3 Identification, prioritization and handling of FEPs
3.4 Information flow diagram as a basis for quantitative analyses
(Grandeza) y Ceferino Guadalete (Superhombre), pero que, en el caso de Bárbara, se manifiesta
Claro que personaje tan encumbrado es el campanario de la aldea, a donde convergen todas las miradas. Por delante le pagan el tributo con el cobre sucio de las adulaciones; por detrás, salvo las Layos y Don Chepe, todos le muerden los zancajos, porque a los pequeños no nos queda más recurso que bajar a los altos, al nivel común o más abajo, para no sentirnos tan menguados. Los que más amigos se le muestran, los que más la frecuentan y reciben sus favores, son los que mejor le hincan el colmillo; lo cual es muy razonable, porque hablar mal de los enemigos o de los malvados ¿qué gracia tiene? La tiene denigrar a los amigos que nos sirven y escupir a lo limpio.
Ella sabe cómo le cortan sayos y capirotes; y aunque a ratos la engrifan y mosquean ciertas picaduras de pulgas cocineras, se calla su boca, por no mostrarles que les hace caso. Jamás murmura contra nadie, no sólo por no rebajarse ante sí misma, sino, también y más todavía, porque no le alcanza el tiempo para pensar en pequeñeces ajenas, viviendo tan ocupada en las grandezas propias.
Su mayor enemiga es la Cayubra1, nada menos que su sobrina, la primogénita de Doña Luz. Se había casado, apenas fue libre y contra la oposición de sus padres, con Cancio Zamarreta, un señoritingo de los lados de Oriente, muy fanfarria y embusterote, de quien se dejó deslumbrar. Cuando se persuadió de que se había botado tristemente con un cinchado, que no servía ni para hacerle un presente al diablo y que estaba en la inopia, se le pudrieron los huesos con el veneno de los fracasados.
A la primera a quien le dedicó su encono fue a Doña Bárbara. El viejo indecente de Taita Caballero les había quitado a los otros hijos casi todo el patrimonio, para entregárselo a esa ladrona tolerada. Todas esas arrobas de oro eran un robo a sus hermanos; y, como Doña Bárbara la socorría y la ayudaba, en todo y por todo, veía en ello una como restitución irrisoria que la irritaba más y más contra esa facinerosa.
Por odio a la tía y en su empeño por no sentirse muy abajo, con ese Zamarreta, tan inferior a ella, autorizaba insultos a su propia sangre y en su propia cara.
Vecinos suyos y muy sus compinches, por ser de la misma calaña de su marido, eran Rosendo Querubín (a) el Nurido2 y su mujer Naciancena Aldana, ambos rionegreros; él caratoso, guaquero3 de profesión y poco afortunado; ella, trabajadora infatigable. Hechura de sus manos eran los comestibles que vendía en un tenducho, alzado en un ángulo de la sala, frente a la entrada. Mientras lo asistía farfullaba monteras y ropa de cargazón. Ella,
1 Cayubra: forma metatetizada de cuyabra (coyabra), utensilio doméstico hecho de calabaza (UU) (ver cuyabra, pág. 435).
2 ñurido: raquítico, enclenque (UU). No aparece en DRA.
que no el marido, conseguía la vida y había conseguido la casa. No tenían hijos sino un muchacho adoptado, un tal Castor Camilo, muy consentido y mal inclinado.
Desde su llegada se les vio el pujo por meterse entre la blanquería, pero la blanquería olió que tenían más de cincha que de enjalma, y no les dio lado, por más que ellos agotaron los medios. Para consolarse de la derrota les dio por zambear a las principales familias. Eso era su tópico favorito y una obsesión de vencidos.
— Vea una cosa, Antoninita — la consuela el Ñurido— . Nosotros nos conocemos mucho y no tenemos por qué andar con mentiras. No crea que Cancio es de peor familia que la suya. Vea: esto no es Rionegro, donde sí habernos muchos blancos, por los cuatro costaos: aquí, el que no tiene de cinga, tiene de mandinga. Eso lo sé yo muy bien sabido. Mi tío, el Padre Benito Lerzundi, lleva un apunte de toítas las familias nobles de todos estos cantones, y cuasi no figuran las de aquí. ¡Ya l ’oye, Antoninita! Agora que fui a Rionegro me trató el punto. El sabe todas las trampas que hay en eso. Cuasi todos los pergaminos, que nos estregan aquí en el hocico, son falsificaos. Los levantan en Cartagena, unos escribanos, que viven d’eso. Vea: los Castella nos, que son los más orgullosos y altaneros, son presidarios fugitivos, que se escaparon de unas galeras que tiene el Rey en el Africa. No son nacidos en España sino unos zambos de Santa Cruz de Tenerife, que queda también por el Africa. Los González y los Montoyas, ya los ve: son unos zambos de Cuba, que compraron el Don en Santa Marta. Los Caballeros tampoco son nobles, y usté me dispensa, Antoninita; pero asina es. Fueron muchos y se han regao. Sí nacieron en España; pero son de sangre gitana y aquí se han mezclao con negros. El Rey puso de Alcalde Mayor a Don Pedro, por ser muy buena persona, pero no por noble. Doña Rosalía dizque sí es de buena sangre; pero es una cortijera de un campo. A los Layos y a Don Chepe sí los tiene apuntaos. ¡Pero ya ve qué laya de blancos! El uno, con toda su plata y todo su rumbo, es la perdición del pueblo, y usté me dispensa. Y el otro... ¡Pis! ¡Pobre Don Pablitos! ¡Y el tal Sebastián!
—A los Caballeros se les ve el zambo a leguas — afirma Naciancena— . ¡Vea que a su tía Bárbara, Antoninita!
— ¡No me mienten esa ralea!
— No es por mentársela — repone el Ñurido— es pa’que vea que el apelativo de sus hijos no es lo que aquí se figuran.
— ¿Quién se lo figura? Se lo figurará ese viejo, que a usted le parece tan bueno, y esa ladrona. ¡Ave María! Más bien quisiera ser güevo cambiao, que tener sangre de esa canalla tan aborrecible.
—Francamente, vecinita: la Bárbara sí es lo más repunante. Esta parla, más o menos, se repite a cada entrevista. Tales son los enemigos más descubiertos de Doña Bárbara.
A los recaudadores reales les han entrado deseos de conocer esos Pactolos1 que tanto dejan a su Majestad; y no por temer ningún fraude, en gentes tan honorables como fieles a su Señor. Don Vicente consigue bestias y cargueros; y allá se los lleva, con su hijo M artín2. La minera echa la casa por la ventana, en aquella recepción; y les da a los dos agentes sus buenas pruebas.
1 Las arenas auríferas del río Pactolo le producían sus riquezas proverbiales al Rey Creso de Lidia.
2 La intervención de Martín, el bisabuelo del autor por el lado materno (ver la carta de