4 Initial state in the repository and its environs 1 Introduction
4.5 Integrity and condition of the barriers
— No, Feliciano. Es parecer tuyo. Estoy muy a gusto y hasta tengo ganas de cantar.
— ¿Le treigo la vigüela?
— A la noche, después de la cena. Bueno: ¿y la roza dizque va a dar más de lo que pensábamos?
— ¡Cállese la boca, su Mercé! Aquí fue onde mi Dios dijo: “tomen máiz y frijol hasta que se lo toquen con el dedo”. Esta sí es la tierra pa’comida. Hasta parece mentira. Pero, eso sí, mi Amita: lo que son las bobas, los pericos, las arditas y toda laya de animales, nos tienen locos. Dende el amanecer tenemos qu’estar alguno, en la roza, rumbando piedra sin caridá, porque se la tamban mientras espabilamos. Pa’eso que no les vale ni espanto ni sombrerón.
—Tendrán hambre, Feliciano. Mi Dios da para todos. Y , agora que estamos solos, voy a decirte una cosa: me parece que el negrito Gabriel lo podemos casar muy pronto. Allá le tengo reservada a Chepa, la negrita de Celedonio. Hacen una parejita muy chusca.
— ¿Nu-estará, en tuavía, muy mediano, Amita? El apenas va a dentrar en los quince años.
— La Iglesia los recibe desde los catorce. Se lo consultaremos al señor cura. En fin, mientras más pronto, mejor.
Ya que no se peina para ningún galán, péinase para su negrería. ¡Pues no faltaría más que sus esclavos la viesen de cualquier facha! ¿Qué respeto podía inspirar una ama y señora de treinta y siete negros, fuera de crios, con alpargatas y saya de fula? El zapato y la media, antes que todo y en cualquier parte y estado: por eso se sacaba el señorío de una dama, como el valor de un caballero, por su espada.
Esto del zapato y la media es en ella como un rito sacro. En la mina, sólo los deja para entrar en lugares encharcados, y se vale, en tales casos, de unos zuecos muy altos, donde mete el pie desnudo; este pie, pulido y escultural, en que ella cifra su orgullo de mujer y de raza.
La negra Narcisa, su camarera mayor, muy sabia en su oficio, le ha calzado, para esta tregua campesina, media calada, alba y fina y chapines de tafilete verdusco, con hebillas de plata y tacón a lo Luis XV1. Hale vestido una saya, de medio paso, a la garganta del pie, de granadina gruesa y obscura, a ramazones azules; camisa suelta de batista; pañoleta ligera, a guisa de berta, pendida con borche de corales, sobre la cual cuelga el rosario de oro, con cruz labrada y óvalo, de Santa Bárbara por un lado y de Santo Domingo por el otro, fuera de las dos pajuelas para uñas y oídos.
Todo el cabello rubio y rizado se lo ha recogido en trenza y sin carrera, en la propia coronilla, se lo ha prendido en rodete y cubierto todo con un
pañuelo tornasol de rojo y negro, amarrado a estilo bíblico. Sobre cuyo nudo le ha puesto la rosa más pintada que topó a mano. Y , como su señora, merced a las malditas calenturas, tiene deslustradas las colores de su rostro, le arrebola las mejillas con unos pases de papelillo y la blanquea con “Pasta de la reina”. ¡Negra más recursada y más artista!
Ella ve en su señora algo así como un ídolo, a cuyo culto se siente consagrada, por divino ministerio. Y el ídolo, claro está, se deja cultivar como a su sacerdotisa se le antoje. Esta idolatría vincula a la señora y a la esclava.
Bien necesita aquel rostro de tanto cultivo: nunca ha brillado por noble ni por perfecto. Es ancho, respingado de nariz, de boca grande y tosca; de tez, si blanca y fina, propensa a los parásitos de las pecas; los ojos zarcucios y aceitunados. Los dientes magníficos brillan como una ironía. Acaso por esto tiene una risa muy graciosa. En cuanto a formas, andares y movimientos, puede tenérselas tiesas con la gaditana más resalada; su voz es grave, expresiva, de muchos matices y transiciones.
No le pesa su cara fea; con frecuencia la saca a colación; ni envidia, tampoco, el rostro de la beldad más celebrada. Bien se le alcanza que Dios no junta, en una sola persona, todas las ventajas.
Narcisa, en cambio, y por humorismo de la suerte, es tipo acabado de hermosura.
En el Congo hubiera sido reina, y de reyes descenderá, probablemente. Es una criatura tan negra, de un negro tan fino y tan lustroso, de formas tan perfectas, de facciones tan pulidas, que parece tallada en azabache, por un artista heleno. El blanco de esos ojos y los dientes rutilan en esa obscuridad; uno como musgo de seda le cubre la cabeza; andares y movimientos son cadencias; veneno letal le recorre todo el cuerpo.
Muchas onzas le ofrecen a Doña Bárbara por Narcisa; pero es el caso, que, hace tiempos le ha dado carta de libertad; y la negra, que es viuda, no quiere volver a casarse ni dejar a su señora.
Un inglesóte que pasó para Remedios intentó raptarla. Desde entonces la mantiene Doña Bárbara pegada a sus faldas.
Fuera de este lazo, las une otro, tan peregrino y casual, que la dama lo tiene por cosa de la Providencia: las dos cantan que es una gloria; cantan a la buena de Dios, por instinto, ni más ni menos que dos pájaros. Sin que ellas lo sepan, Doña Bárbara es contralto y Narcisa soprano. Por eso las dos voces se conciertan. La de esta raza africana tiene una melancolía y una ternura tan profundas, que se dijera que la informa y la inspira la nostalgia ancestral de esa libertad, de esos bosques y de esa patria, perdidos para siempre. Y la voz de Narcisa, así cántese aires criollos como españoles, posee, en grado sumo, esa indecible tristeza. Cuando la señora toma la guitarra y la esclava el
pandero, bien para bundes, bien para tonadillas, se paran muchas gentes a oírlas.
Ahí asoma la negra: trae el braserillo de plata con el sahumerio de incienso, benjuí y alcanfor, a fin de perfumar el aposento de su Amita. Cierra la puerta, para que el humo lo penetre todo. Hase puesto, también, como un pino: los pies entre blancas y amarradas alpargatas; falda roja de filipichín1, con lunares; camisa de escote y faralaes escarolados; montera de divisa encarnada; gargantillas de abalorios, rojos y azules.
En seguida saca la muda para mi Amito Martín; porque un futuro señor, “tan precioso como un grano de oro”, mal podía estar, ante sus negros, desaliñado y sucio como cualquier pobretón. Pero el Amito no aparece por parte alguna. Llámanle, grítanle y . .. nada. Por fin asoma, allá arriba, con los tres negrillos. Trae un costal con choclos, frísol y una porción de caracoles, que se ha rebuscado en la roza.
Le lava los pies, le limpia la cara; y los ojos de zafiro y los labios encendidos resaltan en esa blancura. Narcisa le desenreda la cabellera de oro, le hace la coleta, con no poco arte, y le pone el castor panzadeburro. Todo en balde: el mocosuelo no puede estarse quieto ni un segundo2. Pronto se le enreda el capote de tartanilla, al trepar a un aguacate; y los pantalones tobilleras y la blusa de mahón se vuelven una indecencia; y la coleta se deshace. ¡Lo que le valen los regaños de tiíta Barbareta!
Baja del árbol para trepar, ya en una bestia, ya en otra. De ellas pasa a las espaldas de los tres negrillos; hace que le den vueltas, en torno de la casa; luego le hacen la “silla de la Reina”, llevándolo hacia adelante y hacia atrás, por todo el patio. Tiene entrañas de amo cruel, y los azota con una vara, entre gritos de mando, risotadas, cantorios y miquerías. Por fortuna que su veleidad no es para largas tiranías: a poco toma, con sus vasallos, para la manga, a turbar, con su vara, el sesteo de las vacas, toréalas con el capotillo y va a horcajarse en los terneros, ya que no en ellas. El Amito Martín es el diablo suelto.
La negrería lava la ropa, arma el toldo para el pernocto, acomoda rejos y enjalmas, cuida el alazán, acarrea leña; entretanto se sazona la guagua en el asador, hierve el ollón de frisóles, la mano de moler va y viene, sobre la piedra, para pulir aquella masa lechosa, más película que harina, mientras que en el perol se va cuajando la “colada del chócolo”, encanto de Doña Bárbara.
1 Ver la carta de Antonio J . Restrepo en la cual dice: “Por 1876 era Tomás Carrasquilla, en la Universidad de Antioquia, lo que ahora llaman en esta Bogotá, un “filipichín”, que vale por pisaverde, petimetre y demás voces aplicables al que se acicala demasiado y cuida más de su persona e indumentaria que de sus libros o tareas o negocios". (Del primer novelista antioqueño, en Prosas medulares, Barcelona, 1929, I, págs. 335-348).
2 Apta es la descripción de Martín — “diablo suelto”— , quien se caracteriza por su