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4.6 Experimental Evaluation

4.6.5 System Attackability Analysis

Después de la graduación, Cammie se mudó de vuelta a Texas. Me resultó bastante fácil encontrarla; lo único que tenía que hacer era seguir su rastro fuertemente iluminado en las redes sociales. Me registré en Facebook. Ignoró mis primeros cinco mensajes y, después de mi sexto intento, me envió una corta respuesta:

Qué coño quieres, Caleb. Quiere que la dejes en paz.

¡VETE A TOMAR POR CULO!

¿Has recuperado la memoria? A la mierda. Me da igual.

En otras palabras, Cammie no iba a ayudarme. Me planteé tomar un vuelo hasta Texas, pero no tenía ni idea de dónde viviría Cammie. Puso su perfil en privado y me bloqueó. Me sentía como si fuera un acosador. Después probé con la universidad, pero, incluso a pesar de mis conexiones con la oficina de administración, Olivia no les había dejado ninguna dirección. Sopesé mis opciones restantes: podía contratar a un investigador privado… o podía dejarla en paz. Después de todo, eso era lo que ella quería. No se habría

marchado a menos que hubiera decidido que se había acabado de verdad esta vez.

Dolía. Más que la primera vez que se había marchado. Esa primera vez me había enfadado, y el enfado me volvió engreído, lo cual me ayudó a superar el primer año después de nuestra ruptura. El segundo año me sentía insensible. El tercer año me lo cuestioné todo.

Pero esta vez parecía diferente. Parecía más real, como si, hiciéramos lo que hiciéramos, jamás estaríamos juntos. A lo mejor después de habernos acostado se había dado cuenta de que ya no estaba enamorada de mí. A lo mejor era presuntuoso al pensar que alguna vez lo había estado. Yo estaba más enamorado de ella si es que eso era posible siquiera. Tenía que encontrarla. Una vez más. Solo una.

Un perfil falso de Facebook más tarde, ya era parte de la enorme red de pseudoamigos de Cammie. Todo su arsenal de fotos estaba a un clic de distancia y, a pesar de ello, me quedé observando la pantalla de mi ordenador durante unos buenos quince minutos antes de poder mirarlas. Tenía miedo de ver la vida de Olivia; lo fácil que le resultaba seguir adelante sin mí. Pero busqué de todos modos a través de la infinita hilera de fotos de fiestas. Olivia tenía una habilidad especial para esquivar la cámara. Me pareció ver su pelo alguna vez en la esquina de una toma o a ella emborronada en el fondo, pero todavía estaba tan borracha de ella que lo más probable era que la estuviera viendo en todas partes aunque no estuviera. Por lo que sabía, Olivia bien podría estar en Sri Lanka con los Cuerpos de Paz. ¿Estaban los Cuerpos de Paz en Sri Lanka?

«Joder.»

Cammie estaba viviendo en Grapevine. Iba a ir allí. Iba a hablar con ella. A lo mejor me contaba dónde estaba Olivia. No podía ignorarme si estaba plantado delante de ella. Me froté la cara con la mano. ¿A quien pretendía

engañar? Estaba hablando de Cammie. Hacía que el rubio pareciera un color de combate. Esperé un mes, durante el que me peleé con el hecho de que lo más probable era que Olivia quisiera que la dejara en paz y mi necesidad de convencerla de que no era cierto.

Finalmente, le pedí unos días libres a Steve. Se sentía reacio a concedérmelos, ya que había estado cuatro meses de baja durante el periodo de mi amnesia. Cuando le conté que era por Olivia, acabó cediendo.

Fui en coche. Dos mil setenta y seis kilómetros de Coldplay, Keane y Nine Inch Nails. Me detuve en algunas cafeterías por el camino; lugares donde las camareras tenían nombres como Judy y Nancy y donde el pelo ahuecado seguía estando de moda. Me gustaba. Florida necesitaba un buen cambio de imagen. Estaba empezando a exasperarme: la pretenciosidad, el calor, la ausencia de Olivia. Tal vez solo me parecía un hogar si ella estaba ahí. Tenía la sensación de que también le habrían gustado los nombres de Nancy y Judy. Si estaba en Grapevine y podía convencerla para que volviera a casa conmigo, la traería por ese mismo camino. Le daría de comer pollo frito y macarrones con queso en una mesa tan marcada con aros de las tazas de café que estaba empezando a parecer un diseño. Comeríamos hasta que cayéramos en un coma de grasa y después buscaríamos un motel barato y discutiríamos sobre dónde tener sexo, porque no se fiaría de lo limpias que estuvieran las sábanas. La besaría hasta que se olvidara de las sábanas, y seríamos felices. Felices al fin.

Crucé la línea estatal de Texas y decidí irme a un motel antes de ir a ver a Cammie. Necesita afeitarme…, darme una ducha. Parecer mínimamente presentable. Entonces pensé: «¡A la mierda!». Cammie podía verme exactamente como era, sucio y abatido. Conduje el resto del camino hasta su casa y llegué a su camino de entrada justo cuando el sol estaba comenzando a salir. La casa era de color crema con la fachada de ladrillos. Había parterres

de flores en las ventanas, a rebosar de flores de lavanda. Era demasiado bonito para Cammie. Me planteé la posibilidad de esperar unas cuantas horas, de ir a tomar el desayuno antes de llamar a la puerta, pues Cammie tenía la mala fama de levantarse tarde. Al final, supuse que lo mejor sería pillarla con la guardia baja. Tal vez me contara más de esa forma.

Aparqué un poco más adelante y caminé hasta la puerta de entrada. Estaba a punto de llamar al timbre cuando un coche dobló la esquina y bajó por la calle en dirección a donde yo me encontraba. Me detuve para mirarlo y tuve la inquietante sensación de que se dirigía hacia la casa de Cammie. Tenía dos posibilidades: podía volver a bajar el camino de entrada y arriesgarme a pasar junto al coche mientras lo subía o podía esconderme en el lateral de la casa y esperar. Escogí la segunda opción. Me quedé con la espalda pegada al lateral de la casa de Cammie, mirando la valla que la separaba de la de al lado.

Los vecinos tenían un yorkshire; podía verlo olisqueando alrededor de la valla. Los yorkshires son perros muy ladradores; si me veía, sin duda se pondría a ladrar hasta que saliera alguien a ver qué estaba pasando.

El coche entró en el camino de entrada, tal como había imaginado. Oí una puerta que se cerraba y el sonido de unos pies que se dirigían a la puerta de entrada. «Lo más probable es que sea Cammie», pensé. Estaría volviendo de casa de algún tío con el que habría pasado la noche. Pero no era Cammie. Oí dos voces. Una de ellas era la de Olivia; la otra pertenecía a un hombre. Casi me lancé por el lateral de la casa en su dirección cuando la puerta de entrada se abrió y oí que Cammie soltaba un chillido.

—¡Os habéis acostado! —dijo.

Olivia soltó una risa forzada. El otro cabrón, quienquiera que fuera, se estaba riendo con Cammie.

—No es asunto tuyo, joder —oí que le espetaba Olivia—. Y ahora quítate de mi camino. Tengo que prepararme para ir a clase.

«¡Para ir a clase!» Sentí que me deslizaba por la pared. Por supuesto. Estaba estudiando en la facultad de Derecho y había conocido a un tío. Así de pronto. Ni siquiera estaba pensando en mí, y ahí estaba yo, conduciendo cientos de kilómetros para recuperarla.

Menuda puta broma.

Cammie debía de haber vuelto a entrar en la casa, porque oí que Olivia se daba la vuelta y le daba las gracias al hombre.

—Nos vemos esta noche —le dijo—. Gracias por lo de anoche. Lo necesitaba.

Oí el distintivo sonido de unos besos antes de que él volviera hasta su coche y se marchara de allí. Me quedé donde estaba durante unos buenos cinco minutos más, en parte hirviendo de furia, en parte dolido y en parte sintiéndome como un puto gilipollas patético antes de llamar a la puerta.

Cammie me abrió la puerta sin nada puesto salvo una camiseta con una foto de John Wayne en la parte delantera. Llevaba en la mano una taza de café que casi se le cayó al suelo al verme. Se la tomé de la mano flácida y le di un sorbo.

—Ay. Dios. Mío.

Salió al exterior y cerró la puerta detrás de ella. —Quiero verla —le dije—. Ahora.

—¿Te has vuelto loco? ¿Cómo te presentas aquí de ese modo? —Ve a por ella —insistí.

Le devolví la taza de café y ella me miró fijamente, como si estuviera pidiéndole que me diera un órgano.

—No —dijo con firmeza—. No voy a permitir que vuelvas a hacerle esto. —¿Hacerle qué?

—Jugar con su cabeza —me espetó—. Está bien. Es feliz. Necesita que la dejes en paz.

—Me necesita a mí, Cammie. Su lugar está conmigo.

Durante un momento, me pareció que iba a darme un bofetón. En lugar de eso, dio un feroz sorbo a su café.

—Ajá. —Separó un dedo de la taza y me señaló con él—. Eres un mentiroso y un trozo de mierda infiel. Necesita algo mejor que tú.

Retrocedí un paso mentalmente. Aquello era cierto en su mayor parte, pero podía ser mejor para ella. Podía ser lo que necesitaba, porque la quería.

—Nadie puede quererla como yo —repliqué—. Y, ahora, apártate antes de que te aparte yo. Porque voy a entrar…

Ella se lo planteó durante un momento antes de apartarse a un lado.

—Vale —dijo. Abrí la puerta y di un primer paso al interior del vestíbulo… A mi izquierda se encontraba la cocina y lo que parecía la sala de estar y a mi derecha estaba la escalera. Me dirigí hacia ella. Había subido tres escalones cuando oí a Cammie diciendo detrás de mí—: Estaba embarazada, ¿sabes?

Me detuve. —¿Qué?

—Después de vuestro encuentro a la luz de la luna.

Miré hacia ella, y el corazón me latía salvajemente de pronto en mi pecho. Mi mente fue hasta esa noche. No habíamos usado preservativo. No había acabado fuera. Sentí un cosquilleo por todo mi cuerpo. «Estaba embarazada. Estaba… estaba… estaba…»

—¿Estaba?

Cammie apretó los labios con fuerza y levantó las cejas. ¿Qué estaba sugiriendo? Sentí un dolor que comenzaba en mi pecho y se extendía hacia fuera. ¿Por qué habría hecho eso? ¿Cómo había podido?

—Lo mejor es que la dejes en paz —insistió Cammie—. Ya no es que sea solo agua pasada, es que está llena de gusanos, mierda y cadáveres. Y ahora

lárgate de mi puta casa antes de que llame a la policía.

No tuvo que decírmelo dos veces. Se había acabado. Del todo. Para siempre. Nunca más.

Capítulo veintidós