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3 Identification, prioritization and handling of FEPs

3.3 Description of FEPs

3.3.1 Diagonal elements of interaction matrices

su largo cabo de garabato, leen y escriben, después del rosario, hasta la cena. Llega día en que, interesados en lecturas, esperen la noche con impaciencia.

Leen los Evangelios y emprenden el

Quijote.

Claro que la maestra es la lectora;

pero los dos estudiantes meten, de cuando en vez, su cuarto a espadas, dirigiendo ella, detrás del lector, todo aquel ejercicio. Otras noches les declama los versos que ha ido aprendiendo; y, si los blancos se deleitan, Sacramento y Guadalupe se privan. “Asina tenía que ser. Tanté en esa capacidá de Amita, ayudada por ese Familiar”, que, con todo y envoltorio, no alcanza a ser del grandor de medio dedo meñique.

Los domingos, mientras los patrones se andan en sus cacerías, reúne, en su bodega o en la de Don Pedro, las dos cuadrillas. Les da gran comilona, y, con toda esa fuerza mental que va adquiriendo, les enseña la doctrina, que ni el cura más entendido. Aquello le alegra el corazón, porque los negros, más que esclavos, son para ella compañeros y camaradas a quienes sirve y complace.

Cuando está ahí el Bronco, la cosa se complica. Éste, que no es tan poquita cosa como su hermano, saca todo su saber, entre alardes, risotadas y chirigotas. Ya verían que a todos cuatro los iba a sacar de ese hueco para llevarlos a España, para enseñar al Rey y a la Reina y los Reicitos.

Ni la gravedad de la ciencia ni las delicias del arte ni los aparejos doctrinales ni las fiebres son poderosos a distraerla de sus obligaciones como empresaria, máxime cuando “la ayuda” resulta día por día, mes por mes, año por año, más eficaz y manifiesta. Semana por semana lleva o manda a Yolombó cada trapado que Don Pedro y los liquidadores del quinto real se van para atrás. Ha hecho fabricar caja aparte, para guardar los caudales de esa hija venturosa. Es uno como arcón, forrado por dentro con planchas de hierro, cuatro llaves, cuatro candados y la mar de refuerzos.

Doña Bárbara no atesora del todo ni se atiene al negocio minero, únicamente; compra esclavos", compra una casa, principiada por el alcabalero; y la termina con todas las comodidades y elegancias del caso, y la habita cuando viene al pueblo; compra a Taita Moreno la manga donde mataron a la bruja; hace allí casa y planta huerto y corral.

Ha titulado un terreno por donde pasa la trocha de la mina; y, con negros tumbamontes e indios alquilados, ha hecho abrir un pedazo bastante extenso y tumbar otros para rozas. Hace construir casa y siembra en torno de ella cuanto esa tierra da; descepa el llano que le queda ai frente, y, aprovechando aquellos pastos naturales, pone hato y a Feliciano y a su familia por mayordomos administradores. Estos negros los ha comprado en El Cañón, como expertos en ganados y labranzas. Su generosidad, su justicia y las colas en que los lleva, han hecho de ellos unos señores mayordomos y de esa abertura una posesión productiva.

Ha resultado con más espíritu municipal que el mismo Ayuntamiento. Lo hace reunir, y, de acuerdo con los demás mineros de San Bartolomé,

recaba la compostura y el sostenimiento de la trocha que allá conduce, con la ayuda de los interesados. No muy tarde, entre esclavos e indios penados, hace de estas estrechuras selváticas algo transitable, hasta para caballerías. Y Don Pedro, que legal y mentalmente es el Cabildo, no deja, de ahí adelante, cegar la vía.

Desafiando serpientes y tarántulas, jaguares y leopardos, así como otros animales enemigos de los útiles, principiaron a usarse entonces los de carga y silla, por estas hondonadas del San Bartolomé; y a abrir pradillos, donde puedan gozar de esa hierba que ahí siembra Dios, para que vivan sus criaturas, servidoras del hombre.

Doña Bárbara encarga, entonces, a España los arreos hípicos; a San Juan de la Tasajera el corcel de honor, y se da a los alardes amazónicos. Toda esa gallardía es tan sólo para entrar al pueblo, salir de él y andarse por ahí, peón de estribo al pie, uno que otro trecho. La silleta, a espalda de indio o negro, tan poco decorativa como mareadora, la ha sustituido por una litera, entre confesionario y andas, que conducen dos gañanes, muy bajo y nivelada, merced a dos cargadores pendientes de un cinto, a estilo de cíngulo.

En cuanto a elegancias y embelecos, nada ha olvidado. Los canarios del comercio, que ven en ella el cliente por excelencia, la estimulan para los pedidos, que hace año por año. De España le han venido guitarra y panderetas, dos cornucopias, crucifijo y tablas de santos, damascos, alfom­ bras y holandas, joyas y todas las galas y arrequives de gran lujo y “última usanza”. Ocupados mantiene a los plateros reales, en su vajilla, en candeleros, lámparas, vasos sagrados y demás objetos rituales, que regala a las iglesias.

A parientes y amigos les trae siempre las pruebas y para cada necesidad tiene algún socorro.

En su negrería hay de todos los oficios; y a los cantores o tañedores de. cualquier instrumentillo, los adiestra ella misma, para alegría propia y ajena.

La fortuna, que no deja en paz la cabeza de quien ha favorecido, mal podría dejar de inflarle, esa suya, tan juvenil, tan de mujer y tan sin lastre. La egolatría, ese embrujo a que todos nos entregamos, a cualquier triquitraque que tengamos por triunfo, la va invadiendo con sus ardides y sutileza. Pronto el dios Yo, esa divinidad para la cual no hay ateos ni tan siquiera blasfemos, levanta en las honduras de su corazón un templo olímpico de sublimidades y excelencias. Aquello es el humo perpetuo de los sacrificios y el perfume de las adoraciones.

Pero cátame que este autoculto de Barbarita1 le conviene al prójimo, por amarse, estimarse y adorarse más: es caritativa, dadivosa, afable y cortés con todo el mundo.

1 El autor acentúa el “autoculto” de Bárbara, la neurosis de grandeza que produce efectos