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5 Safety functions and safety performance indicators

5.3 Safety functions for SFR

5.3.3 Engineered barriers – hydraulic function

— Como te parezca.

— Pero mira, Barbarita: que los saquen lo más en cueritos que se pueda. Asina es como quedan bien, esas criaturas inocentes, para que relumbren al sol, que ni un charol. Los machitos tienen con un taparrabillo, bien troncho.

— ¡Ah madrecita ésta! — la chiquea Barbarita besándole el cabello— . No está más que por divertirse.

— A mi Dios no le choca que uno se divierta, desde que no peque. Ya tiene la minera en qué pensar, mientras viene el paso serio del viaje. Desde el miércoles siguiente tiene reunidos materiales y obreros: blancos y negros, hombres y mujeres, niños y adultos, metodizados por la división del trabajo, que ella practica, antes que la proclamen los economistas, que aún están en la mente de Dios.

Aquí de su sentido del perendengue y del indumento peregrino. En el enorme y despejado patio de su casa, arreglado para asolear el oro, congrega a los negrillos, tarde por tarde, no bien despide los trabajadores. Aquello es un misterio, a portón cerrado. Fiel y otros policías, creados para el caso, vigilan afuera, para que ningún intruso vaya a meter ojo u oreja. Capaces eran esos chicuelos extraños de cantarlo y bailarlo todo, antes del estreno. No hay que temer la menor indiscreción de los mandinguillas danzantes: Doña Bárbara tiene un pajarito que todo lo sabe y todo se lo cuenta. ¡Ay del que hable o cante una palabra! Será acusado ante ella por el terrible espía y sufrirá la pena de doce azotes, a cuero limpio; la expulsión de la danza, la pérdida de los trapos coreográficos, de la paga y del famoso refresco, con que se les va a obsequiar el gran día. Todos salen aterrados, atisbando ese pájaro cuentero.

La víspera es la casa de Doña Bárbara una complicación babélica de embolismos, endiastrados de puro religiosos: por acá el altar, por allá el refresco, y, por último, el ensayo final, con todo y música y trajes. Rosalita, por no perder el resto de cabeza, que le han dejado tantos aparejos, ha huido de aquel horror. Interin, llueve y llueve. Doña Gregoria pide al Santísimo, con todas sus explicaciones habituales, no vaya a dejarse coger de un aguacero, en media plaza.

A las siete de la mañana siguiente salen de comulgar, ella y la Niña, henchidas de ventura.

— Mira, Felisindita, la lucida que se va a pegar Nuestro Amo. Ve ese sol. Parece, mesmamente, la custodia.

—-¡Ave María, tiíta! ¡Valiente milagro tan patente, con la noche que nos hizo anoche!

A las nueve están esas puertas colgadas de damascos; esas ventanas y esos postes, vestidos de follaje; la plaza, barrida; los altares, en los puestos señalados la víspera. Los montes brindan y alaban a su Hacedor Sacramentado con sus parásitas, en plena florescencia; con los penachos de sus palmeras; con

sus aves de plumaje gayo; con marte jas y ardillas, monos y cusumbos; las mujeres, con el último de sus zarcillos y con sus artefactos de plata; el cielo, con su manto; el sol, con su gloria.

Por supuesto que Doña Bárbara le tributa su arte y su boato; bajo tres arcos paralelos de chusque, ornados de yedras, se alza una escala, de alfombras, de plata labrada, de flores, de bellotas. Sobre ella, una mesa vestida de joyas.

La gente de montonera sale de la parroquial. Fiel y los diez comisarios ordenadores la enfilan, en calle, puesta de rodillas, por los cuatro costados de la plaza, bajo la orden terminante de que nadie se mueva de su puesto, hasta que todo termine. Las ocho campanas, de las tres iglesias, lanzadas a vuelo, avisan que sale la visita del Señor. Después de la cruz y los ciriales, va la doble fila de blancos, alumbrando; luego, la de señoras, con las tazuelas incensarlas; por el centro, las ninfas. El guión bate su paño frente al palio deslumbrante; las campanillas que los enflecan tintinean, en religioso musiqueo. El pluvial, rígido y magnífico, acampana la silueta del sacerdote, a guisa de Virgen española. En sus manos mortales lleva a Dios, en el Milagro Perpetuo de la Hostia. Apenas aparece en el sitial, entre su custodia de esmeraldas, rompen caramillones y panderetas, tamboriles y crótalos; surge de lado y lado la fila alterna de africanillos danzantes; tómanse por las manos; júntanse en rueda; la ensanchan y giran. Giran en torno del altar, al son de un aire lento, triste al par que alegre, como de un valse ingenuo, que todos han oído no saben dónde. Sólo llevan por traje lo que exigir puede el pudor de la africana infancia. Pero los chochos, gruesos y menudos, y las “lágrimas de San Pedro”, de todos los tamaños, se desflecan por los muslos en pampanillas, ondean en los pechos por sartales, ciñen las frentes a estilo románico. Narcisa ha abierto carrera a esos cabellos de hollín; y su vinagre acarminado ha encendido esas jetas de diablillos, para que más resalten los dientes ratonescos. Están bellas y misteriosas las criaturas. Las negras más bonitas sacuden los panderos. La Alcaldesa, Doña Bárbara, Pilarcita y la Alcabalera, tañen las castañuelas, detrás de sus esclavas, tal vez para probar que, ante este Dios, a quien reciben, no valen las jerarquías de la Tierra. La rueda gira.

Cuatro voces acordes rompen:

Vengan aquí todos, Vengan y verán A l Rey de los cielos Convertido en Pan.

Las veinticuatro voces repiten la estrofa. Y así hasta terminar.

En esa hostia blanca, De mies terrenal, Quiso transformarse El Dios celestial.

Para que su eterna Sustancia esencial Fuera el Pan de Vida De todo mortal. Por darnos en vida Los bienes eternos, Sale hoy de su templo Por venir a vernos. De Africa venimos; Mas somos cristianos: A Cristo nos dieron Los blancos hermanos. Por eso, postrados, En rapto de amor, Adoramos férvidos A l Dios Redentor.

De un golpe se postran de hinojos, las manos puestas, poseídos de fervor. Calla la música, la rueda se rompe, se contrae en dos filas y siguen pareadas, delante del guión. Los músicos avanzan fuera de la calle. Repítese la danza en los otros altares, con otras estrofillas, no menos ingenuas, si muy hermosas y de arte supremo, para esta muchedumbre más sencilla que creyente.

Y eso es bello a no dudarlo1. Cualesquiera que sean el arte y la calidad del

rito, los corazones limpios, de esos negritos infelices le prestan hermosura, verdad y poesía. Aún lloran Doña Gregoria y la Niña, cuando salen de la

iglesia; los padres de los negritos siguen adentro,

y

no se atreven a mostrarse

afuera, así tan enternecidos y lacrimosos. ¡Pobre Africa! Alguna vez tu alma, amargada por tantas injusticias y crueldades, había de tener sus fruiciones. Razón tiene Don Pedro: todo ese Yolombó, a quien no conmueve el misterio indecible de Dios Sacramentado, se ha sobrecogido por una plegaria representada.

La religión, origen de tantas instituciones civiles, sociales y domésticas, lo es también del teatro y de la danza2. La Europa católica mal podía sustraerse a estas formas instintivas del culto universal. En los países latinos, muy especialmente en España, se usaron, por siglos, representaciones sacras en templos y en procesiones. Autos sacramentales compusieron en la Península los mayores ingenios. Las danzas de Corpus-Christi se bailaron en varias ciudades, hasta la pasada centuria. A la Nueva Granada las trajeron los primeros pobladores; y, si en los lugares reducidos de Cundinamarca,

1 Los conceptos de hermosura, verdad y poesía dentro del contexto de la muchedumbre