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Cuando a partir de 1492 muchos sefardíes buscan el cobi- jo que les ofrece el sultán Bayaceto II (1447-1512) tras las lindes del Imperio, éste ha alcanzado uno de sus momen- tos de mayor esplendor. Recuérdese que, para pasmo de la cristiandad, su padre Mehmed II (1429-1481) había conquistado el 29 de mayo de 1453 la ciudad de Bizancio (Constantinopla), que fuera durante siglos la capital del Imperio romano de Oriente. A sus conquistas se suma- ron Serbia y otras tierras: Bosnia (1463) -que permaneció 400 años en poder del Imperio, hasta el Congreso de Ber- lín de 1878-, Albania, Morea, Negroponte (Eubea), Trebi- sonda (Trabzon, en la costa sureste del Mar Negro), etcé- tera. Y aún había de crecer más el Imperio en época de sus sucesores Selim I (1470-1520) y Solimán I (1495- 1566), conocido en Occidente como el Magnífico.

El primero derrotó entre 1516 y 1517 a los sulta- nes de los mamelucos de Egipto, cuyo territorio también comprendía Siria y Arabia, consiguiendo su reconoci- miento como soberano y apropiándose a partir de en- tonces del título de califa, es decir, jefe del islam o «co- mendador de los creyentes», con lo que al poder político el sultán sumaba la autoridad religiosa. El dominio so- bre ciudades santas del islam, como Medina y la Meca, confirió a los sultanes otomanos una gran autoridad en el mundo islámico.

En cuanto a Solimán, muchas fueron sus con- quistas: aseguró Serbia, ocupando Belgrado en 1521, ciudad que, con tiras y aflojas, permaneció en manos otomanas hasta 1867; Rodas (1522), que fue otomana hasta su ocupación por los italianos en 1912, en el curso de la guerra de Tripolitania; Hungría, cuya capital Buda

cayó el 10 de septiembre de 1526; asimismo en 1529 pu- so sitio a Viena, en el corazón de Europa, ciudad que es- capó por los pelos de caer en manos otomanas; y ocupó Irak (1534). Por lo que tiene de interés para nosotros, conviene recordar que este sultán y su almirante Barba- rroja fueron los enemigos naturales de Carlos I de Espa- ña en el África mediterránea occidental.

A la muerte de Solimán el Imperio otomano comprendía: de oeste a este, desde las fronteras de Aus- tria y las llanuras de Hungría a El Yemen y el golfo Pérsi- co; y de norte a sur, desde el Cáucaso y a las riberas del Mar Negro hasta Argel.

La benevolente acogida que el sultán Bayaceto II dispensó a los sefardíes propició, tras los esperados de- sajustes y penurias del establecimiento, la favorable si- tuación económica de las comunidades, muchos de cu- yos miembros llegaron a enriquecerse con el comercio, la fabricación de armas, y las industrias del vidrio y muy especialmente la textil, siendo también judíos los más buscados médicos e intérpretes y los más idóneos emba- jadores de la Sublime Puerta. Sobre esto último, resulta comprensible que a la hora de negociar con los prínci- pes de Occidente, la administración turca se fiara más de sus súbditos judíos que de los de religión cristiana, griegos y armenios. A título de curiosidad digamos que también se debe a los sefardíes la introducción y de- sarrollo de la imprenta en el Imperio, que poseyeron en monopolio hasta 1727.

Un bar-mitvá en la Sinagoga Nevé-Salom en Si1ane [Estambul].

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I INTRODUCCIÓN AL MUNDO SEFARDÍ Historia y creación literaria de los sefardíes: una visión de conjunto.

Hubo también no pocos judíos que, con los ex- clusivos méritos de contar con una cuantiosa fortuna y conocer el turco, lograron medrar en la administración otomana en calidad de banqueros de los sultanes y de los agás del cuerpo de los jenízaros; en tales tareas en- contraron una fuerte oposición en el elemento armenio -católico y ortodoxo-, con el que hasta la década de los años veinte del siglo XIX los sefardíes mantuvieron un violento pulso por el control de las finanzas del Estado.

Cierto es que esa situación de privilegio de la que gozaron algunos sefardíes fue con frecuencia inestable, estando sometida, como no podía ser menos, a los ava- tares de los cambios políticos internos de la siempre pro- celosa corte otomana, en la que ocupar puestos de rele- vancia comportaba sus riesgos; y así vemos cómo no po- cos de esos notables sefardíes fueron sumariamente eje-

cutados, cogidos en medio de los vaivenes de la balanza del poder y de las alianzas cortesanas. Por ello, no es de extrañar que también encontremos en los aledaños de la Sublime Puerta judíos convertidos al islam, que actúan como médicos de los sultanes o como cortesanos de di- versos niveles.

Como no podía ser menos, a lo largo de los siglos no todo fueron luces en la convivencia entre la mayoría islámica y las minorías del Imperio de las que formaban parte los judíos. Me limitaré a señalar sólo los tres males que de forma casi endémica padecieron las masas sefar- díes durante su permanencia en tierras otomanas: los des- manes de los jenízaros, levantisca tropa con la que en 1826 tuvo que acabar por la fuerza el sultán Mahmud II; los abusos y extorsiones de valíes o gobernadores locales, con frecuencia ávidos de dinero; y las acusaciones del lla- mado crimen ritual. Las dos primeras afectaron no sólo a los judíos sino a todas las minorías religiosas del Imperio; pero sí tiene que ver específicamente con ellos la última.

La calumnia del crimen ritual nació en la Edad Media en Alemania y fue rebrotando como la mala hier- ba en muchos países a lo largo de los siglos. Reposaba en la creencia de que los judíos usaban sangre de niños cristianos para fabricar los panes ázimos de consumo obligatorio durante los ocho días que dura el Pésah o Pascua judía. En el Imperio otomano sus principales propagadores fueron los griego-ortodoxos convecinos de los judíos, aunque tampoco faltaron musulmanes, inclu- so de alta jerarquía. Tales acusaciones de crimen ritual proliferaron a lo largo y a lo ancho del Imperio otomano y algunos de sus más destacados incidentes, por su re- percusión internacional, fueron los producidos en Da- masco y en Rodas en 1840. A raíz de aquellos terribles acontecimientos que llevaron a la muerte a varios ju- díos, mientras que otros fueron torturados, dos figuras de relieve en el mundo judío europeo, Adolphe Cré- mieux y Moisés Montefiore, trabajaron intensamente para refutar la creencia en los crímenes rituales y, gracias a la intervención de Lord Palmerston, ministro de Asun- tos Exteriores de Gran Bretaña, el 28 de octubre de 1840 lograron ser recibidos por el sultán Abdul Mecid e inducirle a proclamar un firmán imperial dando por nu- la la calumnia.

1.3. El declive del Imperio y el resurgimiento