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Foundation of the Thesis

Parte del conflicto urbano actual es la pérdida de la identidad local a favor de la homogeneización de la cultura por el proceso de globalización favorecido por las políticas neoliberales de los estados-nación (Castells, 2010). Nos resulta necesario pues, incorporar el concepto de performatividad de Judith Butler (2009) para poder explicar las relaciones de poder que se producen en el seno de una comunidad en cuanto a los conceptos de identidad, precariedad y ciudadanía.

Según Sabsay (2011), la formación de un sujeto y su inteligibilidad, es decir su reconocimiento y rol dentro de la comunidad, están en función de los imaginarios colectivos en los cuales se incorpora la noción de género y clase social a la vez que se establecen los cánones del comportamiento esperado y reconocido por los marcos culturales para cada individuo.

Al igual que Lefebvre y Olstrom, entendemos que el derecho a la ciudad y a la ciudadanía, en su carácter colectivo, debe ser conseguido mediante la autogestión y el auto reconocimiento de las partes: mediante la planificación estratégica y el ordenamiento territorial de las localidades (Lefebvre, 1972) en los que será necesario tener en cuenta todos estos imaginarios colectivos.

De tal manera, la falta de previsión social de las tendencias actuales y las nuevas relaciones que se están generando en las ciudades respecto a la revitalización territorial posmoderna, basada en transformaciones orientadas a aumentar el turismo y consumo de masas, nos permite contradecir la asunción neoliberal de relegar la gestión de la identidad en las tendencias globales de los mercado la gestión de los modelos productivos de las ciudades; reduciendo y externalizando las funciones de la administración pública local y dejándola sin vocación de servir a la sociedad.

En las democracias liberales los servicios y el turismo son objetivo principal de las políticas públicas de desarrollo de las ciudades y son considerados como una producción global sin tener en consideración las repercusiones negativas que su actividad ejerce directamente en la población local. La toma de decisiones sobre la

ordenación territorial mediante la revitalización del mercado inmobiliario en las ciudades y, por ende, la incidencia en la mercantilización del espacio urbano y en la reinversión del excedente de capital urbano, se da a favor del turista y en contra del ciudadano y la propia identidad de la ciudad, banalizando sus símbolos, su función, estructura y forma.

Estos procesos basados en conceptos como ciudad abierta 24 horas, ciudades del placer o ciudad nocturna están creando un nuevo esquema de poder en las relaciones que se dan en los territorios turistificados y que están produciendo un desplazamiento de las comunidades tradicionales de los centros ahora turísticos hacia la periferia, rellenando ese vacío por turismo y profesionales liberales de clase superior, con una consiguiente pérdida de identidad local a favor de la homogenización de la cultura y producción urbana destinada hacia un turismo global, con la consiguiente reformulación de la significación de la identidad local hacia la denominada Disneyficación de la ciudad (Nofre & Martins, 2017).

Como ejemplo el Programa de Pueblos Mágicos de México (Velázquez García, 2013), propone un modelo de desarrollo para localidades pequeñas en los Estados Unidos Mexicanos donde el turismo y los procesos artesanales de producción se conjugan para dinamizar políticas públicas para el desarrollo de los municipios. A priori, el principal problema de este modelo de desarrollo en su teoría y su práctica es la homogeneización cultural y de consumo de los Pueblos Mágicos debido a la falta de procesos de participación de todos los agentes implicados en el desarrollo de una comunidad.

Desde una visión antropológica de las repercusiones que tiene el turismo sobre el propio desarrollo de las ciudades, los cambios que se producen bajo el efecto del fenómeno turístico no suponen siempre ventaja para con las condiciones de vida local, pues generan en ocasiones un aumento en la desigualdad social territorial (Martínez Mauri, 2015, pág. 353).

Así como el foro romano o las ciudades antiguas griegas estaban organizadas para el ejercicio de la democracia, o la ciudad del s.XIX estaba destinada a albergar la actividad de las fábricas y al proletariado, la ciudad actual y la condición de ciudadano está ordenada para el turismo globalizado en su centro y desarticulada en su periferia por la economía de escala del modelo de turismo de masas y los movimientos migratorios de

sur a norte. En su proceso de expansión y masificación, el turismo determinará las relaciones culturales y los conflictos en la comunidad como son concentración de la propiedad inmobiliaria y horizontal, el aumento de la densidad de los suburbios y periferias y la pérdida de identidad local a favor de la identidad global del turismo de masas.

Es fácil identificar estos movimientos y cómo las ciudades que han sido absorbidas por el proceso globalizador han perdido su alma al vaciarse de población local para dejar espacio a la población turista itinerante. Los centros de ciudades como Venecia, Barcelona, o Lisboa son paradigmáticos porque se han convertido en centros turísticos deshabitados por población local. El turismo, como nueva actividad de los espacios urbanos, supone un conjunto de conflictos sociales y económicos de las comunidades actuales y futuras, el cual requiere una mano de obra que también habrá que ubicar en el espacio pero que necesita de un mercado laboral poco cualificado y desarticulado para poder competir en precio dentro del circuito turístico mundial.

Al igual que en los conflictos que genera el turismo, es la falta de gestión social de las transformaciones urbanas el origen del conflicto urbano que se dan en los centros urbanos o “lugares centrales” denominado Gentrificación por Ruth Glass en 1969 y entendido como el desplazamiento de la población tradicional de los centros, de clase media baja, y la sustitución por población del exterior con un nivel de ingresos mayor (García Herrera, 2001).

A nuestro entender ese proceso de gentrificación se produce en cualquier ámbito urbano cuando la intervención no es autogestionada por la comunidad y para la comunidad. La renovación urbana que se puede producir en un centro urbano también puede responder a un cambio en la actividad hacia el ocio nocturno, como es el ejemplo del Barrio Antiguo de la ciudad de Monterrey.

Recordemos que es por culpa de una mala gestión del excedente de capital social urbano que se produce el conflicto urbano (Harvey, 2008). La población de una comunidad, en su mayoría de clase media o baja, es desplazada y sustituida en el espacio por otra de mayor nivel social debido a las tendencias del mercado inmobiliario y las dinámicas del turismo que se plantean en la ciudad neoliberal (Nofre & Martins, 2017, pág. 120) y con este desplazamiento se produce una transformación o pérdida de la identidad local y actividad urbana endógena.

Tal y como desarrolla Harvey (2012), cuando en una localidad, los beneficios de la producción urbana paran de crecer desde una concepción capitalista de la gestión económica, un buen capitalista además de ahorrar una parte, es decir, invertir en sus propiedades ya sea mediante conservación o recuperación patrimonial, invertirá su excedente o beneficio en proyectos que maximicen su rendimiento económico, diversificando el riesgo y no necesariamente en la localidad de origen.

El ahorro y la diversificación financiera son las acciones más recomendables en el marco de una ciudad neoliberal relegando la protección del patrimonio urbano y del capital social de la comunidad a un segundo plano de explotación económica. Producto de la alta especialización que el sector financiero global ha experimentado en la segunda mitad del siglo XX, el proceso urbano se ha ido convirtiendo en poco rentable para la inversión en desarrollo humano y social, que requiere de una temporalidad más larga para su valoración y los beneficios no se pueden cuantificar únicamente en productos monetarios globales. Esta forma de entender la ciudadanía global y local, permite a los pequeños capitalistas locales invertir su excedente fuera de su comunidad, externalizando la responsabilidad de generar intereses en los mercados bursátiles.

A raíz de este pensamiento nos podríamos plantear la razón de por qué las comunidades locales no son capaces de ofrecer servicios financieros competitivos que sean atrayentes de inversión extranjera y apoyen los procesos de desarrollo local. Quizás la mediación comunitaria deba tener en cuenta en su diagnóstico la capacidad que tiene la propia comunidad para acaparar ese excedente financiero y las razones de que el capital local no sea reinvertido en su comunidad para gestionar los riesgos actuales de elitización.

Desde una visión del desarrollo socioeconómico y conservación natural han surgido diferentes iniciativas alternativas de promoción turística denominado turismo sostenible o comunitario que abordan el conflicto urbano de forma holística. Estas iniciativas se diferencian del turismo tradicional de masas por incorporar a su planteamiento integral del destino turístico el trabajo sobre las relaciones que se producen entre la comunidad local, el medio natural y el turista, teniendo en cuenta para su planificación a todos los stakeholders o grupos de interés locales como son proveedores de materiales y servicios complementarios a la actividad principal,

actividades tradicionales locales o nuevas sinergias que se produzcan a raíz de la incorporación del turismo al territorio.

Aparecen así limitantes territoriales al turismo como son la capacidad de carga, el impacto cultural o el impacto natural (Orgaz Agüera, 2013). Para este autor, el turismo comunitario también cambia el paradigma de intervención de comunidades turísticas desfavorecidas donde la defensa de la cultura, el patrimonio cultural y los recursos naturales locales se convierten en palancas y oportunidades para impulsar un modelo de turismo alternativo y sostenible que cumpla con la satisfacción de necesidades de la comunidad local así como con la de los turistas que lo disfrutan sin poner en peligro el medio ni la actividad económica tradicional para las generaciones futuras.

Este modelo de gestión exitoso para la comunidad del turismo concuerda con los principios y valores que defiende la mediación comunitaria y arroja luz sobre posibles soluciones espaciales para estos conflictos relativos al movimiento de la población dentro y fuera de la ciudad. No solo en cuestión de sustentabilidad del destino turístico por la defensa de la identidad cultural y natural del espacio, sino por poner de manifiesto la necesidad de crear un espacio de coordinación y diálogo donde sean representados todos los grupos de interés de la comunidad y la actividad turística. Los espacios de diálogo y la planificación estratégica se convierten en herramientas para gestionar la actividad turística de forma integral que fomente el equilibrio territorial gracias a la actividad sustentable del turismo (Canoves, Villarino, & Herrera, 2006, págs. 213-214). Este modelo de gestión, al igual que la mediación comunitaria, también va a luchar contra los efectos negativos del turismo de masas o turistificación del espacio como son la mala redistribución de la riqueza, la desprotección o deterioro de las empresas y actividades tradicionales así como luchar por garantizar un precio equitativo para la experiencia turística, mejorando la relación calidad-precio del turismo.

Capítulo 3.-Categorización del conflicto urbano