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6.3 Evolution of the surface ecosystem

6.3.2 The period from 3,000 AD to 12,000 AD

tienen a aquéllos, tan anchos y con santos sobre los trasportones, por otras tantas capillas, a ellos erigidos.

Liborita llora, a moco y baba. Un mes antes creía que esa Antioquia de su alma volvería a verla desde el cielo; y ahora está en ella y no en sueños.

Doña Bárbara, entretanto, no sabe cómo ponerse sobre ese alazán y en ese sillón egregio y argentado, máxime cuando la novelería aldeana ha alcanzado hasta la ciudad: los adultos se paran, se asoman a puertas y ventanas; la chiquillería sigue detrás.

Como la casa queda por Chiquinquirá, tienen de atravesar la plaza principal. Aquí sí da la amazona con la postura apetecida: Lucrecia Borgia, al entrar en Ferrara, sería una entumida, al lado suyo.

En la casa los esperan, con la gran comidona de bienvenida, las hijas del compadre Carvajal y unas allegadas de Liborita, que los instalan en un santiamén.

Pasado el relumbrón de la entrada y el aturdimiento de todo cambio, entra Doña Luz a aplicarle su criterio a esa Antioquia, tan decantada y a este viaje tan complicado; y, pese a Liborita, se deshace en una serie de berrinches, a cual más verboso y vehemente. Que eso no era tierra para ningún forastero; que los antioqueños debían ser gentes de palo y de fierro, toda vez que resistían ese infierno; que ella iba a quedar en el puro hueso, si acaso no perecía, como San Lorenzo, en su parrilla; que esos lagartos, tan sangripesados e introducidos, la asustaban; que esos pájaros, tan chillones, no la dejaban dormir por la mañana; que aquel caserón, tan vacío y tan enorme, le daba ganas de llorar; que eso era seña, clara y evidente, de que allí habían muerto muchos cristianos, tal vez en ese mismo cuarto donde ella dormía; que esas camas, sin pabellón y sin colchones, más bien parecían cosa de indios que de nobles; que el chocolate, tan ponderado, le sabía a la pura olleta; que el agua esa, tan tibia, era más para vomitar que para refrescar; que allí hedían los negros más que en parte alguna; y que ella misma se sentía fétida y próxima a la pudrición.

Cuando Melchora, la mulata camarera, logró arrimarla a una ventana, después de muchas súplicas, a la señora le apura el ofuscamiento: ve gente, mucha gente, de una y otra clase; pero ni cosa parecida a señoras en litera. Hasta esa hidetal de la Bárbara, a quien siempre había creído, había estado engañándola, como si ella fuera alguna mocosa de seis años. Allá verían cómo el tal tute real y la tal baraja de los ocho manjares tampoco resultaba. ¡Que volviera esa puerca fabulosa a meterle sus levas! Y el enojo es tanto, que Melchora tiene que volverla al aposento, luego al punto.

Allá se recluye casi todo el día; y más se fastidia si entran a conversarle. Sentada en un taburete de vaqueta, con el mero camisón, pasa las horas, entre resoplo y resoplo. Melchora tiene que entrar cada rato, con el totumón de agua; y la riega como si fuese una mata; y ahí se queda, con el camisón

pegado. Con estas sofoquinas y estos asperges, le están vedadas hasta las consolaciones del solitario.

Al único que admite en su trato, y eso por momentos, es al volantón de Martín. Esta criatura, de las socaliñas, viene a bailarle el agua con sus carocas y sus arrumacos y a contarle todo lo que ha visto y conocido, nada más que por sacarle plata; pero no bien tiene el patacón empuñado, corre a hacerles fieros y a obsequiar, con dulces y roscones, a sus nuevos amigos, a quienes supone en penuria. Claro que ellos se sienten demasiado merecedores de este tributo que rinde el aldeano a los señoritos de la capital; porque, cuando un blanco y un negro beben juntos, el negro es el que paga.

Ya se van alarmando Don Vicente y Doña Bárbara con los tedios de Doña Luz. No así la Liborita: da por seguro que, en cuanto la aburrida coja el sabor de esa tierra bendita, todo se le convertirá en alegrías; y que ello será más pronto de lo que puedan figurarse.

El yerno y las hijas del Capitán a Guerra de la villa de Yolombó, mal pueden ser huéspedes insignificantes, por más que Antioquia sea el centro oficial y la ciudad de los blasones. La fama de las riquezas y abolengos de Caballeros y Morenos les precede, fuera de que varios señorones y dignatarios de la ciudad han recibido de ellos, a su paso por Yolombó, las atenciones de nobilísimo hospedaje. La capital de la Provincia ha sido, por otra parte, muy célebre por su hospitalidad y por el agradable trato de sus habitantes. Así es que Don Vicente, en cuanto hace su primera salida, con el compadre Carvajal, es acogido con gran cordialidad.

Desde el día siguiente de la llegada principian los mensajes de bienveni­ da, acompañados de aquellas pilas de frutas en aquellos bandejones de plata. Pronto principian las visitas, y, con la del Gobernador, Don Francisco Baraya y su mujer, quedan los forasteros colocados en primera línea. A todo esto, sigue Doña Luz siempre encatada. Y ninguna falta que hace, para estos visiteos de gran tono. Lo Ortiz y lo Uruburo, lo Pardo y lo Martínez, lo V illa y lo Arrubla, lo Gómez y lo Hoyos, Londoños y Corrales, los títulos de Pestagua y Casanegra, y Pelayo, y El Cid y el Rey, por todos sus representantes, invaden la casa.

Doña Bárbara trae desde Yolombó, entre ceja y ceja, el problema capital del indumento. ¡Casi nada lo del ojo!

Aunque Francia haya impuesto, de siglos atrás, sus fantasías indumenta- les, no era en el siglo XVIII, como lo es hoy, la soberana que unifica e iguala el mundo civilizado, con el rasero del traje. Y , si muchos países europeos no la seguían, entonces, ni entre las gentes más elegantes ¿qué iban a seguirla en estas fincas americanas del Rey de España? Tal vez más del noventa por ciento de los colonos ignoraban la existencia de París. Mas, como en todo tiempo y lugar, hay inventores e imitadores, la moda no faltaba en la Colonia. Sobre la tradición española, sobre la ropa hecha que de España se traía, sobre las variaciones industriales en telas y adornos, la gente iba cambiando y

evolucionando según sus facultades. Aquello era por pueblos, por caseríos, por familias. Por eso la moda yolombera no podía ser la antioqueña.

¿Y

qué hace Doña Bárbara? Pues a la mañana siguiente le traen a Serafina

Holguín, una cuarterona muy aseñorada, que es la Petronia1 de la capital. “Pida, haga y deshaga” — le dice la nueva cliente. Del examen de tantas galas resulta: mantillas, mantelos, peinetones y zapatos, aprobados con plenitud; los trajes dominicales, aprobados solamente, porque han menester de reforma; los del diario, reprobados, en conjunto y por separado, porque las telas no se soportan, en ese clima; y las hechuras son chambonas. Pues a buscarlas, y quien las cosa. Serafina sale a las compras, y, a más de telas le trae Eucologio Romano2, bolsa para llevarlo, alfombra, sombrillas y abanico, de país florido y apaisajado. Ahí mismo, en el caserón ponen el costurero.

— Vea mi niña: con ese cuerpo suyo y ese modo de andar 3 y esos vestidos tan ricos y de tanto valor, me comprometo a lucirme. Creo que le va a poner la pata hasta a la mesma Gobernadora. Allá verá que no la dejo salir asina no más.

— Pueda ser que salgamos con algo, Serafinita. Y cuenta con tu buen remojo.

Jamás ha usado abanico y apenas si se acordaba de uno apolillado, que guardaba Doña Rosalía, como reliquia de su tierra. Mas, como ha nacido para posturas y visajes, en cuanto coge el pericón, que le han traído, aprende el venteo de frente, el de filo y el de sesguerete.

A las primeras visitas les sale que ni una aguerrida española de alto señorío. Su debut, en la misa, ha sido un éxito: Serafina la ha aderezado con todos los untos y menjurjes del caso, con el peinetón más sublime y la mantilla más lujosa. Narcisa, hecha una ascua de oro, la ha acompañado y le ha tendido la alfombra, con no poca maestría. Todos admiran el lujo del ama y la belleza de la esclava.

Liborita ha hablado por boca de profeta: Doña Luz se ha pasado al enemigo con armas y bagajes. Ya el chocolate no le sabe a cobre ni la molestan los lagartos y pajarillos; se ha hecho a buenos tuteros y se encanta con los trajes vaporosos, que estrena cada día, y con las frutas de que se atraca. Obedeciendo a las prescripciones del médico, hace esfuerzos por moverse, de aquí para allá, y por andar sin apoyo. La sacan, muy peripuesta y

1 Petronio, escritor romano, fue el árbitro de la elegancia en la corte de Nerón (siglo I).