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Chapter 12: Appendices

3.3 User Modelling

3.3.4 Cognitive Issues

Hay ciertas prácticas y sentidos de lo político que quedaron intrínsecamente asociadas a la eclosión que significó la crisis del 2001 en nuestro país. La debacle del gobierno de la Alianza (UCR-FREPASO), la crisis político-institucional y social que llevó a la renuncia del presidente De la Rúa y la consecuente crisis del Partido Radical, así como la crisis de representatividad política en general, dejaron al radicalismo universitario sumido en una gran confusión. Aunque ya venía gestándose de tiempo antes, el 2001 funcionó como un

parteaguas en la historia de la universidad en la medida en que condensó simbólicamente un momento de ruptura con viejas formas de hacer política encarnadas en las agrupaciones estudiantiles tradicionales, principalmente la Franja Morada (FM).

Desde comienzos de los años 90 el movimiento estudiantil se transformó en la retaguardia de la lucha contra la implementación de las políticas educativas de corte neoliberal que se cristalizarían en la Ley Federal de Educación (LFE) de 1993 y la Ley de Educación Superior (LES) de 1995, en un contexto de creciente movilización popular que trastocaría la modalidad de la acción colectiva y la protesta (Auyero, 2002).72

Estas transformaciones más generales en el campo político cuyo epicentro fue la explosión del sistema de representatividad político en el 2001, tuvieron su correlato en el escenario universitario en tanto este momento emergió como un punto de irrupción y habilitó la construcción de nuevas identidades entre lxs estudiantes. Ante una agrupación hegemónica que se veía cada vez más desbordada de la dirección del movimiento estudiantil surgieron otras fuerzas que le disputaron la conducción. Ya desde los sucesos de mediados de los 90 y los conflictos desatados alrededor de la promulgación de la LES, la FM que conducía la Federación Universitaria Argentina (FUA) y las principales Federaciones Estudiantiles Regionales, comenzó a ser cuestionada por impulsar medidas institucionales y burocráticas en la resolución de los conflictos. En el transcurso de este proceso, tanto la FUA como las Federaciones Regionales, se verían sobrepasadas por las acciones impulsadas por las distintas agrupaciones del arco opositor que se iba configurando73.

En este sentido, es posible identificar tres elementos centrales que dieron forma a esta reconfiguración de las identidades estudiantiles y que convergieron en un proceso de crisis de los espacios de producción política tradicionales como las instituciones universitarias. En primer lugar, como correlato de la crisis de representación política que atravesaba la sociedad, y en estrecha relación con la pérdida de legitimidad de los Partidos Políticos y las

72 Cortes de ruta, asambleas, ataques a edificios públicos, escraches, nuevas modalidades de acción colectiva entre las cuáles se destacan el santiagazo de 1993, la pueblada de Cutral-Có y plaza Huincul de 1996, la pueblada de Tartagal en 1997, la Plaza del aguante Correntino de 1999, entre otros. Para más detalle véase: Auyero, 2002; Svampa y Pereyra, 2003; Lobato y Suriano, 2003; entre otros. Es interesante señalar que también en otros sectores surgen otras modalidades de acción y de protesta. En el caso de los DDHH, por ejemplo, estas transformaciones se encarnan en un nuevo actor: la agrupación HIJOS. Surgida a mediados de los años 90, en su seno se disputarán distintas formas de construcción de la memoria. Los principios que vertebraron su construcción giraron en torno a la horizontalidad, la autonomía, la alegría, lo performático, y la “justicia directa” de la mano del lema: si no hay justicia hay escrache, inaugurando una modalidad de acción que se incorporará al repertorio de la acción colectiva (Cueto Rúa, 2008).

73 En el caso de la FULP por ejemplo, en 1995 su funcionamiento se vio cuestionado y desbordado por la participación en las instancias de toma de decisión de los delegados de las asambleas de las facultades, figura que había surgido de estos nuevos espacios forjados al calor de la ola de tomas que se extendieron en las facultades locales en el transcurso del conflicto por la promulgación de la LES (Talamonti, 2008).

agrupaciones asociadas a éstos, las nuevas fuerzas políticas buscaban diferenciarse de las fuerzas tradicionales y reivindicaban su independencia de estructuras extrauniversitarias

partidarias (Cortes Conde y Kandell, 2002). En segundo lugar, el contexto sociopolítico irrumpió en la universidad, instalando una nueva

dimensión de lo político, que llevó a muchxs estudiantes a volcarse a una participación por fuera de la institucionalidad universitaria.

Por último, en este distanciamiento de la política entendida en términos tradicionales, jugaba un rol central la propuesta de las nuevas agrupaciones estudiantiles de formas situadas de lo político, que venía acompañada de la instalación de nuevas prácticas ligadas al contexto social. En este marco, emergieron nuevas formas de acción que viraron de tácticas más institucionales a tácticas más disruptivas (González Vaillant y Schwartz, 2012; González Vaillant, 2014). Y si bien muchas de éstas prácticas vinculadas a la acción directa, habían estado presentes en distintos momentos de la historia de la universidad desde la reforma de 1918 y en la tradición del movimiento estudiantil (UNC, 2013), actualizan sus sentidos al calor de la creciente conflictividad social de fines del milenio.

En particular, serán las denominadas agrupaciones independientes quienes cristalicen esta expresión de agotamiento de un modelo de militancia partidaria que se viene gestando desde los 90 pero se termina de resquebrajar en el 2001 (Picotto y Vommaro, 2010)74.

Estas agrupaciones plantearán nuevas prácticas, discursos, modos de vinculación y agendas ancladas en la cotidianeidad de la condición estudiantil. Es precisamente esa cotidianedidad la que se politiza al ampliar los límites de lo político y afirmar el sustrato territorial del mismo. Frente a la institucionalidad tradicional como modo de dirimir la acción política que seguían planteando las agrupaciones tradicionales, las prácticas políticas y modos de organización que proponen estos nuevos espacios reivindicarán la horizontalidad y la acción directa, virando de un modelo delegativo a un modelo de democracia directa (Bonavena y Millán, 2012). En este proceso donde mutan las prácticas y formas organizativas bajo una institucionalidad de nuevo tipo, muta también la concepción misma de política al interior de la universidad al desbordar los canales tradicionales de participación y de agregación de demandas, habilitando nuevas agendas y prácticas que politizarán lo cotidiano. En este movimiento, muchas de estas agrupaciones, identificando un cambio de época y la heterogeneidad presente en el cuerpo estudiantil, dejarán de interpelar a lxs estudiantes como un sujeto de la historia, ampliando los

74 Para un relato detallado del mapa político estudiantil y el derrotero de las agrupaciones independientes véase Liaudat, M.D.; Liaudat, S. y N. Pis Diez (2012).

modos así como los contenidos de esa interacción (Rico y otros, 2010; Picotto y Vommaro, 2010; Blanco, 2014), lo que se convertirá en un elemento distintivo de esta época.

En el plano institucional, estas transformaciones quedaron cristalizadas con posterioridad al 2001, cuando agrupaciones de izquierda e independientes ganaron la conducción de la FUA y otras regionales como la UNLP.

En el caso de la UNLP y otras universidades tradicionales, esto se tradujo a su vez, en un nuevo patrón de relaciones entre el actor estudiantil y las autoridades. Hasta ese momento, en las casas de altos estudios gobernadas por el Partido Radical, la FM en los espacios de conducción estudiantil garantizaba un alineamiento. Las nuevas conducciones en cambio, pasaron a tener una posición confrontativa con las autoridades, lo que obligó a reconfiguraciones en los patrones de intercambio e interacción hacia dentro del gobierno universitario.

Estos mismos movimientos se replicaban en el nivel de las facultades. Así como la FM era por esos años fuertemente cuestionada en su rol de conducción del movimiento estudiantil local, al interior de la FCM, se producía una situación similar con la agrupación que conducía el Centro de Estudiantes, una escisión de la FM como fruto de la elección de decano en 1992. Esto se expresaba no sólo en el plano de un cuestionamiento a la agrupación que conducía el centro de estudiantes, sino también en la emergencia de nuevas prácticas (como el delegado por curso, por ejemplo) que se van instalando y ponen en juego vínculos más horizontales y participativos.

Estos años de fuerte convulsión e irrupción de nuevas practicas y sentidos de lo político, expresados en el plano del sistema político pero también en el plano institucional, irán dejando paso, a partir del año 2003, a un lento proceso de reconfiguración de la legitimidad del sistema político, del rol del Estado y de los partidos, en sintonía con un contexto regional de gobiernos que se orientan a recuperar cierta capacidad del Estado en materia de regulación e intervención.

En este contexto, en el año 2004, vuelven a aparecer dentro de la demanda estudiantil, ejes propiamente universitarios, siendo el más sobresaliente el conflicto en torno a la acreditación de carreras de grado, cuyo epicentro se desarrolló en la Universidad del Comahue. Ese año se desarrolló también el 1er Congreso Nacional de Estudiantes contra la LES, evidenciando una vuelta a conflictos propios del campo universitario, que fue de la mano de un reacomodamiento del mapa político estudiantil, donde las fuerzas tradicionales recuperaron cierta presencia, en detrimento de aquellas que fueron expresión del momento de mayor radicalidad previo (Liaudat y otros, 2012).

Al mismo tiempo, de la mano del reposicionamiento del Estado como espacio de disputa desde donde direccionar los cambios sociales, se produjo hacia finales de la década, una revalorización creciente de la participación en estructuras tradicionales como las juventudes partidarias. Ello tendrá su expresión en la universidad, principalmente a partir una vuelta “puertas adentro” de la institución y del reagrupamiento y el resurgir de agrupaciones vinculadas a los partidos tradicionales, principalmente al peronismo (Liaudat y otros, 2012). En este mismo sentido, puede observarse que en los últimos años, se produce un nuevo viraje en las prácticas de las agrupaciones estudiantiles de tácticas predominantemente disruptivas a una combinación con tácticas más institucionales.

De allí que observemos cómo los procesos identificados con la ruptura institucional del 2001 dejaron una impronta que legó una amplia legitimidad de ciertas prácticas vinculadas con la democracia directa - como contraposición a una democracia delegativa - y con la acción directa como medida de lucha (asambleas, delegados por curso, toma, etc.), que quedaron instaladas en el repertorio de acción de los jóvenes estudiantes universitarios y que, en la actualidad, conviven con prácticas netamente institucionales.