ático, que he convertido en una biblioteca. Ella grita con emoción al ver todos los libros, y prácticamente tengo que arrastrarla por otro estrecho tramo de escalera hasta el balcón mirador. Lleva dos libros en las manos, pero, cuando sale a la luz del sol, los deja sobre una de las sillas de jardín, con los ojos muy abiertos.

—Ay, Dios mío —dice. Levanta las manos en el aire y gira a su alrededor —. Es tan bonito. Me pasaría todo el día aquí arriba si…

Los dos nos damos la vuelta al mismo tiempo. Yo camino hacia un lado para mirar a los árboles, mientras que ella permanece cerca del lago.

«Si…»

—Si no me hubieras mentido —termina, y suelta un suspiro.

¿De verdad no me esperaba eso? Es la reina de las pullas. Me río con fuerza. Me río tan fuerte que Cammie abre la puerta corredera y asoma la cabeza. Cuando nos ve, niega con la cabeza y vuelve a meterse dentro. Me siento como si acabaran de darme una reprimenda.

Le echo un vistazo a Olivia. Está recuperando uno de los libros y sentándose en una de las sillas de jardín.

—Estaré aquí arriba si me necesitas, Drake.

Camino hacia ella y le doy un beso en la parte superior de la cabeza. —Vale, Reina. Yo iré a preparar la comida. No dejes que nadie te robe.

* * *

Atrapan a Dobson en el edificio de Olivia dos días más tarde. Estaba yendo a por ella. Me entran ganas de matar a Noah. ¿Y si no me hubiera llamado? Dobson se pasó casi una década evadiendo a la policía. ¿Podría haberlos evitado y llegar a Olivia? No quiero ni planteármelo siquiera. Cuando recibimos la llamada, sé que es hora de que vuelva a llevarla a su casa, pero nos quedamos allí un día más. Ni siquiera Cammie parece tener ganas de

marcharse. Al cuarto día, saco el tema de marcharnos justo cuando nos estamos terminando nuestra cena de salmón a la parrilla y espárragos. Cammie se excusa de forma educada de la mesa de pícnic y vuelve al interior de la casa. Olivia juguetea con la lechuga de su plato y trata de esquivar mi mirada.

—¿No te sientes preparada? —le pregunto.

—No es eso —responde—. Es solo que ha estado…

—Bien —termino por ella, que asiente con la cabeza—. Puedes venir a quedarte en mi casa unos días —le ofrezco.

Ella me fulmina con la mirada.

—¿Y voy a dormir entre Jessica y tú? Le dirijo una sonrisita de suficiencia.

—¿Cómo sabes que todavía estoy saliendo con Jessica? Ella suelta un suspiro.

—Te he seguido la pista.

—Me estás acosando —le digo. Cuando no responde, le toco la parte superior de la mano con el dedo y recorro una vena—. No pasa nada. Yo también te acoso a ti.

—¿Siguen las cosas igual con Jessica? ¿Como solían estar en la universidad?

—¿Me estás preguntando si estoy enamorado de ella? —¿Suena como si te estuviera preguntando eso?

Me cubro la cara con las manos y suelto un suspiro dramático.

—Si quieres hacerme preguntas personales y extremadamente incómodas, adelante. Te contaré todo lo que quieras saber. Pero, por el amor de Dios…, hazme alguna pregunta directa.

—Está bien —replica—. ¿Estás enamorado de Jessica? —No.

Parece sorprendida.

—¿Y antes lo estabas? En la universidad, digo. —No.

—¿Te habrías casado con ella si hubiera seguido adelante con el embarazo?

—Sí. —Ella se muerde el labio inferior, y sus ojos se humedecen—. Tú no obligaste a Jessica a abortar, Olivia.

Las lágrimas se derraman.

—Sí que lo hice. Yo la llevé en coche hasta la clínica. Podría haberla convencido de que no lo hiciera, pero no lo hice. En lo más hondo, sabía que te casarías con ella si descubrías que se había quedado embarazada. Podría habérselo dicho, y tal vez no hubiera seguido adelante con el aborto.

—Jessica no quiere tener hijos —le aseguro—. Nunca ha querido. Es como un factor no negociable entre nosotros.

Ella se frota la cara con la manga y sorbe por la nariz. Está patética y mona al mismo tiempo.

—Pero estáis juntos. ¿Qué sentido tiene vuestra relación si no va a ir a ninguna parte?

Me río y le quito una lágrima de la barbilla con la punta del dedo.

—Eso es tan tuyo. Nunca haces nada sin ningún propósito. Por eso no querías darme una oportunidad al principio. No te veías casándote conmigo, así que ni siquiera querías mantener una conversación conmigo.

Ella se encoge de hombros y me dirige una media sonrisa. —Tú no me conoces, tonto.

—Ah, pues claro que sí. Tenías que verme haciendo el gilipollas antes de plantearte siquiera la posibilidad de salir conmigo.

—Jessica rompió con alguien antes de mudarse otra vez aquí. Yo me había divorciado. Los dos estamos un poco jodidos de la cabeza, y nos gusta estar juntos.

—Y os gusta follar —añadió ella. —Sí. Nos gusta follar. ¿Estás celosa?

Ella pone los ojos en blanco, pero sé que es cierto.

Está empezando a oscurecer. El sol está abriendo un agujero ardiente en el cielo y lo vuelve naranja y amarillo mientras se hunde detrás de los árboles.

—¿Sabes? —le digo mientras me inclino por encima de la mesa para tomarle la mano—. Podría acostarme con mil mujeres y no me sentiría como esa noche en el bosquecillo de naranjos.

Ella aparta la mano de golpe y gira el cuerpo entero para poder ver cómo se pone el sol. Miro con una sonrisa la parte posterior de su cabeza y comienzo a recoger los platos.

Capítulo diez