Dejo a Olivia en su trabajo. En el camino hacia allí, apenas me ha dicho dos palabras. Después de lo que acaba de pasar entre nosotros, yo tampoco sé qué decir, aunque hay algo que sé con seguridad: Noah quiere recuperarla. Casi podría echarme a reír. «Puedes unirte al club, cabronazo.»
Ese tío había pasado tres meses fuera y ahora le había entrado mono.
Está lloviznando cuando entramos en el aparcamiento. Olivia abre la puerta y sale del coche sin mirar atrás. La observo mientras camina hasta su propio coche, con los hombros menos rígidos de lo que suelen estar. Abro la puerta de repente, rodeo el coche y corro para llegar hasta ella. Le sujeto el brazo mientras lleva la mano a la puerta y tiro de ella hasta que se queda de cara a mí. Después, la presiono contra el lateral del coche con mi cuerpo. Está momentáneamente aturdida, con las manos contra mi pecho, como si no estuviera segura de lo que estoy haciendo. Le pongo una mano por detrás de la cabeza, la empujo hacia mí y la beso. La beso de forma profunda, tal como la besaría si estuviéramos teniendo sexo. Nuestra respiración suena más fuerte que el tráfico que circula detrás de nosotros, más fuerte que el trueno que estalla sobre nuestras cabezas.
Cuando me aparto de su boca, está jadeando. Tengo las manos plantadas a cada lado de su cabeza. Hablo en voz baja y miro su boca mientras lo hago.
—¿Recuerdas el bosquecillo de naranjos, Olivia? —Ella asiente lentamente con la cabeza. Tiene los ojos muy abiertos—. Bien —digo mientras paso el pulgar por su labio inferior—. Bien. Yo también lo recuerdo. A veces me quedo tan entumecido que tengo que recordarlo para poder sentir otra vez.
Me aparto de ella y entro en mi coche. Mientras me alejo de allí, miro por el retrovisor para poder echarle un vistazo. Todavía sigue plantada donde la he dejado, con una mano apretada contra el pecho.
Mi competición es buena. Sin duda, él nunca le ha mentido ni le ha roto el corazón, ni se ha casado con otra mujer para fastidiarla. Pero Olivia es mía, y esta vez no la voy a dejar marchar sin pelear.
* * *
Espero unos cuantos días y después le mando un mensaje mientras estoy en el trabajo.
¿Qué quería Noah?
Cierro la puerta de mi despacho, me desabrocho el botón superior de la camisa y pongo las piernas sobre mi escritorio.
O: Quiere arreglar las cosas.
Sabía que eso iba a ocurrir, pero siento un dolor en el pecho de todos modos. Vaya mierda.
¿Qué le has dicho?
O: Que necesito tiempo para pensar. Lo mismo que te digo a ti. No.
O: ¿No? No.
Has tenido diez años para pensar. O: No es tan fácil. Es mi marido.
¡Te ha pedido el divorcio! No quiere tener hijos contigo. O: Me ha dicho que está dispuesto a adoptar.
Me pellizco la piel del puente de la nariz y aprieto los dientes con fuerza. Lo que estoy haciendo está mal. Debería permitir que estuvieran juntos, que arreglaran las cosas, pero no puedo hacer eso.
O: Por favor, Caleb, dame tiempo. No soy la persona que tú conocías. Necesito hacer lo correcto.
Entonces quédate con él. Eso es lo correcto. Pero soy lo correcto para ti.
No vuelve a responder después de eso.
Me siento en mi escritorio durante un largo tiempo, pensando. Soy incapaz de hacer nada de trabajo. Cuando mi padrastro entra una hora más tarde, levanta las cejas al verme.
—Solo hay dos cosas que puedan hacerte poner esa cara. Toma asiento enfrente de mí y une las manos sobre su regazo. —¿Y cuáles son?
Quiero a mi padrastro. Es el hombre más perceptivo que conozco.
—Leah… y Olivia. —Hago una mueca ante el primer nombre y frunzo el ceño ante el segundo—. Ah —dice con una sonrisa—. Supongo que esa víbora de pelo negro ha vuelto. —Me paso la uña del pulgar por el labio inferior, de un lado a otro, una y otra vez—. ¿Sabes, Caleb…? Soy muy consciente de lo que tu madre piensa de ella. Pero yo no podría estar más en desacuerdo.
Levanto la mirada hacia él, con la sorpresa evidente en mi rostro. En muy raras ocasiones está en desacuerdo con mi madre, pero, cuando es así, normalmente es porque tiene razón. Además, nunca comparte sus
pensamientos a menos que se lo pregunten. El hecho de que lo esté haciendo ahora hace que me siente más erguido en mi silla.
—Supe que te tenía atrapado la primera vez que la trajiste a casa. Yo he tenido un amor así. —Mi mirada sale disparada a su cara. Nunca habla de su vida antes de conocer a mi madre. Llevan quince años casados. Él ya había estado casado una vez antes de eso, pero…—. Tu madre —dice con una sonrisa—. Es terrible, de verdad. Nunca he visto a nadie tan despiadada. Pero también es buena, y los dos lados se equilibran mutuamente. Creo que la primera vez que vio a Olivia, reconoció a un alma similar y quería protegerte.
Mi mente regresó a esa primera cena. Había llevado a Olivia a casa para que los conociera, y mi madre, por supuesto, había hecho que las cosas fueran lo más incómodas posible. Yo había acabado llevándome a Olivia en mitad de la cena, tan furiosa con mi madre que no quería volver a hablar con ella en la vida.
—A la mayoría de los hombres les gusta el peligro. No hay nada más dulce que una mujer peligrosa —me asegura—. Nos hace sentir un poco más masculinos al poder llamarlas «nuestras».
Tiene razón… posiblemente. Perdí interés en las mujeres sanas después de conocer a Olivia. Es una maldición. Después de probarla a ella, rara vez encontraba a una mujer que me pareciera interesante de verdad. Me gusta su oscuridad, su sarcasmo siempre presente, cómo me hace trabajar para conseguir cada sonrisa, cada beso. Me gusta lo fuerte que es, lo duro que lucha por las cosas. Me gusta lo débil que se vuelve conmigo; tal vez yo sea su única debilidad. Me gané ese puesto y estoy más que dispuesto a conservarlo. Olivia es la clase de mujer sobre las que hay hombres escribiendo canciones. Tengo unas cincuenta en el iPod que me hacen pensar en ella.
Suelto un suspiro y me froto la frente.
—Está separada. Pero el otro volvió a aparecer hace unos días. —Ah.
Se frota la barba mientras sus ojos me sonríen. Él es el único de mi familia que sabe lo que hice. Me emborraché después de que Olivia se marchara y acabé dándole un puñetazo a un policía fuera de un bar. Lo llamé para que me pagara la fianza. No se lo contó a mi madre, ni siquiera cuando le conté a él todo lo que había pasado en realidad con la amnesia. No me juzgó ni una sola vez. Tan solo afirmó que la gente hacía verdaderas locuras por amor.
—¿Qué hago ahora, Steve?
—No puedo decirte lo que tienes que hacer, hijo. Esa chica saca lo peor de ti, pero también lo mejor. —Es cierto, y me resulta duro oírlo—. ¿Le has contado lo que sientes? —Yo asiento con la cabeza—. Entonces, lo único que puedes hacer es esperar.
—¿Qué pasa si no me elige a mí?
Él sonríe y se inclina hacia delante en su asiento. —Bueno…, siempre te quedará Leah.
La risa comienza en mi pecho y se abre camino hacia fuera.
—Esa es la peor broma del mundo, Steve…, la peor broma del mundo. * * *
Y así, como si nada, tan pronto como había vuelto a comenzar, Olivia vuelve a estar con Noah. Lo sé porque no me llama por teléfono. No me manda ningún mensaje. Sigue adelante con su vida y me deja a mí en la cuerda floja.