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Tras el reinado de Solimán comienza el lento lentísimo declinar del Imperio que durará desde el siglo XVI has- ta entrado el XX, en permanente lucha a lo largo de los siglos con sus tradicionales enemigos: especialmente Venecia en el XVI; y los Imperios austriaco y ruso en los siglos posteriores. A partir del siglo XVIII estos dos últimos fueron provocando su paulatino desmembra- miento, tarea a la que se sumaron en el siglo XIX otras potencias europeas -primero, Francia e Inglaterra; des- pués, Alemania e Italia-, que sumadas a Austria y Ru- sia, entraron en conflicto con la Sublime Puerta bus- cando -siempre interesadamente, como no puede ser menos en política- diversos objetivos: obtener su pro- pio bocado a consta del llamado «enfermo de Europa»; conseguir zonas de influencia entre los pueblos balcá- nicos cristianos, barril de pólvora maduro para su esta- llido; y poner coto a los alcances de aquellas otras po- tencias europeas que se pasaran de la raya en el reparto del codiciado pastel.

Sin embargo, en los albores del siglo XIX el Impe- rio otomano todavía reinaba sobre vastas extensiones: en Europa, toda la Península balcánica, lo que suponía la sumisión de rumanos, búlgaros, serbios, bosnios, alba- neses y griegos; en Asia, sus territorios comprendían Asia Menor, Siria, Mesopotamia y Arabia; y en África, Egipto y Tripolitania.

A los sefardíes de aquellas tierras les tocó vivir, su- frir y participar en interminables períodos de guerras, de entre las que sólo voy a mencionar, por más cercanas a nosotros, las surgidas desde el último tercio del siglo XIX, es decir: la de independencia de una parte de la ac- tual Grecia, tras una larga guerra que duró de 1821 a 1829; la guerra ruso-turca de 1877-1878; la italo-turca por Tripolitania en 1911; las guerras balcánicas de 1912- 1913; y la Primera guerra mundial entre 1914 y 1918, a cuyo final, Turquía, que se había aliado con las poten- cias perdedoras, estuvo a punto de desaparecer como na- ción, desastre del que escapó gracias al empuje de Mus- tafá Kemal (Atatürk) y a su victoria en 1922 sobre los griegos, quienes, con el beneplácito de Inglaterra, ha- bían ocupado en 1919 una buena parte de Anatolia, te-

niendo como base principal la ciudad de Esmirna. La subida de Kemal al poder trajo consigo la abolición, pri- mero del sultanato en 1922, y luego del califato en 1924, y la proclamación de la República en 1923, que se definía como nacionalista, popular y laica; años más tar- de, en 1932, el nuevo país entró a formar parte del con- cierto de la Sociedad de Naciones y luego de su herede- ra las Naciones Unidas.

A los períodos bélicos que he mencionado, pro- vocados por acosos exteriores, hay que añadir las altera- ciones internas sufridas por Turquía en los albores del siglo XX, la más significativa de las cuales fue la revolu- ción de los llamados Jóvenes Turcos, quienes en 1908 se alzaron contra el sultán Abdul Hamid II (1842- 1918), al que se puede considerar como el último de los sultanes otomanos. Dando al traste con las refor- mas liberales de las Tanzimat puestas en marcha desde 1839 por su padre Abdul Mecid (1839-1861) y, tras la abolición de la Constitución proclamada por él mismo en 1877, Hamid gobernó el país durante treinta y un años en régimen despótico, implantando una férrea censura y un sistema de control interno, mediante el espionaje y la delación, que llevó a la cárcel o al patíbu- lo a cualquiera que fuera sospechoso de mantener una opinión contraria a la suya. Ello provocó el exilio de los elementos librepensadores y liberales del país, que alentaron desde fuera la aludida sublevación militar de los Jóvenes Turcos; y aún tuvieron éstos que parar con las armas la contrarrevolución suscitada por Abdul Ha- mid al año siguiente, lo que llevó al destronamiento del sultán y a su reclusión en Salónica.

La revolución de los Jóvenes Turcos y la consi- guiente proclamación de igualdad de derechos civiles pa- ra todos los súbditos otomanos, sin distinción de reli- gión o de credo, puso en candelero un asunto que ya ve- nía fraguándose desde las citadas reformas de las Tanzi- mat: el servicio militar obligatorio de todos los jóvenes otomanos.

Por lo que respecta a los judíos, tal obligación re- sultaba particularmente penosa por tres factores: los re- quisitos de una comida kaser, es decir, apta desde el punto de vista religioso; su desconocimiento -aunque

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Vaso de cristal dorado con la leyenda “Quidús” (santificación del vino) en hebreo.

parezca mentira después de cuatro siglos- de la lengua turca; y lo que desde el principio se temió y que resultó ser verdad: que los judíos reclutados no hicieron un re- al servicio de armas, cuyo uso tenían prohibido, sino que mayoritariamente fueron usados como obreros al servicio del ejército, en trabajos tales como desempe- drar y construir caminos, abrir túneles y rutas, talar bos- ques, etc.

En 1912, al concluir la Primera guerra balcánica, se produjo un hecho de excepcional importancia para la historia de los judíos del Imperio otomano: el paso de manos turcas a griegas de la ciudad de Salónica, en don- de la población judía había llegado a ser mayoría. Desde los mismos comienzos de su ocupación de la ciudad, los griegos, que como ya he mencionado arriba habían sido tradicionales enemigos de los judíos en su convivencia forzosa bajo el Imperio, hicieron sentir sus sentimientos antijudíos, que aún se vieron reforzados con la llegada a Salónica de griegos de Tracia y de Anatolia con motivo de los intercambios de población entre Turquía y Gre- cia, emprendidos en 1922 tras la citada guerra que am- bos países mantuvieron.

Diversos graves acontecimientos fueron abatién- dose sobre la comunidad judía de Salónica a partir de entonces, siendo el más sobresaliente el terrible incen- dio, para muchos provocado, que en 1917, en plena Primera guerra mundial, redujo a cenizas la parte anti- gua, habitada fundamentalmente por judíos. Este de- sastre, que para muchos historiadores marcó el princi- pio del fin de la rica y culta comunidad sefardí saloni- cense, se vio agravado por la política de expropiaciones masivas de la zona siniestrada puesta en marcha por el gobierno y que llevó a la más absoluta ruina a miles de familias judías, que, sin casi compensación, se vieron despojadas de las que habían sido sus propiedades se- culares. El antisemitismo griego, sustentado por la polí- tica de Eleftherios Venizelos, quien violó en repetidas ocasiones los derechos civiles de los judíos, alcanzó uno de sus puntos culminantes en el pogromo desata- do en la ciudad en 1931. Y aún había de sufrir la jude- ría griega algo mucho más grave, como fue su casi total destrucción en la Segunda guerra mundial con la ocu- pación de Grecia por los alemanes en 1942. Sólo unos

cuatro mil judíos volvieron de los campos de extermi- nio de los cerca de sesenta mil que fueron arrancados de sus hogares por los nazis.

Mejor suerte tuvieron los judíos de Turquía, pues aunque tras el advenimiento del nazismo al poder en Alemania (1933) no dejó de haber manifestaciones anti- semitas -como ejemplo baste recordar los pogromos des- atados en Tracia el 3 de julio de 1934-, la neutralidad del país, que se mantuvo hasta las vísperas de la finaliza- ción del conflicto, permitió a los judíos turcos escapar de una matanza generalizada.

Muchos de los acontecimientos que he señalado -servicio militar, paso de Salónica a manos griegas y su incendio, las constantes guerras y las consiguientes y permanentes crisis económicas- dieron lugar, desde los

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albores del siglo XX, a una fuerte corriente de emigra- ción de los sefardíes de los Balcanes a diferentes países europeos -como Italia, España y sobre todo Francia-, a África -sobre todo a El Congo y a Rodesia-, a Israel -re- cordemos que en 1917 se produjo la llamada declara- ción Balfour, que permitió la entrada de judíos en la Palestina bajo mandato británico- y sobre todo a las dos Américas. La emigración fue sobre todo de gente jo- ven, quienes se llevaron la savia nueva fuera del hogar tradicional en que los sefardíes habían vivido durante casi cuatro siglos; esos emigrantes sufrieron las consi- guientes transformaciones que luego indicaré en lo que a su herencia cultural hispana se refiere.

Todos los cambios históricos y sociales que tie- nen lugar en los Balcanes desde mediados del siglo XIX -y muy especialmente el tiempo de entre guerras al que

me he referido y cuyas consecuencias aún no se han ce- rrado- determinan el tercer período que antes he deno- minado abierto, ya que la comunidad sefardí del que fuera el Imperio otomano se abre de nuevo, pero esta vez al ancho mundo y muy escasamente a España.