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—Déjame ver ese.

Metió la mano en la inmaculada vitrina de cristal y sacó algo un poco más impresionante que el anterior. Los anillos de compromiso empezaban a parecer todos iguales después de un tiempo. Recuerdo cuando era niño y decía mi nombre una y otra vez, hasta que me sonaba más a un ruido confuso que a un nombre. Dejó otro anillo sobre el mostrador, esta vez más grande que el anterior. Estaba expuesto sobre un cuadrado de terciopelo negro. Lo recogí y me lo puse en el dedo meñique para echarle un buen vistazo.

—Es un diamante de tres quilates, incoloro y con calificación VVS2 —dijo Thomas. «Samoht.»

—Es precioso, de verdad que lo es. Es solo que creo que estoy buscando algo un poco más… único.

Le devolví el anillo.

—Háblame de ella —me pidió—. A lo mejor así me sería más fácil encontrar el anillo adecuado.

Sonreí.

—Es ferozmente independiente. Nunca quiere ayuda de nadie, ni siquiera de mi parte. Le gustan las cosas bonitas, pero se siente avergonzada por ello.

No quiere parecer superficial. Y no lo es. Dios, es perceptiva… y se conoce muy bien a sí misma. Y es una persona amable, solo que no sabe que es alguien amable. Se percibe a sí misma como alguien fría, pero tiene muy buen corazón.

Cuando lo miré, tenía las cejas ligeramente elevadas. Nos reímos al mismo tiempo. Me incliné por encima del mostrador y me cubrí la cara con ambas manos.

—Bueno, sin duda estás enamorado —dijo. —Sí, lo estoy.

Se alejó unos pocos pasos y regresó con otro anillo.

—Este es de nuestra colección más cara. Sigue siendo un anillo solitario, pero, como puedes ver, la banda es bastante única.

Tomé el anillo. La piedra del centro era de forma ovalada, con el diamante en configuración este-oeste. Era una desviación de la norma, así que ya por eso pensaba que le iba a gustar. Cuando lo miré con más atención, me di cuenta de que la banda tenía ramitas y unas pequeñas hojas grabadas en el oro blanco. El anillo tenía un estilo común a los que se llevaban hace un siglo. Moderno y antiguo al mismo tiempo, al igual que Olivia.

—Este es —dije—. Es perfecto, porque nos conocimos debajo de un árbol. Salí de la tienda y caminé entre la humedad demasiado cálida. Vivir en Florida se parecía a existir de forma perpetua dentro de un cuenco de sopa de guisantes. Sin embargo, ese día no me importaba. Estaba sonriendo. Tenía un anillo en el bolsillo; el anillo de Olivia. Cualquiera pensaría que estaba loco por querer pedirle a una chica que se casara conmigo cuando ni siquiera me había acostado con ella. Por eso no le había contado a nadie los planes que tenía. Si mi familia y mis amigos no podían apoyarme, entonces no estarían incluidos. No necesitaba tener sexo con ella para saber lo que sentía. Podía

negarse a tener sexo conmigo todos los días durante el resto de nuestras vidas, y seguiría eligiéndola a ella. Así de profundo era lo que sentía por ella.

Los planes ya estaban en marcha. Dentro de seis semanas, le pediría a Olivia…, no, le diría a Olivia que se casara conmigo. Lo más probable era que dijera que no, pero yo me limitaría a seguir pidiéndoselo… o diciéndoselo. Eso es lo que pasaba cuando estabas poseído por una mujer. De repente, dejas de huir del amor y empiezas a romper tus propias reglas…, a ponerte a ti mismo en ridículo. Y aquello me parecía bien.

La llamé al móvil y traté de mantener la voz calmada. —Hola —jadeó.

—Hola, cariño.

Siempre había una breve pausa después de que nos saludáramos. Me gustaba pensar en eso como la saturación. Una vez me dijo que, cada vez que veía mi nombre en la pantalla de su teléfono, sentía mariposas en el estómago. Sentí un dolor que se hinchaba en mi pecho, pero era un dolor bueno, como un orgasmo de corazón.

—Estoy haciendo planes para dentro de unas semanas. He pensado que podíamos irnos unos días, tal vez a Daytona.

—Nunca he estado allí —respondió ella, y su voz sonaba emocionaba. —No es más que playa. Otra parte de la misma Florida de siempre. Quiero llevarte a Europa, pero, de momento, Daytona.

—Caleb, sí, me gustaría eso. Daytona y Europa. —Vale —dije con una sonrisa.

—Vale —repitió ella—. Oye —añadió tras unos segundos—. No reserves habitaciones separadas.

Creo que me tropecé en la acera. —¿Qué?

—Adióóós, Caleb. —Adiós, Reina.

Me quedé sonriendo de oreja a oreja.

Después de colgar, me paré a tomar un expreso en una cafetería con terraza. Me sequé el sudor de la frente mientras llamaba a un hotel para hacer la reserva. Una habitación con cama de matrimonio, un jacuzzi y vistas al mar. A continuación, llamé a una floristería para encargar tres docenas de gardenias. Me pidieron la dirección del hotel para entregarlas, así que tuve que colgar para buscarla y después volver a llamarlos. Me puse a reír entre una llamada y otra, en voz baja. La gente no dejaba de mirarme, pero no podía evitarlo. Aquello era una locura, y me hacía muy feliz. Llamé a Cammie, y después, tras pensarlo mejor, colgué la llamada. Cammie era lo más cercano que tenía Olivia a una familia, pero su idea de guardar un secreto era… no guardar un secreto. Deseé que hubiera un padre a quien pedirle su mano…, no, en realidad no. Le habría dado un puñetazo a su padre, y lo más probable es que lo hubiera hecho en numerosas ocasiones. Mi única opción era llamar a un viejo amigo para que me ayudara con la última parte de mi plan. La mejor parte. No solo iba a darle un anillo; Olivia necesitaba más que eso para ver lo en serio que iba.

Me puse en pie y dejé dinero sobre la mesa. Después, me dirigí a la casa de mi madre. Esperaba que hubiera bastantes sedantes en la mansión Drake. Iba a necesitarlos.

* * * —Caleb, es un error.

El rostro de mi madre se había vuelto grisáceo, y se estaba tirando del guardapelo que llevaba colgado al cuello. Una clara señal de que estaba a punto de derrumbarse emocionalmente.

Me reí de ella. No quería ser irrespetuoso, pero tampoco me gustaba que nadie me dijera que Olivia era un error. Le quité la caja del anillo de entre los dedos y la cerré.

—No he venido aquí a pedirte tu opinión. He venido porque eres mi madre y quiero que sigas involucrada en mi vida. Sin embargo, eso está sujeto a cambiar si insistes en tratar a Olivia como si no fuera lo bastante buena para mí.

—No…

—Sí que lo es —dije con firmeza—. En la universidad yo era el gilipollas que se acostaba con todas porque podía. He estado con muchas mujeres, y ella es la única que me hace querer ser mejor persona… y ser mejor persona para ella. Ni siquiera necesito ser bueno, tan solo necesito ser bueno para ella. —Mi madre se me quedó mirando con rostro inexpresivo—. Olvídalo — añadí mientras me ponía en pie.

Ella me agarró del brazo.

—¿Se lo has contado a tu padre? Noté que me encogía.

—No, ¿por qué iba a hacer eso?

—¿Y a tu hermano? —me preguntó, y yo negué con la cabeza—. Ellos te confirmarán lo que te estoy diciendo yo. Eres joven.

—No sería tan joven si le hubiera comprado este anillo a Sidney, ¿verdad? —Ella se mordió el labio inferior, y yo aparté el brazo de su agarre—. Mi padre está tan en contra del compromiso que se las ha arreglado para salir con una mujer nueva cada mes durante los últimos diez años. Seth es tan reclusivo y neurótico que preferiría estar solo el resto de su vida antes que permitir que nadie le deje un plato en el fregadero. No creo que vaya a pedirle consejo sobre relaciones a ninguno de los dos. Y, para que conste, tu trabajo

es apoyarme. A ti todo el mundo te dijo que no te divorciaras de mi padre y te casaras con Steve. Si les hubieras hecho caso, ¿dónde estarías ahora?

Estaba respirando fuerte cuando terminé de decir eso. Eché un vistazo a la puerta. Necesitaba salir de allí, y rápido. Quería estar con Olivia. Ver su cara, besarla.

—Caleb.

Bajé la mirada hasta mi madre. Había sido una buena madre con mi hermano y conmigo. Lo bastante buena para abandonar a mi padre cuando vio lo dañina que había sido su influencia sobre nosotros. Con otros no era una mujer particularmente amable, pero lo comprendía. Era cortante verbalmente, y crítica. Se trataba de algo común entre la gente acaudalada. Nunca esperé que aceptara a Olivia con los brazos abiertos, pero había esperado una reacción menos trillada. A lo mejor incluso que fingiera felicidad por mi bien. Estaba comenzando a cansarme de su pronunciada malicia.

Ella volvió a colocarme la mano sobre el brazo y me dio un ligero apretón. —Sé que piensas que soy superficial. Probablemente lo sea. A las mujeres de mi generación se nos enseñó a no ahondar demasiado en nuestros sentimientos y a hacer lo que había que hacer sin diseccionarlo en el plano emocional. Pero soy más perceptiva de lo que piensas. Esa chica va a ser tu destrucción. No es sana para ti.

Le quité la mano con suavidad de encima de mi brazo. —Entonces, deja que me destruya.

Capítulo once