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4 Initial state in the repository and its environs 1 Introduction

4.7 Surface ecosystems

4.7.3 Terrestrial environs

Cohetes y pitos, tamboriles y guaches anuncian el suceso, a eso de las ocho de una mañana gloriosa. Las gentes se paran, las gentes se asoman.

— ¡H ijí! ¡Fiestas reales en Yolombó! — exclama el Ñurido— . ¡Asómese, Antoninita!

— ¡Ah solterona para más ridicula! barbota ésta, midiendo puño— . ¡Ah malaya una escopeta para bajarte de un tiro!

— ¡Pero fíjese en el lujo!

— ¡Sí! ¡Con lo que no es suyo! Parece una guacamaya, la maldita. Cómo vendrá hablando de fino. ¡Figúrense la maestra! Pero véanle los embelecos. Esta sí es la uñona más descarada: ya puso de escudero a ese pendejete de casa.

No es para menos la corajina. Precedida por Martín, caballero en un cuartajo, entre su cuadro de negros, al detonar de los cohetes, al son de los salvajes instrumentos, entra triunfante Doña Bárbara, en su alazán gallardo. ¡Cuán decorativa y empingorotada! Recoge en el regazo la capa verde, de museta enflecada; del sombrero de felpa pende una gasa que revuela al viento. Media vara la eleva, de los lomos del bruto, el sillón áulico, forrado en terciopelo purpurino. Las chapas labradas del espaldar relumbran, al sol, como la apoteosis de la plata. Del brazo izquierdo cuelga la escarcela; la enguantada diestra sujeta la rienda cordobesa, mientras el bridón, cual si gozase de cabal potencia, se cuadra, resopla, enarca el pescuezo, erige la oreja, brota el ojo, sacude las crines y el mechón frontal que le importuna. Culmina sobre tanta majestad, cual tilde que la acentuase, el plumaje escarlata de gallo de monte, que adorna el chapeo.

Montón de granujas y de toda gente la acompaña. En su casa la esperan, el matrimonio que la cuida, sus padres y sus hermanos. En arrimando al poyo de cal y canto, que ante el portal se ha construido al efecto, párase en él, abre la escarcela, saca los puñados de reales, los riega, y las gentes se dan

trescaídas. La negra cuidandera la lleva, casi en brazos, hasta la sala. ¡Viva Doña Bárbara! se oye por dondequiera.

Pasados los besuqueos y efusiones, pasado aquel festín de bienvenida, le pregunta Don Pedro:

— ¿Te dio mis razones mi compadre Vicente?

— Sí, su Merced. ¿Es que no piensa que sigamos con nuevo contrato? — No, hija, no. No es eso. No te explicó o no entendiste. Podemos seguirlo hasta que San Juan agache el dedo. Lo que no quiero yo, ni quiere ésta, es que vuelvas allá, o, por lo menos, que no te estés por tiempo largo. Ya tienes la salud algo averiada, y, al fin, la pierdes por completo. Tu presencia allá no es necesaria: Vieira y los muchachos te administran y vigilan eso, perfectamente.

— Eso parece; pero su Merced sabe que

Ojos de los extraños No alcanzan a ver los daños.

—Esos son dichos de Timoteo, que para todo tiene estribillo. Mira a mi compadre Vicente: jamás se asoma a la mina: aquí se queda, enviándoles la plata, herramientas, trabajadores y lo más que sé necesita. Y ya ves los ataos que le tocan, mes por mes.

— Más le tocarían, si estuviera allá.

-—Aunque asina fuera, hija. En el caso tuyo, no hay que pensar en libra más ni en libra menos: estás aporcada en oro, estás poderosa. Sea que te cases o que te quedes soltera, te sobra oro para dejarle a medio Yolombó, aunque lo tires por la ventana. Ni tú misma sabes lo que tienes. Y, ya que te gustan tanto los refranes, acuérdate que hay varios que apoyan lo que digo: la codicia rompe el saco; seguro mató a confianza, y qué sé yo cuántos más.

—Y tanto le hizo el diablo a su hijo, que por fin le sacó un ojo — interviene Rosalita— . Un día de estos te coge allá una calentura brava y hay que traerte en barbacoa. Lo menos será que te nos aparezcas aquí como un carey o una arracacha morada, bien tomaíta por el carate.

— Eso lo cura Sacramento, mientras yo me persigno. Pero sus Mercedes tienen razón: eso es asina. Lo malo es que ya estoy hecha a ese laberinto de allá, y si me quedo aquí, con los brazos cruzados, me muero de la pura aburrición. Yo no soy capaz de sentarme a coser ni a bordar ojetes.

— Tú inventas empresas hasta dormida — repone el padre— . Sigues con la escuela o sacas otra inguandia. Pero aquí te necesitamos, por agora, para un asunto que será hasta largo. ¿No te dijo nada mi compadre?

—No, su Merced. ¿Y qué es la cosa?

un tiempo, a ver si bota esa gordura, que la está matando. Si la dejamos aquí, se tulle, por completo, se hidrópica o le viene otro mal. Hemos pensado llevarla a Antioquia, y que la única que puede acompañarla eres tú. Te conviene mucho ese viaje, no sólo por pasear y conocer, sino para que sudes esos malos humores, que tienes insolvados en el arca del cuerpo. ¿Qué opinas?

— ¡Magnífico, su Merced! Nada más provocativo. Lo malo es que Luz se rancha a no ir.

— ¡Ésa es otra! Contamos contigo para que la convenzas. Tú eres la única a quien ella atiende. Ya mi compadre le dio puntadas y se puso furiosa: que ni con perros la sacamos de aquí.

— ¿Y

para cuándo han pensado el viaje?

— Para de aquí a un mes, más o menos. En pasando el Corpus. Ya mi compadre Carvajal nos escribió que tiene la casa lista; y que le avisemos la llegada, con dos o tres días de anticipación. El viaje es obra de romanos, con esos caminos y ese cuerpo de Luz; pero ¡no hay remedio! Mi compadre irá a llevarlas; y Martín las acompañará, para que las divierta con sus cantos y sus micadas.

—-Me parece muy bien. Lo que hemos de hacer es arreglarlo todo, sin decirle una palabra a Luz. La víspera o antevíspera del viaje, yo le saco el sí de algún modo, porque si se lo sacamos desde agora, se arrepiente. Hay que cogerla en el momento de la promesa. Yo la conozco. Ella me cuenta, agora, que venga por el traído; y yo no le adelanto una palabra. Si nos vamos, me llevo a Liborita. Con eso se hacen, en una vía, dos mandados; hacemos descansar a esa pobre, unos días, y nos hacemos a la mejor compañía. Como es de allá, puede servirnos muchísimo. Yo le proporciono lo que necesite: socorremos a Doña Gregoria, le mandamos a la negra Malena, como la otra vez, para que les ayude en la cocina.

-—¡Ah criatura ésta para ocurrírsele! — exclama Rosalita, admirada. —Asina sale la cosa, h ija — afirma el padre— . Y ya tenemos convenido el punto principal. El otro es que hay que sacar la danza, el día de Corpus. Ya me comprometí con el cura. Obligación mía es ayudar a la propagación de la Santa Fe; y no hay oficio que nos venga del Real Consejo de Indias en que no encarguen esto, con mucho encarecimiento. Y yo creo que estas “danzas de adoración” y estos cánticos, tan patentes y tan a lo vivo, les aprovechan más a los indios y a los negros, que sermones, rezos y procesiones.

■—Asina es, su Merced. ¡Eso es tan lindo y tan conmovedor! Me alegro

mucho que vuelvan a sacar las danzas, porque, en estos últimos años han salido los Corpus tan simples y tan sin devoción.

— Es que tú eres la única que tiene paciencia para ensayar esas cosas y que sabe idear algo bueno. Y , como no has salido en todo este tiempo, sino en las vísperas de la fiesta, no ha habido quien dirija nada.

— ¡Muy cierto! — confirma Rosalita— . Acuérdense de aquella mojigan­ ga, tan boba y tan irreverente, que sacaron, una vez, estos forásticos cinchados, dirigidos por los Nuridos, dizque para quebrarnos los ojos a los yolomberos y enseñarnos a hacer cosas buenas. Hasta el Padre Lugo, que es tan conforme, prohibió que volvieran a sacar esa indecencia. Figúrense eso con diablos grandes, revolcándose ante el Amo Patente. Por eso, aunque Liboria, las González y Marcos, nos han convidado a mí y a las muchachas, no nos hemos atrevido, por no salir con alguna arracachada; y, ellas solas, tampoco han querido cargar con el muerto.

— Eso no es cosa del otro mundo, su Merced. Nadie ignora que esos son “actos de adoración”, para niños inocentes, y que no es cosa fingida sino de verdad. Los versos están hechos; y, como son tantos, pueden escogerse los que se quiera. La música y el baile es muy fácil de arreglar.

— Para ti, que tienes una inventiva, tan adecuada para todo, y que sabes mandar.

— Gracias, su Merced, por el elogio, pero ni aun flor será. Pues bueno: si yo he de ser la directora, tengo de decirles, desde agora, que la danza debe ser más bien con negritos que con niños nobles. Lo digo por esto: los versos mejores son para dichos por negros; los negros tienen mejor voz que los blancos; y, sobre todo, los negros, que no han de ser sacerdotes, deben aprender, desde chiquitos, a tomar parte en la religión y a adorar a Dios. Con estas danzas comprenden que, aunque sean unos tristes esclavos, están, también, redimidos con la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, lo mismo que nosotros.

— Sí, hija, ésa es mi idea, aunque no hubiera sabido decirla tan bien como tú. Deben ser negritos. Fiel te consigue los que necesites.

— Pero mira, Pedrín de mi alma — interrumpe Rosalita, toda gemebun­ da— , acuérdate que en mi Sevilla los que bailan, ante el Santísimo, el jueves de Corpus, son los niños de la nobleza, tan ricos, tan preciosos, vestiditos como unos reyes. ¡Ay, Barbarita! Se me acuerda el vefso del seviilanito, de un entremés.

— ¿Cómo es, su Merced?

— Oyelo bien, para que me lo troves algún día:

Si el Señor me va a premiar Con su más gloriosa silla, Sin que pueda yo mirar, Por un roto, a mi Sevilla, Yo le digo así al Señor: Guárdese la silla, Usía, Que es mi cielo y es mi amor Esta Sevilla, que es mía.

— ¡Muy bonito! Y no se acobarde su Merced, que algún día vamos a Sevilla.

— ¡Tú sí, hija, porque estás moza; pero yo...

Arbol en lo hondo trabado, Antes muerto que arrancado.

— Bueno, Doña Timotea1: tu Sevilla se te acabó, desde los tiempos de marras, como se me acabó a mí mi Zaragoza; y, cuando las cosas se acaban, será porque otras principian. Conque dejémonos de bullas y veamos qué siguió y en qué paso andamos. Dios nos metió en este hueco y aquí estamos. El sabrá si nos deja o nos saca.

— ¡El consuelo que me da, este hombre malaentraña!

—Sí, su Merced: eso es asina. La mejor Sevilla es estar contento donde uno viva. Aquí ¿qué nos falta? Y hagamos la cuenta de los negritos que podamos juntar, en las tres casas, porque se necesitan veinte, por lo menos: diez negritos y diez negritas.

—Más de la mitad, hija. Te lo aseguro, sin hacer la cuenta. — Fiel te consigue los que quieras. ¿No serán de ocho a diez años? — O de diez a doce, su Merced. Hay que escogerlos pronto, no sólo para ensayarlos, sino para que los espulguen y los aseen bien, desde agora, no sea que después resulten con niguas, con piojos o con alguna roña bien maluca. Ojalá se consiguieran todos bien bonitos; que, lo que es para canto y baile, todos son a cual mejor.

— Sí, Pedro: que los consigan bien zalameros y bien dientes de quesito, para que salga eso bien chusco y bien divertido.

— ¿Divertido y con devoción, su Merced? Eso no es ningún juego. — Desde esta tarde te mando a Fiel. Y allí está el almacén real, para que pidas lo que sea.

— Las telas será lo de menos, con tal que se consigan cuatro o seis almudes de chochos y de “lágrimas de San Pedro”2.

—Fiel te los hace conseguir por cargas. Se riegan indios y muchachos por estos montes.

— Para la música y los versos, yo me entiendo con Marcos. Y, desde el domingo, hablo con los González, para que nos manden los negros, con anticipación, porque eso tiene que ser con caramillos, tamboriles y panderos. Música de cuerda no sale, ni chirimía tampoco.

1 Don Timoteo Ceballos “para todo tiene estribillo” (pág. 150):-por lo tanto, el apodo de