No resulta forzado proponer a Hesíodo como el más antiguo difusor del mérito del esfuerzo canalizado en el trabajo y en relación con la justicia cuyo eco aún resuena en nuestro contexto cultural, con todas sus variantes desde el cristianismo pasando por Locke, la ética puritana, las ideologías surgidas con el trasfondo de la revolución industrial hasta nuestros días.
Forma de legitimar moralmente el derecho a ver recompensados los frutos obtenidos por el pónos, el esfuerzo del sujeto60 se configura en la lírica de Hesíodo como una forma de excelencia, de areté, como una manera de desarrollar las aptitudes, que son para el poeta, las verdaderamente humanas, y en la que el derecho debe hallarse en el centro de la vida en un momento, sin embargo, en el que de acuerdo con W. Jaeger, ésta es aún predominantemente heroica, agonal y aristocrática.61
III. 2. 1. El contexto
La época entre Homero y las Guerras Médicas, desde la segunda mitad del siglo VIII hasta el comienzo del siglo V, aquella que nos es dada a conocer por el historiador más antiguo, Herodoto, presenta como líneas más esenciales en relación con el trasfondo que conforma el contenido del mérito y el demérito del sujeto: La decadencia y el fin de la realeza, el aumento demográfico, la amonedación, y en lo que nos interesa, profundos cambios jurídicos, sociales y culturales que allanarán el camino de la democracia, a través de una lucha social en y por el derecho y un cuestionamiento de la justificación heterónoma y estática de la desigualdad.
En estrecha conexión con el desarrollo cultural figura el perfeccionamiento de los conceptos morales y del derecho. A finales del siglo VII invade el mundo griego una intensa ola de codificación de normas jurídicas, arrancada a la clase dominante. Los historiadores de este periodo coinciden en señalarlo como momento de crisis62. Desde la filosofía política,
59 GARCIA GUAL, C., La secta del perro, op. cit., p. 40.
60 En este sentido, vid, GERNET, L., Antropología de la Grecia Antigua, Madrid, Taurus, 1981. De igual
forma la introducción en MARTINEZ DÍEZ, A., Hesíodo, obras y fragmentos, Madrid, Gredos, 1978. También inciden en las diferencias en el ideal de la areté como excelencia VERNANT, J. P., Mito y sociedad
en la Grecia antigua, Madrid, Siglo XXI, 1982.
61 JAEGER, W., Paideia, op. cit., pp. 67-83
62 H. Chaeffer y Chr. Meier, ponen de manifiesto la idea de descontento generalizado en la época, en la base de
las confrontaciones político- sociales, Gschnitzer habla de luchas estamentales, es Ste Croix quién habla directamente de una lucha de clases.
Castoriadis señala en ese arrancar las normas a la clase dominante, el poner en cuestión el origen heterónomo tanto de las normas como de los valores en el inicio del primer intento de ligar la noción democrática con el proyecto de autonomía del sujeto63. En cualquier caso, parece que a partir del siglo VII, se produce un desligamiento de los vínculos y tradiciones locales por las que hasta entonces se habían regido la sociedad y afectan también a los valores, y dentro de ellos a la contingente noción de lo meritorio.
Lo que antes se había presentado como natural y lógico, el hecho de que mandaran los mejores -por ricos, nobles o mejor nacidos- en tanto sujetos depositarios de mayor capacidad y aptitud, se pone en tela de juicio. Numerosas situaciones en las que el derecho interviene deben ser forzosamente remodeladas. Si se permite la comparación, podría decirse que el descontento social de la tradición heredada habría facilitado la recepción de un tipo de ideas racionalistas cuyos efectos guardarían enormes semejanzas con los que provocó el Humanismo en la Reforma o la Ilustración en la Revolución Francesa64. A juicio de los historiadores del periodo las nuevas potencialidades de producción generaron una mayor vivacidad de las relaciones de propiedad y de movilidad como consecuencia del paulatino tránsito de la economía tradicional a la monetaria, esto es, una sería de rasgos caros al espíritu de la meritocracia.
En relación con la exclusión, nos referiremos en el capítulo siguiente al impedimento de la pobreza y a algunos condicionantes históricos en las formas políticas y jurídicas y en las circunstancias económicas: el incremento de población supuso, de un lado, emigración, mengua de tierras y extensión de la miseria, de otro, auge en el comercio terrestre y marítimo, creación de nuevas fortunas que coincidió con pérdida del predominio nobiliario en muchos casos, lo que provocó mayor movilidad social que en la época precedente.
La adquisición de suelo, bienes raíces, como preferencia de esas nuevas fortunas, se tradujo así en peligro para la estabilidad social y la antigua estratificación más o menos estática y ligada a la mejor aptitud que habría de justificar los privilegios jurídicos de los grupos más aventajados. Esto coincidió con una radicalización de las tesis eugenésicas de la aristocracia acerca del mérito orgánico, por utilizar la expresión de Dupuy65, y que se replegó en una defensa de su estatus privilegiado, a través de una retórica que a la vez que ensalzaba las virtudes del linaje y el abolengo, se mostraba contraria, tanto al poder desacralizador del dinero, como a las pretensiones sociales del pueblo66.
No obstante, antes debe verse, dado que entronca con la relación mérito / igualdad, la lucha inicial contra la pretensión aristocrática de aumentar sus privilegios, aquella que condenaba tanto al pueblo como a los nuevos ricos, esto es, siguiendo nuestra terminología, aquella que planteaba de un lado el demérito del trabajo propio de los más pobres, de otro, la ascensión de nuevas clases que enarbolaban el mérito de la posesión de riqueza. Frente a los derechos de los más fuertes y a favor de la justicia, la situación general del pueblo, de los estamentos inferiores, era de descontento, desconfianza contra el derecho ideado por los aristócratas.
Otra vez junto a la batalla por el escalonamiento social se sitúa la lucha por el derecho. Un testimonio de ese descontento, a la vez que reivindicación de los méritos que pueden alcanzar los estratos más bajos, lo proporciona, pues, Hesíodo.
63 CASTORIADIS, C., El ascenso de la insignificancia, op. cit.
64 De hecho el historiador W. K. C. GUTHRIE, se referirá al siglo V griego como el de la “Ilustración”, vid.
También W. K. C. GUTHRIE, Los filósofos griegos, México, FCE, 1981, trad. F. M. Torner.
65 DUPUY, P., El sacrificio y la envidia, op. cit.
66 Los historiadores destacan el aumento en la ambición de la aristocracia, su aspiración de extender las
haciendas y obligar a trabajar en su provecho a los pequeños campesinos, la creciente estrechez de los más desaventajados, así como el inmenso contraste entre pobreza y riqueza. La nobleza se aísla en su presunción estamental cuyas pretensiones refleja, de la forma que se verá más adelante, la lírica gnómica, o programática.
II. 2. 2. Pónos: el esfuerzo. El mérito del esfuerzo en el trabajo. El mérito de los pobres frente a la riqueza o el linaje: Hesíodo. El derecho y el lenguaje moral.
Hesíodo de Ascra, contemporáneo de las primeras colonizaciones griegas de la época arcaica y de la consolidación del estado aristocrático se sitúa, de alguna manera, en el inicio de dos líneas de pensamiento relacionadas con el sentido de lo justo.
a) Respecto al mérito, se le puede considerar como el más antiguo defensor del mérito del esfuerzo, pónos. Según esta idea, el hombre merece los resultados obtenidos sobre la base de su esfuerzo en el trabajo. Lo resume perfectamente W. Jaeger: “El trabajo es ensalzado como el único, aunque difícil camino para llegar a la areté. El concepto abraza al mismo tiempo la destreza personal y lo que de ella deriva –bienestar, éxito, consideración- .”67
b) Al mismo tiempo, Hesíodo subrayó que la justicia era lo que definía el ámbito de lo humano. En lo que aquí nos interesa, podríamos decir que Hesíodo muestra una sensibilidad frente al mérito y frente a la pobreza de una forma distinta a cómo aparecerá en la lírica y en general en el pensamiento aristocrático. Para Jaeger, Hesíodo se distancia de la visión predominante de los valores en las fuentes educacionales de la época arcaica: “ya no se trata de la areté guerrera de la antigua nobleza, ni de la clase propietaria, fundada en la riqueza, sino la del hombre trabajador que halla su expresión en una posesión moderada. Es la palabra central de la segunda parte, los Erga propiamente dichos. Su fin es la areté, tal como la entiende el hombre del pueblo. Quiere hacer algo con ella y prestarle una figura”.68 Parece que el contexto agonal desaparece, pero resulta que más bien se transforma: “En lugar de los ambiciosos torneos caballerescos, exigidos por la ética aristocrática, aparece la silenciosa y tenaz rivalidad del trabajo. Con el sudor de la frente debe ganar el hombre su pan. Pero esto no es una maldición, sino una bendición. Sólo a este precio puede alcanzar la areté”.69 Tras el Proemio, Hesíodo plantea en Las Dos Érides, el agón del esfuerzo para sobresalir en trasfondo del agón.
“A la otra primogénita la engendró la tenebrosa noche y Zeus Crónida, de alto asiento, que habita en el Éter, la colocó en las raíces de la tierra y es más provechosa para los hombres; ella despierta para el trabajo incluso al muy holgazán, pues está ansioso de trabajo cualquiera viendo a otro rico que se apresura a cultivar, plantar y disponer la casa; el vecino envidia al vecino, que se apresura a la fortuna, pues ésta es provechosa Eris para los mortales; el ceramista está celoso del ceramista, el artista del artista, el pobre envidia al pobre y el aedo al aedo”.70
Para Jaeger resulta perfectamente claro que Hesíodo, con plena conciencia, quiere poner al lado de la educación de los nobles, tal como se reflejaba en la epopeya homérica vista atrás, “una educación popular, una doctrina de la areté del hombre sencillo. La justicia y el trabajo son los pilares en que descansa”.71
Respecto a lo anterior puede verse como forma de dinamizar el mérito. Respecto a la pobreza, su conocimiento directo de la forma en que la penuria condiciona las opciones vitales, le tuvo que conducir a proclamar que lo peor de la pobreza es la incomprensión del
67 JAEGER, W., Paideia, op. cit., p. 78. 68 JAEGER, W., Paideia, op. cit., p. 78-79. 69 JAEGER, W., Paideia, op. cit., p. 79.
70 HESÍODO, Trabajos y días, Madrid, Alianza,1998, trad. María Ángeles Martín Sánchez, p.70 y pp. 17 –
27.
que la padece: “Es la pobreza lo que es malo y no el que la sufre”72. El mismo padre de Hesíodo, según nos cuenta éste, habría sentido directamente la urgencia de la escasez en oposición a la tranquilidad que proporciona la riqueza. 73
Se ha dicho ya que en la época que Hesíodo escribe Trabajos y días, esto es, a finales del siglo VIII o comienzos del VII a. de C. el acceso al poder político era disfrutado por un tipo de aristocracia hereditaria a la que define como “príncipes devoradores de regalos” que se burlan de la justicia y emiten sentencias torcidas. Hesíodo apela a la protección de Díke en su lucha contra la avaricia de su hermano. Hesíodo ofrece un panorama en el que el pueblo vive pobremente de su trabajo con la agricultura y mientras sufre las consecuencias de las sentencias arbitrarias por parte de los nobles que les apabullan con acciones del pasado.
Esto es, el mérito del linaje por el cual el dominio se justifica sobre la base del nacimiento y los hechos de los antepasados. Pero “los Trabajos y días trazan un cuadro de total corrupción moral. Incluso los lazos de sangre en los que descansaba el antiguo dominio de los nobles ya no tiene vigencia; cada individuo busca sin reparo su propio provecho y la fuerza priva sobre la justicia y la fidelidad. En tales tiempos, el duro trabajo del campesino prudente, que gana al suelo la propia existencia, adquiere una nueva significación y dignidad. Dependiendo sólo de sí mismo, también puede mantenerse solo cuando todo se desploma”74.
El derecho del más fuerte no sólo es presentado como puro despotismo, también planea la idea de la ilegitimidad de los méritos de los que el aristócrata presume y sobre los que se apoya para gobernar.
Alrededor de la justicia y del trabajo y dedicada a su hermano Perses con el que mantiene un conflicto de herencia, Trabajos y días, defiende la posibilidad de mejora y reconocimiento cosmológico dentro de una existencia trabajosa endurecida por la primigenia envidia entre hombres y dioses.
En la apelación a la idea de justicia aplicable a la disputa, Eris, consecuencia de la avaricia de su hermano, aparece recurridamente la idea de moderación clave que media entre la justicia y el éxito. Si para Adam Smith, será consustancial al hombre “el mejorar su propia condición”,75 para Hesíodo la buena disputa, es también Eris, hermana mayor de la que informa a la miseria, hija de Zeus y de la Noche, la buena disputa como superación, incita al trabajo, y a la superación, por ella incluso el mendigo desea ser más que mendigo..
También en relación con el agón Hesíodo hace notar como toda rivalidad, toda eris, disputa, supone relaciones de igualdad: la concurrencia no puede darse jamás si no es entre iguales. Este espíritu igualitario, en el seno mismo de una concepción agonística de la vida social, es uno de los rasgos que caracterizan la mentalidad de la aristocracia guerrera de Grecia y “contribuye a dar a la noción de poder un nuevo contenido”.76
Trabajos y días aparece, según se deducirá más adelante en la visión griega del trabajo
necesario como demérito, como exponente de una línea de pensamiento que defiende el
72 HESÍODO, Trabajos y días, 633-637.
73 “Como mi padre y el tuyo, gran insensato Perses, se hacía a la mar en las naves, por estar necesitado de buen
sustento en el que en otro tiempo llegó aquí (...) no escapando a abundancia, riqueza y felicidad, sino a la malvada pobreza que Zeus da a los hombres”. HESÍODO, Trabajos y días, 633-637.
74 FRÄNKEL, H., Poesía y Filosofía de la Grecia Arcaica, Madrid, Visor, 1993, trad. Ricardo Sánchez Ortiz
de Urbina, p. 120
75 “El esfuerzo natural de cada individuo por mejorar su propia condición cuando se ayuda de la libertad y la
seguridad, es un principio tan poderoso por si mismo, y sin ninguna ayuda, es capaz no solo de conducir la sociedad hacia la riqueza y la prosperidad, sino de superar cien obstáculos impertinentes con que la locura de las leyes humanas demasiado a menudo dificulta sus operaciones”. SMITH, A., Investigación sobre la
naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, op. cit. , p. 460.
esfuerzo como digno de recompensa, en la medida en que, junto a secuencias diversas como el mito de Pandora y las edades del mundo existe toda una reflexión en torno a la idea de justicia y de exaltación del trabajo y una denuncia de las imposiciones que sufrían los campesinos de Beocia. Es, en contraste con la épica homérica el inicio de la línea de pensamiento que veía en el trabajo un demérito,
Hesíodo condena la ociosidad: “trabaja para que hambre te odie y la venerable Deméter, de hermosa corona, te sea grata y llene tu granero de riqueza, pues hambre siempre es compañía adecuada del hombre inactivo, semejante en su inactividad a los zánganos sin aguijón, que, comiendo, sin trabajar, esquilman el fruto del trabajo de las abejas”.77
Al mismo tiempo hay un distanciamiento del tipo de moral aristocrática que defendía a ultranza los lazos que establece el linaje como consecuencia del tipo de lazo de tipo comunitario que la proximidad instituye. El apoyo familiar acostumbrado en la nobleza, cede ante la vecindad: “invita principalmente al que vive cerca de ti, ya que, si se presenta alguna dificultad local, los vecinos acuden sin ceñirse, pero los parientes han de ceñirse”. 78
En efecto, aunque los dioses, la naturaleza y los hombres poseen los elementos para el buen funcionamiento de un mundo ordenado por Zeus: Eris (emulación), areté (virtud, o mejor excelencia en un ámbito práctico) y aidós (respeto), también tienen junto a estos bienes algunos males, entre los que destaca, el ocio, que aparece como el mayor delito social, por lo que, cuando éste perturba el orden, debe actuar Zeus, garante de la justicia, y restablecer el equilibrio.
La corriente que inicia o en todo caso refleja Hesíodo significa la valoración del esfuerzo frente al ocio, el pónos, debe valorarse y es defendido como acción digna de recompensa.
“Nada reprochable es el trabajo, muy reprochable es la inactividad. Pero si trabajas rápidamente, el hombre inactivo te envidiará a ti que te enriqueces, pues éxito y prestigio acompañan a la riqueza”.79
A la valoración del trabajo se une el hecho de que la némesis como desprecio y violación de las normas de conducta se dirige también contra los holgazanes. De la misma forma, tampoco encontramos en Hesíodo la condena moral del pobre que para el argumento meritócrata estático legitimará el maltrato jurídico o la limitación de su status político. Así: “no reproches al hombre la funesta pobreza que devora el corazón, dádiva de los siempre Bienaventurados”. 80
Frente al mérito del más fuerte propio del mundo animal, y que aparecerá para el mundo humano articulado en las tesis del darwinismo social, aquel por el que el pájaro cantor, atrapado en las garras del ave rapaz, sabe, que dispondrá de él a su antojo, Hesíodo opone el lenguaje moral de la prescripción. Esto no debe ser así. La búsqueda de justicia como característica del mundo humano. Descriptivamente “necio es quien pretende oponerse a los más fuertes, es despojado de la victoria y, sobre los ultrajes sufre los daños”. Homero canta lo que los nobles quieren oír pero al mismo tiempo les muestra que no todo es como ellos suponen.
En el canto IX de la Ilíada, Aquiles dice que le resulta indiferente pelear en una guerra inventada por dioses malvados, que preferiría morir pobre y en su tierra natal. Por momentos parece aconsejar a los nobles que dejen de piratear y conquistar otros pueblos y se dediquen al comercio.
77 HESÍODO, Trabajos y días, 300-305. 78 HESÍODO, Trabajos y días 342-345. 79 HESÍODO, Trabajos y días, 310-315. 80 HESÍODO, Trabajos y días 715-720.
Por otra parte, tal como señala Simone Weil, Homero unifica en una misma dignidad a vencedores y vencidos. “Apenas si se nota que el poeta es griego y no troyano”, escribe.81
De este modo el mérito se torna más importante que el éxito obtenido en el campo de batalla. Aquí nace otra tradición que aún no ha sido acallada en Occidente: aquella que separa victoria y justicia, razón y éxito.
En contraposición a Homero, que exalta las virtudes de la clase guerrera en decadencia, Hesíodo privilegia las virtudes vinculadas con el trabajo del campesino que debe obtener el sustento en una tierra inhóspita. Para que sea posible dedicarse a la guerra, sugiere Hesíodo, es necesario que exista una clase ociosa. Al hombre que trabaja “apenas le queda tiempo para litigios y arengas”.82