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Se ha escrito largo y tendido sobre la importancia de vivir el presente. Podría citar estadísticas de cualquier índole, desde conducir con la ca- beza en otra parte hasta el divorcio, que respaldan la idea de lo difícil que nos resulta vivir el presente. Pero me gustaría profundizar esta idea expresándola en términos cuánticos. En el presente es donde existen si- multáneamente todas las posibilidades en el campo cuántico. Cuando estamos presentes, vivimos «el momento», podemos ir más allá del es- pacio y el tiempo, y hacer realidad cualquiera de estas posibilidades. Pero cuando vivimos en el pasado, no existe ninguna de estas nuevas posibilidades.

Has aprendido que cuando los seres humanos intentamos cambiar reaccionamos como adictos, porque nos volvemos adictos a nuestros estados químicos del ser habituales. Cuando tienes una adicción es casi como si el cuerpo poseyera una mente propia. A medida que las situa- ciones del pasado provocan la misma respuesta química que la del epi- sodio original, tu cuerpo cree estar reviviéndolo. Y en cuanto lo adies- tras con este proceso a ser la mente subconsciente, el cuerpo es el que lleva la batuta, se convierte en la mente y, por lo tanto, puede, en cierto sentido, pensar.

He hablado de cómo el cuerpo se convierte en la mente por medio del ciclo de pensar y sentir, y sentir y pensar. Pero con los recuerdos del pasado también ocurre lo mismo.

emocional. Después tenemos un pensamiento sobre este episodio. El pensamiento se convierte a su vez en un recuerdo que reproduce de for- ma refleja la emoción de la experiencia. Si seguimos pensando en aquel recuerdo de manera repetida, el pensamiento, el recuerdo y la emoción acaban fusionándose en una sola cosa y «memorizamos» la emo- ción. Ahora vivir en el pasado ya es un proceso más subconsciente que consciente.

El subconsciente se ocupa de la mayoría de procesos físicos y men- tales que tienen lugar mecánicamente. La mayor parte de esta actividad sirve para que el cuerpo siga funcionando. Los científicos se refieren a este sistema regulador como el sistema nervioso autónomo. no necesi- tamos pensar en respirar, en hacer que el corazón siga latiendo, en su-

M E M O R I Z AC I Ó N D E L A S E M O C I O N E S

Emoción memorizada

Pensamiento Recuerdo Emoción

Emoción El pensamiento

es un recuerdo

Figura 4A. El pensamiento produce un recuerdo, que a su vez crea una emoción. Con el tiempo, el pensamiento se convierte en

un recuerdo al que le sigue una emoción. Si este proceso se repite lo suficiente, el pensamiento acaba siendo el recuerdo,

bir o bajar la temperatura corporal ni en ninguno de los otros millones de procesos que ayudan al cuerpo a mantener el orden y a curarse.

Es evidente lo peligroso que puede ser ceder a este sistema automá- tico el control de las respuestas emocionales diarias desencadenadas por nuestros recuerdos y el entorno. Esta serie subconsciente de res- puestas rutinarias se han comparado de formas muy diversas con un piloto automático y con los programas automáticos de un ordenador. Estas analogías intentan mostrarnos que bajo la mente consciente hay algo que controla nuestra conducta.

El siguiente ejemplo te ayudará a entenderlo mejor. Imagínate que siendo pequeño un día al volver a casa descubriste a tu mascota pre- ferida tendida muerta en el suelo. En el cerebro se te quedó grabada a fuego, nunca mejor dicho, cada impresión sensorial de esta experien- cia. La experiencia te asusta.

Con experiencias traumáticas como ésta, es fácil entender cómo las emociones se convierten en respuestas memorizadas inconscientes a situaciones del entorno que nos recuerdan la pérdida de un ser que- rido. A estas alturas ya sabes que al pensar en la experiencia creas en el cerebro y el cuerpo las mismas emociones que sentirías si estuviera ocurriendo de nuevo. Todo cuanto se necesita para activar este progra- ma es un pensamiento fortuito o una reacción a una situación del mun- do exterior y, de pronto, vuelves a sentir aquella profunda sensación de pena. El desencadenante puede ser ver un perro parecido al que tú te- nías o visitar un lugar adonde lo llevabas de cachorro. Sea cual sea el estímulo sensorial, activa una emoción. Estos desencadenantes emocio- nales pueden ser evidentes o sutiles, pero todos te afectan a nivel sub- consciente y, antes de poder procesar lo ocurrido, vuelves a sentir ese estado emocional/químico de pena, rabia y tristeza.

En cuanto te sucede, el cuerpo es el que dirige la mente. Aunque in- tentes salir de ese estado emocional, siempre te sientes como si estuvie- ra más allá de tu control.

Piensa en Pavlov y sus perros. En la última década del siglo xix un joven científico ruso ató varios perros a una mesa, tocó una campanilla y luego les dio una sabrosa comida. Con el tiempo, después de ser ex-

puestos muchas veces al mismo estímulo, los perros se ponían a salivar al oír la campanilla.

Es la llamada respuesta condicionada y este proceso es automático. ¿Por qué? Porque el cuerpo empieza a responder de manera autónoma (piensa en el sistema nervioso autónomo). La cascada de reacciones quí- micas desencadenadas en cuestión de milisegundos cambia el cuerpo fisiológicamente, y ello ocurre a nivel subconsciente sin que apenas nos demos cuenta o de manera automática.

Es una de las razones por las que nos cuesta tanto cambiar. Aunque creamos vivir en el presente, el cuerpo-mente subconsciente está vivien- do en el pasado. Si esperamos que suceda en el futuro una situación pre- visible basándonos en un recuerdo del pasado, estamos viviendo como esos canes. Una experiencia vivida con alguien o algo en particular en un determinado momento y lugar nos hace responder fisiológicamente de manera automática (o autónoma).

En cuanto abandonamos las adicciones emocionales procedentes del pasado, ya no habrá nada que active los programas automáticos del antiguo yo.

Así pues, es lógico que aunque «pensemos» o «creamos» vivir en el presente lo más probable es que nuestro cuerpo esté viviendo en el pasado.

de las emociones al estado de ánimo,